Aquí cambiamos de tema ¡de buenas a primeras!

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domingo, 6 de mayo de 2012

El recurso del libro



Son muchas las obras que, en la literatura o en el cine, utilizan el recurso del texto o del libro encontrado.  Muchas obras comienzan así, mencionando que esa historia, o un referente a ella, fue encontrada por el autor en otro texto, a veces anónimo, lo cual le da verosimilitud. Hay incluso personajes que descubren que son parte de un libro (por ejemplo Augusto Pérez en “Niebla” de Miguel de Unamuno) o que sospechan que su historia está ya escrita (como podemos vislumbrar en un diálogo de “Lo que el viento se llevó”, de Margaret Mitchell, donde Rhett le pregunta a Scarlett: “¿Y el libro?”).

Hace poco he tenido la oportunidad de ver una serie donde este recurso se explota hasta límites insospechados. Llega un momento en la historia donde aparece una obra literaria, “La casa de al lado”, donde todos los personajes se reconocen y ven su pasado y su presente escrito en ella. Como es lógico, cada uno de ellos quiere hacerse con un ejemplar, porque no solo ven reflejada su vida en el libro, sino que también se cuenta cómo y cuándo van a morir con una coincidencia pasmosa. Es vital leer el libro y evitar lo que les va a ocurrir. Esta obra se descubre hacia la mitad de la novela y se convierte en eje principal del resto de la trama. ¿Quién es su autor? ¿Cómo predice el futuro? ¿Es un asesino que les está dando una pista? Sabemos el título y sabemos el autor: Anderson Chuncler.

Escena de la serie donde, tras reunir pistas, consiguen adquirir un ejemplar de "La casa de al lado".


Como espectadora mi primer pensamiento es que la serie, del mismo título, está basada en el libro “La casa de al lado” y como no conozco al autor, lo tecleo en google. ¡Eureka! La información aparece siempre instantánea y mágica: Anderson Chuncler autor de “La casa de al lado” y “Condenados”. Nacido en tal ciudad, en tal año, publicó su primera novela en 1938 y tiempo después sacó a la luz la segunda parte.


Uno de los resultados de la búsqueda en Google.

Después de leer su biografía, veo otros resultados que me remiten a comprar las obras en importantes librerías de la red. Pincho en una de ellas y aparece “Autor no encontrado. Actualmente no disponemos de ninguna obra de este autor”. Pincho en la segunda, mismo resultado. Así en varias más. Pincho en otra página: Anderson Chuncler personaje de la telenovela “La casa de al lado”. ¿Perdón? (como diría él) ¿Personaje? ¿Cómo personaje? Entonces… ¿por qué la primera entrada que aparecía era su vida y obra como una persona real, de carne y hueso? ¿Por qué el resto de entradas enlazaban a librerías si no existe el autor, ni la obra? ¿Será porque otros usuarios habían buscado “Anderson Chuncler escritor”, “Anderson Chuncler autor de “La casa de al lado”? ¿Será que la infalible red no sabe distinguir la realidad de la ficción y basta con que unos cuantos usuarios relacionen un nombre con una profesión para que aparezca como real? ¿Alguien hizo una página así a conciencia? No fue la productora de la novela, de eso estoy segura. De hecho, no tengo conocimiento de que aprovechara el éxito obtenido para publicar esos dos libros, porque efectivamente, fueron dos, tal y como indicaba la “biografía” del señor Chuncler.  Varios capítulos después apareció “Condenados” en clara referencia a las muertes que se sucederían entre los personajes y al nombre de la familia protagonista del primer libro, la familia “Conde”.  La serie, estrenada el año anterior en su país de origen, ha tenido gran éxito y otros usuarios habían intentado comprar los libros antes que yo, por lo que había tenido muchas búsquedas en google, con los dos títulos. Además, la historia no es original, sino una versión de la telenovela chilena  “La familia de al lado”.

Ahora, parece que la fiebre ha bajado y sí, si buscas al autor aparecerá como personaje de la novela. ¿Nos ha engañado la productora, la tecnología, nosotros mismos o… Anderson Chuncler?

jueves, 19 de abril de 2012

Hechos reales: en el autobús


Ocurre, en ocasiones, que por las circunstancias tenemos que cambiar nuestros hábitos y empezar a hacer cosas a las que, no solo no estamos acostumbrados, sino que no sabemos cómo encarar.

Por motivos personales, por problemas de aparcamiento o por festividades en las que uno no puede aventurarse a llevar el coche, se ve obligado a utilizar un medio de transporte tan rudimentario, popular en el mal sentido, irregular e incompresible como el autobús. Nótese la ironía en mis palabras, porque precisamente yo soy de esas personas que utilizan este servicio.

En mi ignorancia, pensé que todo el mundo (al menos la gente normal y corriente) estaba acostumbrada a este medio, que algunas veces (aunque fuera cuando no tenían coche) lo habían utilizado y que no habrían olvidado algo básico de la cultura urbana. Vamos, esto es como el que recoge setas y no sabe cuál es la venenosa.

He oído decir que solo en algunas ciudades se hace cola para esperar el autobús. En la mayoría cada cual va a su aire y sabe, tiene más o menos controlado, quien ha llegado antes y después y, cosa a veces extraordinaria, respeta el turno y no intenta colarse. He imaginado que todo el mundo lee los letreros de esas pegatinas que abundan en los autobuses y que, precisamente, se ponen para dar instrucciones o prevenir de peligros. He supuesto que todos los eventuales pasajeros saben mantener unas mínimas normas de respeto y cortesía.  He de admitir que estaba equivocada. 

Lo siento, pero mi ciudad debe ser de esas pocas en las que se guarda cola. Uno llega y se coloca detrás del último. Sí, perfecto, en eso no hubo problema. En las últimas festividades donde todo el mundo se lanzó, al parecer temerariamente, a utilizar el transporte urbano, sabía lo de la cola, pero desconocía los números que aparecían en la parada del autobús. Veamos, si en la parada hay dos líneas diferentes, gente ya montada en el bus y gente haciendo una nueva cola significa que esa cola no es para el autobús que está en su primera parada esperando que llegue la hora de marcharse, porque, señores, los autobuses (aunque no lo parezca en la mayoría de los casos) tienen un horario que cumplir. Si uno va a montarse en el autobús que está allí parado, tiene que subirse, o si tiene dudas, puede preguntar a los primeros de la cola si están esperando por esa línea o por otra. No debe quedarse allí, viendo que ninguna de las personas de la nueva cola se sube, viendo como el conductor arranca y se marcha. Si no te has subido es problema tuyo, no de los de la cola ni del chófer.

Si el letrero digital que marca las paradas con sus dinámicas letras rojas dice que la parada final de la línea se ha cambiado a determinada calle por motivos de reorganización del tráfico, se lee el letrero y se baja uno en esa parada cuando ve a todos los pasajeros bajarse o, en su defecto, se le pregunta al conductor, incluso vale el decir: “¡Jefe! ¿Esta es la última parada?”. No se queda uno sentado en su asiento, con el autobús vacío, con cara de tonto, esperando que te lleven a una calle que está cerrada porque tal procesión está pasando por ella, como has comprobado en la televisión antes de salir de casa.

Si el autobús está lleno y nadie tiene la deferencia de cederte el sitio para que puedas sentarte junto a tu hijita, se queda uno de pie, o si es mucha la molestia, se puede tomar el atrevimiento de pedirle a alguna persona, con toda la amabilidad posible, que te permita sentarte. Pero lo que no se puede hacer es sentar a tu hija junto a la cabeza del viajero, en el pequeño espacio existente entre la pared y la ventanilla. Si la misma niña te dice: “¡Quiero bajar de aquí! ¡Esto es peligroso!”, bájala.

Si junto a las puertas de salida hay un cartel en rojo que dice “Cuidado, barra en movimiento”, no te apoyes en ella y por supuesto no te pongas en el espacio entre la barra y la puerta, pues es signo de que las puertas se abren hacia dentro y te quedarás atrapado en ese pequeño espacio, aprisionado contra el cristal y en muy mala situación, dando un susto al  conductor y a todos los pasajeros. Varias veces comprobé la ineficacia de las letras rojas sobre fondo blanco en la misma barra en movimiento, todos los adolescentes iban, como polillas atraídas por la lámpara, al mismo sitio. Eso sí, el reggeatón que no falte a todo volumen en tu móvil último modelo…

Lee también Hechos reales: en el autobús (segunda parte) y en el autobús (tercera parte)


sábado, 7 de abril de 2012

Hechos reales: una falta de ortografía mágica.


Continuando con lo que decía anteriormente sobre el mundo lleno de faltas de ortografía…

En algunas ocasiones nos encontramos con palabras desconocidas. Lo mejor, en esos casos, es tener un diccionario a mano y poder buscarlas. Una palabra más para ampliar nuestro vocabulario.

En otras ocasiones nos tropezamos con una cruda realidad: palabras conocidas que no sabemos cómo se escriben. En esta segunda situación, el diccionario vuelve a ser nuestro aliado.


Ocurre a veces que la palabra es tan común, tan familiar para nosotros, que ni siquiera dudamos. Se escribe así y punto. Lo sabemos por lo que estudiamos, por lo que leemos o… por ciencia infusa.

A ese respecto, al de la ciencia infusa, tengo una pequeña anécdota un tanto vergonzosa:

Estaba haciendo un curso de diseño gráfico junto con catorce compañeros más, desconocidos, que desde el primer minuto de clase se  convierten en compañeros, claro.

Acostumbrada por mis estudios de letras a tomar muchos apuntes, no iba ser diferente en este curso y comencé a llenar mi libreta de explicaciones, instrucciones y ejercicios. Solo las marcas y los palabras en inglés me suponían dudas, el resto eran viejas conocidas. Pero había especialmente una maravillosa y dulce conocida: la varita mágica. Utilizada frecuentemente en el programa también aparecía en mis apuntes. Esa varita mágica que aquí seleccionaba un área, tenía el mismo aspecto, aunque simplificado, de la varita mágica del hada madrina de Cenicienta, o la del mago que saca un conejo de su chistera… Pero la mayoría de los cuentos nos los han contado nuestros padres cuando éramos pequeños, es decir, se nos han transmitido por vía oral o visual mediante las ilustraciones o dibujos animados. Y del mismo modo hemos visto la varita mágica del mago, pero ninguno aparece con un cartel señalando el objeto.

Un día el profesor hizo un esquema en la pizarra sobre las herramientas que sirven para seleccionar… y la escribió así: varita mágica. VARITA MÁGICA. Tal cual, con tilde incluida. Y se quedó tan pancho.

Observé la pizarra y pestañeé varias veces, luego miré mi cuaderno.

“¿Nadie la ha dicho a este hombre que varita se escribe con “B”? Pero si daña la vista solo mirar la palabra así escrita.” Lo pensé sinceramente y, por supuesto, no lo corregí en mis apuntes. Ni se me pasó por la cabeza que la equivocada era yo. Por suerte no se me ocurrió sacar al profesor de su “error”, porque habría hecho el ridículo más espantoso. Al llegar a casa busqué la palabra en el diccionario. Efectivamente, se escribía “varita”. Lógico, si viene de la palabra “vara” se escribe con “v”. ¿Cómo había cometido un error semejante? ¿Nunca la había visto escrita? Llena de vergüenza corregí mis apuntes y cerré la boca. Me había llevado tal chasco que ya no me iba a fiar ni de la más utilizada de las palabras. Pero eso sí, “varita” me seguiría haciendo daño a la vista.

Al día siguiente, continuando con el esquema, mi compañera de mesa me miró, se rió y me dijo:

-¡Oh! ¿Varita se escribe con “V”? Yo siempre la he escrito con “B”.

Miré sus apuntes y allí brillaba nuestra “barita mágica”.

-Yo también- le confesé con complicidad.

Luego, en el descanso, escuché comentar lo mismo a varios compañeros. Es decir, que éramos más los que, hasta ese día habíamos creído que se escribía “barita” y no “varita”.

Este hecho me resultó de lo más curioso. El error no había sido solamente mío, sino que el convencimiento era casi general. ¿Por qué? ¿Cómo habíamos llegado la mayoría a esa conclusión equivocada de una forma tan natural y tan convencida? Poniendo esta palabra en cualquier buscador encontrarás que  como primera opción aparece “Barita” y como segunda “Varita Mágica”. Esto debe significar que mucha gente comete el mismo error y el propio buscador “sabe” que la mayoría que busca “Barita” en realidad se refiere a “Varita”.

Fui a por el diccionario y busqué si “barita” existía. Por supuesto que sí. Barita es el óxido de bario. Las varitas de los cuentos de hadas no se escriben, se imaginan. Las baritas se estudian en clase de química y se ven por escrito.  Una respuesta muy poco romántica. En esta ocasión la ciencia y el estudio, le han ganado la batalla a la fantasía.



miércoles, 21 de marzo de 2012

El mundo está lleno de faltas de ortografía.


El mundo está lleno de faltas de ortografía y… nuestros cuadernos también.  A veces son fruto de un descuido, del desconocimiento o la confusión. A veces se cuelan en nuestros escritos sin que nos percatemos de su presencia.  Si dudas de una palabra, la buscas en el diccionario, pero lo peor es cuando ni te planteas que la palabra lleve esa “tara”.

Dicen que leer es una buena forma de ir corrigiendo faltas de ortografía sin darte cuenta, pero ocurre que si el libro es bueno, si te interesa la historia, si está bien redactado, las palabras desaparecen de sus páginas y tu imaginación te sumerge en las descripciones. Pero admito que el subconsciente está ahí, atento, y en ocasiones una errata puede sacarte del trance hipnótico de la narración para despertarte con una auténtica bofetada. Sin embargo, también puede ocurrir que el ojo se acostumbre a las faltas de ortografía y ya no las perciba como tales.

Hoy en día poca gente escribe a mano. Se está perdiendo esa bonita experiencia de dibujar tus propias letras a tu estilo, con tu sello y tu personalidad. Ahora las letras están uniformadas en un teclado de ordenador. En los siglo XIX y XX todas las personas cultas tenían que hacer su caligrafía y esmerarse en copiar, lo más fielmente posible, las letras, las palabras que tenían ante sus ojos. Por supuesto siempre hubo algún rebelde que, cuando se vio lejos de la mirada atenta del profesor, escribía a su aire dejando un trazo por aquí, quitando un rabillo por allá. En el momento actual, parece que nos hemos librado de la tiranía de la caligrafía, que tenemos libertad para poder adoptar nuestro propio tipo de letra, sin embargo, lo extraño y hasta lo mal visto es escribir “a mano”. Es raro ver una carta escrita a mano, es que ya ni se mandan cartas, sino e-mails, sms o whatsapp. Por supuesto, da muy mala imagen poner un cartel escrito a mano en tu negocio, aunque sea para decir que vuelves en diez minutos.

Nuestra nueva tiranía es el teclado del ordenador, el teclado (táctil o no) del móvil y nuestra urgencia el escribir más cosas con menos palabras. El chaval que piense que las abreviaturas se han inventado con los sms está muy equivocado. Todos los estudiantes hemos utilizado estos métodos para poder tomar apuntes de lo que comentaban nuestros profesores, las cartas oficiales siempre han abreviado los tratamientos y taquígrafos han existido siempre, incluso antes de que se inventara la taquigrafía había más de uno que abreviaba como buenamente podía para poder seguir el discurso de su jefe, como le ocurría al “secretario” de Cicerón, hombre de muchas, muchísimas palabras.

Este lenguaje “moderno” comenzó por el precio de los sms. Había que decir lo máximo en 160 caracteres, porque había que procurar no enviar dos. Ahora la gente escribe tanto y la tecnología está tan avanzada que ni saben que los mensajes se encadenan aparentando ser uno solo y luego reclaman que en la factura se les ha cobrado tres, no piensan que han escrito tres. La mayoría comenzó eliminado los espacios, perolaspalabrasseguidassonmolestasy hacendañoalacomprensiónyalavista, luego quitando letras, después poniendo símbolos y quitando las vocales (escribir solo con consonantes es tan moderno que ya lo hacían los antiguos egipcios). La primera letra en desaparecer fue, por supuesto, la “h”, que para eso es muda. Si no se pronuncia, no se escribe. Pero pronto camparon a sus anchas las faltas de ortografía en los sms. Sí, ¿por qué poner una ”v” en lugar de una “b” si ocupa un carácter igualmente? Ahí tiene mucho que ver el uso de los correctores. En cualquier procesador de texto que se precie se señala la palabra que contiene una falta de ortografía (o simplemente, las palabras que no están almacenadas en su memoria, como las poco frecuentes, las técnicas o los nombres propios). Esto, a priori, es una maravillosa ventaja. Pero como estos procesadores son programables, pronto pasaron de señalar la falta de ortografía a corregirla directamente. Ya no somos conscientes de que la palabra en cuestión no se escribe como nosotros pensamos que se escribe. Seguimos utilizándola así en los otros ámbitos de nuestra vida, donde no existen correctores ortográficos. En cualquier red social podemos ver multitud de faltas de ortografía, hasta el punto de que ahora lo mal visto, lo poco moderno, lo pedante es escribir correctamente.

A veces pienso en los e-mails, en esos fantásticos correos instantáneos que tanto utilizo, pero también en las clásicas cartas, en la vida de las personas que conocemos por las cartas que enviaron, en esas historias que contaba Vicent van Gogh a su hermano Theo, en las confidencias de las hermanas Brontë… en todas esas cosas que no sabríamos sin ellas, en las cosas que no sabremos sin ellas. Ahora todos nos carteamos con los e-mails. Admito que me gustan, que los utilizo a diario y que soy la primera que pone un sms en lugar de llamar. Pero quedan en el ciberespacio, en una realidad intangible, en un correo con clave personal que puede borrarse, que se borrará si no se utiliza durante determinado tiempo…

Manuscritos de las hermanas Brontë sobre "Angria"

No estoy en contra de la tecnología, la utilizo a diario, trabajo con ella, hay que aprovechar lo que nos da. No estoy en contra de que el lenguaje se adapte a los nuevos tiempos, mucho tarda el diccionario en recoger nuevos términos, mucho tarda en hacer desaparecer los superados.  Pero me gustan los manuscritos, me gustan las cartas con su sobre y su sello.


domingo, 4 de marzo de 2012

Algunas Torres


Las torres son unas de las construcciones más llamativas que adornan las poblaciones. Las encontramos en forma de campanario, alminar, faro o fortaleza, entre otras utilidades. Siempre han sido un lugar de vigilancia y observación, una señal en la lejanía, un símbolo y han ofrecido unas hermosas vistas.

La historia está jalonada de torres, famosas y no tanto, que han desafiado la altura, los conocimientos arquitectónicos y, en ocasiones, la gravedad. No hablo, naturalmente, de esas torres modernas concebidas para que su inclinación nos llene de asombro, sino de esas otras a las que la gravedad amenaza con ganar la batalla. Lamentablemente, a lo largo del tiempo nos encontramos con relatos de torres inclinadas que han sucumbido porque la gravedad acaba imponiendo su ley. En España tenemos buenos ejemplos de torres mudéjares que se han derrumbado, con o sin la ayuda del hombre.

Una de las más famosas torres inclinadas mudéjares hoy desaparecidas es la Torre Nueva de Zaragoza, que presentó la inclinación poco después de ser construida debido a que su basamento no fraguó correctamente y, aunque intentó reforzarse, no pudo ser corregida. La torre no tardó en convertirse en símbolo de la ciudad, lo que no la salvó de ser demolida en 1892 con el pretexto de que amenazaba ruina. Muchas voces se levantaron en contra de esta decisión, pero no consiguieron salvarla.

Vista de la Torre Nueva de Zaragoza.

Otra famosa torre inclinada hoy desaparecida es el campanario de San Marcos en Venecia. El que se puede contemplar en la actualidad es una reconstrucción. El original sufrió un fuerte terremoto y serios daños ocasionados por rayos que la alcanzaron a lo largo de su historia. Aunque intentó repararse, nada pudo hacerse cuando en 1902 se descubrió una gran grieta en una de sus paredes, a los pocos días la torre se desplomó.

Campanile de San Marcos.

Por suerte, hay otras muchas torres inclinadas que siguen en pie hoy en día y que prometen permanecer así durante muchos años. La que ostenta el grado de mayor inclinación es la Torre de Suurhusen en Alemania. No tan inclinadas, pero más conocidas, son las torres Asinelli y Garisenda en Bolonia(Italia). Esta última mencionada en varias obras de Dante.


Torre de Suurhusen.

Torres de Bolinia.

Sin duda, la torre inclinada más famosa del mundo es la Torre de Pisa. Esta torre también comenzó a inclinarse durante su construcción y ha tenido que ser “contenida” varias veces a lo largo de su historia. Además es legendaria, pues se afirma que desde su parte superior Galileo hizo el famoso experimento de la aceleración de los objetos, pesados y ligeros, al caer. Y es esa famosa torre que siempre nos mencionaban en los problemas del colegio cuando nos pedían calcular el tiempo que tarda en caer un objeto desde una altura determinada y que yo, en mi inocencia, pensaba que daba exactamente igual, puesto que siempre caería antes de que lograra calcularlo.

Comparativa de las más famosas torres inclinadas en la actualidad.

Como anécdota debo confesar que yo era una de esas personas que creían que la Torre de Pisa era famosa por ser una de las torres inclinadas que siguen en pie. Lo pensaba hasta que un día tuve la suerte y la emoción de encontrármela de frente y comprobar que es una de las construcciones más bellas del mundo.

Torre de Pisa.



jueves, 16 de febrero de 2012

Libros y escritores.


La primera entrada que escribí en este blog, hace un año, estaba dedicada a “El diario de Bridget Jones”, al libro, aunque era inevitable hablar también de la película. En esa ocasión ya mencioné que Espido Freire hizo el prólogo y habló del guiño de la autora hacía la inmortal obra “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen.

Jane Austen

Hace unos meses mi amiga Ángeles me prestó un libro titulado “Querida Jane, querida Charlotte” de Espido Freire, donde habla de sus experiencias personales en Inglaterra cuando acudió a investigar sobre la vida de Jane Austen y las hermanas Brontë. Es una obra muy interesante, pero tristísima, donde se narra la vida y muerte de estas notables mujeres. Espido se reafirma en la idea de que Bridget Jones está basada en “Orgullo y Prejuicio”, opinión que, modestamente, comparto con ella. Pero descubrí más cosas en el libro… Leyendo los juegos que los hermanos Brontë (Charlote, Emily, Anne y Branwell) iniciaron con unos simples soldaditos y terminaron en transformar en toda una saga de aventuras, mi imaginación me trajo a la memoria “Las Crónicas de Narnia”. Esta saga de C.S. Lewis narra las aventuras de cuatro hermanos en un país fantástico lleno de animales parlantes.

Cartel de las Crónicas de Narnia


Los cuatro hermanos Pevensie en Narnia

Volviendo a los Brontë, Charlotte y Branwell crearon un reino de grandes héroes y Anne y Emily una isla árida y fría. Estas historias los acompañarían durante toda su vida y quedarían registradas en cuadernillos y cartas, como una verdadera crónica. Ahora estos “cuentos” son conocidos por los estudiosos como “La Saga de Angria y las Crónicas de Gondal”.

Angria y Gondal.

En cuanto leí el nombre lo relacioné con “Las Crónicas de Narnia”, fue mi personalísima impresión. He buscado información en internet y diversos libros intentando averiguar si Lewis hacía mención a la historia de los Brontë o indicaba alguna relación de sus “Crónicas” con las de estos escritores. He encontrado poca información.  Puede ser que Lewis conociera las “Crónicas” de los Brontë e incluso que las hubiera leído. No sería descabellado pensar que el recuerdo de esos mundos fantásticos, de esos cuatro niños que escribían sus aventuras imaginarias, pudieran influir en la posterior obra de Lewis, al igual que las leyendas que había escuchado, las anécdotas vividas, los sueños acariciados.

Es asombroso como todo aquello que vemos, leemos y vivimos queda en nuestra mente, incluso sin que nos demos cuenta conscientemente.

Hay artistas que “beben” de las fuentes anteriores, de los libros, de las películas (en épocas actuales), de los relatos orales, de las circunstancias propias o de amigos, de los viajes, de la vida misma. Todo se mezcla en nuestra fantasía, todo influye en nuestro imaginario. Hasta un cuadro o una escultura pueden inspirar toda una obra.

 Las hermanas Brontë.

Sin embargo, hay otra clase de artistas (los menos, creo yo) que intentan aislarse en la medida de lo posible, no tener “contacto” con otras obras, con otros artistas, para no estar influenciados por nada, para que su arte sea lo más “puro” posible. No sé si lo  conseguirán, lo que sí sé es que se están perdiendo un mundo rico en belleza e imaginación que merece la pena conocer.

jueves, 26 de enero de 2012

Libro vs E-book


Ahora parece que empieza la guerra en serio entre los e-books y los libros de papel o quizá entre las editoriales. Personalmente creo que no hay nada igual a tener un libro tangible entre las manos. Es incomparable el tacto, el olor, la belleza del negro sobre blanco, la entrega con la que se decide la cubierta, la ilustración, el color… Sí, los e-books son más prácticos, llevas contigo en poco más de 100 gramos más de mil libros y puedes leer en cualquier lugar, pero no creo que terminen desplazando completamente a los libros en papel. Si me gusta mucho un libro me lo compraré en papel o lo regalaré a algún amigo. No me veo con las estanterías desiertas de libros, sería extraño, sería triste. Estoy acostumbra a ver en mi casa cientos y cientos de libros y si no los tuviera me parecería que falta algo, que la casa está casi vacía.



Pero hay que admitir que los libros tienen un precio muy alto en nuestro país y que en muchas ocasiones no están al alcance de todos, la mayoría esperamos a que salga la edición de bolsillo para comprar todos los que hemos ido apuntando en una lista imaginaria de historias por leer. 

No creo que los escritores se lleven buena parte del dinero que pagamos por las obras, de hecho es bien conocido que en España siempre “escribir es llorar de hambre” como dijo aquel.

Los e-books pueden abaratar los precios, ya que nos ahorramos toda la labor de impresión y lo que ello conlleva, pero también corremos el peligro de que las obras pululen por ahí, entre páginas piratas y “coleccionistas” de  cosas que descargarse y nunca ver o leer… que los hay y muchos. No es justo que el trabajo, el esfuerzo, la imaginación y la ilusión de los escritores se pierda porque fulanito o menganito no quieran pagar un precio razonable por la obra. Nadie debería pretender que otra persona trabaje gratis para él.  Pero las ediciones digitales deben, forzosamente, tener menos costes de producción, por lo que sería razonable que los libros tuvieran un precio bastante más bajo que la edición en papel. Si se trabajara en este sentido creo que disminuiría la piratería porque si la obra que tanto deseo tener me va a costar tres o cuatro euros, los pago, contribuyo al éxito editorial del libro, a la economía del autor y a que el arte de la literatura siga adelante. La inmensa mayoría de los lectores lo pagarían, no merece la pena pasarse una tarde buscando en cuanta página pirata se cruce en el  camino para luego acabar con solo unos fragmentos o una edición “adulterada”.



Antonio Fraguas en su artículo “Guerra abierta por el precio del libro” en elpais.com del 8 de enero de 2012, cita una frase  de  Rosa Montero:

“Hemos perdido un tiempo preciosísimo por navegar en contra de las nuevas tecnologías (…) Esta lentitud ha favorecido a los piratas y ahora parece que los únicos que tenemos que dar las cosas gratis somos los creadores, cuando nadie se plantea no pagar por el aparato para leer”.

… No demos ideas, o mejor dicho, malas ideas. No tardará en llegar el día en que también se pidan los aparatos gratis. Esto puede convertirse en un círculo vicioso, en una vorágine de consumismo de la que no se librará ni la tecnología ni el arte. Puede que suene surrealista, pero este diálogo puede no estar tan lejos como creemos…

Lector Descarado: ¿Qué me dará si compro su libro?

Autor Famoso (léase el nombre de su escritor favorito): las gracias por interesarse en esta obra y mi deseo de que sea de su agrado.

L.D. ¿No va a regalarme un e-book para que pueda leerla?

A.F. Si no tiene e-book puede adquirirlo en cualquier tienda…

L.D. Pues si no me regala un e-book no voy a poder leer su obra, porque si no tengo donde leerla no voy a comprar su último libro para nada.

A.F.  El e-book tendría usted que pedirlo a la marca que lo fabrica, yo de eso no entiendo mucho. En todo caso puede comprar la edición en papel así no necesitará un aparato electrónico. Le basta el libro y su imaginación.

L.D. Ya… Pero Menganito (léase otro escritor famoso) me ha prometido que me dará un e-book gratis si le compro sus últimos tres libros.

A.F. ¿…? No creo que le haya dicho eso.

L.D. ¿Me está llamado mentiroso?

A.F. ¡No, no! ¿…? Le van a encantar sus libros, yo también soy seguidor suyo.

L.D. ¿Cómo? ¿Es que no le importa que no lea su última obra?

A.F. Puede usted leer la de Menganito y la mía, una cosa no está reñida con la otra.

L.D. O sea, que a usted no le intereso como lector. Es lo que parece puesto que no me iguala la oferta que me ha hecho Menganito. En ese caso no volveré a comprar un libro suyo.

A.F. Es su decisión.

L.D. Además les diré a mis familiares y amigos que no compren ninguna de sus obras. Es usted un pésimo escritor.



sábado, 14 de enero de 2012

Hechos reales: lo que unen los libros.


Cierto día en el trabajo, al ir a saludar a una amiga, vi sobre la mesa de una compañera un grueso libro. Estaba escrito en italiano y reunía las obras de Jane Austen. Yo conocía varias de ellas, pero no todas las que pude leer en la cubierta. En principio me dio vergüenza, ya que nunca había cruzado palabra con la compañera, pero me decidí a comentarle lo que me gustaba esa autora y así comenzamos una interesante conversación sobre estos libros y las versiones que se han hecho para la pequeña y gran pantalla.



En otra ocasión, estando también en el trabajo atendiendo a mis obligaciones no pude evitar escuchar una conversación entre dos compañeras con las que tampoco había tenido oportunidad de hablar anteriormente.

Una le decía a la otra:

-“ …Entonces el padre lo llevó a un lugar llamado el Cementerio de los Libros Olvidados.”

Inmediatamente levanté la cabeza y las miré con curiosidad.

-Es un libro precioso, pero no recuerdo el título…

No aparté la vista de ellas, descaradamente, aún siendo una falta de educación, estaba deseando que me descubrieran.

La compañera que no recordaba el título se percató de mi insolencia, pero lejos de apartar la vista y disimular, la seguí mirando fijamente y le sonreí asintiendo con la cabeza. Ella lo comprendió de inmediato. De repente hubo un lazo que nos unió.

-Sabes de qué libro estoy hablando ¿verdad?- me preguntó como si nos conociéramos de toda la vida.

-De “La Sombra del Viento”.

Desde entonces cuando nos cruzamos por los pasillos de nuestra gran empresa, nos saludamos con una sonrisa.

¡Lo que unen los libros!

viernes, 9 de diciembre de 2011

Hechos reales: ¿casualidad?



Desde que regresé de mi viaje a Florencia me he dado cuenta de que el mundo se ha confabulado para recordarme siempre aquella tierra de la Toscana.  Es como si de repente todo se volviera casualidad, a veces simple y a veces extraña.

He oído conversaciones por la calle de personas que no conozco y que, casualmente, también habían estado allí este verano. Sentada en un restaurante he visto a los comensales de la mesa vecina enseñar fotos de Florencia a unos amigos.  En televisión han emitido un especial de la Toscana.

Posteriormente he pasado unos días en Madrid. Acudí a la exposición “Arquitecturas Pintadas”  del Museo Thyssen y, por supuesto, allí había un espacio dedicado a Florencia. Visité El Escorial y me encontré con una esfera, creada en Florencia, que representaba el movimiento de los astros alrededor de la Tierra (según la concepción Ptolemaica del universo).

En el tren de vuelta nos pusieron la película “Copia Certificada” ambientada en la Toscana y cuyo título hace referencia a la obra que acababa de escribir el protagonista de la cinta, obra inspirada en la observación lejana de una madre y un hijo que contemplan la escultura de David,  de Miguel Ángel, en la Plaza de la Señoría. En aquel momento la madre le explica la obra al pequeño sin decirle que es una copia y el hijo mira la estatua con ojos maravillados creyendo que está contemplando un original. Por mi mente pasaron David, el reloj de la torre del Palacio Vecchio, la fuente, la estatua ecuestre…

Por cierto, al día siguiente de regresar de Madrid, donde pasé la tarde paseando por el Retiro antes de montarme en el AVE y regresar a casa viendo “Copia Certificada”, pusieron un documental en la 2 sobre la historia del Parque de El Retiro.

La misma semana, viendo en la tele el concurso “Saber y Ganar” preguntaron de qué cuadro de Botticelli hay una versión en bajorrelieve para que los ciegos puedan conocer la obra mientras tocan todos sus detalles. El cuadro no es otro que “El Nacimiento de Venus” que puede admirarse en la Galería de los Uffizi, en Florencia, por supuesto. Dicho sea de paso, en la imagen que nos muestran de tal reproducción “táctil” aparece la resina completamente blanca y bien dibujada, mientras que en la realidad su color ya tiende a gris…



Un amigo me ha regalado unos números antiguos de una revista de historia, entre los que se encuentra un extenso artículo sobre la vida y obra de Leonardo Da Vinci, que vivió no pocos años en Florencia.

Sí, todo ello pueden ser casualidades. Quizá mi amigo eligió esa revista precisamente por el artículo a sabiendas de que yo había estado en Florencia. No es extraño que en un concurso cultural como es “Saber y Ganar” mencionen museos italianos. En el tren siempre ponen películas, entre la programación para este mes estaban “La Red Social”, “Los Viajes de Gulliver” o “X-Men: Primera Generación”, pero en el tren en el que yo iba, precisamente en ese, decidieron emitir una película que no había sido éxito de taquilla y que tenía una temática y una filosofía árida hasta para los entendidos. Es normal que en las colecciones artísticas de nuestros edificios más emblemáticos, como El Escorial, tengan piezas florentinas y cualquier exposición de pintura internacional destacable tiene algún autor, obra o paisaje italiano.

Seguramente el mundo no se ha confabulado para recordarme Florencia, quizá lo único que ha ocurrido es que ahora tengo los ojos más abiertos, presto mayor atención o soy más sensible a todo lo referente a esa tierra italiana. Florencia siempre estuvo ahí, con su Duomo, con su Puente Vecchio, con sus iglesias y sus museos, precisamente la elegí como destino de mi viaje por ello, al igual que miles de personas este mismo verano. Contemplar en persona las maravillas que has visto en los libros, que has estudiado, que has admirado, deja huella y te hace más receptiva a todo lo que tenga que ver con ello. Por lo tanto, puede que no sea ninguna casualidad… pero esto abre un nuevo interrogante.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Las Patatas al Estilo Francés y las Palomitas de Cine


Hoy en día hay tantas cosas que forman parte de nuestra vida cotidiana que ni siquiera nos preguntamos por ellas. ¿Cuándo surgieron? ¿Quién las inventó? Algunas han estado ahí siempre y otras parecen recientes, pero ignoramos igualmente su origen.

Ya he comentado lo mucho que me gustan las patatas y su historia, pero aún queda más por decir. ¿Quién inventó las patatas chips, tan denostadas y tan “basura” en nuestra época? ¿Cuándo se popularizaron?

Al principio las patatas chips eran exclusivas de una pequeña élite. Se dice que esta forma de freír las patatas se inventó en Francia a finales del siglo XVIII. En aquella época Thomas Jefferson era embajador en París y, encantado con este manjar, aprendió a cocinarlo y lo exportó a los Estados Unidos, donde lo hizo popular entre sus amistades.

En el año 1853 George Crum, cocinero neoyorquino, comenzó a servir en su restaurante patatas fritas de un grosor de unos cuatro milímetros que hacían las delicias de sus clientes. Gracias a las sugerencias de los comensales, Crum decidió cortarlas tan finas como el papel y su éxito se disparó.

Ya en el siglo XX las patatas abandonaron los platos de los prestigiosos restaurantes para convertirse en aperitivo popular, se compraban en los espectáculos, en las ferias, en las churrerías, hasta que llegaron a las tiendas y a los supermercados.

Igualmente populares son las palomitas de maíz, aunque su origen no sea tan noble como el de la patata. También comenzaron a popularizarse en Estados Unidos a lo largo del siglo XIX, cuando en los puestos callejeros, en las ferias y en los espectáculos podía comprarse un cubo de palomitas por poco dinero.

Fue el cine el que las lanzó al estrellato. Ya desde el principio proliferaban los puestos ambulantes que las vendían, pero el éxito definitivo de este producto nació en tristes circunstancias. Durante la Gran Depresión, cuando los negocios cerraban, los trabajadores se quedaban sin empleo y el dinero escaseaba, el cine se convirtió en uno de los pocos supervivientes, un mundo de sueños y esperanzas donde el público podía olvidar sus penas.

El poco dinero que reunían era para ver la película de turno y comprarse un cubo de palomitas, ese producto tan barato y con tantas calorías que los saciaba y les daba fuerzas. No es de extrañar que, en estas circunstancias, el cine creciera y los vendedores ambulantes de palomitas llegaran a enriquecerse con el producto.

Hoy en día las patatas no faltan en ninguna casa y las palomitas siguen siendo ese animalito que vive en todos los cines del mundo.


miércoles, 12 de octubre de 2011

Los sueños se cumplen pero...


Italia es uno de los países más bellos del mundo. En nuestro imaginario aparece como un lugar clásico y romántico donde se puede viajar  con la pareja o vivir una hermosa historia de amor.

En “Mientras Dormías” Lucy soñaba  con viajar a Florencia y Jack le regaló su sueño en forma de bolita de cristal con nieve sobre la cúpula del Duomo. Se casaron y Lucy consiguió un sello en su pasaporte.



En “Solo tú” Faith y Peter se conocen en Italia y ella, con un vestido de novia colgado del brazo, embarca en el último momento en el vuelo de Peter gracias a la amabilidad y el romanticismo del personal del aeropuerto. La película termina con un esperado beso y el aplauso general del pasaje.

En “Bajo el Sol de la Toscana” Frances sufre la decepción de un traumático divorcio y animada por una amiga se va de vacaciones a Italia, pero fascinada por la belleza del lugar decide quedarse a vivir.  Frances sueña con que en su nueva casa se celebre una boda y se forme una familia. Sus deseos se convierten en realidad, pero de una forma muy diferente. No será ella la protagonista de esa boda, ni será ella la que forme esa familia.

Me siento un poco identificada con Frances. He viajado a la Toscana y mis sueños románticos de comedia norteamericana se han cumplido, pero no conmigo. No he llorado de emoción ante el Duomo de Florencia (esa cúpula que adoraba Lucy) pero he visto llorar frente a ella; no he tenido ningún romance, pero he visto a los enamorados contemplar el atardecer en el Ponte Vecchio; no he corrido con un vestido de novia en mi equipaje para reunirme con mi Peter en un vuelo de Italia a casa, pero he visto entrar en mi avión a una novia de blanco ante el emocionado aplauso de todos los pasajeros… incluyéndome a mí.