Aquí cambiamos de tema ¡de buenas a primeras!

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martes, 25 de abril de 2017

20 de abril.


Algo tendrá el mes de abril que atesora varias canciones dedicadas a él o, por lo menos, que lo mencionan.

Siempre me han gustado las canciones con fecha y con nombres. De temas con nombres propios ya hemos hablado aquí y hoy vamos a hacerlo de una canción fechada justamente en el mes de abril.

Allá por el año 1991, el grupo español Celtas Cortos, encabezaba las listas de éxitos con la canción 20 de abril, tema que no dejaría ya de sonar en las radios, los pubs y las discotecas del país a lo largo de décadas. Por este motivo, no admitimos que ningún jovencito utilice la típica excusa de concurso de televisión (léase “yo no había nacido todavía”) para decirnos que no conoce la canción. Es un tema mítico de la música en español.

El grupo acaba de lanzar un nuevo disco llamado In Crecendo que vuelve a recuperarla, esta vez, con el toque de ensueño de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Al mismo tiempo ha surgido un proyecto de micromecenazgo muy interesante sobre algo a lo que hace referencia directa la canción de Celtas Cortos.

http://www.videosmusicalesdelos90.com/2017/01/celtas-cortos-20-de-abril-del-90.html
La famosa carta de Celtas Cortos nunca fue tal. Fue una canción en forma epistolar.

El tema comienza con el encabezamiento de una, ya mítica, carta que nunca existió: “20 de abril del 90. Hola, chata, ¿cómo estás?” y continúa recordando los tiempos en los que el grupo de jóvenes amigos se reunía para echar unas risas en la cabaña del Turmo. Muchos de nosotros no acabábamos de entender si aquel incipiente turismo rural se desarrollaba en la cabaña del Turmo, del turbo, del turco o de turno (porque fuera una excursión repetida en muchas ocasiones), pero sí, oímos bien, la carta se refería a la cabaña del Turmo, en realidad llamada Tormo, (situada en el Valle de Estós, que forma parte del Parque Natural de Posets-Maladeta, en Huesca) y que, actualmente, no se encuentra en buenas condiciones. Si bien el Valle de Estós es un lugar ideal para hacer escalada o esquí, la cabaña siempre ha sido utilizada para hacer noche o como alojamiento y refugio de los pastores y vaqueros de la zona. Ahora existe un proyecto de rehabilitación, con el que colabora el Gobierno de Aragón, pero que necesita del micromecenazgo para llegar a buen término. Según he leído, si donas más de 100 euros obtienes una noche de alojamiento para cuatro personas en la cabaña del Turmo. Existen webs que proporcionan más noticias al respecto y recogen los donativos que quieran hacerse. Os remito a buscar algunas de ellas si estáis interesados en este tema.

http://tejiendoenmicocina.blogspot.com.es/2013_04_01_archive.html
La verdadera cabaña del Tormo en el Valle de Estós.

Yo ya me estoy imaginando la escena. La cabaña en la alta montaña, a lo lejos árboles de distintas especies (pinos, abetos, hayas, álamos, abedules, sauces y avellanos) y arriba la nieve. Un pastor pasa cerca con su rebaño, el sonido de los cencerros te hace abrir la puerta de madera y sientes el aire fresco del monte en la cara.

-Buenos días- te saluda el pastor, que aunque no te conozca de nada, está acostumbrado a dar los buenos días a todo aquel con el que se cruza; viejas y amables costumbres de pueblo.

-Buenos días- respondes intentado que tu voz se escuche por encima de los cencerros y los balidos de las ovejas – Debe haber buenos pastos en esta zona ¿verdad?

-Los mejores- contesta sonriendo, en su mirada notas que sabe perfectamente que desconoces todo lo relacionado con los animales y se pregunta si será la primera vez que ves una oveja -¿Qué? ¿Pasando unos días en la cabaña del Tormo?

-Sí. Estoy orgulloso de haber colaborado en su rehabilitación con un donativo.

-¡Muchas gracias! ¡Si viera usted como estaba antes! Sin luz, sin agua y el tejado se nos venía encima. Pero ahora está estupenda. Han hecho un buen trabajo.

-Sí, la conocí por la canción ¿sabe?, la de Celtas Cortos, la de “20 de abril del 90; hola, chata ¿cómo estás?”- te arrancas a cantar.

-¡Ya, ya!- se ríe el pastor.


20 de abril (Celtas Cortos)


20 de abril del 90. 
Hola, chata, ¿cómo estás? 
¿Te sorprende que te escriba? 
Tanto tiempo es normal. 
Pues es que estaba aquí solo, 
me había puesto a recordar, 
me entró la melancolía 
y te tenía que hablar. 

¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo, 
las risas que nos hacíamos antes todos juntos? 
Hoy no queda casi nadie de los de antes, 
y los que hay 
han cambiado, han cambiado, sí. 

Pero bueno, ¿tú qué tal? Di. 
Lo mismo hasta tienes crios. 
¿Qué tal te va con el tío ese? 
Espero sea divertido. 
Yo, la verdad, como siempre, 
sigo currando en lo mismo. 
La música no me cansa, 
pero me encuentro vacío. 

 ¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo, 
las risas que nos hacíamos antes todos juntos? 
Hoy no queda casi nadie de los de antes, 
y los que hay 
han cambiado, han cambiado, sí. 

Bueno, pues ya me despido, 
si te mola me contestas. 
Espero que mis palabras 
desordenen tu conciencia. 
Pues nada, chica, lo dicho, 
hasta pronto si nos vemos. 
Yo sigo con mis canciones 
y tú sigues con tus sueños. 

¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo, 
las risas que nos hacíamos antes todos juntos? 
Hoy no queda casi nadie de los de antes, 
y los que hay 
han cambiado, han cambiado, sí.

https://es.wikiloc.com/wikiloc/imgServer.do?id=409674
Vista del Valle de Estós (Huesca). Autor:  ACF

domingo, 16 de abril de 2017

La Bella y la Bestia


http://www.elseptimoarte.net/peliculas/la-bella-y-la-bestia--5085.html
Nunca me gustó el cuento de La Bella y la Bestia. Pero cuando, a principio de los 90,  la factoría Disney creó aquella maravillosa película de dibujos animados, todo cambió. No había “princesa” Disney más natural, encantadora y simpática que Bella. Una muchacha original, adelantada a su tiempo, intelectual, valiente y feminista. Su belleza no era más que una anécdota ante tal cúmulo de cualidades. No es de extrañar que hasta el más engreído del pueblo (Gastón) o el más salvaje y atormentado príncipe (Bestia) se enamoraran de ella. Y a su lado, brillaban los objetos encantados del castillo, con su toque de humor y magia, pero sin dejar de ser humanos. Una banda sonora deslumbrante e inolvidable coronaba una de las mejores películas animadas de todos los tiempos, no en vano fue la primera de dibujos animados que estuvo nominada a la categoría de Mejor Película (junto a las de acción real) en la edición de los Oscars de 1991. Al final se llevó dos estatuillas (Mejor Canción y Mejor Banda Sonora).

Más de una década después tuve la oportunidad de ver La Bella y la Bestia, el musical y quedé fascinada por la puesta en escena y por las nuevas canciones añadidas a las ya mundialmente famosas que daban más profundidad a la trama y a los personajes. La historia de los sirvientes del castillo convertidos en objetos, aunque aparentemente pudiera parecer un cabaret con un efectista número musical, se transformaba en el anhelo de unos inocentes que, por efectos colaterales, sufrían un encantamiento y no deseaban otra cosa que, como decía su canción, Ser humano otra vez. Y el personaje de Bestia se volvía más real y más atormentado en la que se convirtió en mi canción favorita de toda la banda sonora: Si no puedo amarla. El musical, aunque fiel a la película de animación de 1991, ya no era un cuento infantil con moraleja, era una historia que también iba destinada a los adultos con un trasfondo que escapaba a la comprensión de un niño.

Cuando Disney comenzó a adaptar sus grandes clásicos animados a acción real no me atrajo nada la idea. Siempre me han gustado las películas Disney (y analizar la evolución que han sufrido sus princesas desde la tonta de Blancanieves  a las independientes Ana y Elsa) pero esto me hizo preguntarme si era realmente necesario rodar Cenicienta o El libro de la selva en acción real o si los reyes de la animación se estaban quedado sin ideas.

ATENCIÓN: contiene spoilers

Fui al cine a ver la película. La primera escena muestra un ambiente cortesano francés del siglo XVIII con un príncipe de cara empolvada, colorete, carmín en los labios y una aparatosa peluca blanca que asiste a un baile repleto de bellas doncellas. Y supongo que aquí termina el realismo. Una magnífica soprano de color y su marido, el maestro Cadenza, amenizan la velada. No sé si habrá sido la discriminación positiva o la igualdad y normalidad que, por fin, se está consiguiendo en todas partes, las que ha llevado a poner dos parejas interraciales en la película. Lamentablemente, la esclavitud no fue abolida en Francia hasta un siglo después de la época que retrata la película y el matrimonio interracial no fue legal en EEUU hasta el, demasiado reciente, año 1967. Solo encontré un par de referencias sobre ello en varios artículos donde se quejan de lo tarde que llega el primer beso interracial a una película Disney. Desde luego que llega tarde, pero no es el primero si tenemos en cuenta a Pocahontas y John Smith, aunque intuyo que Walt Disney nunca hubiese llevado a la gran pantalla la historia de Pocahontas. Sobre lo que sí han corrido ríos de tinta es sobre el primer personaje homosexual del universo Disney y por desgracia, demasiados son los comentarios negativos para estar en el siglo XXI, demasiados cines que no van a emitir la película por ese motivo y demasiados países que la han clasificado para mayores de 16 años.

Pero estábamos en la fiesta del castillo, el príncipe baila con todas las doncellas decidido a elegir a la más hermosa casi como si tuviera derecho de pernada. Nos queda claro que solo se rodea de lo más bello, que es superficial, frío, altivo y despótico. Y por si esto fuera poco, se nos informa de que asfixia a sus súbditos con los más exorbitantes impuestos para permitirse su alto nivel de vida. Entra en escena la anciana y tiene lugar la escena que nos narraba una vidriera en la película de animación: su rechazo ante el aspecto de la recién llegada y su desprecio hacia la rosa que pretende entregarle a cambio de cobijo. Pero la anciana es una poderosa hechicera que lo convierte en bestia y le lanza una maldición asegurándole que si no ha conseguido enamorarse y ser correspondido antes de que caiga el último pétalo de la rosa mágica, seguirá siendo una bestia para siempre. Y piensas que te lo han presentado de tal forma, que casi se lo merece y que hasta Gastón (que aún no ha salido) resulta mejor opción.

El resto de la película sigue toda la línea argumental de su predecesora, las escenas, las canciones y los diálogos son casi idénticos, aunque introduciendo algunos elementos nuevos. Bella aparece en la puerta de su casa recreada con exquisito gusto, cantando la famosa Mi pequeña aldea, (que será pequeña, pero que aquí está superpoblada) con Romeo y Julieta en las manos.

El plano psicológico de los personajes está más desarrollado. Bella sigue teniendo todas las cualidades del personaje original, pero además de una lectora incansable, amante de la obra de Shakespeare, es más feminista, más altruista, más valiente y una inventora nata. Su padre, con la precisión del mejor relojero, hace pequeñas obras de arte y pinta retratos de su añorada esposa, guardando con celo el secreto de su triste pasado. Las rosas adquieren aquí unas connotaciones nuevas, más profundas y hermosas que en la versión original, convirtiéndose en el detonante de varias situaciones de importancia en la trama. Gastón, un capitán del ejército, regresa de su última batalla con la idea de casarse con Bella, y como ya hemos visto al príncipe peor persona que en la película de animación, no queda más remedio que poner a Gastón aún más malvado. Lefou, su ayudante, gana mucho en este film, pasando de ser una mera comparsa de Gastón y poner un toque de humor al asunto, a un hombre que se debate entre la devoción que siente por él y el rechazo que le producen sus fechorías.

Respecto a los habitantes del castillo, pierden con la transformación de dibujos animados a objetos reales, son más simpáticos y más humanos los de la película de 1991 (por cierto, les han quitado la canción del musical Ser humano otra vez, que tan bien explicaba sus sentimientos). Son partícipes de la suerte del príncipe porque son (más bien se sienten ellos) indirectamente responsables de su maldad. Din Don y Lumiere han perdido su cinismo (ni rastro queda de aquel consejo que le dan a Bestia para que conquiste a Bella: “flores, bombones, promesas que no se piensan cumplir”) y les han quitado sus continuos y divertidos enfrentamientos. Lumiere está profundamente enamorado de su atractiva Plumette (transformada en plumero) a la que no puede abrazar por miedo a quemarla. Madame de Garderobe, la señora armario, es la soprano estrella del principio de la película y la que más acusa su condición de objeto, pues pasa más tiempo dormida que despierta. Está muy enamorada de su marido, Cadenza, el clavicordio, un nuevo e interesante personaje, que sufre por no poder permanecer al lado de su esposa, y que toca melodías en soledad. Por supuesto, la sra. Potts y Chip siguen siendo los más encantadores. El castillo se convierte en un personaje más que se autodestruye cada vez que cae un pétalo de la rosa mágica. Bestia, a pesar de la soledad y desesperanza en la que vive,  no termina de aprender la lección, porque el primer comentario que hace cuando sus antiguos criados le aseguran que Bella puede ser su salvación, es despreciarla por ser una simple campesina. Con efectos digitales se ha construido al personaje de Bestia, pero el abuso del CGI le quita verisimilitud. Por un flash back sabemos que el origen de la maldad de Bestia está en la pérdida de su madre a temprana edad y la educación, cultivada pero despótica, que le da su padre con la impasibilidad de los criados.  Es la pasión por los libros el punto de unión entre Bella y Bestia y lo que hace que poco a poco se vayan enamorando.

Hay un nuevo objeto mágico que nos da más explicaciones sobre el secreto que guarda Maurice y el pasado de Bella: un atlas que puede transportarlos al lugar que deseen. Bella pide ir a su antiguo hogar de París. Allí, con Notre Dame vislumbrándose por la ventana (sin la presencia de la anacrónica Torre Eiffel que aparece en la película de animación), descubre que su padre tuvo que abandonar a su madre, enferma de peste, para salvar la vida de su pequeña Bella.

Cuando Bella se marcha del castillo para intentar salvar a su padre, Bestia cree que la ha perdido para siempre y, sin concebir la vida sin ella canta una canción nueva ¡qué no es la insuperable Si no puedo amarla del musical!

Los minutos finales de la película son los únicos que superan la versión animada, convirtiéndose en una auténtica delicia: la atmósfera; la magnífica recreación del castillo; Lefou dándole la espalda a la mala influencia de Gastón; el protagonismo de Agatha (la hechicera) que sube las escaleras con aplomo, sabiendo perfectamente a dónde va y qué va hacer; ese último pétalo marchitándose dentro de la preciosa campana de cristal; Bestia resignado a la muerte pero sintiéndose premiado por poder despedirse de Bella; ese “te amo” a destiempo de la muchacha; el milagro que se produce al deshacerse la maldición; el rostro de Bestia que ha vuelto a ser un hombre, pero esta vez un hombre enamorado dispuesto a dar lo mejor de sí a los demás; el silencio elocuente de la pareja que se convierte en su primer beso; la transformación en personas de todos los objetos animados; la recuperación de la memoria perdida de los aldeanos; el reencuentro de familiares; el beso de la soprano y el músico; el beso de Lumiere y su amada; y el baile. ¡Qué baile! Tan distinto al que abre la película, tan verdadero y feliz, con Maurice superando los malos recuerdos y pintando a su bella hija y con la pareja protagonista bromeando, preludio del “y vivieron felices y comieron perdices” con el que terminan todos los cuentos que se precien.


https://www.gratistodo.com/la-bella-y-la-bestia-2017-wallpapers/


jueves, 30 de marzo de 2017

Diario de viaje: Albufeira, Lisboa y Cascais II. Llegada a Lisboa y visita a su catedral.

El enfado del GPS

Al día siguiente pusimos rumbo a Lisboa. Nos habían dicho que los peajes en Portugal eran muy caros, así que intentamos evitarlos. Lo intentamos y lo conseguimos de tal manera que nuestro viaje se alargó más de lo previsto en carreteras secundarias, campos de olivos, detrás de camiones españoles (gallegos para ser más exactos) y puestos de fruta y verdura sembrados aquí y allá, con un solitario campesino esperando que algún coche parara para comprarle la mercancía. El sol nos acompañó todo el viaje y se colaba por la ventanilla incidiendo en mi brazo. Cuando llegamos a Lisboa el antebrazo lo tenía totalmente quemado.

Si el GPS nos hizo perdernos en tierras andaluzas, en Portugal nos fue del todo efectivo y hasta imprescindible. ¡Pobres viajeros los que no llevan un buen GPS! La voz femenina nos guiaba con enorme precisión, recalculando rutas cuando nos saltábamos algún desvío y enfadándose cuando nos equivocábamos. Hasta el momento yo pensaba, ilusa de mí, que la ventaja de un GPS frente a un copiloto estribaba en que el acompañante humano podía enfadarse si nos equivocábamos un par de veces y llegar a la ira si nos perdíamos, pero aquel día descubrí que los GPS también se enfadan. Es curiosa la forma de enfadarse del pequeño ordenador de a bordo, no suspira, no se queja, no bufa, no grita… pero te repite constantemente lo mismo, una y otra vez, como echándote en cara que te has pasado la salida correcta, te lo dice tanto y tan seguido que incluso, en tu humanidad (que no en la de él), te parece que hay cierto tono de ira en su voz. Después aparece un cartelito que pone “recalculando la ruta”… y eso ya es  como si te culpara de tu ineptitud de tal manera que hasta te entran ganas de disculparte.


Los puentes de Lisboa


La entrada a Lisboa está muy bien pensada. Por lo que pudimos comprobar hay tres puentes para entrar, dos larguísimos, bonitos y llamativos, que están al comienzo y al final de la ciudad y un tercero que está en un pueblo que hay que atravesar entero hasta llegar, después de varios kilómetros a paso de tortuga, a la capital. Los dos maravillosos puentes que te abren las puertas de Lisboa son de pago, un pago por el que poco menos que podrían ponerte una alfombra roja. Pero ambos son impresionantes. Por el que entramos, el Puente Vasco da Gama (el más largo de Europa) hacía una curva sobre el río Tajo y te daba la bienvenida a la ciudad. Vale la pena pagar la autopista de peaje que lo antecede.


Sobre el Tajo debo decir que es un río que nunca me había llamado la atención, que siempre, en mi imaginación, estaba por debajo del Guadalquivir y el Ebro en el “ranking” de ríos, pero que en Portugal tienen un inmenso cariño y todo lo bautizan con su nombre: el Tejo. Mi primera impresión fue que aquello no era el Tajo. No, no, no podía serlo. Aquello era como un mar del que a lo lejos puedes alcanzar a ver la otra orilla. A lo lejos, muy lejos, un Cristo con los brazos abiertos te espera. Las olas se balanceaban bajo el puente y llegaban hasta las dos costas. ¡Ahora va a resultar que el Tajo es tan grande como el Amazonas! Pues no, es el estuario y el Océano Atlántico que penetra en tierra.

Vista del río Tajo y uno de los puentes. A la izquierda, en la otra orilla, el Cristo con los brazos abiertos sobre un alto pedestal.


1999 versus 1979

Llegamos al hotel rápidamente con la inestimable ayuda del GPS (esta vez sin necesidad de que se enfadara). El hotel tenía buen aspecto por fuera y un aparcamiento estrecho y empinado por el que no era nada fácil entrar. En la puerta del hotel había una pegatina que ponía: “Guía Michelín 1999”. El recepcionista era un hombre de edad, uniformado, recto y serio que nos atendió hablándonos una mezcla de castellano-portugués que se entendía bastante bien. Nos entregó una funda que contenía un mando a distancia de TV, una tarjeta de plástico duro troquelada con varios agujeros y otra similar (con los agujeros en distintos lugares) que era la del “cofre”. Cuando vi aquello comencé a temerme lo peor. Mis sospechas se vieron confirmadas cuando entré en la habitación: dos camas de ochenta, una mesita de noche en el centro, un armario antiguo y sin espejo, un escritorio con la encimera de mármol, todo  con aspecto inequívoco de los años setenta y una televisión plana último modelo sobre el escritorio. El cuarto de baño era más moderno, pero conservaba su secador de pelo, con aspecto de  película futurista rodada en los años setenta, que había adquirido ese característico color amarillento del plástico que cubre los monitores de ordenadores viejos. Hay que admitir que el secador era buenísimo porque aún funcionaba. Todo demasiado antiguo  como para que le dieran el distintivo Michelín en el 99, creo que no se lo habría merecido ni en el 89… Pero, al menos, todo estaba limpio.


Nuestra primera intención fue almorzar en un restaurante portugués pero a aquellas horas (las tres de la tarde) todo estaba cerrado o vacío. Pasamos por varias plazas preciosas, con un encanto muy especial y un aire romántico que me agradó mucho. En la esquina de una de ellas encontramos el “Hard Rock Café” y allí almorzamos.



Bienvenido Mr. Marshal.

El primer monumento que visitamos en Lisboa fue la catedral. Pudimos llegar a ella por calles empinadas, ya que la ciudad está sobre varias colinas y hay grandes desniveles entre unos barrios y otros.

La primera impresión fue que era bastante pequeña para una ciudad tan grande, pero es de imaginar que cuando se construyó (en plena edad media) Lisboa no contaba con un elevado número de habitantes.



Aunque tiene muros pesados y fuertes, el gótico se muestra a cada instante en cualquiera de sus rincones. Por las vidrieras entraba una suave luz dorada y los rosetones dibujaban sombras en el suelo. 

Después de recorrer sus naves, justo antes de llegar a la girola, nos encontramos con una taquilla. Intentamos asomarnos para ver si había que pagar solo por ver  el deambulatorio o había algo más. No conseguimos que el empleado soltara prenda. Miramos, intentamos hacernos entender, pero no había manera. En aquel momento un americano, se acercó a la taquilla y sacó un billete de diez euros. El empleado negó con la cabeza al tiempo que le hablaba en portugués. El americano nos dirigió una mirada y nos preguntó, en inglés, si teníamos cambio. Le dijimos que no. Entonces con un gesto generoso entregó el billete de diez euros y señaló que estábamos las tres invitadas. Le dimos la gracias pero no nos atrevimos a entrar todavía porque esperábamos para que Migue pagara su correspondiente entrada y viniera con nosotras. El portugués se quedó algo extrañado por nuestra duda y buscó con la mirada el sujeto de nuestra atención. Migue estaba sentado en uno de los bancos y, aunque le hicimos señas, no nos veía. En aquel momento una turista alta, delgada, rubia y guapa se coló entre Migue y nosotras y se convirtió en el blanco de la mirada del taquillero. Éste, con una sonrisa, nos dijo en portugués que si la “moça” venía con nosotras también quedaba invitada a entrar en el recinto.

- No, señor taquillero, a la “moça” no la conocemos de nada, quien viene con nosotras es Migue, el marido de Mariví.

-¿Marido?

Se ve que aquello no le hizo tanta gracia, la sonrisa se le congeló en los labios y se volatizó su generosidad.

Entramos las tres en el maravilloso claustro gótico. Vale la pena pagar cualquier entrada para ver aquellos arcos y las pequeñas capillas. El patio estaba abierto y cuadriculado debido a una excavación arqueológica. Algunas pasarelas de hierro comunicaban las distintas partes del claustro. Una ventana con arcada gótica daba al exterior. La luz entraba a raudales creando una postal única. Podían verse los edificios opuestos, la ropa tendida de las vecinas y el estuario, el gran estuario.


Volví a cruzarme con “Mr. Marshal” y de nuevo le di las gracias por habernos invitado a tan precioso lugar.

El precioso claustro de la catedral de Lisboa.

lunes, 20 de marzo de 2017

El Festival de Eurovisión y las polémicas de los últimos años.


Todos los años, por una cosa u otra, siempre hay polémica alrededor del Festival de Eurovisión, tanto es así que incluso existe la expresión eurodrama para referirse a ello.

En 2016 fue por la decisión de la cantante y compositora Barei de interpretar su tema Say Yay! íntegramente en inglés. Barei resultó ganadora en el programa Objetivo Eurovisión emitido por TVE con la finalidad de elegir la canción que representaría a España en el Festival de la Canción de Eurovisión. Fue votada como la mejor candidata tanto por el jurado de expertos presentes en el plató  como por el voto del público desde sus casas. En aquella ocasión se presentaron seis finalistas de los cuales, tres iban con canciones en castellano y tres en inglés. Los responsables de TVE dieron la opción a los cantantes que interpretaban sus temas en inglés de introducir alguna estrofa en castellano, pero dejándoles total libertad de decisión. Barei eligió continuar sin incluir ninguna frase en español ya que consideraba que sus influencias y el estilo de su música eran más coherentes con la letra en inglés. Tras su victoria en Objetivo Eurovisión se desató la polémica.

Todos los años surgen las mismas preguntas ¿Debe España presentarse a Eurovisión renunciando a su idioma mayoritario y cantando en inglés? ¿Facilitaría esto alcanzar la ansiada victoria? Los miembros de la Real Academia Española (RAE) lo tienen claro: España debe presentar un tema en castellano.

En varias ocasiones nuestro país ha acudido al festival con una canción con título, estribillo o varias frases en inglés, lo que ha provocado el malestar de los académicos, pero 2016 se convirtió en el año en que, por primera vez, nos presentábamos con una canción sin una sola palabra en castellano. La disconformidad y el descontento de los académicos de la RAE se hacían patentes en las declaraciones de José María Merino que calificó el hecho como un disparate, argumentando que el castellano no es una lengua minoritaria, sino que lo hablan 500 millones de personas en el mundo.

El público manifestó su disgusto en todos los medios de comunicación, porque, aunque la canción había sido apoyada por los españoles, muchos no se sentían identificados con una canción íntegramente en inglés y, los que no tenían soltura en dicho idioma, se quejaban de que no entendían la letra, ni siquiera el mensaje general, y que les resultaba inaceptable no saber de qué hablaba el tema que representaba a su país en el festival de la canción más importante de Europa y uno de los más famosos del mundo. A ello se sumaba que nadie se había preocupado de traducir la letra para que todos la entendieran, ni de presentar el vídeo subtitulado para España, por lo que mucha gente tuvo dificultades para encontrar información sobre la historia que contaba Barei en su famoso tema y se dieron por vencidos, quedándose con la incógnita de qué decía la cantante más allá de su repetido Say Yay!

Otras muchas personas, sobre todo fuera de nuestras fronteras, no alcanzaban a comprender la polémica desatada en España por presentar una canción en inglés. El inglés es el idioma internacional, el que la mayoría de las personas entiende, muchos países (incluida Francia, Alemania y Rusia) han renunciado sin problemas a cantar en sus respectivas lenguas para apuntarse a la modernidad y en inglés se han interpretado las canciones ganadoras del festival en los últimos años. Lejos quedan aquellos tiempos en los que cada país competía en Eurovisión en su propia lengua, llegando, incluso, a estar regulado intermitentemente que así fuera por las mismas bases del concurso, hasta que en 1999 se decidió dejar que cada participante eligiera el idioma de la canción que lo representaba.

Pero si muchos creían que el cantar en inglés daría la victoria o situaría a Say Yay! en el Top Five estaban muy equivocados, pues Barei quedó en el puesto número 22 de 26 países.

http://blogs.formulatv.com/cosas_de_la_tele/festival-de-eurovision-en-que-idioma/

Comprendo la postura y el razonamiento de las personas que no saben inglés o que, simplemente, no se sienten representadas por una canción en otro idioma y comparto la opinión de la RAE. Creo que cada país debería cantar en su propia lengua y, personalmente, considero que las canciones de Eurovisión deberían estar subtituladas para que todos entendiéramos la letra, que es una parte muy importante de la composición.

Respecto al Festival de Eurovisión de 2017, como viene siendo costumbre, TVE ha repetido su programa Objetivo Eurovisión para elegir al representante de este año. Y, como el año pasado, la polémica ha acompañado al ganador. En este caso volvieron a presentarse varios temas en inglés, y TVE mantuvo su recomendación de incluir estrofas en castellano en las canciones. Así lo hizo Manel Navarro, el cantautor catalán que resultó ganador, que había compuesto su tema Do it for your lover completamente en inglés y que decidió mantener el idioma anglosajón solo en el estribillo, traduciendo el resto, cosa que muchos le agradecemos. Junto a él se presentaban Mirela con Contigo, Leklein con Ouch!, Maika con Momento crítico, Paula Rojo con Lo que nunca fue y Mario Jefferson con Spin my Head. Para mí, Paula Rojo fue todo un descubrimiento, y su presencia en Objetivo Eurovisión ha  conseguido que ahondara más en su música y descubriera canciones tan bonitas como Suena a country o El país de Nessie.

La polémica surgió cuando el jurado en plató dio la victoria a Manel y el voto telefónico del público otorgó la máxima puntuación a Mirela, llegando a un empate. Otros años, en situaciones similares, la última palabra la había tenido el televoto, pero en esta ocasión fue el jurado el que inclinó la balanza a favor del cantautor catalán dejando a Mirela, la eterna aspirante (pues la cantante ya ha intentado convertirse en la representante española en Eurovisión en varias ocasiones) en un segundo puesto ante la ira de los eurofans presentes en el plató. La cosa no acabó muy bien, pues los abucheos y los gritos de “tongo” se oyeron claramente, mientras que en las redes se ponía en duda la imparcialidad de uno de los miembros del jurado y se decía que en algún medio había aparecido Manel como ganador media hora antes de que se cerraran las votaciones. El joven, con algún que otro gesto despectivo hacia el público presente en la gala, volvió a cantar Do it for your lover, y se puso fin al programa. Lo que ocurrió después solo ellos lo saben, pero trascendió que nada pudo contener la ira de algunos eurofans y que hubo, incluso, una agresión.

Las redes echaron humo las semanas siguientes con mensajes continuos en contra de Manel, pidiendo que renunciara a favor de Mirela o que se le descalificara por los gestos de desprecio que mostró ante las protestas del público. Muchos eurofans no se sienten representados por él y afirman que no verán el festival este año. Mientras, Manel, continúa con la promoción de su canción y, tras pedir disculpas, ha manifestado su deseo de conseguir el apoyo mayoritario de los eurofans.

España solo se ha alzado con la victoria en dos ocasiones (con Massiel en 1968 y su famoso La, la, la y con Salomé en 1969 y su Vivo cantando). A estas alturas parece casi imposible que volvamos a ganar. Recordemos que dos estrellas reconocidas mundialmente como Raphael (Yo soy aquel, 1966. 7º puesto. Hablemos del amor, 1967. 6º puesto) y Julio Iglesias (Gwendoline, 1970. 4º puesto) no lograron el triunfo. Tampoco lo hicieron las magníficas baladas de Nina (Nacida para amar, 1989. 6ª puesto), Sergio Dalma (Bailar pegados, 1991. 4º puesto) y Pastora Soler (Quédate conmigo, 2012. 10º puesto), ni la impresionante campaña publicitaria y apelación al voto emigrante de Rosa (Europe’s living a celebration, 2002. 7º puesto), ni el ritmo contagioso de David Civera (Dile que la quiero, 2001. 6º puesto). En los últimos 25 años solo hemos rozado la victoria con Anabel Conde (Vuelve conmigo, 1995. 2º puesto).

Con este panorama, aunque me guste la canción, no espero demasiado. Sospechamos que la vecindad y los emigrantes otorgan votos y cuantos más vecinos tengas, más votos obtienes. Y a esto hay que sumarle que las casas de apuestas sitúan a Do it for your lover en último lugar.


http://www.formulatv.com/noticias/60685/turquia-no-participara-festival-eurovision-2017/




miércoles, 8 de marzo de 2017

Día Internacional de la Mujer


No soy una persona partidaria de “celebrar” el Día de… porque esas fechas suelen ser para colectivos “olvidados” el resto del año y que necesitan que se les dé presencia.

El día 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, precisamente porque, aunque estemos ya en el siglo XXI y muchas personas crean que se ha alcanzado la igualdad, las mujeres siguen necesitando que se ponga el foco de atención sobre ellas y los trabajos que desempeñan.

Por todos es sabido que a la mujer nunca se le ha reconocido o valorado su trabajo doméstico. Siempre se han ocupado de la casa, la comida, la colada (y no había lavadora), la costura y los niños. Pero a todo esto no se le daba la categoría de trabajo. Y la mujer también ha trabajado siempre fuera de casa. Ya en la prehistoria ellas se dedicaban a la recolección y posiblemente inventaran la agricultura, mientras los hombres cazaban. ¡Y qué les digan a las mujeres del campo que no trabajaban fuera de casa, mano a mano con su padre o su marido para plantar y recoger las cosechas! Y siempre fueron criadas, niñeras y desempeñaron tareas que se consideraban propias de mujeres.

Con la Revolución Industrial empezaron a trabajar en fábricas. Siempre con (aún) peores condiciones laborales (ya eran malísimas  para los hombres), salarios mucho más bajos (entorno a la mitad que un hombre) y largas jornadas, además de la carga suplementaria de llevar la casa, cuidar de sus hijos y sus mayores.

La Revolución Francesa tomó como uno de sus textos fundamentales la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789). Muchos pensaron que esos derechos del hombre se entendían como universales, sin embargo, dicho documento no se refería a la condición de las mujeres, por lo que ellas sintieron la necesidad de hacer su propia Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana que escribió Olympe de Gouges en 1791.

Mary Wollstonecraft, una de las primeras feministas y autora de Vindicación de los Derechos del Hombre (1791) y Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792) diría: “Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”.

Esta escritora luchaba por la igualdad en la educación entre hombres y mujeres y por que el Estado protegiera a las mujeres de los maltratos sufridos por maridos violentos.

Mary Shelley, la famosa autora de Frankenstein, fue la segunda hija de Mary Wollstonecraft (a la que no llegó a conocer porque murió pocos días después de su nacimiento) y la describía como: “Uno de esos seres que sólo aparecen una vez por generación, para arrojar sobre la humanidad un rayo de luz sobrenatural".

Pese a todos estos movimientos la situación seguiría siendo pésima durante todo el siglo XIX.

El 8 de marzo de 1875 marca un antes y un después en la historia de la mujer trabajadora y crea las bases para que se dedique un día a su recuerdo y su reivindicación. Ese 8 de marzo miles de mujeres trabajadoras de la fábrica textil de Nueva York hicieron una huelga para pedir mejoras en sus puestos de trabajo pero la marcha terminó con la muerte de 120 manifestantes.

En 1908 más de 15.000 mujeres del sector textil de Chicago y Nueva York se manifestaron en esta última ciudad pidiendo la reducción de la jornada laboral, subida de salarios y derecho al voto.

El  28 de febrero de 1909 se conmemora por primera vez en Nueva York el Día Nacional de la Mujer. En noviembre del mismo año comienza la huelga de las camiseras, también conocida como el Levantamiento de las 20.000.

El 19 de marzo de 1911 algunos países europeos se unen a la celebración del Día Internacional de la Mujer. Pero el día 25 de marzo de ese año tiene lugar un terrible incendio en la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist de Nueva York y mueren más de 140 mujeres, pues sus dueños habían cerrado por fuera todas las puertas que daban acceso a las escaleras y a las salidas del edificio para evitar posibles robos de las trabajadoras. Este suceso obligó a las autoridades a tomarse en serio las reivindicaciones de las mujeres y provocó un cambio en la legislación laboral.


Poco a poco muchos países fueron uniéndose a esta conmemoración. En España se empezó a celebrar en 1936. Pero no fue hasta 1975 cuando la ONU estableció el día 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, invitando a todos los países miembros a unirse a esta celebración.

http://ahorasesam.blogspot.com.es/2017/03/dia-internacional-de-la-mujer-origen.html

jueves, 23 de febrero de 2017

Diario de viaje: Albufeira, Lisboa y Cascais I. Viaje en coche y estancia en Albufeira.


Comenzamos aquí unos diarios de viaje con las vivencias e impresiones que nos asaltaron en los diferentes lugares que visitamos. Debo advertir que mis viajes son eminentemente culturales y suelo pasar por alto otras cuestiones, como la gastronomía, las compras o las noches de copas. Mi prioridad es ver monumentos, todos los posibles en los pocos días que suelen durar estas escapadas.

No ha sido mi intención, en ningún momento, ofender a nadie con los comentarios que hago, mis palabras siempre son desde un punto de vista personal y subjetivo e intentado darle un toque de humor al asunto. Por supuesto, cualquier persona puede mostrarse en desacuerdo conmigo y así un lugar que a mí no me haya gustado, puede parecerle a otro el sitio más bello del mundo. Pido disculpas de antemano si alguien se siente molesto con alguna de las observaciones que se recogen en estas entradas.


VIAJE A PORTUGAL: relato novelado e ilustrado.

Ciencia-Ficción en Andalucía

Era la primera vez que iba al extranjero (no incluyo mis visitas a Gibraltar porque para mí  no cuenta como “extranjero”) y fue para visitar a nuestros vecinos. No me fui muy lejos, no.  No salí de la península. Pero lo bueno es que no me invadió sensación de estar en un sitio extraño, desconocido  (aunque sí peligroso), sino que todo era familiar (porque se parece a lo nuestro) y el idioma, por escrito, se entiende (hablado, no). 

Salimos el lunes muy temprano. Ya estaba cansada  porque estuvimos hasta las dos de la mañana preparando las cosas. El viaje fue muy largo. No me explico cómo Migue puede conducir tanto tiempo. Llevaba un GPS que hizo que nos perdiéramos antes de llegar a Sevilla, por lo que en realidad tardamos más tiempo.

Ver pasar los paisajes no resultaba todo lo atractivo que me había parecido en un principio. Eran iguales a los nuestros por lo que muy pronto perdí el interés. Tan solo llamó mi atención una especie de torre de la que salía una potente luz, o sería más correcto decir que reflejaba la luz. Aún estábamos en España. Me pareció sorprendente, creaba una ilusión de ciencia-ficción, una percepción del cielo distorsionada, como si ella fuera el origen de la torsión del espacio. Mi imaginación se disparó y pensé que deformaba todo a su  alrededor creando una puerta dimensional desconocida… Bueno, bueno… no hay para tanto. Pregunté repetidamente qué era aquello y nadie me contestaba. Después vimos otra. Era menos potente y estaba en el centro de un campo de girasoles. Las plantas crecían ajenas al prodigio humano (o sobrehumano) y otra vez volví a mi retahíla de preguntas, como una niña pequeña que insiste en preguntar por qué esto, por qué aquello. Esta vez recibí respuestas vagas. Creo que nadie sabía lo que era, pero la imaginación de mis amigos no se desbocaba como la mía, así que quedamos en que era una suerte de torre solar, algo así como los molinos de viento que crecen por doquier en las costas de Tarifa.


 Desilusión en la frontera

La desilusión me invadió al cruzar la frontera con Portugal. Un río es la frontera natural y un puente es la humana. Ninguna aduana, ningún policía que me pidiera el DNI. Yo quería ver una frontera (como he pasado muchos años por la frontera entre La Línea y Gibraltar quería algo así, pero más impresionante, aunque ya se pueda pasar libremente, pero alguien allí o algo ¿no? ¿Dónde está la frontera de antes?). Lo único que vi fue el cartel de Portugal (no demasiado grande) y que ya los carteles cambiaban de idioma, todo lo demás igual.

El mayor problema que nos encontramos, señal inequívoca de que habías cambiado de país, fue el mensaje a los móviles informándonos de los precios en “zona 1” y la pérdida de  nuestras correspondientes compañías.

Albufeira

Llegamos a Albufeira sobre las 15.00 horas local, porque yo no lo sabía, pero tienen una hora menos que aquí. ¿Eso cómo se sabe si no viajas con alguien que te lo diga? ¿Habrá que esperar a ver la hora en la estación de un tren, en el reloj del ayuntamiento? A esa hora ya estaba todo cerrado, los restaurantes habían cerrado su cocina, porque parece ser que siguen el horario inglés (estamos solos en el mundo con nuestros horarios). Encontramos de casualidad un Lidl y compramos cosas para comer. El pan, el agua y los zumos muy baratos, el resto como en España, excepto la fruta que estaba a precios prohibitivos.

El hotel de Albufeira estaba muy bien. Era de tres estrellas, pero las calidades me parecieron de cuatro. Antes de mi viaje, mi amiga Elisa me había advertido de que no hiciera caso a las estrellas de los hoteles extranjeros porque no tienen nada que ver con las nuestras. Susana me había dicho que estuvo en un hotel de cuatro estrellas donde la calidad y la limpieza brillaban por su ausencia y que había comido muy mal en Portugal, que no se quería imaginar cómo sería un hotel de tres estrellas.  Pues nosotros dimos con un buen hotel, el hotel Topazio.

El recibidor era coqueto y elegante, las habitaciones estaban muy bien, muy cómodas y tenía un jardín trasero con piscina, tumbonas y bar.

Lo primero que hicimos fue ponernos nuestros biquinis e irnos a la playa. No había mucha gente, las toallas estaban salpicadas aquí y allá en la arena clara. El mar azul sacudía sus olas y la espuma del Atlántico acariciaba la costa del Algarve. A lo lejos unas grandes piedras plantadas en la orilla ofrecían una bonita postal. La playa terminaba convirtiéndose en un acantilado donde el mar había horadado la piedra y marcado diferentes estratos que a mi hermana y a mí nos entusiasmaron. Siempre me ha llamado la atención los lugares donde los diferentes niveles del mar, los diferentes escalones de la historia natural, quedan marcados profundamente.

Nos hicimos una sesión de fotos, recogimos conchas y nos tumbamos en la arena contemplando el paisaje. El agua no estaba tan fría como esperaba de un señor océano, pero no me animé a zambullirme en ellas, tan solo dejé que me llegara hasta la cintura y me volví a la toalla.


Por la noche salimos a cenar a un restaurante portugués. Es curioso, pero nunca me había parado a pensar que pudiera haber diferencia física entre los españoles y los portugueses. Quizá entre una sueca alta, rubia, de tez pálida y ojos intensamente azules y una española morena, bajita, con ojos rasgados y misteriosamente oscuros sí que se notan las diferencias, pero entre los habitantes de la península, que podríamos seguir siendo un mismo país si el curso de la historia no nos hubiera hecho tomar rumbos diferentes, no esperaba yo diferencias. Para mis ojos no las había, pero pronto comprobé que para los de los camareros, relaciones públicas y dependientes de las tiendas sí que hay una clara diferencia, como si lleváramos un cartel en la frente que pusiera “español”.

Cuando entramos en el restaurante el camarero nos dio directamente la carta en castellano. Precios altos, platos abundantes y buen ambiente. Me pedí  cerdo con salsa de champiñones. Cuando vinieron a servirnos nos hablaron en portugués. Aunque yo me di cuenta enseguida de que ese era mi plato, Migue no debió reconocerlo porque, con toda su buena voluntad, le repetía al camarero que aquello no era para nosotros. Me pareció que para tratar con el público en general y con extranjeros en particular, el camarero perdía la paciencia muy rápidamente. Su enfado aumentaba por momentos mientras hablaba y hablaba deprisa, sin intención de hacerse entender. Entre las muchas palabras que dijo entendí “porc”… o al menos así me sonó al principio, la repitió varias veces “porco” seguida de la palabra “hongos” y comprendí que no me había pedido un filete de cerdo con champiñones, sino un filete de puerco con hongos, lo cual suena tremendamente desagradable. Pero sí, en definitiva era mi plato y debía atenerme a las consecuencias. En serio, estaba muy bueno, tan bueno que me lo comí casi entero y al rato comenzó a dolerme el estómago.


Estuvimos paseando por la zona de marcha a las afueras del pueblo. Aquello se asemeja más a una feria perpetua que a una sucesión de bares, pubs y discotecas. Las puertas y las ventanas estaban abiertas, cada local tenía su propia música al máximo volumen posible y todos competían por ser los más escandalosos. Los sonidos se mezclaban en la calle y la gente reía divertida mientras se tomaba una copa. Los letreros luminosos guiñaban en la parte superior de los pequeños edificios y aumentaban conforme nos adentrábamos en la feria hasta que todos llegamos a pensar que nos encontrábamos en Las Vegas, y raro nos resultó no tropezarnos con algún casino.