Aquí cambiamos de tema ¡de buenas a primeras!

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jueves, 9 de agosto de 2012

Los Juegos Olímpicos: la Edad Antigua I



Creo haber contado en alguna ocasión que no soy muy deportista pero que, sin embargo, me gusta conocer los orígenes de las cosas y eso incluye, por supuesto, el deporte. Ya hacía un pequeño guiño a estas historias contando la creación del “Balón Naismisth” y “La Minoneta”, pero la historia que más me gusta es la de las olimpiadas.

En primer lugar aclarar que una olimpiada no son esos días en los que se disputan los famosos juegos, sino el periodo de cuatro años que transcurre entre uno y otro.

Y toda esta maravillosa historia comenzó con el rey de la Élida, Ifitos que, desesperado al ver sucumbir sus tierras bajo las guerras de los poderosos vecinos, se presenta un buen día del año 844 a.C. ante el Oráculo de Delfos para preguntarle qué debía hacer. En la antigüedad era de lo más corriente consultar el oráculo para tomar decisiones y las pitonisas, que interpretaban la voluntad de Apolo, obsequiaban al visitante con la infalible respuesta del dios.

- Organiza en Olimpia los Juegos Atléticos, gratos a Zeus- le contestó la pitonisa.

Estado actual de la ciudad de Delfos.


Ifitos, muy satisfecho con la respuesta, se marchó directo a hablar con Licurgo, rey de Esparta, y con Cleóstenes rey de Pisa, a los que también les gustó la idea y declararon la Élida (donde se encontraba Olimpia) zona neutral.

Mitad historia, mitad leyenda, este es el origen aceptado de las olimpiadas, aunque existe un origen mítico que habla de cómo Heracles, ocho siglos antes, tras limpiar los establos de Augias (en uno de sus famosos “trabajos”) organiza una carrera para dar gracias a los dioses, “inventando” entonces el “estadio”, medida de longitud (192,27 m.) conseguida tras poner sus pies uno delante de otro 300 veces.

Maqueta del santuario de Zeus en la ciudad de Olimpia.

La primera olimpiada de la que se tiene constancia histórica transcurrió en el solsticio de verano del año 776 a.C. y el pastor Koroibos, corredor del estadio, se convirtió en el primer campeón olímpico. Desde entonces los juegos atléticos de Olimpia se celebraron cada cuatro años de manera inalterable, lo que ha permitido fechar, con total fiabilidad, los grandes hechos acontecidos en la antigüedad.

Deportistas corriendo el estadio.


No eran los Juegos Olímpicos los únicos que se disputaban en Grecia, pero sí uno de los más importantes. Además de estos juegos dedicados a Zeus, existían también los Juegos Píticos (Delfos) consagrados a Apolo, que igualmente se disputaban cada cuatro años; los Juegos Istmicos (Corinto) dedicados a Poseidón, cada dos años; y los Juegos Nemeos (Nemea) en honor a Heracles, también cada dos años.

El éxito acompañó a las olimpiadas desde el primer momento y pronto comenzaron a participar más estados griegos y añadirse más deportes. 



sábado, 28 de julio de 2012

Hechos reales: anécdotas de señoras



Siguiendo el hilo de la anterior entrada, esto de las anécdotas veraniegas, por llamarlas de algún modo, da para casos de varios tipos y me ocuparé en esta ocasión de dos referidos a las diferencias existentes entre la educación de las personas mayores del mismo estrato social y la misma localidad, pero de caracteres opuestos.

Un día, esperando el autobús más de lo habitual por ser festivo, se formó una larga cola que casi doblaba la calle. En el primero de los asientos de la marquesina había una señora de bastante edad sentada pacientemente. Después de nosotras, llegó un adolescente, que al ver que no había asientos libres, se sentó en el escalón. Luego vino una pareja de edad avanzada, ella malhumorada, que de hito en hito miraba el cartel de la parada de autobús donde anuncian el tiempo que restaba de espera. Tras ellos se fue formando una extensa cola.





De repente, el cartel cambia de tres minutos a diecinueve, hecho que indigna a nuestra malhumorada señora.

-Luego dicen que vengamos en autobús, que vengamos en autobús- repetía enfadada. –Si tuviera aquí al responsable le daba una bofetada.

Varios minutos después llegaron dos señoras muy acicaladas, ambas con una rosa en la mano y aire alegre.

-¿Ustedes también están esperando el uno?- preguntó la viejecita que estaba la primera.

-No, señora- dijo la de la rosa – Aquí no para el uno. Se ha equivocado usted de parada.

-Sí, sí. Es aquella.- señaló otra de las personas de la cola.

-Bueno- asintió la señora indolente –Mejor saberlo ahora que haberme montado en un autobús sin saber a dónde me lleva.

-Menuda faena…- comentaban unos y otros.

La señora se fue y el primer asiento quedó libre, así que la de la flor aprovechó para sentarse y su amiga se quedó charlando junto a ella.

Después de aquellos interminables diecinueve minutos, llegó el autobús y abrió sus puertas. Allí estaba la primera la de la flor, cuando la señora malhumorada le grita por encima de mi hombro.

-¡Oiga, oiga! ¡No se cuele!

-¿Colarme yo? ¡Si yo estoy aquí la primera!- exclamó sinceramente sorprendida.

-¡Oh! ¡Qué barbaridad! ¡Yo estaba aquí antes que usted!

-¿Se atreverá a decir semejante cosa?- gritó la del asiento zarandeando la rosa por delante de mi cara - ¡Alguien que le diga a esta señora cuanto tiempo llevo yo aquí!

-¡Y yo más!- añadió la malhumorada -¡Hay que tener poca vergüenza!

-¡No me falte al respeto!

La señora que se había quedado con las ganas de darle un guantazo al responsable de la tardanza del autobús, movía las manos violentamente mientras yo intentaba apartarme y que ellas se pegaran a gusto, no fuera ser yo la que recibiera la torta sin comerlo ni beberlo, pues la malhumorada señora parecía no estar dispuesta a quedarse con las ganas de atizarle a alguien.

La de la rosa zarandeaba la flor delante de todos nosotros con gran nerviosismo. Eso sí, siempre ocupando la puerta del autobús no fuera a colarse alguno aprovechando la discusión.

-¡Debería darle vergüenza! ¡A sus años!

-¿Me está llamando vieja? ¡Vieja lo será usted!

-¡Vamos, vamos!- intervino el conductor – No se peleen y suban.

La de la flor obedeció al chófer ante la impotencia de la malhumorada, que como no pudo impedir que se colara, la tomó con el muchacho que había estado sentado en el escalón.

-¿A dónde vas tú?- le inquirió cogiéndole del brazo – No te vas a colar.

-Pero si yo estaba aquí antes que ustedes- dijo el chico con cara de asombro.

-¡Mucha cara y muy poca vergüenza tienen los jóvenes!

-Déjala que pase, déjala que pase ella primera- intervino otro muchacho que también estaba viendo que la señora no se iría tranquila sin arrearle a alguien.

Ambas fueron sentadas todo el trayecto, pero no dejaron de insultarse y lanzarse indirectas. A veces, aunque lleves la razón, las formas y el lenguaje, pueden quitártela. Y resulta que al final, la culpa fue de la viejecita que se equivocó de parada y cedió el asiento a la de la flor, de la empresa de autobuses, y del responsable que no estaba presente ni sabrá la escena de pelea de barrio que se armó en una de sus paradas, pero eso sí, que se libró de una torta bien dada.




Contrastando con esta anécdota en la que casi acabo con una mano señalada en la cara,  cabe destacar otra muy diferente que tuvo lugar un par de días después en una sucursal bancaria.

Una señora tímida y educada se acerca a una de las responsables del banco y le pide amablemente que la ayude a actualizar la cartilla.

-Mi marido es quien se encarga de estas cosas, pero ha hecho de mí una inútil. Yo también quiero aprender a hacer esto. Si tiene usted paciencia ¡ya verá que buena alumna va a encontrar en mí!



La empleada le enseña a actualizarla y se marcha a su mesa. Yo observo a la buena señora esperando que me toque el turno. Cuando la máquina hubo terminado y arrojó la cartilla hacia las manos de su dueña, la mujer la miró sonriente y añadió.

-Gracias, joven.

Y es que ¡hay señoras y Señoras!


martes, 10 de julio de 2012

Hechos reales: anécdotas dispares



Hoy he visto, mientras viajaba en el autobús, a una chica joven leyendo un libro amarillento, sucio y casi descosido. Su interés me llamó la atención, ya que nada parecía distraerla, y el estado del libro me extrañó. Me esforcé, curiosa que soy, para leer el título de su portada y me encontré con una obra no tan antigua (años sesenta) como aparentaba, pero que debía haber dormido en algún rincón inhóspito o pasado por muchas manos (aunque no tenía la típica numeración de biblioteca). Es una lástima encontrarse con gente que maltrata los libros y que impedirá que esas ediciones lleguen al futuro, pero al mismo tiempo, es esperanzador ver a una muchacha de hoy en día con un libro en la mano (no un e-book, no la última entrega de la saga  “Crepúsculo” sino un libro de verdad). La obra era la premiada “Las Ratas” de Miguel Delibes.




Eso me ha hecho recordar que últimamente, no sé si porque estoy más atenta o porque salgo más, estoy encontrando anécdotas aquí y allá, de distintos ámbitos y sin relación, pero que pueden dar un toque distinto a esta entrada.

El otro día, una amiga mía, me contaba que se había apuntado a un gimnasio con la llegada del verano y que una familiar le había dicho que se iba a quedar “delgada como una sífilis”. La expresión le había hecho mucha gracia y de forma simpática comentaba que después de sacar del error a su familiar y explicarle qué era una sílfide, adaptaron el dicho de la buena señora como una broma.



La semana pasada, curioseando por la red, me topé con un muchacho que pedía amistad y se anunciaba indicando que hablaba perfectamente tres idiomas: el castellano, el inglés británico y el inglés estadounidense… ¡Qué manejo de los idiomas! Pero… del castellano no especificaba nada… ¿será el castellano de Castilla, o quizá el de México, Colombia o Argentina? Yo no puedo decir que los maneje perfectamente, pero creo que me defiendo en el español de los países hispanos…



Hace unas semanas nos abordó un relaciones públicas de un pub de la ciudad. A juzgar por la cantidad de chicas y chicos jóvenes y atractivos que se esfuerzan en “invitarte” a su pub, bar de copas o discoteca, la crisis tiene que estar notándose en el sector.

El muchacho nos “entró” con cierta gracia, piropeándonos y en lugar de darnos las consabidas tarjetitas de descuento, sacó una baraja de cartas y comenzó a ¡hacer magia! Sí, sí, no intentó adivinar una carta que hubiéramos pensado, sino que sacó mágicamente de la baraja una carta… al tercer intento. Un chico muy majo, que si practica lo suficiente, quizá sea descubierto por un cazatalentos.



El primer día de rebajas fui a curiosear por El Corte Inglés. ¡Uy! Lo he dicho, no quería hacer publicidad, pero en fin… Pues estando allí escuché una conversación muy salerosa entre uno de los muchísimos vendedores que había y una de las pocas clientes (no sé si era por la crisis o porque España jugaba la final de la Eurocopa, pero estaba la tienda casi desierta).  Le preguntaba el dependiente:

-¿Es para regalo?

-Sí.

-Entonces le quito el precio- añade.

-¡No, no!- exclama la señora contrariada - ¡Qué sepa cuanto me ha costado!

-Entonces… - dijo el dependiente- le quito el precio rebajado y le dejo el original.

-Mejor- añadió la mujer muy seriamente.


sábado, 30 de junio de 2012

Las ciencias también tienen pasado



Los científicos aplican  métodos exactos para lograr repetir los experimentos en sus laboratorios y estudiar sus resultados. Esto es, en esencia, el método científico que tan maravillosos avances nos da a la vida humana y a la civilización. No renegaré de ello y los alabaré. Pero en mi humilde opinión el método científico tiene sus grietas y eso no se nos escapa a la gente corriente, o quizá lo vemos así por desconocimiento.


¿Todo aquello que no pueda demostrarse en laboratorio, todo aquello que se ha experimentado una vez pero no ha podido reproducirse de nuevo, no es ciencia? Quizá no sea ciencia en estos momentos pero… ¿Los científicos contemplan la posibilidad de que pueda ser explicado y reproducido en el futuro con más conocimientos y otro punto de vista y ser admitido como ciencia?

En el pasado la alquimia era considera un arte, algo inexplicable, incluso mágico. Los alquimistas sí le daban explicación, algunas de ellas aparentemente razonables, como conté aquí. Lo cierto es que estos magos bordearon la ciencia, crearon laboratorios y comenzaron el siempre interesante camino de la química.
Todos tenemos pasado, incluso la ciencia. Y un pasado no demasiado científico.



La alquimia fue una protociencia que dio lugar a la química, del mismo modo que la astrología dio paso a la astronomía. Se llama protociencias a todas aquellas teorías que tienen una cierta base, una hipótesis sólida respecto a las evidencias de ese momento, pero que no pueden demostrarse. En este sentido, actualmente tenemos ejemplos de ello, como la “teoría de las cuerdas” que aún está por demostrarse.

jueves, 21 de junio de 2012

Reflexiones I




Hace unos días, reflexionando sobre la vida y sobre las personas, se me ocurrió una metáfora que me gustaría compartir.

Imaginé que todos somos hojas de papel en blanco. Podríamos ser cómo queramos, pero la realidad es que algunos somos hojas de colores pastel pasando suavemente, con tranquilidad, sin efectos llamativos, bonitos pero desapercibidos. Otros son de colores fluorescentes, acaparando la atención, esforzándose por deslumbrar, alegres y despreocupados. Hay quienes desean ser hojas de un cuaderno de viajes, siempre en camino, de un lugar a otro, sintiendo la brisa y la libertad; quienes prefieren un blog de dibujo, o incluso un pentagrama. Luego tenemos aquellos que necesitan que sus hojas estén cuadriculadas para no salirse de sus encorsetados esquemas; o al menos rayadas para que les sirvan de guía, se perderían en un papel completamente en blanco.



Y entonces surge una pregunta, la gran pregunta que todas las filosofías, los pensadores, las religiones y hasta los científicos se han hecho a lo largo de la historia. ¿Quién escribe el texto de las hojas, el azar, el destino, Dios o nosotros mismos?

Potencialmente nuestra hoja en blanco podría ser cualquier cosa: un poema de amor o de locura, una novela de aventuras o misterio, un cálculo matemático simple o una compleja ecuación, una fórmula química o el resultado de la investigación de un genio, un dibujo a lápiz, acuarela o carboncillo… o incluso, la lista de la compra.

¿Quién decide cuándo el papel está completo o inservible? ¿Qué se hace entonces, se arruga y se tira o se recicla?

El tiempo lo consigue ajar y puede que los más coquetos intenten planchar el papel para que no pase el tiempo por él… En lugar de plancharlo deberían haberlo cuidado, haberlo colocado en un lugar seguro, resguardado. Pero aquellos que se mantuvieron protegidos también han visto pasar el tiempo, porque nada hay tan relativo como el tiempo y siempre acaba pasando.

También hay quienes esperan para empezar a escribir en su hoja, quienes sienten que su vida está por comenzar. Sin embargo, puede que ya esté escrita con tinta invisible y, un día,  al acercar la luz y el calor, aparezca su contenido dibujado en dorado.  Puede que de tanto esperar, la hoja ya esté completamente escrita de silencio, de paciencia y de tristeza, malgastada, llena y sin un lugar donde poner una sola oración más.




sábado, 26 de mayo de 2012

Hechos reales: en el autobús (segunda parte).



En una entrada anterior he comentado algunos comportamientos que he visto en los autobuses protagonizados, presuntamente, por gente poco dada al uso del transporte público. Pero esta reflexión, totalmente personal y discutible, me ha traído a la memoria las muchas anécdotas que he vivido en los autobuses, tanto en mi época de estudiante, cuando íbamos como sardinas en lata, como ahora que soy trabajadora y seguimos yendo como sardinas en lata.



No es que la empresa de transporte sea mala, espero que no piensen que es mi intención decir tal cosa, es una empresa premiada en el ámbito nacional, pero lo referente a algunas líneas es mejorable. En concreto, recuerdo como, acostumbrada a un uso normal del autobús, tuve que adaptarme al “apretujamiento”, al “espachurramiento” colectivo que vivíamos los estudiantes (y por lo que puedo apreciar, siguen viviendo) cuando íbamos camino a la universidad. Horas punta, en las que todos teníamos que esperar en interminables colas que llegara el autobús, días de lluvia en los que llegaba hasta dos horas tarde a clase, regreso a las dos o las tres de la tarde en parecidas circunstancias… 

Recuerdo especialmente a algunos conductores que, apiadándose de los pobres estudiantes, nos dejaban picar el bonobús y entrar por la puerta de atrás, donde había menos aglomeración. Recuerdo a aquel otro que tomaba todas las curvas con especial cuidado y cuando alguien intentaba adelantarle gritaba: “¡Eh! ¡Qué llevo un cargamento de universitarios!”. Recuerdo cuando alguien hacia un comentario y otros le seguían la conversación, o cómo se ayudaba a un anciano despistado a averiguar cuál era su parada sin que te hubiera preguntado. 

Recuerdo a un hombre de edad avanzada, aunque no muy mayor, que hacía comentarios “graciosos” y chistes fáciles (siempre los mismos) y que al ver que no le seguíamos la corriente se quejaba de que ya no se viajaba como antes, que antes todo el mundo charlaba, todo el mundo era simpático, reía las gracias y seguía las bromas, los hombres piropeaban y las mujeres tenían “mucho arte”. No sé por qué, lejos de parecerme nostálgico y envidiable, me daba la impresión de que pretendía que las chicas le habláramos como las andaluzas graciosas de las películas de los años cincuenta.

Ahora voy al trabajo en autobús. Sigo viendo a los jóvenes en las paradas mirando el reloj, con las carpetas en las manos y la impaciencia en los ojos. Siguen los “cargamentos” de universitarios. Pero ahora también hay “cargamentos” de trabajadores, porque solo hay trabajo en la misma zona de la ciudad, inaccesible y sin aparcamiento suficiente. La experiencia acumulada en mis años de estudiante me sirve, principalmente, para saber cómo colocarme y aguantar como una sardina más en la lata. Sigue habiendo el mismo problema a horas punta y días de lluvia. Seguimos esperando colas interminables con la impaciencia en los ojos porque ahora no se trata de perderse una clase, sino de llegar tarde al trabajo para cabreo del jefe. 

Cuando me toca ponerme junto a la puerta de entrada, sin posibilidad de avanzar por la cantidad de gente, me entretengo escuchando la radio que lleva el conductor, muy bajita, muy bajita, con noticias o con música. La mayoría de la gente lleva su Mp3 o su móvil con whasapp y nadie mira a nadie. Ya nadie sigue una conversación, ni se preocupa porque alguna persona se pregunte por donde va o cuál es su parada. El conductor hace malabares para que entremos todos, dejando salir a unos, dejando subir a otros, mientras murmura: “Esto es como jugar al Tetris”. Solo los que no llevan la música demasiado alta en sus auriculares, ríen la ocurrencia. Incluso los amigos que viajan juntos no apartan la mirada de su conversación vía chat. Solo se oye la voz mecanizada que de vez en cuando dice: “Por favor, pasen al fondo del autobús”. Y aquel hombre que esperaba, hace unos años, que las andaluzas graciosas contestaran a sus frases manidas, de vez en cuando prueba algún viejo chiste, pero al ver que nadie lo escucha, guarda silencio sin quejarse.

domingo, 6 de mayo de 2012

El recurso del libro



Son muchas las obras que, en la literatura o en el cine, utilizan el recurso del texto o del libro encontrado.  Muchas obras comienzan así, mencionando que esa historia, o un referente a ella, fue encontrada por el autor en otro texto, a veces anónimo, lo cual le da verosimilitud. Hay incluso personajes que descubren que son parte de un libro (por ejemplo Augusto Pérez en “Niebla” de Miguel de Unamuno) o que sospechan que su historia está ya escrita (como podemos vislumbrar en un diálogo de “Lo que el viento se llevó”, de Margaret Mitchell, donde Rhett le pregunta a Scarlett: “¿Y el libro?”).

Hace poco he tenido la oportunidad de ver una serie donde este recurso se explota hasta límites insospechados. Llega un momento en la historia donde aparece una obra literaria, “La casa de al lado”, donde todos los personajes se reconocen y ven su pasado y su presente escrito en ella. Como es lógico, cada uno de ellos quiere hacerse con un ejemplar, porque no solo ven reflejada su vida en el libro, sino que también se cuenta cómo y cuándo van a morir con una coincidencia pasmosa. Es vital leer el libro y evitar lo que les va a ocurrir. Esta obra se descubre hacia la mitad de la novela y se convierte en eje principal del resto de la trama. ¿Quién es su autor? ¿Cómo predice el futuro? ¿Es un asesino que les está dando una pista? Sabemos el título y sabemos el autor: Anderson Chuncler.

Escena de la serie donde, tras reunir pistas, consiguen adquirir un ejemplar de "La casa de al lado".


Como espectadora mi primer pensamiento es que la serie, del mismo título, está basada en el libro “La casa de al lado” y como no conozco al autor, lo tecleo en google. ¡Eureka! La información aparece siempre instantánea y mágica: Anderson Chuncler autor de “La casa de al lado” y “Condenados”. Nacido en tal ciudad, en tal año, publicó su primera novela en 1938 y tiempo después sacó a la luz la segunda parte.


Uno de los resultados de la búsqueda en Google.

Después de leer su biografía, veo otros resultados que me remiten a comprar las obras en importantes librerías de la red. Pincho en una de ellas y aparece “Autor no encontrado. Actualmente no disponemos de ninguna obra de este autor”. Pincho en la segunda, mismo resultado. Así en varias más. Pincho en otra página: Anderson Chuncler personaje de la telenovela “La casa de al lado”. ¿Perdón? (como diría él) ¿Personaje? ¿Cómo personaje? Entonces… ¿por qué la primera entrada que aparecía era su vida y obra como una persona real, de carne y hueso? ¿Por qué el resto de entradas enlazaban a librerías si no existe el autor, ni la obra? ¿Será porque otros usuarios habían buscado “Anderson Chuncler escritor”, “Anderson Chuncler autor de “La casa de al lado”? ¿Será que la infalible red no sabe distinguir la realidad de la ficción y basta con que unos cuantos usuarios relacionen un nombre con una profesión para que aparezca como real? ¿Alguien hizo una página así a conciencia? No fue la productora de la novela, de eso estoy segura. De hecho, no tengo conocimiento de que aprovechara el éxito obtenido para publicar esos dos libros, porque efectivamente, fueron dos, tal y como indicaba la “biografía” del señor Chuncler.  Varios capítulos después apareció “Condenados” en clara referencia a las muertes que se sucederían entre los personajes y al nombre de la familia protagonista del primer libro, la familia “Conde”.  La serie, estrenada el año anterior en su país de origen, ha tenido gran éxito y otros usuarios habían intentado comprar los libros antes que yo, por lo que había tenido muchas búsquedas en google, con los dos títulos. Además, la historia no es original, sino una versión de la telenovela chilena  “La familia de al lado”.

Ahora, parece que la fiebre ha bajado y sí, si buscas al autor aparecerá como personaje de la novela. ¿Nos ha engañado la productora, la tecnología, nosotros mismos o… Anderson Chuncler?

jueves, 19 de abril de 2012

Hechos reales: en el autobús


Ocurre, en ocasiones, que por las circunstancias tenemos que cambiar nuestros hábitos y empezar a hacer cosas a las que, no solo no estamos acostumbrados, sino que no sabemos cómo encarar.

Por motivos personales, por problemas de aparcamiento o por festividades en las que uno no puede aventurarse a llevar el coche, se ve obligado a utilizar un medio de transporte tan rudimentario, popular en el mal sentido, irregular e incompresible como el autobús. Nótese la ironía en mis palabras, porque precisamente yo soy de esas personas que utilizan este servicio.

En mi ignorancia, pensé que todo el mundo (al menos la gente normal y corriente) estaba acostumbrada a este medio, que algunas veces (aunque fuera cuando no tenían coche) lo habían utilizado y que no habrían olvidado algo básico de la cultura urbana. Vamos, esto es como el que recoge setas y no sabe cuál es la venenosa.

He oído decir que solo en algunas ciudades se hace cola para esperar el autobús. En la mayoría cada cual va a su aire y sabe, tiene más o menos controlado, quien ha llegado antes y después y, cosa a veces extraordinaria, respeta el turno y no intenta colarse. He imaginado que todo el mundo lee los letreros de esas pegatinas que abundan en los autobuses y que, precisamente, se ponen para dar instrucciones o prevenir de peligros. He supuesto que todos los eventuales pasajeros saben mantener unas mínimas normas de respeto y cortesía.  He de admitir que estaba equivocada. 

Lo siento, pero mi ciudad debe ser de esas pocas en las que se guarda cola. Uno llega y se coloca detrás del último. Sí, perfecto, en eso no hubo problema. En las últimas festividades donde todo el mundo se lanzó, al parecer temerariamente, a utilizar el transporte urbano, sabía lo de la cola, pero desconocía los números que aparecían en la parada del autobús. Veamos, si en la parada hay dos líneas diferentes, gente ya montada en el bus y gente haciendo una nueva cola significa que esa cola no es para el autobús que está en su primera parada esperando que llegue la hora de marcharse, porque, señores, los autobuses (aunque no lo parezca en la mayoría de los casos) tienen un horario que cumplir. Si uno va a montarse en el autobús que está allí parado, tiene que subirse, o si tiene dudas, puede preguntar a los primeros de la cola si están esperando por esa línea o por otra. No debe quedarse allí, viendo que ninguna de las personas de la nueva cola se sube, viendo como el conductor arranca y se marcha. Si no te has subido es problema tuyo, no de los de la cola ni del chófer.

Si el letrero digital que marca las paradas con sus dinámicas letras rojas dice que la parada final de la línea se ha cambiado a determinada calle por motivos de reorganización del tráfico, se lee el letrero y se baja uno en esa parada cuando ve a todos los pasajeros bajarse o, en su defecto, se le pregunta al conductor, incluso vale el decir: “¡Jefe! ¿Esta es la última parada?”. No se queda uno sentado en su asiento, con el autobús vacío, con cara de tonto, esperando que te lleven a una calle que está cerrada porque tal procesión está pasando por ella, como has comprobado en la televisión antes de salir de casa.

Si el autobús está lleno y nadie tiene la deferencia de cederte el sitio para que puedas sentarte junto a tu hijita, se queda uno de pie, o si es mucha la molestia, se puede tomar el atrevimiento de pedirle a alguna persona, con toda la amabilidad posible, que te permita sentarte. Pero lo que no se puede hacer es sentar a tu hija junto a la cabeza del viajero, en el pequeño espacio existente entre la pared y la ventanilla. Si la misma niña te dice: “¡Quiero bajar de aquí! ¡Esto es peligroso!”, bájala.

Si junto a las puertas de salida hay un cartel en rojo que dice “Cuidado, barra en movimiento”, no te apoyes en ella y por supuesto no te pongas en el espacio entre la barra y la puerta, pues es signo de que las puertas se abren hacia dentro y te quedarás atrapado en ese pequeño espacio, aprisionado contra el cristal y en muy mala situación, dando un susto al  conductor y a todos los pasajeros. Varias veces comprobé la ineficacia de las letras rojas sobre fondo blanco en la misma barra en movimiento, todos los adolescentes iban, como polillas atraídas por la lámpara, al mismo sitio. Eso sí, el reggeatón que no falte a todo volumen en tu móvil último modelo…

Lee también Hechos reales: en el autobús (segunda parte) y en el autobús (tercera parte)


sábado, 7 de abril de 2012

Hechos reales: una falta de ortografía mágica.


Continuando con lo que decía anteriormente sobre el mundo lleno de faltas de ortografía…

En algunas ocasiones nos encontramos con palabras desconocidas. Lo mejor, en esos casos, es tener un diccionario a mano y poder buscarlas. Una palabra más para ampliar nuestro vocabulario.

En otras ocasiones nos tropezamos con una cruda realidad: palabras conocidas que no sabemos cómo se escriben. En esta segunda situación, el diccionario vuelve a ser nuestro aliado.


Ocurre a veces que la palabra es tan común, tan familiar para nosotros, que ni siquiera dudamos. Se escribe así y punto. Lo sabemos por lo que estudiamos, por lo que leemos o… por ciencia infusa.

A ese respecto, al de la ciencia infusa, tengo una pequeña anécdota un tanto vergonzosa:

Estaba haciendo un curso de diseño gráfico junto con catorce compañeros más, desconocidos, que desde el primer minuto de clase se  convierten en compañeros, claro.

Acostumbrada por mis estudios de letras a tomar muchos apuntes, no iba ser diferente en este curso y comencé a llenar mi libreta de explicaciones, instrucciones y ejercicios. Solo las marcas y los palabras en inglés me suponían dudas, el resto eran viejas conocidas. Pero había especialmente una maravillosa y dulce conocida: la varita mágica. Utilizada frecuentemente en el programa también aparecía en mis apuntes. Esa varita mágica que aquí seleccionaba un área, tenía el mismo aspecto, aunque simplificado, de la varita mágica del hada madrina de Cenicienta, o la del mago que saca un conejo de su chistera… Pero la mayoría de los cuentos nos los han contado nuestros padres cuando éramos pequeños, es decir, se nos han transmitido por vía oral o visual mediante las ilustraciones o dibujos animados. Y del mismo modo hemos visto la varita mágica del mago, pero ninguno aparece con un cartel señalando el objeto.

Un día el profesor hizo un esquema en la pizarra sobre las herramientas que sirven para seleccionar… y la escribió así: varita mágica. VARITA MÁGICA. Tal cual, con tilde incluida. Y se quedó tan pancho.

Observé la pizarra y pestañeé varias veces, luego miré mi cuaderno.

“¿Nadie la ha dicho a este hombre que varita se escribe con “B”? Pero si daña la vista solo mirar la palabra así escrita.” Lo pensé sinceramente y, por supuesto, no lo corregí en mis apuntes. Ni se me pasó por la cabeza que la equivocada era yo. Por suerte no se me ocurrió sacar al profesor de su “error”, porque habría hecho el ridículo más espantoso. Al llegar a casa busqué la palabra en el diccionario. Efectivamente, se escribía “varita”. Lógico, si viene de la palabra “vara” se escribe con “v”. ¿Cómo había cometido un error semejante? ¿Nunca la había visto escrita? Llena de vergüenza corregí mis apuntes y cerré la boca. Me había llevado tal chasco que ya no me iba a fiar ni de la más utilizada de las palabras. Pero eso sí, “varita” me seguiría haciendo daño a la vista.

Al día siguiente, continuando con el esquema, mi compañera de mesa me miró, se rió y me dijo:

-¡Oh! ¿Varita se escribe con “V”? Yo siempre la he escrito con “B”.

Miré sus apuntes y allí brillaba nuestra “barita mágica”.

-Yo también- le confesé con complicidad.

Luego, en el descanso, escuché comentar lo mismo a varios compañeros. Es decir, que éramos más los que, hasta ese día habíamos creído que se escribía “barita” y no “varita”.

Este hecho me resultó de lo más curioso. El error no había sido solamente mío, sino que el convencimiento era casi general. ¿Por qué? ¿Cómo habíamos llegado la mayoría a esa conclusión equivocada de una forma tan natural y tan convencida? Poniendo esta palabra en cualquier buscador encontrarás que  como primera opción aparece “Barita” y como segunda “Varita Mágica”. Esto debe significar que mucha gente comete el mismo error y el propio buscador “sabe” que la mayoría que busca “Barita” en realidad se refiere a “Varita”.

Fui a por el diccionario y busqué si “barita” existía. Por supuesto que sí. Barita es el óxido de bario. Las varitas de los cuentos de hadas no se escriben, se imaginan. Las baritas se estudian en clase de química y se ven por escrito.  Una respuesta muy poco romántica. En esta ocasión la ciencia y el estudio, le han ganado la batalla a la fantasía.