Aquí cambiamos de tema ¡de buenas a primeras!

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domingo, 28 de septiembre de 2014

Reflexiones: antes y después del 2000. Nuestra percepción del tiempo.



Este año se conmemora el centenario de la Primera Guerra Mundial. Ahora casi nadie la recuerda con su verdadero nombre, la Gran Guerra, porque, por desgracia, tuvimos otra Gran Guerra varias décadas después. 


Cuando los nacidos antes de 1985 cursábamos nuestros estudios, 1914 nos parecía un año tan lejano como una terrible pesadilla que borra el sol de la mañana. Habían pasado muchas décadas y aquello parecía el siglo XIX o el XVIII, que lo mismo nos daba en cuanto a percepción temporal. Estaba muy lejano y hasta muy ajeno a nosotros que teníamos televisor, teléfono, ordenadores personales (que utilizábamos solo para jugar como el Comodore 64), vídeos y cajeros automáticos. Sin embargo, si pensábamos en cien años después de esa fecha, es decir, en 2014, creíamos aún que era un futuro muy lejano, donde los robots harían las tareas de casa mientras nosotros pasábamos unas vacaciones en la Luna. Y eso quien se atrevía a especular sobre esa fecha, porque pocas imaginaciones llegaban más allá del 2000, nuestra barrera psicológica. 

Coche de 1914 frente a otro de 2014.

Pensad en nosotros creyendo en 1985 que el 2014 era tan lejano en el futuro como 1914 en el pasado. Y era tan lejano en la imaginación colectiva que cuando se rodó Regreso al futuro II ambientado en 2015 todos nos lo creímos. Sí, que se den prisa los inventores porque les queda menos de un año para poner en las calles el monopatín volador, el traje autoajustable, los videojuegos sin manos, (y aún no hemos visto ningún anuncio del coche volador…)

Regreso al Futuro II

Si vamos un poquito más adelante en el siglo XX, a esa época llamada los felices años 20 (que se quebró en el 29) nos encontramos con faldas cortas y charlestón… Sí, también muy lejos en el tiempo… ¿Y 2020 está muy lejos? Es nuestro futuro inmediato… y sin embargo, cuando veo alguna película o serie ambientada en 1920 pienso que nosotros aún no hemos llegado al equivalente a esa época, a ese lugar en el tiempo que era el futuro en 1914 y el pasado más lejano en 2014. 

Los años 20.

Nosotros, para las personas de 2085, seremos unas antiguallas, esos que lo mismo da que sean de 2014 que de 1914. ¿Qué sabrán de nosotros? ¿Qué habrá sobrevivido en las páginas de la Historia general si es que les sigue importando la Historia? ¿Qué se enseñará a los estudiantes? ¿Se detendrán a ver parte del legado de imágenes que les habremos regalado o nos juzgaran por una película ambientada en la época de la crisis de principios del siglo XXI? Es más, ¿los descendientes de esos programadores lumbreras que pusieron solo dos cifras en los ordenadores se habrán preocupado en digitalizar al nuevo formato que se tenga a finales del siglo XXI toda la documentación de la era de los mass media o se perderá como un lenguaje indescifrable? ¿Se sonreirán al vernos con una tablet, con nuestro portátil, con nuestro móvil? ¿Pensarán que creían que se habían inventado mucho antes o después? ¿Se llevarán las manos a la cabeza al ver cómo nos paseamos imprudentemente entre las ondas, nos ponemos cremas con parabenos o nos tumbamos a pleno sol alegrándonos por lucir un tono rojo gamba? O peor aún… ¿nos recordaran como aquellos que bailaban el reggaetón?

Moda de 1914 y 2014. Estos estilos están separados por 100 años ¿Cómo serán las ropas en 2114?

domingo, 31 de agosto de 2014

Reflexiones: antes y después del 2000


Todos aquellos que hemos nacido antes de 1985 sabemos el hito que significaba para varias generaciones la llegada del año 2000. Aunque el cambio de siglo no se produjera hasta el año 2001, para la mayoría de nosotros el 2000 era el número redondo que marcaría la nueva era, el nuevo siglo, el milenio, el avance.  Nos habían dicho muchas veces que ese año no llegaría nunca, y de hecho, no faltaron obras apocalípticas que nos dejaban a las mismas puertas, como por ejemplo Fin del mundo. Año 1999 de Charles Berlitz. Pero estos son libros con fecha de caducidad y ya se sabe que los buenos libros no la tienen.

Antes del año 2000 tuvimos la típica crisis fin de siglo, es algo normal, es como las crisis de los 40 o de los 50 que sufren algunas personas. Parece que todos los siglos las han pasado, y cada uno se ha librado de ella a su manera. En los 90 también la tuvimos (y sigue coleando), pero esta vez teníamos un medio muy poderoso para propagarla: el cine. Las películas sobre desastres naturales, guerras y meteoritos que chocaban con la Tierra se multiplicaron. Pese a todo ello, la esperanza y la imaginación de mucha gente estaba puesta en esa fecha mítica. Cuando se hablaba del mundo en el 2000 aparecía siempre una señorita vestida de plateado, una nave espacial, robots y todo lo que cada cual quisiera añadirle. Esa fantasía “de andar por casa” se unía a la que tuvo Stanley Kubrick en 1968 con su película 2001: una odisea del espacio.


¿Qué tendríamos en el 2000? Coches voladores, teletransporte, hologramas, robots (serviciales o amenazadores), vacaciones en la Luna o en Marte… ¿Qué tuvimos? ¡Miedo al efecto 2000! Parece que los programadores informáticos cometieron un terrible error, o quizá fue solo falta de fe en el futuro y en la llegada del año 2000 (¡qué ironía!), y pusieron en los ordenadores solo dos cifras, ¡solo dos cifras! Así que cuando llegó el 31 de diciembre del año 1999, para ellos era el 99… ¿qué año seguía después? Sería lógico pensar que el 100, pero no, el que debería seguir era el 2000, pero ellos temían que fuera el 1900. Solo dos cifras, del 99 al 00. Y al principio los simples mortales nos preguntábamos qué importancia podía tener aquello… y resulta que mucha, porque el 1 de enero de 2000 sería sábado mientras que el 1 de enero de 1900 fue lunes, por lo que se vaticinaban toda clase de desastres tecnológicos: interrupción en la red eléctrica, caos en los medios de transporte, desconexión de los satélites (pobrecillos, ellos no estaban inventados en 1900)… 



Nadie pensó que todo ello no era nada comparado con el terrible miedo apocalíptico que habían sufrido los desgraciados de finales del año 999 cuando esperaban la llegada del primer día del año 1000. Nuestro cambio también se trataba de miedo y se intentó solucionar con mucho dinero. Años de trabajo, parches y más parches para que los ordenadores supieran que entraban en el año 2000. Al final parecía resuelto, pero nadie podía saberlo a ciencia cierta hasta que llegara el año soñado o temido.


La noche en que los diferentes países (no fue la misma fecha para todos) entraron en el año 1000 la gente se agolpó en las iglesias, rezó, lloró y algunos llegaron, literalmente, a morirse de miedo. En los últimos minutos de 1999, tan solo en España, hubo 30.000 personas de guardia para asegurarse de que no hubiera un apagón tecnológico, intentaban controlar todo lo referente al país, mientras miraban con recelo la información que llegaba de las centrales nucleares japonesas y rusas, las primeras a las que llegaría el 2000.


Recuerdo el larguísimo (y precioso) programa televisivo que mostraba con bellas imágenes la llegada del “nuevo milenio” a los diferentes lugares del planeta. Los primeros en entrar en el día 1 de enero fueron las islas del Pacífico, pero ellos no estaban tan informatizados como para servir de confirmación a la burla que le pretendían hacer al efecto 2000. Llegó el año nuevo a Japón y contuvimos la respiración esperando que de un momento a otro la señal se perdiera y la tele pasara a fundido en negro. “Seguimos aquí” o algo parecido dijo el locutor japonés. Y me imagino que los programadores debieron descorchar muchas botellas de champán (o beberse unas buenas cervezas) para celebrar que su metedura de pata no había tenido consecuencias nefastas para la civilización.




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domingo, 20 de julio de 2014

Hechos reales: en el chiringuito.


Para oír cosas curiosas solo hay que estar un poco atento (o ser un fisgón que escucha conversaciones ajenas… con un poco de mala educación, pero mucho interés). A veces, la gente habla tan alto, que parece querer pregonar sus cosas, sus chascarrillos, sus ocurrencias. Puede que sea afán de notoriedad, convertirse en “estrella mediática” como esos famosillos que se ven en algunos programas de televisión (especialmente en Tele 5) transformando en noticia algún hecho cotidiano sin más transcendencia. Supongo que todos queremos nuestro minuto de gloria, aunque sea delante de 50 personas y, aunque cada uno vaya a lo suyo. La esperanza de brillar, puede que tan solo con un fugaz destello, se dibuja en nuestro rostro de vez en cuando.

Un almuerzo en un chiringuito puede traerte una anécdota graciosa a poco que te descuides. Si estás terminando de dar cuenta de un pescado a la plancha en una mesita a la sombra, con la playa al fondo y un sol de justicia, y escuchas a voz en grito:

-¡Catorce espetos de sardinas para la mesa cuatro!

Es natural y comprensible que no puedas evitar una miradita de soslayo a los comensales y ponerte a contar si son catorce o se van a poner morados de tanta sardina.

El espetero, allí en la arena, con su tinglado preparado y sus calamares gigantes haciéndose a la brasa, levanta la cabeza con un gesto de asentimiento y sin más preámbulos empieza a pinchar sardinas en una caña, de esa forma tan especial y estudiada que solo conocen los de su gremio. Cinco por cada espeto y una pizarra grande en el paseo marítimo que pone: espetos a 2 euros.



De repente, tu plato se ha quedado vacío y los camareros van y vienen sin hacerte demasiado caso. En ese momento, no te queda más remedio que mirar de nuevo y comprobar con agrado al magnífico profesional que ya tiene catorce espetos en la “barquita” y está preparando alguno más, porque cuando te sientas a la mesa lo primero que te pregunta el camarero, incluso interrumpiéndote si ya has empezado a pedir los boquerones al limón y las gambas, es:

-¿Van a pedir espetos? ¿Cuántos?

Este “cuántos” sigue rápidamente a la pregunta, que claramente no espera respuesta, porque si vas a Málaga, lo de los espetos es algo que se sobrentiende. Es una mera pregunta de cortesía, para no lanzarte el “cuántos” a la cara sin saludo ni nada.

-Cuatro- contestas sabiendo que después de la respuesta esperada ya puedes ordenar calamares, pulpo, berenjenas con miel, ensalada mixta o lo que te dé la gana. Él apunta en su libretita y grita:

-¡Christian, cuatro espetos más!

A ti te parece imposible que un espetero se llame Christian y no Juan, Antonio o Pepe. ¡Ay, cuánto daño han hecho las series extranjeras! Pero Christian, más tradicional que su madre, ha hecho el curso de espetero, que es más que un empleo de verano, que es un arte y tiene una dificultad intrínseca, que solo la descubre el graciosillo que en una barbacoa dice que va a hacer un espeto, porque está en Málaga, porque tiene las sardinas, el fuego y porque él lo vale… Y se le quedan todas las sardinas destripadas, partidas, lanzándose desde el palito y quedando desmigadas en las brasas.

Al poco Christian se presenta con sus bandejas plateadas repletas de sardinas, sabiendo, perfectamente, a que mesa hay que llevar las catorce. Además de su sapiencia, le guía el número de comensales (efectivamente, eran catorce) y los chistes verdes fruto del abundante tinto de verano. Nuestro espetero sortea a los vendedores de gafas de sol, bolsos varios y al hombre del acordeón, y planta, con arte torero, los espetos en la mesa, haciendo sitio entre los restos de pescados varios y trozos de pan  pellizcados.

Suena un pasodoble y después un tango. No hay verano en la Costa del Sol sin el acordeón, puede que en otros lugares toquen los pajaritos, pero aquí se toca un tango y luego se pasa el platillo. Cuando le das unas monedas, el artista te sonríe agradecido y se marcha hacia otro chiringuito. Creo que son los únicos a los que les hace sonreír la calderilla, aunque si le soltamos un billete, acepta peticiones. Pero hay que dejar algo de suelto porque en un ratito aparecerá el de la guitarra, que con voz ronca te cantará una rumbita. De ellos me gusta la forma en que piden la recompensa a su música, le dan la vuelta a la guitarra graciosamente y te ofrecen la madera barnizada como si fuera una mesa donde lanzar las monedas.

La comitiva ya está terminando con las sardinas, cuando aparece la vendedora de lotería.

-¡Traigo la suerte! ¡Traigo la suerte!- mira a las mujeres de la alegre compañía y dice muy contenta: -¡Cómo te pareces a la Beyonce y tú a la Shakira! ¡Igualitas!

“¡Ay! ¿Será cierto?” te preguntas en plan paparazzi mientras tratas de buscar a las dos chicas merecedoras del piropo.

Las mujeres se ríen.

-¡Te voy a hacer millonario!- le dice a Piqué (ah no, pues no se parece a Piqué) -Compra lotería, que te van a tocar los millones de euros y te vas a poder llevar a tu mujer de viaje a Turuntuntú.

“¿Eh?” te preguntas atenta a la respuesta del marido que solo sabe frotarse la calva y reírse. Pero nadie le pregunta a la buena mujer dónde está ese sitio al que se van a ir de vacaciones. No hay interés, nadie tiene la menor curiosidad aquí.

-¡Igualita a la Beyonce! ¡Qué bien os lo vais a pasar en Turuntuntú!-  Y tanto insiste y tales maravillas cuenta de tan fabuloso viaje, que el marido de Beyonce, desabrochándose uno de los botones de la camisa para dejar más espacio a su barriguita, le compra la lotería –Pero ¡comprad un décimo cada uno! ¡Qué llevo la suerte!- insiste un tanto desilusionada. Pero esta vez, los piropos no surten efecto.


Al final la mujer se marcha con paso acelerado hacia el próximo chiringuito y de nuevo encuentra otras dobles de Shakira y Beyonce.


miércoles, 25 de junio de 2014

Más casualidades.


Lo mío con las ciudades es un asunto de peso. Ya he hablado aquí de las casualidades que acontecieron tras mi regreso de Florencia y de los sueños que se cumplen de una forma extraña. Ahora me toca hablar de las casualidades que me señalan el próximo destino. Como siempre, aparece la misma pregunta que todos nos hemos hecho en alguna ocasión: ¿son realmente casualidades?

La cosa empezó hace un par de años. Por todas partes me encontraba referencias a esta ciudad, libros sin aparente relación que la mencionaban, pendientes en forma de su famosa torre, vinilos decorativos… Bueno, podemos pensar que estaba especialmente de moda por algún motivo, como ahora encontramos camisetas, pijamas, pines, gorras, llaveros… de Brasil, por lo del Mundial.

Pero como yo pensaba que era una moda pasajera y no prestaba mayor atención, las casualidades llamaron a dos de mis amigas y recibí sendas camisetas de la ciudad como regalo. Una de ellas de una cadena de tiendas famosas a la que no haré publicidad y otra traída expresamente desde la ciudad en cuestión.



Poco después me regalaron una colonia con el body milk a juego y fue una sorpresa ver lo que llevaba dibujado.




A principios de este año recibí otra indirecta en forma de regalo: un estuche de sombra de ojos. 

La cajita de las sombras de ojos tiene esta tapa.

En febrero vi en una tienda una camiseta romántica y no me resistí a comprarla.



En abril, añorando las trufas que suelo comprar en navidad, fui a un supermercado especializado y me encontré con esta encantadora cajita, sorprendentemente la única caja de trufas de todo el establecimiento.


En junio, al salir de una librería con mi nueva adquisición, me di cuenta de que dentro del libro me habían puesto una tarjetita. Por un lado tenía una avioneta y por el otro…



Y hace un par de semanas, en una tienda de ropa encontré esta preciosa camiseta, me gustó el dibujo de la bicicleta y me la llevé a casa. ¡Ah! Pero al mirarla con más tranquilidad me di cuenta de que habían vuelto a enviarme otra señal, porque en el fondo del dibujo, casi desdibujada en la niebla, me vuelvo a encontrar su silueta férrea y esbelta. Y ahora además, otro mensaje por escrito.

Es agradable perderse por el camino adecuado.

 ¿Seguirá el destino enviándome señales parisinas? ¿Serán casualidades? ¿Me espera algo bueno en París? Esa será otra historia, que quizá se convierta en entrada de este blog a su debido tiempo.


jueves, 29 de mayo de 2014

Hablando de libros


Ya he contado aquí que para mí todos los días son el Día del Libro. Me he educado en una familia lectora, estoy acostumbrada a convivir con miles de libros. He leído por gusto y por obligación: el fastidio o el pesar nunca me han abatido ante un libro de obligada lectura en el instituto (aunque más de uno no haya sido de mi agrado). Confieso que me llevo mala impresión cuando entro en una casa donde no hay libros y que disfruto curioseando en las librerías y rebuscando en las bibliotecas. Admito que me he hecho amiga del libro electrónico y que creo que ambos formatos pueden convivir en paz y armonía. Lo importante es que esas historias, esas palabras, lleguen a nosotros y perduren en el tiempo, para que podamos escuchar, aprender, disfrutar y aprovechar la experiencia de quienes quisieron compartirla con nosotros. Como dijo Descartes: 

La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados.


Descartes.


 “Aquí están, resignados y callados. No instan, no llaman, no piden. En su estantería están y esperan silenciosos. Una somnolencia parece envolverlos y, sin embargo, de cada uno de ellos mira un hombre como un ojo abierto... Están esperando que nos entreguemos a ellos, solamente entonces se ofrecen...”

 Stefan Zweig. La pasión creadora.



“¡Oh, libros, fieles consejeros, amigos sin adulación, despertadores del entendimiento, maestros del alma, gobernadores del cuerpo, guiones para bien vivir y centinelas para bien morir! “

Vicente Espinel. Vida del escudero Marcos de Obregón.



“No leas para contradecir o refutar ni para creer o dar por bueno ni para buscar materia de conversación o de discurso, sino para considerar y ponderar lo que lees.”
Francis Bacon. Ensayos.



“Esta ventaja hacen por excelencia los libros a los amigos, que los amigos no siempre se atreven a decir lo que sienten y saben... y en los libros está el consejo desnudo de todo género de vicio.”
Mateo Alemán. Guzmán de Alfarache.



“Cuando nuestra alma no se alegra con la belleza del cielo, ni con los jardines, ni con la dulzura de la brisa, ni con la vista de las flores, no queda otro remedio sino el libro, pues el más hermoso jardín es un armario lleno de libros.”

Anónimo. Mil y una noches.



“Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe que será...”
Ítalo Calvino. Si una noche de invierno un viajero.



“El ver mucho y leer mucho aviva los ingenios de los hombres.”

Miguel de Cervantes. Persiles y Segismunda.



"Retirado en la paz de estos desiertos,
con poco pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con los ojos a los muertos."

Francisco de Quevedo y Villegas. Sonetos.



"Cuando oramos, hablamos con Dios. Mas cuando leemos es Dios quien habla con nosotros."
San Agustín. Confesiones.



"Conforme voy entrando en años, busco cada vez más, a través de los escritos con quien apaciento mi espíritu, todo lo que haya de bondad en las almas de quienes los escribieron."
Miguel de Unamuno. Ensayos.



"Discreto amigo es un libro.
Cuál es mayor perfección.
¡Qué a propósito que habla
siempre en lo que quiero yo!
¡Y qué a propósito calla
siempre en lo que yo no quiero!"

Pedro Calderón de la Barca. ¿Cuál es mayor perfección?




jueves, 24 de abril de 2014

Reflexiones: una vida no basta.


Cuando alguien dice que una vida no basta suele referirse al amor, a alguna de las clases de amor que existen. Una vida no basta para todo lo que ama una persona, no basta para olvidar el amor que se siente por alguien que no te corresponde, o no basta para hacerte perdonar algún daño que has hecho a una persona que te importa.

Pero ¿cuánto mide una vida? Depende de la época, pero sobre todo de la salud y la suerte  del individuo. Una vida pueden ser 10 o 95 años. Normalmente es la esperanza de vida de nuestra época o nuestro entorno. Pero también depende del carácter de la persona. Hay personas que piensan que nunca les va a pasar a ellos y tendrán una vida aventurera y llena de experiencias, pero actuarán de la forma más temeraria, poniéndose en riesgo tontamente. Otros, sin embargo, creen que pueden sufrir todos los males del mundo y vivirán con la hipocondría a cuestas, con el miedo paralizador que dejará sus vidas estancadas en la monotonía. Por esta clase de cosas suele decirse que los extremos no son buenos y que en la mitad está la virtud.


Para la mayoría de las personas una vida no basta, aunque haya refranes tontos por ahí que dicen que hay más días que longaniza. Tenemos sueños, proyectos y asuntos para los que no sacamos tiempo, y si no los tenemos hoy los tendremos mañana. Lamentablemente, muchos de ellos se quedarán sin realizar. Seguro que nuestros artistas, pensadores o científicos tiene algo en su imaginación que nos perderemos, como otros muchos antes dejaron cuadros inacabados, poemas empezados, ideas extinguidas. ¿Qué cuadros no empezó Velázquez porque estaba demasiado ocupado (y encantado) con sus labores de Aposentador Real? ¿Cómo continuaba el poema “Aquellos días felices y aquel sol de la infancia…” que empezó Machado en su exilio y que jamás pudo terminar?

No hace falta que seamos un Velázquez ni un Machado para que nuestra vida tampoco baste, seguro que no bastará para las personas que nos quieren, que siempre necesitarán nuestro apoyo, nuestra opinión, nuestro cariño.

Los creyentes pueden estar contentos, tendrán la vida eterna esperándoles o se reencarnarán. El resto, los que viven en el agnosticismo o el ateísmo, verán acabarse todo.

Hay personas para las que la vida sí basta. Han hecho lo que tenían que hacer,  y el tiempo restante es un regalo para ver el fruto de sus sueños (ya sea ver crecer a los nietos, ver prosperar su empresa o disfrutar lo conseguido). Pero hay otros que creen que ya han vivido demasiado, o que piensan que el peso de las circunstancias es tan grande que no pueden soportarlo. Hay personas que deciden cuándo acaban sus vidas, sin saber que otros lamentarán que así lo hayan dispuesto. Unos son personas comunes que privaran a los de alrededor de su compañía, y que impedirán que alguien que aparecería en su camino los conozca. Otros son personas de talento que privaran a la humanidad de sus canciones, novelas, descubrimientos o ideas.




miércoles, 26 de marzo de 2014

Las visitas de los guerreros.


Durante largo tiempo habían corrido leyendas entre los habitantes de Xian que hablaban sobre encuentros casuales con soldados de terracota.  Los descubridores, campesinos asustados, habían vuelto a enterrar sus hallazgos o los habían molido a palos para espantar al espíritu maligno que creían que habitaba en ellos. La situación de todo el país, y en concreto de esta ciudad donde antaño había arrancado la Ruta de la Seda, era tan difícil que impedía el estudio de la veracidad de estos rumores.

El escritor y periodista Javier Sierra es el comisario de la exposición Terracotta Army. Guerreros de Xi'an en el teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa. Madrid, 2014.

Corría el año 1974 y una gran sequía azotaba el interior de China. Un campesino que excavaba un pozo halló una escultura de terracota que tomó como un mal augurio, pero aquel fue el primero de los 8000 soldados que custodiaban el mausoleo de Qin Shihuang di, el primer emperador de China (cuya tumba los arqueólogos sueñan con encontrar intacta, con su reproducción de la cúpula celeste jalonada de piedras preciosas y los ríos de mercurio de los que hablan los textos antiguos). Un auténtico ejército de terracota para los que se detuvo el tiempo, uno de los descubrimientos más importantes de la arqueología, y que desde 1987 forman parte del Patrimonio de la Humanidad.

Recreación del foso 1 con los guerreros de Xian. Exposición de Madrid, 2014.

Tardaron años en conseguir que algunas figuras (cinco guerreros y dos caballos) fueran exhibidas en Europa. En 1981 se produjo una exposición itinerante. En Barcelona fue un autentico éxito de visitantes. Para la de Madrid fue la desaparecida Galerías Preciados (competencia directa de El Corte Inglés) la encargada del acontecimiento. Los guerreros llegaron con un certificado de autenticidad. Pero España tuvo que enterarse por la prensa de que las piezas eran tan falsas como el certificado que las acompañaba. Negándose a la evidencia, las esculturas fueron analizadas para su datación y quedó demostrado que eran falsas.

En 2004 tuvimos de nuevo visita. Los guerreros volvieron a hacer la gira europea y recalaron en España. Los medios aseguraron que esta vez sí, esta vez eran los auténticos, aunque algún despistado afirmaba haberlos visto ya en 1981.

Escultura en terracota de un sirviente. Foto de la exposión de 2004 Guerreros de Xi'an en la Fundación Canal. Madrid.

En el momento de escribir estas líneas (marzo de 2014) la exposición Terracotta Army. Guerreros de Xi'an ha sido prorrogada en Madrid con gran éxito de público.  La magnífica exposición, que celebra el 40 aniversario del descubrimiento, muestra 150 soldados a tamaño real y con rasgos diferenciados, además de armas, utensilios y joyas, también recrea una sección del foso 1 del mausoleo y proyecta un documental con la misteriosa historia de este ejército anclado en el tiempo. Después se despedirán de Europa y pondrán rumbo a América.

Ahora todos los medios han sido claros y unánimes en decirnos que sí, que en esta ocasión son... réplicas.

Cartel de la exposición Terracotta Army. Guerreros de Xi'an. Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa. Madrid, 2014.


miércoles, 26 de febrero de 2014

La vida imaginaria


Cuando te pasas el día con la cabeza en las nubes, imaginándote en un mundo distinto o soñando despierta y, por una de esas casualidades extrañas, tropiezas con un libro que se titula La vida imaginaria y que tiene esta portada, piensas que te has encontrado con un amigo, con alguien con el que sentarte en una nube y ponerte a soñar.


Desde el primer momento pensé que el libro de Mara Torres me interesaría, que contaría una fantástica aventura, que narraría la historia de una persona normal que es capaz de alejarse del mundo corriente y de sobrevivir a base de imaginación.

Cuando lees la sinopsis te das cuenta de que es una historia de desamor, pero no una historia de desamor cualquiera. Es la historia de Nata, una mujer un poco obsesiva y muy imaginativa que se dedica a soñar despierta, a viajar con el pensamiento a ciudades hermosas para hacerse la encontradiza con el novio que acaba de abandonarla, a colarse en su casa volando en una cama y mantener conversaciones imposibles. En realidad, es una historia triste que habla de desamor, soledad, miedo y crisis. 

Narrada en primera persona, con lenguaje sencillo, coloquial, con mucho sentido del humor y una pizca de ironía. Nata nos va contando todo lo que pasa por su cabeza, todas las preguntas intrascendentes, alocadas o profundas que se hace a lo largo de esos meses. Habrá días en los que nuestra protagonista se sentirá tan asustada que, a fuerza de desear tener una coraza, se vista de astronauta y otros en los que su mundo se teñirá de rosa literalmente. Habrá ocasiones en la que nos identifiquemos con sus sentimientos y otras en las que nos riamos con sus ocurrencias. Y llegaremos al desenlace de la novela, un final abierto para que, como su propio nombre indica, te imagines su vida o para… ¿una continuación?

Mientras leía el libro, entre sonrisa y sonrisa, no podía evitar comparar la torpeza, la indecisión y el miedo de Nata con el de otro personaje femenino de la literatura contemporánea: Bridget Jones. 

¿Es Nata la versión española de Bridget? Ambas historias están narradas como un diario, ambas son divertidas, ocurrentes y directas…

Mi impresión personal es que Bridget es más superficial que la española, pero ambas reflejan las crisis personales, el miedo a crecer, a enfrentarse a la realidad, a quedarse solas. 

Las dos tienen buenos amigos. Bridget corre aventuras graciosas con ellos, despotrica de los hombres en sus conversaciones, detesta a los “petulantes casados” y sueña con el príncipe azul. Nata tiene conversaciones políticas con sus amigos, comparte con ellos el miedo al desempleo, al cambio forzoso de estilo de vida y se sumerge en la negación y la ira ante el desamor. Está inmersa en su vida imaginaria, en sus propios sentimientos y emociones, pero no puede escapar a la realidad del país.


Bridget ya tiene dos películas… ¿veremos a Nata en la gran pantalla?