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martes, 3 de abril de 2018

Sobre los papeleos, los que no saben tratar con el público y la guasa que tiene la gente.



Hace poco tuve que ir a formalizar una documentación que necesitaba con cierta urgencia, por lo que me apresuré a sacar cita previa a través de internet y presentarme el día y la hora indicada. Recuerdo que tenía la cita a las 13:15h y llegué con bastante antelación por si no se presentaban los números anteriores. Sospechaba que alguno dejaría pasar su cita porque, aunque a mí me corría prisa, otros no veían este papeleo como necesario y el día amaneció con un aguacero de los que no se veían desde hacía tiempo. Pero cuando llegué a la oficina me encontré mucha gente en la puerta.

https://pixabay.com/es/burocracia-aktenordner-papeleo-2106924/
 El edificio tenía una cornisa amplia bajo la que todos se agolpaban, menos un muchacho rumano que había optado por quedarse fuera, quizá para librarse de la aglomeración, y esperaba impasible bajo la lluvia con un chándal de llamativo estampado.

El guardia de seguridad no parecía reparar en nosotros desde la comodidad del interior del edificio y se paseaba entre la puerta de cristal y el arco de seguridad que franqueaba la entrada.

Así pasamos un buen rato, hasta que salió a proclamar que podían entrar las personas que tenían cita a las 12:00 y 12:15. Miré el reloj con extrañeza. Era casi la una de la tarde y todavía tenía que esperar a que atendieran a una buena cantidad de personas.

El segurita volvió a salir un rato después para pedir que entrara la siguiente tanda y dos muchachas extranjeras aprovecharon para pedirle que las dejara entrar. El hombre las escrutó con gran seriedad y les preguntó si tenían cita, a lo que las muchachas dijeron que no. Entonces les dijo secamente que sin cita no serían atendidas. Ellas preguntaron cómo se pedía cita y él, por toda respuesta, les señaló un cartel que estaba colgado en la puerta. El cartel remitía a una web y a un número de teléfono. Las jóvenes se miraron sorprendidas. Los que esperábamos bajo aquel pequeño techo fuera de la oficina también nos dirigimos unas miradas de asombro al ver la parquedad de palabra y los modos rudos con los que el guardia había respondido a las extranjeras. Yo sentí un poco de vergüenza al tratar de imaginar la impresión que las muchachas se llevarían de los españoles ante tal comportamiento, pero ellas debían tener mejor sentido del humor que yo, ya que se lo tomaron a guasa y cuando el de seguridad se dio la media vuelta comenzaron a cuchichear y reír.

-Llevo aquí una hora y aún no lo he visto sonreír ni un instante- dijo una señora que esperaba junto a la puerta.

-Es que si sonríe se disloca la mandíbula- se burló un caballero que sostenía un paraguas negro.

Mientras, iban llegando más personas y el escaso espacio de techo se nos iba haciendo cada vez más pequeño.

-Los de las 12:30- dijo el de seguridad asomando de nuevo.

-Disculpe- volvió a intervenir la muchacha extranjera – ya que estamos aquí ¿podríamos entrar y pedir cita en el mostrador?

El guardia negó con la cabeza y volvió al interior del edificio con las personas citadas.

Cuanto más intentaba hacerse respetar más conseguía el efecto contrario. El tono grave, hosco y antipático del empleado lograba que la gente permaneciera seria mientras él estaba presente, pero, en cuanto se daba la vuelta, todo el mundo se lo tomaba a risa y no paraba de hacer bromas.

-¡Qué sorpresa! ¿Cómo vosotros por aquí?- preguntó una señora que acababa de llegar a un matrimonio que compartía paraguas.

-Ya ves- dijo la mujer- De papeleo.

-Llevamos toda la semana de papeleo- se quejó el marido- Ayer estuvimos dos horas en comisaría para hacernos el pasaporte… Porque a mi mujer se le ha ocurrido que marzo es muy buen mes para viajar… ¡marzo! ¡Con una ola de frío polar, una ciclogénesis explosiva, inundaciones en toda Europa!

-¿Cómo iba a saber yo…?- protestó la interpelada.

-Haciendo caso al hombre del tiempo- la interrumpió – Ya lo venía advirtiendo desde antes de que sacáramos los billetes. El tiempo está muy malo…

-¿Habéis visto que ahora le han puesto nombre a las borrascas?- intervino la recién llegada – Como los americanos les ponen nombre a sus huracanes, ahora nosotros les vamos a poner nombre a nuestras borrascas, a falta de huracanes…

-¡Qué Dios nos libre!- se alarmó el pobre hombre.

Al cabo de unos minutos volvió a aparecer el de seguridad para llamar a los de las 12:45.

Entonces el muchacho rumano se acercó hasta la puerta con la intención de entrar en la oficina, pero el guardia lo detuvo y lo miró con disgusto comenzando a echarle una gran reprimenda. El joven se puso blanco y sus ojos reflejaron una mezcla de asombro y miedo que a todos nos hizo comprender que pensaba que el segurita llamaría a la policía y se lo llevarían, poco menos que esposado. Pero aquella impresión no podía estar más equivocada y solo se debía a la falta de conocimiento de nuestra idioma, ya que, aunque el tono del guardia nos había alarmado a todos, sus palabras no eran nada amenazantes.

-… ¿Por qué no te has resguardado bajo el techillo? ¡Mírate! ¡Estás empapado!
Efectivamente, el joven había permanecido bajo una incesante lluvia sin paraguas, y estaba tan calado que la ropa se le pegaba al cuerpo y el color del chándal se le había oscurecido.

-¡Vamos, entra, entra!- le dijo abriéndole la puerta.

https://pxhere.com/es/photo/700326


Las muchachas extranjeras no se habían marchado con la esperanza de que el responsable de seguridad acabara siendo amable con ellas. Al contemplar que, a pesar de la bronca que le había echado, finalmente había dejado pasar al joven, y obviando que el muchacho tenía cita, las dos cruzaron una significativa mirada y luego observaron decididas la lluvia que caía fuera. El de seguridad se pasó la mano por la cara con un gesto de auténtico hartazgo, pero les permitió la entrada.

Al cabo de un rato volvió a asomar y solo dijo:

-Había una persona para las 13:15. ¡Qué pase la puerta de cristal!

¡Ay, ay! ¡Qué esa persona era yo! ¿Por qué me llamaba a mí solamente? ¿Y los demás? Crucé entre la gente que estaba delante y pasé la puerta de cristal como me había indicado, pero junto a la puerta estaba el arco de seguridad, así que lo pasé también. Y aunque no pitó, oí su voz airada gritarme:

-¡He dicho la puerta de cristal, no el arco!

Volví rápidamente sobre mis pasos y me quedé entre la puerta y el arco sintiendo que había metido la pata. Yo no tenía tanta cara como las dos jóvenes que no habrían dudado en ponerse bajo la lluvia para que las dejara pasar, pero tampoco la falta de comprensión del idioma del muchacho rumano que pudiera justificar mi expresión de susto. No sabía qué hacer porque el espacio entre la puerta de cristal y el arco de seguridad era tan pequeño que tampoco me parecía lugar adecuado para pararse.

-¿He dicho yo el arco?- volvió a gritarme.

-¿Dónde me pongo?- fue lo único que se me ocurrió.

-Aquí, aquí- murmuró una muchacha que también estaba esperando en aquel recoveco.

 El empleado cruzó el arco de seguridad mientras nos dejaba allí, en tierra de nadie. Miré a través del cristal a la gente que esperaba fuera, y pude darme cuenta que, una vez más, cuchicheaban y reían entre ellos llegándome a hacer gestos de complicidad bajo aquel techito mientras la lluvia seguía cayendo a sus espaldas.

-Pasad- nos dijo.

Y por fin entré en el edificio, donde el personal administrativo me trató correctamente y pude hacer el trámite que tenía pendiente.


miércoles, 10 de enero de 2018

Hechos reales: en el autobús (tercera parte)


Cuando hay acontecimientos o festividades que concentran gran cantidad de personas en el mismo lugar y que imposibilita que los que acostumbran a llevar el coche a todas partes encuentren aparcamiento, se suele optar por el transporte público. Solo entonces somos plenamente conscientes de que hay mucha gente que no sabe montar en autobús. Ya habíamos hablado de esto anteriormente, pero es que de nuevo, hace unas pocas semanas me quedé de piedra al ver el comportamiento y las conversaciones de mis compañeros de viaje. Parece imposible que alguien no sepa cómo utilizar un autobús, no sé si es que yo lo cojo todos los días, pero no creo que sea tan difícil mirar el mapa de la parada, o la aplicación del móvil para ver qué autobús lleva al centro de la ciudad (que normalmente es el final del trayecto y viene escrito en la marquesina o en el propio vehículo) o, en su defecto, preguntar al conductor si pasa por donde quieres ir. No es tan difícil (si tienes suficiente dinero, claro) pagar el billete, sentarte en un lugar o quedarte de pie sujeto a la barra, leer los carteles que indican cosas como prohibido comer y beber o que no se da cambio de más de 5 euros.

https://pixabay.com/es/pasajeros-tain-tranv%C3%ADa-autob%C3%BAs-1150043/
Las pasadas navidades los autobuses iban repletos, y entre los muchos usuarios, se encontraban también aquellos que habían viajado poco (o nada, quizá fuera su primera vez) en este medio de transporte.



Una señora consiguió un buen lugar y le indicó a su nieta que se sentara junto a ella. A lo que la niña con mucho desparpajo y alegría respondió:

-No, abuela. Yo no me siento. La ilusión de mi vida siempre ha sido ir de pie en un autobús.

¡Vaya! Sus padres no debían saber que su hija tenía ese anhelo por una cosa tan fácil de conseguir, si no le habrían regalado un billete de autobús antes ¿o no?


Otra abuela pagó con su bonobus y saludó a la conductora del vehículo, el chiquillo de unos tres años que llevaba de la mano, miró fijamente a la muchacha y preguntó:

-¿Las mujeres saben conducir?

-Claro que saben- contestó la señora mientras lo empujaba hacia el interior del autobús.


https://pixabay.com/es/photos/transporte%20p%C3%BAblico/?&pagi=2Buscó donde acomodarse, pero solo consiguió ese par de asientos que quedan de espaldas y que son los últimos en ocuparse porque mucha gente se marea. El niño al ver que iba de espaldas no tuvo otra ocurrencia que preguntarle a su abuela por qué íbamos marcha atrás. La mujer le explicó que no era el autobús el que iba marcha atrás, sino que eran sus asientos los que estaban de espaldas, pero el pequeño no lo entendió a la primera. Luego se asombró al ver pasar escaparates.

-¡Mira, mira!

-Son los escaparates de las tiendas.

-¿Qué son escaparates?

Y su abuela, con paciencia, se lo explicó.

-Abuela, tú sabes muchas cosas…

-Porque yo he vivido muchos años. Cuando tú te vayas haciendo mayor irás aprendido tantas cosas como yo.

-Y esa gente que va andando por la calle… ¿se han perdido?- volvió a preguntar.

-No, no se han perdido. Están paseando.

El chiquillo siguió viendo pasar escaparates adornados de Navidad y concluyó que ya habían empezado las fiestas y se pasó el resto del viaje cantando villancicos. Demasiados “peces en el río” para mi gusto.

Debió ser un día muy emocionante para el niño, porque no paraba de saltar de sorpresa en sorpresa, lástima que, seguramente, ya lo habrá olvidado.


Aparté la mirada del pequeño cantante y me fijé en una mujer que iba con su hija, ya mayorcita, manteniendo una asombrosa conversación.

-No, los Reyes no te van a traer tantas cosas. Si te hicieran muchos regalos otros niños se quedarían sin juguetes- respondió la madre a la que, seguramente, sería una larga retahíla de peticiones.

-¡No son muchos!- exclamó la hija pensativa - ¡Estaría bueno que a mí solo me trajeran una cosa y a los demás niños un montón!

-Los Reyes saben lo que tienen que regalar a cada uno. A todos igual… más o menos.

-¡No, a todos igual, no!- se quejó la niña – ¡A los que no se portan bien, no!

-Los que no se portan bien están en la lista negra de los Reyes… Y estar en la lista negra… ¡Es estar en la lista negra!


En una de las paradas un hombre subió al autobús e intentó pagar con un billete de 10 euros. La conductora le indicó que el reglamento establecía como máximo el pago con un billete de 5 euros y que ella no tenía cambio suficiente, por lo que el señor bajó del autobús y nos pusimos en marcha de nuevo.

-¡Qué poca vergüenza!- exclamó indignada una mujer a mi espalda - ¡No se puede consentir que esta tía no haya dejado al hombre subir al autobús!

-Le ha dicho que no tenía cambio de 10 euros- respondió la amiga.


-¡Qué barbaridad! ¡No permitir pagar con un billete de 10 euros! ¡Y él se ha bajado! ¡Yo no me bajo!- gritó enfadada - ¡A mí no es capaz de hacerme eso! ¡A mí me cobra o me lleva gratis, pero nunca consentiría en bajarme! ¡Me tendrían que bajar a la fuerza!

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Autobus_Aucorsa_(C%C3%B3rdoba,_Espa%C3%B1a).jpg

domingo, 20 de julio de 2014

Hechos reales: en el chiringuito.


Para oír cosas curiosas solo hay que estar un poco atento (o ser un fisgón que escucha conversaciones ajenas… con un poco de mala educación, pero mucho interés). A veces, la gente habla tan alto, que parece querer pregonar sus cosas, sus chascarrillos, sus ocurrencias. Puede que sea afán de notoriedad, convertirse en “estrella mediática” como esos famosillos que se ven en algunos programas de televisión (especialmente en Tele 5) transformando en noticia algún hecho cotidiano sin más transcendencia. Supongo que todos queremos nuestro minuto de gloria, aunque sea delante de 50 personas y, aunque cada uno vaya a lo suyo. La esperanza de brillar, puede que tan solo con un fugaz destello, se dibuja en nuestro rostro de vez en cuando.

Un almuerzo en un chiringuito puede traerte una anécdota graciosa a poco que te descuides. Si estás terminando de dar cuenta de un pescado a la plancha en una mesita a la sombra, con la playa al fondo y un sol de justicia, y escuchas a voz en grito:

-¡Catorce espetos de sardinas para la mesa cuatro!

Es natural y comprensible que no puedas evitar una miradita de soslayo a los comensales y ponerte a contar si son catorce o se van a poner morados de tanta sardina.

El espetero, allí en la arena, con su tinglado preparado y sus calamares gigantes haciéndose a la brasa, levanta la cabeza con un gesto de asentimiento y sin más preámbulos empieza a pinchar sardinas en una caña, de esa forma tan especial y estudiada que solo conocen los de su gremio. Cinco por cada espeto y una pizarra grande en el paseo marítimo que pone: espetos a 2 euros.



De repente, tu plato se ha quedado vacío y los camareros van y vienen sin hacerte demasiado caso. En ese momento, no te queda más remedio que mirar de nuevo y comprobar con agrado al magnífico profesional que ya tiene catorce espetos en la “barquita” y está preparando alguno más, porque cuando te sientas a la mesa lo primero que te pregunta el camarero, incluso interrumpiéndote si ya has empezado a pedir los boquerones al limón y las gambas, es:

-¿Van a pedir espetos? ¿Cuántos?

Este “cuántos” sigue rápidamente a la pregunta, que claramente no espera respuesta, porque si vas a Málaga, lo de los espetos es algo que se sobrentiende. Es una mera pregunta de cortesía, para no lanzarte el “cuántos” a la cara sin saludo ni nada.

-Cuatro- contestas sabiendo que después de la respuesta esperada ya puedes ordenar calamares, pulpo, berenjenas con miel, ensalada mixta o lo que te dé la gana. Él apunta en su libretita y grita:

-¡Christian, cuatro espetos más!

A ti te parece imposible que un espetero se llame Christian y no Juan, Antonio o Pepe. ¡Ay, cuánto daño han hecho las series extranjeras! Pero Christian, más tradicional que su madre, ha hecho el curso de espetero, que es más que un empleo de verano, que es un arte y tiene una dificultad intrínseca, que solo la descubre el graciosillo que en una barbacoa dice que va a hacer un espeto, porque está en Málaga, porque tiene las sardinas, el fuego y porque él lo vale… Y se le quedan todas las sardinas destripadas, partidas, lanzándose desde el palito y quedando desmigadas en las brasas.

Al poco Christian se presenta con sus bandejas plateadas repletas de sardinas, sabiendo, perfectamente, a que mesa hay que llevar las catorce. Además de su sapiencia, le guía el número de comensales (efectivamente, eran catorce) y los chistes verdes fruto del abundante tinto de verano. Nuestro espetero sortea a los vendedores de gafas de sol, bolsos varios y al hombre del acordeón, y planta, con arte torero, los espetos en la mesa, haciendo sitio entre los restos de pescados varios y trozos de pan  pellizcados.

Suena un pasodoble y después un tango. No hay verano en la Costa del Sol sin el acordeón, puede que en otros lugares toquen los pajaritos, pero aquí se toca un tango y luego se pasa el platillo. Cuando le das unas monedas, el artista te sonríe agradecido y se marcha hacia otro chiringuito. Creo que son los únicos a los que les hace sonreír la calderilla, aunque si le soltamos un billete, acepta peticiones. Pero hay que dejar algo de suelto porque en un ratito aparecerá el de la guitarra, que con voz ronca te cantará una rumbita. De ellos me gusta la forma en que piden la recompensa a su música, le dan la vuelta a la guitarra graciosamente y te ofrecen la madera barnizada como si fuera una mesa donde lanzar las monedas.

La comitiva ya está terminando con las sardinas, cuando aparece la vendedora de lotería.

-¡Traigo la suerte! ¡Traigo la suerte!- mira a las mujeres de la alegre compañía y dice muy contenta: -¡Cómo te pareces a la Beyonce y tú a la Shakira! ¡Igualitas!

“¡Ay! ¿Será cierto?” te preguntas en plan paparazzi mientras tratas de buscar a las dos chicas merecedoras del piropo.

Las mujeres se ríen.

-¡Te voy a hacer millonario!- le dice a Piqué (ah no, pues no se parece a Piqué) -Compra lotería, que te van a tocar los millones de euros y te vas a poder llevar a tu mujer de viaje a Turuntuntú.

“¿Eh?” te preguntas atenta a la respuesta del marido que solo sabe frotarse la calva y reírse. Pero nadie le pregunta a la buena mujer dónde está ese sitio al que se van a ir de vacaciones. No hay interés, nadie tiene la menor curiosidad aquí.

-¡Igualita a la Beyonce! ¡Qué bien os lo vais a pasar en Turuntuntú!-  Y tanto insiste y tales maravillas cuenta de tan fabuloso viaje, que el marido de Beyonce, desabrochándose uno de los botones de la camisa para dejar más espacio a su barriguita, le compra la lotería –Pero ¡comprad un décimo cada uno! ¡Qué llevo la suerte!- insiste un tanto desilusionada. Pero esta vez, los piropos no surten efecto.


Al final la mujer se marcha con paso acelerado hacia el próximo chiringuito y de nuevo encuentra otras dobles de Shakira y Beyonce.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Hechos reales: conversaciones en el tren.


Hace poco hice un viaje en mi medio de transporte favorito: el tren. Pues en las estaciones de tren también se escuchan conversaciones interesantes, absurdas o ambas cosas a la vez.

La estación de Zaragoza es sorprendentemente abierta, debe ser agradable en verano, pero en invierno… no quisiera verme allí. Quizá, por eso no se abren los accesos a los andenes hasta cinco minutos antes de la hora oficial en la que el tren hace su salida. Y digo la hora oficial porque la real es otra o, al menos, eso nos ocurrió a los que estábamos allí aquella mañana de septiembre esperando varios trenes a otros tantos destinos. Un centenar de personas llenábamos los andenes, mientras las vías permanecían desiertas de trenes.

Unos se preguntaban si sería el andén correcto, otros se extrañaban por el retraso de los trenes y, los más pesimistas, creían haberlo perdido. Yo me entretenía mirando el reloj e imaginando trenes invisibles al más estilo Harry Potter, cuando una señorona se sentó en un banco apartando groseramente a las otras personas que estaban allí.

-Buenos días- dijo.

-Buenos días- contestaron algunos.

Al momento, un hombre de avanzada edad se sentó en un banco cercano.

-Buenos días- repitió la señorona.

-Buenos días- respondió el anciano.

-Menos mal que usted tiene educación, porque hace un momento he dicho “buenos días” y esa señora- dijo señalando a la mujer que había empujado para hacerse sitio en el asiento - … no me ha contestado.

-No la habrá oído. Será sorda.

La aludida fingió serlo.

-Antes viajar suponía tener conversación segura- continuó el hombre –. Siempre hablabas con tu compañero de viaje. Ahora cada cual va a lo suyo.
La señorona asintió con la cabeza.

-Creo que usted debe ser mayor que yo…- cambió de conversación repentinamente el anciano. La aludida no pareció molestarse por el comentario.

-Sí, eso creo.

Los miré de soslayo y me pareció una impertinencia, pues a todas las luces la señorona era más joven.

-Yo tengo 79.

-Pues yo hago 77 en diciembre, justo el día 28.

-Menuda inocentada gastó usted a su familia.

-Así debió ser, pues soy la penúltima de una familia numerosa- continuó la señora sin inmutarse por las argumentaciones del otro- El médico me ha dicho que nunca me ponga más años, que cuando me pregunten diga los que tengo, aunque falte un día para cumplirlos, porque aún no tengo esa edad, esa edad no es mía.

-No, aún no es suya- asintió el hombre como si hablaran de un objeto comprado o algo así. – Yo viajo muy a menudo y me gusta mucha esta estación. Estar aquí en diciembre es maravilloso. Corre un airecillo… y estamos a la temperatura perfecta, cero grados, ni frío ni calor. Porque yo he estado sentado en este mismo banco a cero grados ¿sabe usted?

-Sí, la temperatura perfecta.

Por suerte o por desgracia, los trenes llegaron y aquella improvisada pareja descubrió que no compartían destino. ¡Ay! A veces el camino separa a buenos conversadores y a sus interesados oyentes… a falta de película… bueno es un fragmento de teatro, aunque sea teatro del absurdo.




En la estación de Málaga un abuelo enseña un libro a su nieta. La chiquilla con ojos despiertos y coletas juguetonas atiende a todo lo que le cuentan.

-Y este edificio lo hizo un arquitecto llamado Moneo.

-¿Cómo?

-Moneo, un arquitecto muy famoso.

-¿Tú sabes quién es Monet?- le preguntó la pequeña a su abuelo.

-¿Monet? Sí, un pintor francés- contestó este con seguridad. Después miró a la pequeña con sorpresa - ¿Y tú? ¿Cómo lo sabes tú?

A lo que la niña respondió con un brillito vivaracho en sus ojos y una amplia sonrisa.



 Una familia en el AVE, camino de Puertollano, iba muy alterada porque en el aeropuerto le habían perdido una de sus maletas.

-Pues yo haría noche en la terminal hasta que me devolvieran mi maleta. Llevaba dentro mi conjunto de Tous- dijo la hija adolescente.

-Pues era mi maleta preferida- dijo la madre- … y ni por esas hago noche en el aeropuerto.

-No hubiese servido de nada porque ya nos han dicho que la maleta no embarcó en el vuelo Londres-Madrid- respondió el padre.

-¡Había muchos vuelos!- se quejó la chica – A la misma hora salía uno para Australia y otro para Nueva York.

-Al final la maleta va a viajar más que tú- se rió su tío que los acompañaba en el viaje- La verdad es que Puertollano es aburrido y la maleta no quería volver a su armario, quería viajar, conocer mundo, divertirse…


-¡Yo en este tren camino de Puertollano y mi maleta de juerga en Nueva York!- se quejó la muchacha disgustada.


martes, 23 de julio de 2013

Hechos reales: conversaciones absurdas.


A veces, sin pretenderlo, escuchas conversaciones de extraños que, por un motivo u otro, se quedan dando vueltas en tu cabeza. Pero, debo confesar, que las que más me llaman la atención son las absurdas.

No hace mucho tiempo asistí a uno de los ensayos de la ópera “La Bohème”. La mayoría del público era adolescente y mostraba su impaciencia porque los primeros quince minutos asistimos a la colocación del atrezo en el escenario. Después, el director de escena nos dio una pequeña charla sobre la ópera, en la que empezaba explicando que era toda cantada… aunque se le “olvidó” contar que no era en castellano (seguramente porque le pareció cosa ya sabida) y cuando se entonaron los primeros acordes, la “juventud” se mostró desagradablemente sorprendida. 

No sé, supongo que la mayoría de las canciones de sus ídolos no son en castellano y eso no les asombra…

Pero no fue esto lo que me llamó la atención, sino la aclaración que le hacía un amigo a otro después de la charla.

-Como es un ensayo- decía el director a modo de conclusión –les ruego, contengan sus ansias de aplaudir.

-¿Qué ha dicho?- preguntó un adolescente a otro.

-… que está prohibido aplaudir y vomitar- aclaró el amigo.

Y es que, ya se sabe, ansia es sinónimo de vomitar…





Cierta tarde en el autobús, se sentaron junto a mí dos muchachas que mantenían una conversación muy animada sobre un joven al que una de ellas conocía y quería presentar a la amiga.

-Sí, sí- decía la casamentera – Sí, el muchacho es guapillo, seguro que te gusta.

-No pareces muy convencida.

-Sí, te digo que sí que es guapo pero… es que… es muy filosófico… te pones a hablar con él y es muy… filosófico… pero es buena persona, guapo y buena persona, de verdad.




El otro día, también en el autobús, me llamaron la atención un grupo de señoras de avanzada edad que iban muy arregladas y sonrientes con una rosa en la mano. Todas llevaban una rosa roja y se mostraban de lo más elocuentes sobre sus temas diarios de conversación, hasta que una de ellas le advirtió a la otra:

-¡Cuidado, no te vayas a clavar una espina!

-¿Una espina?- preguntó sorprendida la interpelada -¿cómo me voy a clavar una espina si las rosas no tienen espinas?

La sorpresa de todas las amigas fue mayúscula, interrumpieron su conversación y se quedaron mirándola fijamente… yo también la miraba con descaro.

-Cuando estuve en una iglesia italiana el guía nos explicó que las rosas no tienen espinas- se justificó –. Fue porque el santo que vivía allí estuvo tentado por el diablo, y para no caer en las tentaciones se arrojó a un zarzal que allí había y las espinas desaparecieron. Desde entonces, las rosas no tienen espinas.

-¡Qué leyenda más bonita!- dijo una de las amigas.

-Creo que fue san Antonio de Padua- añadió la contadora de historias y todas se mostraron muy conformes.

-… Pero las rosas siguen teniendo espinas- añadió por lo “bajini” la que le hizo la advertencia.

Aquella pobre señora, a la que todas las amigas ignoraron, me recordó a Galileo ante la Inquisición añadiendo: “… y sin embargo, se mueve”.

Sí, la leyenda es muy bonita. En realidad, se refiere a San Francisco de Asís, y a la variedad de Rosa Assisienses que crece en el jardín de la Basílica de Santa María de los Ángeles, en un pueblecito cercano a Asís. Pero las rosas que llevaban estas señoras sí que tenían espinas y, solo con haberlas mirado bien, se habrían dado cuenta.