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viernes, 21 de julio de 2023

Clotilde y el rosal amarillo.

Todavía existen algunos enclaves donde el tiempo y el espacio quedan suspendidos y sus diferentes capas conviven en armonía. Hay algo de magia en lo que se proyecta con amor y también algo misterioso que transciende.

Conozco uno de esos lugares y cualquiera lo puede visitar. Es un oasis en mitad de la gran ciudad que tiene la apariencia de una casa con jardín de principios del siglo XX.

Jardín de la casa.
Pero aquel no es un jardín cualquiera. Su dueño viajó hasta la Alhambra para traer el mirto que rodea uno de los patios y plantó con sus propias manos los palmitos, los magnolios y el laurel con el que se coronaba a los poetas y deportistas en la antigüedad clásica.

Nunca fue reconocido como jardinero. Pero un corto paseo por allí te traslada al Generalife con su estanque rodeado por el seto de boj, a Medina Azahara al admirar los capiteles que coronan dos columnas y a los Reales Alcázares de Sevilla al escuchar el rumor de la fuente andalusí. Un solo lugar puede contener otros muchos, despertar tu curiosidad asomándote a los cristales de cien años de antigüedad que protegen la rotonda del salón y llevarte hasta la Fuente de las Confidencias. Confidencias inesperadas que suceden sin más.

Fuente de las Confidencias. 

Yo había llegado con el propósito de visitar la casa y la primera sorpresa me la llevé al acceder por el espléndido jardín. Pero cuando comencé a recorrer el hogar del cuidadoso artista, me tropecé con el retrato de su mujer. Fui buscándolo a él y me encontré con ella. Por supuesto que conocía a Clotilde, pero siempre la había visto a través de los ojos de su marido.

Libros.
Todo me gustó mucho. Había libros, una lámpara de su amigo Tiffany, muebles cuidados, terciopelos y antigüedades. Podías encontrarte una escultura romana y un momento más tarde una virgen medieval. Y objetos, muchos objetos que les habían pertenecido.

Lo más asombroso era la luz, la luz que desprendían las decenas de pinturas que adornaban las paredes y que eran un trocito de su añorado Mediterráneo metido entre cuatro paredes. No todo el mundo sería capaz de verla en un espacio cerrado, ni de sentir la misma brisa que sacudía las telas blancas y que olía a mar.

Y, de repente, las cartas que habían dejado ante los ojos indiscretos de quien quisiera leerlas. Dudé un momento. Entrar en el hogar de una familia siempre era acceder a su intimidad, pero leer su correspondencia suponía colarse en sus secretos pensamientos. Me acerqué despacio. ¿Tenía derecho a conocer sus confidencias? Me quedé de pie, mirando la caligrafía y, sin pretenderlo siquiera, pasé de observar el papel, la tinta y los trazos a leer las frases.

«Mi queridísimo Joaquín. No dudo ni me sorprende me digas que te hago falta, pues juzgo por mí y a mí me haces pero mucha; hoy hace sólo 8 días que te fuiste y a mí se me han hecho interminables (...) Muchos besos de tu feísima Clotilde.» Carta de Clotilde a Joaquín. Madrid, 8 de febrero 1908.

Clotilde conoció al amor de su vida cuando ambos eran dos adolescentes. Pero el trabajo lo llevó a tener que separarse de ella durante largas temporadas y entonces las cartas eran su nexo de unión. Él esperaba la misiva diaria de su mujer teniendo ya preparada la suya para entregarla al cartero. Le contaba cosas cotidianas y le hablaba de forma muy cariñosa. Ella se juzgaba duramente y se despedía como «tu fea». Durante las ausencias llegaron a escribirse 2000 cartas que guardaron cuidadosamente.

Era una mujer inteligente, con carácter, con tesón, elegante, amable y detallista. La persona que organizaba todo, llevaba las cuentas y se ocupaba de que nada le faltara a su marido aunque estuviera lejos. Para Joaquín ella lo era todo: su esposa, su amante, su amiga, la madre de sus hijos y su musa. Se sentía pesimista lejos de ella. Se amaron durante toda la vida.

«Cuan feliz sería si estuvieras conmigo... Ando cojo, me falta tu sereno juicio y tus apasionados besos, Dios querrá algún día que estas excursiones artísticas las hagamos siempre juntos». Carta de Joaquín a Clotilde, 6 de febrero de 1908.

Clotilde también le hablaba de cosas cotidianas y le contaba cómo estaba el jardín, especialmente el rosal amarillo que Joaquín había plantado y que ella cuidaba con mimo.

Levanté los ojos y miré el retrato de aquella gran mujer. Casi podía sentir su presencia.

—Dicen que la han visto, que sigue en esta casa me susurró otra persona que también estaba observando el cuadro.

Clotilde en la playa. 1904 

«Como tú, recuerdo casi con sentimiento el que nuestra vida no sea la que hace mucho tiempo, como era antes, en que siempre estaba contigo en el estudio, te servía de modelo, y luego hacíamos nuestros paseos, antes de cenar, comiendo castañas o quisquillas, y que realmente pocas horas estábamos separados; pero que se va a hacer, los tiempos cambian, los hijos crecen y las obligaciones son otras y aunque nuestros corazones sigan tan jóvenes o más que entonces, las circunstancias son otras y la vida no puede ser la misma; puede que con el tiempo cuando seamos viejos, podamos hacer algo de aquella vida.» Carta de Clotilde a Joaquín, Madrid, 23 de febrero 1908

Salí al hermoso jardín y paseé de nuevo entre la vegetación. La pérgola de estilo italiano se recortaba entre el verdor. Clotilde y su familia habían pasado tantas tardes sentados allí charlando que yo también tomé una de las sillas de forja y traté de escuchar el eco de otro tiempo acariciando el presente. Era un paso más después de haber leído sus cartas. Esperé mientras buscaba con la mirada, escudriñando todas las plantas. Esperé pero nada pasó y busqué algo que echaba de menos…

Joaquín y Clotilde.

—Vamos a cerrarme indicó el guarda.

—¿Dónde está el rosal amarillo del que Clotilde hablaba en tantas de sus cartas? No lo veo.

—Ninguno de los actuales trabajadores lo conocimosmurmuró—. Dicen que cuando Sorolla murió el rosal enfermó. Y Cuando falleció Clotilde, el rosal se marchitó. Eso fue en 1929.

Lo miré impresionada y asentí. No podía ser de otra manera.

Rosal amarillo. Joaquín Sorolla.

El lugar que se describe es el Museo Sorolla (Madrid) y las fotografías están realizadas en el jardín y en el interior de la casa en una de mis visitas. La historia de amor es la de Joaquín Sorolla y Clotilde García del Castillo. Las cartas están recopiladas en varios epistolarios.

Lee un resumen de la vida y obra de Joaquín Sorolla aquí.

lunes, 31 de agosto de 2020

El mensaje de Pandora, de Javier Sierra


Arys, una muchacha griega que acaba de cumplir 18 años, recibe una larga carta ilustrada de su tía favorita donde rememora el viaje que realizaron la primavera de 2016 por el sur de Francia y el norte de España recorriendo en coche los principales santuarios rupestres,  topándose con la Dansa de la Mort en Verges o revisando el Beato de la catedral de Gerona.

La misiva, escrita a la vieja usanza para no recurrir a medios digitales que pronto quedarán obsoletos, lleva una revelación sorprendente, un mensaje de esperanza y la misión de preservar los conocimientos y transmitirlos a las futuras generaciones.

El mensaje de Pandora. Siempre que un dogma cae, un nuevo mundo nace.

El Mensaje de Pandora es una obra a caballo entre el ensayo y la novela epistolar que Javier Sierra escribió durante el confinamiento de la pandemia de 2020. La carta es el hilo conductor para recordarnos la historia de algunas pandemias (la peste del siglo XIV, la gripe de 1918 y la COVID-19) y transportarnos por diferentes mitos (la caja de Pandora), filosofías (la anamnesis enunciada por Parménides) y teorías científicas formuladas por Francis Crick (premio Nobel de Medicina en 1962), Fred Hoyle o Wickramasinghe sobre la panspermia dirigida.

La Tierra ha sufrido epidemias desde que la humanidad (por regalo de los dioses o por invención propia) comenzó a cultivar la tierra y a domesticar el ganado. La mayoría de los científicos están de acuerdo en que las enfermedades que nos asolan desde la prehistoria se deben a nuestra estrecha convivencia con los animales y a los virus zoonóticos que saltaron del animal a la persona.

Pero otros también piensan que los 100.000 kilos de polvo estelar que caen sobre la Tierra cada día transportan materia viva que puede infectar nuestro planeta. Así habría surgido la vida saltando de mundo en mundo, pero también la enfermedad caída del cielo.

Ya lo sabían los antiguos que lo incorporaron en sus mitos, muchos de los cuales han perdurado hasta nuestros días como meras fábulas de las que hemos olvidado su verdadero significado. ¿Será casualidad que los meteoritos estén en el relato de la creación de la Tierra en muchas culturas antiguas?

El libro está lleno de metáforas y nada aparece por casualidad, todo tiene su intencionalidad, como las bellas ilustraciones que acompañan al texto o el personaje de Arys, que es la representación de la sociedad que ha alcanzado la mayoría de edad y la destinataria del mensaje de todo el conocimiento acumulado en 10.000 años de historia personalizado en su enigmática tía. Precisamente son su tía y sus transcendentales palabras las protagonistas de la obra.

Arys con su tía y Assumpta en una de las preciosas ilustraciones del interior del libro.

La acompañan otros interesantes personajes como la lúcida anciana Assumpta Rocamora encargada de contarnos el horror de un continente arrasado por la peste pero que resurge con el Renacimiento.

Javier Sierra ha mirado al pasado para explicarnos una realidad muy actual, poniendo en boca de sus personajes frases sabias y rotundas. Es un libro necesario para una época en la que se subestiman la cultura clásica y la historia. En ellas podemos encontrar respuestas y un antídoto contra la ignorancia que evitará que repitamos los mismos errores.

El mensaje es optimista. Varias veces nos hemos enfrentado con los males que contiene la caja de Pandora, pero el deseo de superación y la esperanza nos han ayudado a ganar la partida.

P.D. Estupenda la Nota final del autor con sus recuerdos de infancia.


“Nuestro peor enemigo, queridas, siempre ha sido la ignorancia.” (p. 95)

“Ya nadie hace caso a los viejos. Ni a los libros de historia.” (p. 96)

“-¿Sabes por qué me interesa tanto la historia, Arys? Porque encuentro en ella lecciones para la vida. […] Los jóvenes despreciáis a los mayores porque los veis desde vuestra insolente vitalidad, sucede algo parecido a cuando juzgamos el pasado desde la atalaya del presente: nos equivocamos.”(p. 98)

 “Recuérdalo, por favor: Formamos parte de un Todo que es mayor que la Tierra. Si en lugar de aceptar que ese Todo ejerce una influencia permanente sobre nosotros, nos concentramos en sus parcelas, nunca entenderemos nada.” (p. 144)

“El mito, querida Arys, siempre es una metáfora. […] El mito es, en definitiva, un mensaje codificado pensado para atravesar los siglos y advertirnos de algo esencial.” (p. 169)


martes, 3 de abril de 2018

Sobre los papeleos, los que no saben tratar con el público y la guasa que tiene la gente.



Hace poco tuve que ir a formalizar una documentación que necesitaba con cierta urgencia, por lo que me apresuré a sacar cita previa a través de internet y presentarme el día y la hora indicada. Recuerdo que tenía la cita a las 13:15h y llegué con bastante antelación por si no se presentaban los números anteriores. Sospechaba que alguno dejaría pasar su cita porque, aunque a mí me corría prisa, otros no veían este papeleo como necesario y el día amaneció con un aguacero de los que no se veían desde hacía tiempo. Pero cuando llegué a la oficina me encontré mucha gente en la puerta.

https://pixabay.com/es/burocracia-aktenordner-papeleo-2106924/
 El edificio tenía una cornisa amplia bajo la que todos se agolpaban, menos un muchacho rumano que había optado por quedarse fuera, quizá para librarse de la aglomeración, y esperaba impasible bajo la lluvia con un chándal de llamativo estampado.

El guardia de seguridad no parecía reparar en nosotros desde la comodidad del interior del edificio y se paseaba entre la puerta de cristal y el arco de seguridad que franqueaba la entrada.

Así pasamos un buen rato, hasta que salió a proclamar que podían entrar las personas que tenían cita a las 12:00 y 12:15. Miré el reloj con extrañeza. Era casi la una de la tarde y todavía tenía que esperar a que atendieran a una buena cantidad de personas.

El segurita volvió a salir un rato después para pedir que entrara la siguiente tanda y dos muchachas extranjeras aprovecharon para pedirle que las dejara entrar. El hombre las escrutó con gran seriedad y les preguntó si tenían cita, a lo que las muchachas dijeron que no. Entonces les dijo secamente que sin cita no serían atendidas. Ellas preguntaron cómo se pedía cita y él, por toda respuesta, les señaló un cartel que estaba colgado en la puerta. El cartel remitía a una web y a un número de teléfono. Las jóvenes se miraron sorprendidas. Los que esperábamos bajo aquel pequeño techo fuera de la oficina también nos dirigimos unas miradas de asombro al ver la parquedad de palabra y los modos rudos con los que el guardia había respondido a las extranjeras. Yo sentí un poco de vergüenza al tratar de imaginar la impresión que las muchachas se llevarían de los españoles ante tal comportamiento, pero ellas debían tener mejor sentido del humor que yo, ya que se lo tomaron a guasa y cuando el de seguridad se dio la media vuelta comenzaron a cuchichear y reír.

-Llevo aquí una hora y aún no lo he visto sonreír ni un instante- dijo una señora que esperaba junto a la puerta.

-Es que si sonríe se disloca la mandíbula- se burló un caballero que sostenía un paraguas negro.

Mientras, iban llegando más personas y el escaso espacio de techo se nos iba haciendo cada vez más pequeño.

-Los de las 12:30- dijo el de seguridad asomando de nuevo.

-Disculpe- volvió a intervenir la muchacha extranjera – ya que estamos aquí ¿podríamos entrar y pedir cita en el mostrador?

El guardia negó con la cabeza y volvió al interior del edificio con las personas citadas.

Cuanto más intentaba hacerse respetar más conseguía el efecto contrario. El tono grave, hosco y antipático del empleado lograba que la gente permaneciera seria mientras él estaba presente, pero, en cuanto se daba la vuelta, todo el mundo se lo tomaba a risa y no paraba de hacer bromas.

-¡Qué sorpresa! ¿Cómo vosotros por aquí?- preguntó una señora que acababa de llegar a un matrimonio que compartía paraguas.

-Ya ves- dijo la mujer- De papeleo.

-Llevamos toda la semana de papeleo- se quejó el marido- Ayer estuvimos dos horas en comisaría para hacernos el pasaporte… Porque a mi mujer se le ha ocurrido que marzo es muy buen mes para viajar… ¡marzo! ¡Con una ola de frío polar, una ciclogénesis explosiva, inundaciones en toda Europa!

-¿Cómo iba a saber yo…?- protestó la interpelada.

-Haciendo caso al hombre del tiempo- la interrumpió – Ya lo venía advirtiendo desde antes de que sacáramos los billetes. El tiempo está muy malo…

-¿Habéis visto que ahora le han puesto nombre a las borrascas?- intervino la recién llegada – Como los americanos les ponen nombre a sus huracanes, ahora nosotros les vamos a poner nombre a nuestras borrascas, a falta de huracanes…

-¡Qué Dios nos libre!- se alarmó el pobre hombre.

Al cabo de unos minutos volvió a aparecer el de seguridad para llamar a los de las 12:45.

Entonces el muchacho rumano se acercó hasta la puerta con la intención de entrar en la oficina, pero el guardia lo detuvo y lo miró con disgusto comenzando a echarle una gran reprimenda. El joven se puso blanco y sus ojos reflejaron una mezcla de asombro y miedo que a todos nos hizo comprender que pensaba que el segurita llamaría a la policía y se lo llevarían, poco menos que esposado. Pero aquella impresión no podía estar más equivocada y solo se debía a la falta de conocimiento de nuestra idioma, ya que, aunque el tono del guardia nos había alarmado a todos, sus palabras no eran nada amenazantes.

-… ¿Por qué no te has resguardado bajo el techillo? ¡Mírate! ¡Estás empapado!
Efectivamente, el joven había permanecido bajo una incesante lluvia sin paraguas, y estaba tan calado que la ropa se le pegaba al cuerpo y el color del chándal se le había oscurecido.

-¡Vamos, entra, entra!- le dijo abriéndole la puerta.

https://pxhere.com/es/photo/700326


Las muchachas extranjeras no se habían marchado con la esperanza de que el responsable de seguridad acabara siendo amable con ellas. Al contemplar que, a pesar de la bronca que le había echado, finalmente había dejado pasar al joven, y obviando que el muchacho tenía cita, las dos cruzaron una significativa mirada y luego observaron decididas la lluvia que caía fuera. El de seguridad se pasó la mano por la cara con un gesto de auténtico hartazgo, pero les permitió la entrada.

Al cabo de un rato volvió a asomar y solo dijo:

-Había una persona para las 13:15. ¡Qué pase la puerta de cristal!

¡Ay, ay! ¡Qué esa persona era yo! ¿Por qué me llamaba a mí solamente? ¿Y los demás? Crucé entre la gente que estaba delante y pasé la puerta de cristal como me había indicado, pero junto a la puerta estaba el arco de seguridad, así que lo pasé también. Y aunque no pitó, oí su voz airada gritarme:

-¡He dicho la puerta de cristal, no el arco!

Volví rápidamente sobre mis pasos y me quedé entre la puerta y el arco sintiendo que había metido la pata. Yo no tenía tanta cara como las dos jóvenes que no habrían dudado en ponerse bajo la lluvia para que las dejara pasar, pero tampoco la falta de comprensión del idioma del muchacho rumano que pudiera justificar mi expresión de susto. No sabía qué hacer porque el espacio entre la puerta de cristal y el arco de seguridad era tan pequeño que tampoco me parecía lugar adecuado para pararse.

-¿He dicho yo el arco?- volvió a gritarme.

-¿Dónde me pongo?- fue lo único que se me ocurrió.

-Aquí, aquí- murmuró una muchacha que también estaba esperando en aquel recoveco.

 El empleado cruzó el arco de seguridad mientras nos dejaba allí, en tierra de nadie. Miré a través del cristal a la gente que esperaba fuera, y pude darme cuenta que, una vez más, cuchicheaban y reían entre ellos llegándome a hacer gestos de complicidad bajo aquel techito mientras la lluvia seguía cayendo a sus espaldas.

-Pasad- nos dijo.

Y por fin entré en el edificio, donde el personal administrativo me trató correctamente y pude hacer el trámite que tenía pendiente.


domingo, 1 de octubre de 2017

Madame de Staël: la mujer a la que Napoleón temía.

Nadie conoce a Anne-Louise Germaine Necker y pocos a Madame de Staël. Quienes saben de ella se interesan más por su ajetreada vida sentimental que por su obra literaria y su actividad política. Germaine fue escritora y filósofa, muy afamada por su salón literario. Destacaba por ser una mujer muy inteligente, culta, de admirable elocuencia, defensora de la libertad y precursora del feminismo. Introdujo el romanticismo alemán en Francia, fue una incansable viajera (en parte por afición, en parte por los exilios que sufrió) y se codeó con los más destacados filósofos, intelectuales, escritores y políticos de la época (Diderot, D’Alembert, Buffon, Madame du Deffand, Talleyrand, Schiller, Goethe…). Aunque sufrió la incomprensión y la crítica de mucha gente, fue una de las personas más influyentes de finales del siglo XVIII y de todo el siglo XIX; de hecho, en la época se decía: 
En Europa hay tres grandes potencias: Gran Bretaña, Rusia y Madame de Staël.
Fue hija de Jacques Necker, ministro de Luis XVI, y de Suzanne Curchod. Desde pequeña asistió al salón literario de su madre y asombró con su inteligencia y oratoria a todas las personalidades que acudían a debatir sobre literatura, filosofía y política.
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Vig%C3%A9e-Lebrun,_Elisabeth_-_Varvara_Naryshkina.jpg
"Al inteligente se le puede convencer; al tonto, persuadir". 

Siendo aún una jovencita se casó, siguiendo las órdenes de su padre, con el barón de Staël-Holstein, embajador suizo en Francia. Fue un matrimonio de conveniencia: a su familia le convenía el título nobiliario y a él, la fortuna de los Necker. Aunque hoy en día, la mayoría de las personas creen que el amor debe ser el verdadero motivo del matrimonio, durante muchos siglos esta fue una idea minoritaria. Germaine, que sabía lo que era casarse obligada, defendió durante toda su vida la libertad de escoger a la persona amada y la igualdad de la mujer y el hombre dentro del matrimonio. No utilizó su legendaria elocuencia para criticar a su marido, ya que él le dejaba hacer su propia vida y se desentendía de sus relaciones extra conyugales. 

Deseosa de limitar el poder del despotismo monárquico, apoyó en los primeros momentos la Revolución francesa y fue partidaria de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano que la Asamblea Constituyente aprobó en 1789. Pero pronto descubrió que ese “hombre y ciudadano” del título, no era genérico. Los revolucionarios no dejaban de hablar de derechos y libertades, pero solo para los hombres, las mujeres continuaban relegadas al ámbito doméstico. La decepción entre el género femenino fue tal que Olympe de Gouges respondió con la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana en 1791 donde interrogaba de esta forma: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”. Fue condenada a morir en la guillotina. Subiendo al cadalso pronunció sus últimas palabras: ”Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?”.

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Lettre_Mme_de_Sta%C3%ABl_%C3%A0_Mme_de_R%C3%A9camier-01.jpg
Carta de Mme de Staël a Mme
 de Récamier. Germaine dijo en una
 ocasión: "La murmuración se parece
al humo porque se disipa pronto,
pero ennegrece todo lo que toca".
Germaine no dejó de luchar por los derechos de las mujeres y todo aquello fue una gran desilusión. Entonces, centró sus esperanzas en que una monarquía constitucional pudiera solucionar la situación del país.

Cuando María Antonieta también fue condenada a morir guillotinada, Madame de Staël salió en su defensa. No consiguió salvarla, pero, en cambio, logró librar a muchos otros de morir en los brazos de madame guillotine. Supo anticiparse a la llegada del Terror y marcharse a tiempo de salvar la vida. Atrás quedó su legendario salón, que había sido el principal centro literario, político y filosófico de la capital.

Madame de Staël se retiró a Coppet, Suiza. Continúo con su actividad literaria y abrió otro salón donde, de nuevo, se dieron cita los mayores intelectuales de la época. Allí se reencontró con Benjamin Constant a quien conocía de un viaje anterior, y que se convertiría en el amor de su vida. Con él mantendría una larga, pero tormentosa relación.

Tras una breve estancia en París tuvo que exiliarse de nuevo, pero en 1797 ya estaba de vuelta y pudo reabrir su salón. Poco después murió su marido, de quien llevaba tiempo separada.

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Plaque_H%C3%B4tel_de_Galliffet_Mme_de_Stael,_50_rue_de_Varenne,_Paris_7.j
"Los hombres no cambian, se
desenmascaran". 
Madame de Staël.
Es en esta época cuando conoció a Napoleón y quedó fascinada por él. No solo puso sus esperanzas políticas en Bonaparte, sino también sus deseos amorosos. Nunca fue correspondida, él prefería a las mujeres calladas y sumisas.

El futuro emperador acudió varias veces a su salón, pero nada resultaba de su agrado. Aunque las tertulias solían ser ordenadas y con riguroso turno de palabra, a Napoleón le disgustaba que Madame de Staël fuera el centro de atención, le molestaba su gran inteligencia y oratoria, temía el ambiente demasiado liberal y las ideologías que allí se reunían. Sabía que su enorme influencia resultaba un auténtico peligro para sus planes. Los dos protagonizaban auténticos duelos verbales.

En una de estas tertulias Madame de Staël exponía sus ideas y todos parecían conformes con sus palabras, todos menos Napoleón, que no dejaba de negar con la cabeza. Germaine se percató de ello y le preguntó si estaba en desacuerdo con lo que decía.

-No estoy en desacuerdo- contestó Bonaparte –Lo que me preocupa es que una mujer hable de política.

-¿Le extraña que las mujeres nos interesemos por la política en un país en el que nuestras cabezas ruedan segadas por la guillotina? ¿Le extraña que, las pocas que quedamos, nos preguntemos por qué?

Napoleón desconfió de ella y de su salón desde el primer momento. Madame de Staël se decepcionó de él en poco tiempo. El choque definitivo se produjo cuando Germaine le preguntó quién era para él la mujer más importante y Napoleón contestó: “Aquella que pueda traer al mundo mayor número de hijos”. La baronesa lo miró con total seriedad, pero sin permitir que su rostro reflejara el horror que le había producido su respuesta. Desde entonces comenzó una guerra abierta entre ellos. Napoleón no dudó en cerrar el salón de Madame de Staël, censurar sus obras y, aprovechando uno de sus viajes, prohibirle volver a Francia.

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Delphine,_Madame_de_Sta%C3%ABl,_Paris,_1803_05.jpg
Varios ejemplares de "Delphine".
Son muchas las obras que escribió Madame Staël, pero fue Delphine, la desencadenante de su exilio. Con esta novela de corte feminista, inaugura el Romanticismo en Francia. En ella expone abiertamente sus ideas sobre el amor, defiende la libre elección de la pareja, critica los matrimonios de conveniencia y a la sociedad de la época y denuncia la pérdida de derechos de las mujeres. En Francia causó un gran revuelo y fue tachada de antipatriótica, pero triunfó en toda Europa.

Germaine volvió a su salón en Coppet, único lugar de la Europa Napoleónica donde se le permitía vivir, y lo convirtió en un referente internacional. Constant permaneció a su lado unos años más, pero terminó por casarse con otra. Madame de Staël le correspondió de igual forma y contrajo matrimonio con Alberto de Rocca.

No dejó de viajar y de escribir. En  1807  publicó Corinne o Italia, su obra más famosa. Aquí aprovecha para defender la inteligencia femenina, su sensibilidad superior y exigir la igualdad en la educación. Esta obra tuvo una gran influencia en las escritoras de la época y supone un cambio en la narrativa que marcará todo el siglo XIX. La protagonista, una mujer extraordinaria, tiene que enfrentarse a la incomprensión y la presión de la sociedad. Muchos ven en Corinne un rasgo autobiográfico que la misma autora parece confirmar en una de sus declaraciones:

Cuando uno escribe para satisfacer la inspiración interior del alma, uno da a conocer por lo escrito, aun sin quererlo, hasta la más mínima fibra de su ser y de su pensamiento.

En 1810 escribió De l’Allemagne, obra influenciada por los románticos alemanes y que popularizó el movimiento en Francia, donde eran unos desconocidos. Goethe se deshizo en alabanzas, pero nada impidió que Napoleón secuestrara la obra y quemara los 10.000 ejemplares preparados para su publicación. El gesto de Bonaparte solo retrasó lo inevitable, pues un juego de pruebas se salvó de la destrucción y, puesto a buen recaudo, se publicó en Londres tres años después, consiguiendo un enorme éxito.
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Marie_El%C3%A9onore_Godefroid_-_Portrait_of_Mme_de_Sta%C3%ABl.jpg
En cierta ocasión alguien le preguntó a Madame de Staël:
“¿Por qué las mujeres bonitas tienen más éxito entre los
hombres que las inteligentes?, y respondió: “Muy sencillo:
hay muy pocos hombres ciegos, pero abundan los estúpidos”.

Madame de Staël no cesó de denostar a Napoleón desde su exilio y él le respondía con furiosos mensajes sin tregua y prohibiéndole toda publicación. Ya no estaba segura en ninguna parte y las pesadillas se sucedían imaginando que su enemigo ordenaba matarla.

Solo la caída de Napoleón en 1815 le devolvió la tranquilidad y le permitió regresar a París, como era su deseo más anhelado. Allí reabrió su salón, que volvió a llenarse de intelectuales y políticos. Pero su dicha duró poco tiempo. El 14 de julio de 1817, hace ahora 200 años, la vida de Madame de Staël se apagó y sus hijos cerraron el salón para siempre.


No sé exactamente que debemos creer, pero debemos creer. El siglo XVIII no hizo más que negar. El espíritu humano vive de sus creencias (…) Creed en algo. 

jueves, 29 de mayo de 2014

Hablando de libros


Ya he contado aquí que para mí todos los días son el Día del Libro. Me he educado en una familia lectora, estoy acostumbrada a convivir con miles de libros. He leído por gusto y por obligación: el fastidio o el pesar nunca me han abatido ante un libro de obligada lectura en el instituto (aunque más de uno no haya sido de mi agrado). Confieso que me llevo mala impresión cuando entro en una casa donde no hay libros y que disfruto curioseando en las librerías y rebuscando en las bibliotecas. Admito que me he hecho amiga del libro electrónico y que creo que ambos formatos pueden convivir en paz y armonía. Lo importante es que esas historias, esas palabras, lleguen a nosotros y perduren en el tiempo, para que podamos escuchar, aprender, disfrutar y aprovechar la experiencia de quienes quisieron compartirla con nosotros. Como dijo Descartes: 

La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados.


Descartes.


 “Aquí están, resignados y callados. No instan, no llaman, no piden. En su estantería están y esperan silenciosos. Una somnolencia parece envolverlos y, sin embargo, de cada uno de ellos mira un hombre como un ojo abierto... Están esperando que nos entreguemos a ellos, solamente entonces se ofrecen...”

 Stefan Zweig. La pasión creadora.



“¡Oh, libros, fieles consejeros, amigos sin adulación, despertadores del entendimiento, maestros del alma, gobernadores del cuerpo, guiones para bien vivir y centinelas para bien morir! “

Vicente Espinel. Vida del escudero Marcos de Obregón.



“No leas para contradecir o refutar ni para creer o dar por bueno ni para buscar materia de conversación o de discurso, sino para considerar y ponderar lo que lees.”
Francis Bacon. Ensayos.



“Esta ventaja hacen por excelencia los libros a los amigos, que los amigos no siempre se atreven a decir lo que sienten y saben... y en los libros está el consejo desnudo de todo género de vicio.”
Mateo Alemán. Guzmán de Alfarache.



“Cuando nuestra alma no se alegra con la belleza del cielo, ni con los jardines, ni con la dulzura de la brisa, ni con la vista de las flores, no queda otro remedio sino el libro, pues el más hermoso jardín es un armario lleno de libros.”

Anónimo. Mil y una noches.



“Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe que será...”
Ítalo Calvino. Si una noche de invierno un viajero.



“El ver mucho y leer mucho aviva los ingenios de los hombres.”

Miguel de Cervantes. Persiles y Segismunda.



"Retirado en la paz de estos desiertos,
con poco pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con los ojos a los muertos."

Francisco de Quevedo y Villegas. Sonetos.



"Cuando oramos, hablamos con Dios. Mas cuando leemos es Dios quien habla con nosotros."
San Agustín. Confesiones.



"Conforme voy entrando en años, busco cada vez más, a través de los escritos con quien apaciento mi espíritu, todo lo que haya de bondad en las almas de quienes los escribieron."
Miguel de Unamuno. Ensayos.



"Discreto amigo es un libro.
Cuál es mayor perfección.
¡Qué a propósito que habla
siempre en lo que quiero yo!
¡Y qué a propósito calla
siempre en lo que yo no quiero!"

Pedro Calderón de la Barca. ¿Cuál es mayor perfección?