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jueves, 26 de enero de 2012

Libro vs E-book


Ahora parece que empieza la guerra en serio entre los e-books y los libros de papel o quizá entre las editoriales. Personalmente creo que no hay nada igual a tener un libro tangible entre las manos. Es incomparable el tacto, el olor, la belleza del negro sobre blanco, la entrega con la que se decide la cubierta, la ilustración, el color… Sí, los e-books son más prácticos, llevas contigo en poco más de 100 gramos más de mil libros y puedes leer en cualquier lugar, pero no creo que terminen desplazando completamente a los libros en papel. Si me gusta mucho un libro me lo compraré en papel o lo regalaré a algún amigo. No me veo con las estanterías desiertas de libros, sería extraño, sería triste. Estoy acostumbra a ver en mi casa cientos y cientos de libros y si no los tuviera me parecería que falta algo, que la casa está casi vacía.



Pero hay que admitir que los libros tienen un precio muy alto en nuestro país y que en muchas ocasiones no están al alcance de todos, la mayoría esperamos a que salga la edición de bolsillo para comprar todos los que hemos ido apuntando en una lista imaginaria de historias por leer. 

No creo que los escritores se lleven buena parte del dinero que pagamos por las obras, de hecho es bien conocido que en España siempre “escribir es llorar de hambre” como dijo aquel.

Los e-books pueden abaratar los precios, ya que nos ahorramos toda la labor de impresión y lo que ello conlleva, pero también corremos el peligro de que las obras pululen por ahí, entre páginas piratas y “coleccionistas” de  cosas que descargarse y nunca ver o leer… que los hay y muchos. No es justo que el trabajo, el esfuerzo, la imaginación y la ilusión de los escritores se pierda porque fulanito o menganito no quieran pagar un precio razonable por la obra. Nadie debería pretender que otra persona trabaje gratis para él.  Pero las ediciones digitales deben, forzosamente, tener menos costes de producción, por lo que sería razonable que los libros tuvieran un precio bastante más bajo que la edición en papel. Si se trabajara en este sentido creo que disminuiría la piratería porque si la obra que tanto deseo tener me va a costar tres o cuatro euros, los pago, contribuyo al éxito editorial del libro, a la economía del autor y a que el arte de la literatura siga adelante. La inmensa mayoría de los lectores lo pagarían, no merece la pena pasarse una tarde buscando en cuanta página pirata se cruce en el  camino para luego acabar con solo unos fragmentos o una edición “adulterada”.



Antonio Fraguas en su artículo “Guerra abierta por el precio del libro” en elpais.com del 8 de enero de 2012, cita una frase  de  Rosa Montero:

“Hemos perdido un tiempo preciosísimo por navegar en contra de las nuevas tecnologías (…) Esta lentitud ha favorecido a los piratas y ahora parece que los únicos que tenemos que dar las cosas gratis somos los creadores, cuando nadie se plantea no pagar por el aparato para leer”.

… No demos ideas, o mejor dicho, malas ideas. No tardará en llegar el día en que también se pidan los aparatos gratis. Esto puede convertirse en un círculo vicioso, en una vorágine de consumismo de la que no se librará ni la tecnología ni el arte. Puede que suene surrealista, pero este diálogo puede no estar tan lejos como creemos…

Lector Descarado: ¿Qué me dará si compro su libro?

Autor Famoso (léase el nombre de su escritor favorito): las gracias por interesarse en esta obra y mi deseo de que sea de su agrado.

L.D. ¿No va a regalarme un e-book para que pueda leerla?

A.F. Si no tiene e-book puede adquirirlo en cualquier tienda…

L.D. Pues si no me regala un e-book no voy a poder leer su obra, porque si no tengo donde leerla no voy a comprar su último libro para nada.

A.F.  El e-book tendría usted que pedirlo a la marca que lo fabrica, yo de eso no entiendo mucho. En todo caso puede comprar la edición en papel así no necesitará un aparato electrónico. Le basta el libro y su imaginación.

L.D. Ya… Pero Menganito (léase otro escritor famoso) me ha prometido que me dará un e-book gratis si le compro sus últimos tres libros.

A.F. ¿…? No creo que le haya dicho eso.

L.D. ¿Me está llamado mentiroso?

A.F. ¡No, no! ¿…? Le van a encantar sus libros, yo también soy seguidor suyo.

L.D. ¿Cómo? ¿Es que no le importa que no lea su última obra?

A.F. Puede usted leer la de Menganito y la mía, una cosa no está reñida con la otra.

L.D. O sea, que a usted no le intereso como lector. Es lo que parece puesto que no me iguala la oferta que me ha hecho Menganito. En ese caso no volveré a comprar un libro suyo.

A.F. Es su decisión.

L.D. Además les diré a mis familiares y amigos que no compren ninguna de sus obras. Es usted un pésimo escritor.



sábado, 14 de enero de 2012

Hechos reales: lo que unen los libros.


Cierto día en el trabajo, al ir a saludar a una amiga, vi sobre la mesa de una compañera un grueso libro. Estaba escrito en italiano y reunía las obras de Jane Austen. Yo conocía varias de ellas, pero no todas las que pude leer en la cubierta. En principio me dio vergüenza, ya que nunca había cruzado palabra con la compañera, pero me decidí a comentarle lo que me gustaba esa autora y así comenzamos una interesante conversación sobre estos libros y las versiones que se han hecho para la pequeña y gran pantalla.



En otra ocasión, estando también en el trabajo atendiendo a mis obligaciones no pude evitar escuchar una conversación entre dos compañeras con las que tampoco había tenido oportunidad de hablar anteriormente.

Una le decía a la otra:

-“ …Entonces el padre lo llevó a un lugar llamado el Cementerio de los Libros Olvidados.”

Inmediatamente levanté la cabeza y las miré con curiosidad.

-Es un libro precioso, pero no recuerdo el título…

No aparté la vista de ellas, descaradamente, aún siendo una falta de educación, estaba deseando que me descubrieran.

La compañera que no recordaba el título se percató de mi insolencia, pero lejos de apartar la vista y disimular, la seguí mirando fijamente y le sonreí asintiendo con la cabeza. Ella lo comprendió de inmediato. De repente hubo un lazo que nos unió.

-Sabes de qué libro estoy hablando ¿verdad?- me preguntó como si nos conociéramos de toda la vida.

-De “La Sombra del Viento”.

Desde entonces cuando nos cruzamos por los pasillos de nuestra gran empresa, nos saludamos con una sonrisa.

¡Lo que unen los libros!

viernes, 9 de diciembre de 2011

Hechos reales: ¿casualidad?



Desde que regresé de mi viaje a Florencia me he dado cuenta de que el mundo se ha confabulado para recordarme siempre aquella tierra de la Toscana.  Es como si de repente todo se volviera casualidad, a veces simple y a veces extraña.

He oído conversaciones por la calle de personas que no conozco y que, casualmente, también habían estado allí este verano. Sentada en un restaurante he visto a los comensales de la mesa vecina enseñar fotos de Florencia a unos amigos.  En televisión han emitido un especial de la Toscana.

Posteriormente he pasado unos días en Madrid. Acudí a la exposición “Arquitecturas Pintadas”  del Museo Thyssen y, por supuesto, allí había un espacio dedicado a Florencia. Visité El Escorial y me encontré con una esfera, creada en Florencia, que representaba el movimiento de los astros alrededor de la Tierra (según la concepción Ptolemaica del universo).

En el tren de vuelta nos pusieron la película “Copia Certificada” ambientada en la Toscana y cuyo título hace referencia a la obra que acababa de escribir el protagonista de la cinta, obra inspirada en la observación lejana de una madre y un hijo que contemplan la escultura de David,  de Miguel Ángel, en la Plaza de la Señoría. En aquel momento la madre le explica la obra al pequeño sin decirle que es una copia y el hijo mira la estatua con ojos maravillados creyendo que está contemplando un original. Por mi mente pasaron David, el reloj de la torre del Palacio Vecchio, la fuente, la estatua ecuestre…

Por cierto, al día siguiente de regresar de Madrid, donde pasé la tarde paseando por el Retiro antes de montarme en el AVE y regresar a casa viendo “Copia Certificada”, pusieron un documental en la 2 sobre la historia del Parque de El Retiro.

La misma semana, viendo en la tele el concurso “Saber y Ganar” preguntaron de qué cuadro de Botticelli hay una versión en bajorrelieve para que los ciegos puedan conocer la obra mientras tocan todos sus detalles. El cuadro no es otro que “El Nacimiento de Venus” que puede admirarse en la Galería de los Uffizi, en Florencia, por supuesto. Dicho sea de paso, en la imagen que nos muestran de tal reproducción “táctil” aparece la resina completamente blanca y bien dibujada, mientras que en la realidad su color ya tiende a gris…



Un amigo me ha regalado unos números antiguos de una revista de historia, entre los que se encuentra un extenso artículo sobre la vida y obra de Leonardo Da Vinci, que vivió no pocos años en Florencia.

Sí, todo ello pueden ser casualidades. Quizá mi amigo eligió esa revista precisamente por el artículo a sabiendas de que yo había estado en Florencia. No es extraño que en un concurso cultural como es “Saber y Ganar” mencionen museos italianos. En el tren siempre ponen películas, entre la programación para este mes estaban “La Red Social”, “Los Viajes de Gulliver” o “X-Men: Primera Generación”, pero en el tren en el que yo iba, precisamente en ese, decidieron emitir una película que no había sido éxito de taquilla y que tenía una temática y una filosofía árida hasta para los entendidos. Es normal que en las colecciones artísticas de nuestros edificios más emblemáticos, como El Escorial, tengan piezas florentinas y cualquier exposición de pintura internacional destacable tiene algún autor, obra o paisaje italiano.

Seguramente el mundo no se ha confabulado para recordarme Florencia, quizá lo único que ha ocurrido es que ahora tengo los ojos más abiertos, presto mayor atención o soy más sensible a todo lo referente a esa tierra italiana. Florencia siempre estuvo ahí, con su Duomo, con su Puente Vecchio, con sus iglesias y sus museos, precisamente la elegí como destino de mi viaje por ello, al igual que miles de personas este mismo verano. Contemplar en persona las maravillas que has visto en los libros, que has estudiado, que has admirado, deja huella y te hace más receptiva a todo lo que tenga que ver con ello. Por lo tanto, puede que no sea ninguna casualidad… pero esto abre un nuevo interrogante.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Las Patatas al Estilo Francés y las Palomitas de Cine


Hoy en día hay tantas cosas que forman parte de nuestra vida cotidiana que ni siquiera nos preguntamos por ellas. ¿Cuándo surgieron? ¿Quién las inventó? Algunas han estado ahí siempre y otras parecen recientes, pero ignoramos igualmente su origen.

Ya he comentado lo mucho que me gustan las patatas y su historia, pero aún queda más por decir. ¿Quién inventó las patatas chips, tan denostadas y tan “basura” en nuestra época? ¿Cuándo se popularizaron?

Al principio las patatas chips eran exclusivas de una pequeña élite. Se dice que esta forma de freír las patatas se inventó en Francia a finales del siglo XVIII. En aquella época Thomas Jefferson era embajador en París y, encantado con este manjar, aprendió a cocinarlo y lo exportó a los Estados Unidos, donde lo hizo popular entre sus amistades.

En el año 1853 George Crum, cocinero neoyorquino, comenzó a servir en su restaurante patatas fritas de un grosor de unos cuatro milímetros que hacían las delicias de sus clientes. Gracias a las sugerencias de los comensales, Crum decidió cortarlas tan finas como el papel y su éxito se disparó.

Ya en el siglo XX las patatas abandonaron los platos de los prestigiosos restaurantes para convertirse en aperitivo popular, se compraban en los espectáculos, en las ferias, en las churrerías, hasta que llegaron a las tiendas y a los supermercados.

Igualmente populares son las palomitas de maíz, aunque su origen no sea tan noble como el de la patata. También comenzaron a popularizarse en Estados Unidos a lo largo del siglo XIX, cuando en los puestos callejeros, en las ferias y en los espectáculos podía comprarse un cubo de palomitas por poco dinero.

Fue el cine el que las lanzó al estrellato. Ya desde el principio proliferaban los puestos ambulantes que las vendían, pero el éxito definitivo de este producto nació en tristes circunstancias. Durante la Gran Depresión, cuando los negocios cerraban, los trabajadores se quedaban sin empleo y el dinero escaseaba, el cine se convirtió en uno de los pocos supervivientes, un mundo de sueños y esperanzas donde el público podía olvidar sus penas.

El poco dinero que reunían era para ver la película de turno y comprarse un cubo de palomitas, ese producto tan barato y con tantas calorías que los saciaba y les daba fuerzas. No es de extrañar que, en estas circunstancias, el cine creciera y los vendedores ambulantes de palomitas llegaran a enriquecerse con el producto.

Hoy en día las patatas no faltan en ninguna casa y las palomitas siguen siendo ese animalito que vive en todos los cines del mundo.


miércoles, 12 de octubre de 2011

Los sueños se cumplen pero...


Italia es uno de los países más bellos del mundo. En nuestro imaginario aparece como un lugar clásico y romántico donde se puede viajar  con la pareja o vivir una hermosa historia de amor.

En “Mientras Dormías” Lucy soñaba  con viajar a Florencia y Jack le regaló su sueño en forma de bolita de cristal con nieve sobre la cúpula del Duomo. Se casaron y Lucy consiguió un sello en su pasaporte.



En “Solo tú” Faith y Peter se conocen en Italia y ella, con un vestido de novia colgado del brazo, embarca en el último momento en el vuelo de Peter gracias a la amabilidad y el romanticismo del personal del aeropuerto. La película termina con un esperado beso y el aplauso general del pasaje.

En “Bajo el Sol de la Toscana” Frances sufre la decepción de un traumático divorcio y animada por una amiga se va de vacaciones a Italia, pero fascinada por la belleza del lugar decide quedarse a vivir.  Frances sueña con que en su nueva casa se celebre una boda y se forme una familia. Sus deseos se convierten en realidad, pero de una forma muy diferente. No será ella la protagonista de esa boda, ni será ella la que forme esa familia.

Me siento un poco identificada con Frances. He viajado a la Toscana y mis sueños románticos de comedia norteamericana se han cumplido, pero no conmigo. No he llorado de emoción ante el Duomo de Florencia (esa cúpula que adoraba Lucy) pero he visto llorar frente a ella; no he tenido ningún romance, pero he visto a los enamorados contemplar el atardecer en el Ponte Vecchio; no he corrido con un vestido de novia en mi equipaje para reunirme con mi Peter en un vuelo de Italia a casa, pero he visto entrar en mi avión a una novia de blanco ante el emocionado aplauso de todos los pasajeros… incluyéndome a mí. 

sábado, 3 de septiembre de 2011

Una flor, una leyenda, muchos prejuicios.



El descubrimiento de América no solo marcó un antes y un después en la historia (se suele tomar esta fecha para separar la Edad Media de la Edad Moderna), y la búsqueda de riqueza, fortuna y una nueva vida; el descubrimiento de este vasto territorio supuso también un millón de interrogantes para la ciencia de la época, una ilusión para los investigadores y un desafío para los aventureros. Poco a poco el nuevo continente fue mostrando su fauna y flora, hasta entonces desconocida, a unos científicos deseosos de descubrir los misterios de la naturaleza. Los botánicos más serios y más sesudos llegaron a atravesar las selvas más impenetrables, a cruzar los ríos más caudalosos y a arriesgar sus vidas por acercar a Europa las maravillas del nuevo continente. Todos los peligros carecían de importancia si conseguían que de las costas zarparan barcos con nuevas especies vegetales rumbo al viejo continente. Incluso, no faltaba algún arriesgado joven o experto militar que sacrificase su ración de agua diaria para lograr que una exótica flor resistiera el viaje.

Hoy contemplamos con total normalidad cientos de plantas que adornan nuestras avenidas, nuestros parques, nuestros balcones, ignorando su procedencia, su historia, su nombre.  Criticamos la irrupción de especies no autóctonas que, lamentablemente, en algunas ocasiones pone en peligro el equilibrio del ecosistema. Pero ignoramos aquellas que salvaron vidas.

De América llegó, se dice que descubierta por Pizarro y traída por los mismos conquistadores, una de mis plantas favoritas, un tesoro que llegó del nuevo mundo para instalarse y conquistar. Es una plantita bella, pequeña, con flores blancas y azules que llamó mucho la atención en los primeros tiempos y que se ganó un lugar de privilegio en los jardines de los reyes, los patios de los conventos y las macetas de los pobres.

Esta bella flor llegó con una hermosa leyenda que en el Perú fue relatada a quienes la embarcaron rumbo a Europa, una historia de desesperación que acabaría repitiéndose en nuestra tierra y que, como en el antiguo mito, tendría final feliz.  La leyenda hablaba de un pueblo bajo el yugo de los malvados que arrancaban sus cosechas antes de que maduraran para matarlos de hambre.  Los campesinos, desesperados, clamaron al cielo en busca de ayuda. Nuestras pequeñas flores azules crecieron en los campos ante la atenta mirada del enemigo que una noche arrancó todas las plantas dejando sin nada que comer a los campesinos. Sin embargo, su dios, les había hecho un regalo ocultando bajo aquellas plantas el alimento que les permitiría sobrevivir. En secreto, los campesinos cavaron hasta encontrar  aquello que les salvó la vida.

La leyenda no debió difundirse tan rápido como la planta porque a nadie en su sano juicio se le hubiese ocurrido que aquellas florecillas pudieran ser comestibles.  Como especie botánica era apreciada, como flor decorativa era deseada… pero ¿quién escucharía a aquellos que decían que era comestible?

Corrían malos tiempos, en Europa la hambruna hacía mella en la población y llegó un momento en que algún valiente se atrevió a comerse, no la flor, sino su fruto, consiguiendo un fuerte dolor de estómago y, en alguna ocasión, incluso la muerte por envenenamiento. Quedaba entonces comprobado que la leyenda no era más que un cuento y que no se debía prestar oído a los rumores… ¿o sí?

Con la misma desesperación de aquellos campesinos del mito peruano, los pobres europeos hicieron frente al hambre y la muerte, hasta que entendieron bien la leyenda y se convencieron que no era la flor o el fruto lo comestible, sino la raíz. Aquel descubrimiento salvó vidas, pero durante mucho tiempo fue rechazada la idea de sacar de la maceta a tan preciosa planta: la patata.

Fueron los irlandeses en el siglo XVII los primeros en cultivarla en verdaderas plantaciones, como habían hecho los incas. Pero en aquella época Irlanda estaba tan aislada de Europa que estos cultivos no llegaron al continente hasta bastante tiempo después.

Había tantos prejuicios que los mismos reyes tuvieron que fomentar el cultivo e incluso “engañar” a los campesinos para que se convencieran del bien que les suponía. Nacieron pues, en el viejo continente, nuevas leyendas (más o menos ciertas) sobre la historia de la patata, sobre cómo Federico II el Grande, rey de Prusia, ordenó que los soldados cultivaran y cuidaran de tan preciosa cosecha ante las narices de los campesinos que comenzaron a verla como algo preciado y una noche se atrevieron a robar las patatas, burlando, creían ellos, a los soldados y cumpliendo, sin saberlo, el plan que Federico había ideado.

Otra de las historias que han llegado a nuestros días es aquella que atribuye a Parmentier la defensa de la patata, regalando una flor al rey Luis XVI que acabó en el escote de la reina.

Una vez más los prejuicios lograron que se ganase la fama de comida de pobres y que los ricos se resistieran a probarla. Durante la Revolución Industrial la patata era uno de los pocos alimentos que los obreros podían permitirse y base de su alimentación.

La patata, que puede cultivarse a mucha altura y en terrenos pedregosos, pasó a formar parte de la alimentación diaria convirtiéndose en el ingrediente principal de infinidad de platos.

Hoy en día disfrutamos de ella ignorando su historia y sin haber visto nunca aquella florecita azul que llegó del nuevo mundo y que ha acabado convirtiéndose en uno de los productos típicos de la llamada “comida basura”. Otra vez la patata tiene que superar los prejuicios.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Imprescindible inglés.



De todos es sabido que  hoy en día el inglés es imprescindible en cualquier lugar, ya sea si viajas o si te quedas en casa. Quizá para los que nos quedamos en casa sea más llevadero no manejar con soltura el idioma de Shakespeare, pero nos arriesgamos a que fulanito o menganito nos mire mal o, cosa más grave, nos rechacen en una entrevista de trabajo.

Sí, para cualquier trabajo es obligado un cierto nivel de inglés y si no que se lo digan al aguador moderno, eso señor que va con su nevera caminando playa arriba, playa abajo, pregonando sus bebidas frescas para los bañistas que no han tenido la precaución de meter un par de botellines de agua en su bolsa. “Agua, Coca-Cola, cerveza” grita animadamente mientras deja la nevera un momento en la arena, luego la toma por el asa y pregona: “Guater”, Cola, “Bir”, “trinking, trinking”. Y todo el mundo lo entiende perfectamente.

Hace unos días hice un pequeño viaje. Ignorante de mí, no iba preparada para toparme con los idiomas. Empezamos por los letreritos y terminamos por las dependientes de las tiendas. Muchas marcas de ropa, mucho glamour y mucho inglés. No había quien se entendiera. Normalmente cuando estás de viaje y te topas con un español hay una complicidad innata, un gesto de simpatía, pero en este caso, aunque me encontré con más de un compatriota, no tuve ese consuelo.

Los yates estaban atracados en el puerto, los descapotables aparcados al borde de la  carretera y la acera repleta de restaurantes lujosos. Los había italianos, ingleses, tailandeses, hindúes, japoneses… Para todos los gustos.
Caminaba yo tranquilamente por una de estas calles,  con un sol abrasador sobre mi cabeza, cuando una muchacha con aspecto nórdico me habló en inglés. Entre mis limitaciones y su acento no entendí gran cosa, aunque al vuelo me di cuenta que me estaba “invitando” a entrar al restaurante que representaba. Como estaba junto a varios de ellos, le pregunté, en castellano, a cual se refería. La muchacha me miró sorprendida y con cara de no entender una sola palabra de lo que le decía. Evidentemente, ella no manejaba el idioma de Cervantes. Se dio media vuelta y se “lanzó” sobre otro posible comensal, siempre hablando en inglés. 

Esto no tendría mayor importancia, si no fuera por el país al que había “viajado”. ¡Ah! Creo que no lo he dicho. Mi pequeño viaje fue a Puerto Banús (Marbella).
  

viernes, 22 de julio de 2011

Aprendiendo con las telenovelas: ¿café o tequila?


No puedo negar que me gustan las telenovelas. Sí, esas que suelen emitir en la sobremesa y que ahora algunas cadenas de TDT quieren convertir en su única programación. No lo neguemos… hay pocas personas que no se hayan sentado ante el televisor y hayan detenido su “zapping” en uno de estos seriales, normalmente latinoamericanos,  quedándose un buen rato mirando alguna escena romántica, alguna miss transformada en actriz o, simplemente, riéndose de los nombres tan rebuscados y tan sonoros de los personajes. ¡Qué levante la mano quien no haya visto un par de capítulos o no haya oído hablar de “Cristal” o “Pasión de Gavilanes”!

Las telenovelas pueden ser vistas desde diferentes ángulos, pueden ser un entretenimiento, pueden ser una fuente de crítica, de conversación o una forma de acercarse a otros paisajes, a otras formas de vida, a otras formas de “hablar” el castellano.

Recuerdo con especial cariño una de las primeras telenovelas que vi. Se llamaba “Café con Aroma de Mujer” y era colombiana. Es evidente, quién puede hablar de café mejor que ellos. Sí, me pareció muy buena idea, me pareció una bonita historia de amor que se salía del tópico y fue mi primer aprendizaje. No se limitaron a contarnos la historia de amor de una simple recolectora de café que cantaba mientras el nieto del dueño de la plantación caía rendido a sus pies. Nos contaron todo el proceso hasta que nuestro líquido elemento acaba una mañana en una humeante taza o en un simple vasito de plástico dejado caer del interior de una máquina. Desde las plantaciones de café, la vida diaria de los recolectores y el proceso de transformación hasta las plagas, fumigación, exportación y venta. Nuestra protagonista estudió, trabajó y escaló posiciones mostrándonos cada uno de los eslabones de la cadena de algo tan importante para muchos como es el café.

Por supuesto la historia tenía final feliz y nuestra inocente recolectora, después de varios años y mucho esfuerzo, consiguió ser una gran ejecutiva y casarse con el hombre de su vida, aquel heredero que quedó al borde de la quiebra tras una plaga de “la roya” que destruyó casi toda su plantación.  Pero al fin fueron felices y comieron perdices… o mejor dicho, bebieron mucho café.

La novela tuvo tantísimo éxito en todos los países donde se emitió (incluida España) que en México decidieron adaptarla. Esta vez tomaría el nombre de “Cuando Seas Mía”. Mucho más melodramática, más centrada en el amor de los protagonistas, pero también ambientada en el mundo del café. Aquí aprendí  una cosa muy simple, que los dueños del café en América no son los colombianos y brasileños, sino que también  los mexicanos tienen su parcela del mercado. Yo no lo sabía y lo aprendí con esta serie donde, dicho sea de paso, vemos también como los vecinos del sur copan el mercado y México intenta aumentar sus exportaciones.  

La tercera adaptación de esta telenovela (por ahora y que yo tenga noticia) también es mexicana, pero esta vez se centra en uno de los productos más significativos del país azteca, uno de esos que identificamos cien por cien con México: el tequila. Se llamaba “Destilando Amor” y nos contaba la misma historia de la pobre jornalera que regresa año tras año a una hacienda de Jalisco para la "jima" del agave azul. Pero esta vez, no solo les daba tiempo a explicarnos el proceso de producción del tequila, sino que llegan a bosquejarnos su historia y a hacernos toda una exposición de los diferentes tipos de tequila que existen y enseñarnos sus maravillosas botellas como auténticas joyas. Esta vez contemplamos los campos de la localidad de Tequila y podemos pasear entre sus agaves, aprendiendo a querer a una planta que antes no significaba nada para nosotros.


Actualización: en 2021 la productora RCN hace una nueva adaptación de "Café con aroma de mujer" con el mismo título. 

jueves, 9 de junio de 2011

El Balón Naismisth y la Minoneta.


Debo confesar que no soy una persona muy deportista, pero siempre me ha llamado la atención el origen y la historia de las cosas, y el deporte no podía ser menos. La mayoría de los deportes modernos son una evolución de antiguas actividades que se desarrollaban en diferentes ámbitos y momentos de la historia. Pero hay dos deportes muy populares que tuvieron lugar  y fecha de nacimiento, surgieron de la idea y la ilusión de una sola persona, que lo creó y lo patentó, así de simple. Otro dato curioso es que los dos fueron creados en fechas próximas y en lugares muy  cercanos.: última década del siglo XIX en Springfield (Massachussetts, Estados Unidos).


EL BALÓN NAISMITH:

Este deporte surgió de una necesidad. Al señor Naismith, director de actividades deportivas, se le ocurrió que sus atletas no debían permanecer ociosos durante el largo invierno de Springfield mientras las heladas hacían impracticables los terrenos de juego de otros deportes. Debían mantenerse en forma, por lo que necesitaba crear una actividad que no precisara de mucho espacio y pudiera realizarse en un lugar cerrado, tuviera reglas precisas y fuera algo nunca visto.


Un día de invierno de 1892 Naismith reunió a sus alumnos en el gimnasio de Springfield y les explicó el nuevo juego que acababa de inventar: dos equipos, un balón y una caja de melocotones puesta en alto donde debían  marcar los tantos.  A todos les encantó la idea y le propusieron que el nuevo deporte se llamara “Balón-Naismith”. El bueno del inventor se negó a ello y entonces pasó a llamarse: BALONCESTO.


El baloncesto arrasó América en muy poco tiempo. La caja de melocotones se convirtió en aro de metal con una red que no paraba de crear problemas. Durante décadas, después de cada “canasta” había una persona dedicada a subir con una escalera y soltar la pelota. Los inventores se pusieron manos a la obra para idear algún método de devolución del balón, pero sin demasiado éxito.  Hubo que esperar a 1912 para ver como un desconocido puso fin al problema agujereando la red. ¡El señor de la escalera desapareció de escena y el juego se hizo más ágil!


LA MINONETA:

Seguimos en la última década del siglo XIX, esta vez en Holyoke, localidad a las afueras de Springfield. Al señor William J. Morgan, le surgió el mismo problema que a Naismith y lo resolvió con otro nuevo deporte: la Minoneta.


Un día de invierno de 1895 Morgan reunió a sus atletas en el gimnasio, los dividió en dos equipos, colgó una vieja red de tenis, les dijo que utilizaran sus manos como raquetas y les lanzó el globo interior de una pelota de baloncesto. El juego gustó a sus atletas, pero no tanto al resto del público, que no supo gran cosa de la Minoneta hasta el siglo XX.  Fue en los primeros años del nuevo siglo cuando el nuevo deporte cambió de nombre, ya que la “Minoneta” era objeto de burla entre algunos. Debido al planteamiento y desarrollo del juego se decidió llamarlo VOLEIBOL.


Los mismos deportistas que jugaban al voleibol en los gimnasios durante el invierno, se encontraban en las playas durante el verano,  poniendo en práctica el nuevo deporte. Los veraneantes lo imitaron, convirtiéndose el voleibol en un deporte de playa, que recorrió las costas de América rápidamente.


Nació en un gimnasio, se hizo popular en las playas y se convirtió en deporte olímpico, aunque nunca perdió su carácter “playero”.

Sobre dichos y lugares I


Siempre me han resultado interesantes las frases hechas que utilizamos en nuestro lenguaje diario. Considero que estos dichos enriquecen el idioma. Detrás de estas expresiones suele haber un trasfondo histórico, una aportación de la época en la que se forjaron y que se olvida, aunque la expresión permanezca. Nuestra época también es rica en expresiones nuevas, que pueden perpetuarse en el tiempo, pero que en el futuro carecerán de explicación histórica para la mayoría de las personas que las utilizan comúnmente. De este hecho se desprende algo más interesante, pero más difícil de explicar: la razón de que algunos dichos sobrevivan al paso del tiempo y otros se pierdan.

Alguno de mis dichos favoritos:

“Irse por los cerros de Úbeda”: divagar o contestar a una pregunta directa con una respuesta que no tiene nada que ver.

Seguramente esta es la expresión más popular. El hecho histórico al que hace referencia sucedió durante la reconquista, en el siglo XIII, cuando el rey cristiano Alfonso VIII ordenó atacar la localidad de Úbeda (Jaén). Antes de la batalla, uno de sus hombres de confianza, Alvar Fáñez, desapareció y no volvió hasta el día siguiente. Cuando el rey le preguntó dónde había estado, él contestó que se había perdido por los cerros de Úbeda. Lo cierto es que cuando buscaba la posición para atacar la ciudad, Alvar sorprendió a una muchacha mora bañándose en el río, un flechazo los enamoró y el cristiano se olvidó de la orden del rey…

“La Luna de Valencia”: estar distraído, soñar despierto.

A esta expresión se le atribuyen diferentes orígenes, pero el más aceptado se remonta a la época en la que Valencia era una ciudad amurallada. Las puertas de la ciudad se cerraban al anochecer, solo una de ellas permanecía abierta hasta las diez de la noche, pero si algún despistado llegaba tarde, tenía que esperar el amanecer en el exterior de la ciudad, mirando la luna de Valencia, incluso hay quien añade que había frente a esa puerta un banco en forma de luna para los rezagados, claro que esto último podría ser una aportación romántica al hecho histórico.

“El Quinto Pino”: hace referencia a un lugar muy lejano, aunque si hablamos de matices, no estaría tan alejado como la Conchinchina.

Esta expresión se acuñó en el siglo XIX y tiene una ubicación muy precisa. El quinto pino estaba situado en el Paseo del Prado de Madrid. En dicho paseo había plantados cinco pinos a buena distancia los unos de los otros y la gente solía quedar en el primer o segundo pino. Ir al quinto pino era desplazarse bastante lejos, ya cerca del campo. Así lo atestiguan los periódicos de la época, donde se forjó este dicho. Además estando el quinto pino tan apartado era el lugar ideal para las parejas de enamorados que podían hacerse arrumacos y besarse discretamente, en una época en la que estaba mal visto esas expresiones de cariño en la calle.

Lee  Sobre dichos y lugares II : Babia, Jauja y la Conchinchina existen

viernes, 27 de mayo de 2011

Sobre dichos y lugares II : Babia, Jauja y la Conchinchina existen

Lee  Sobre dichos y lugares I

“Estar en Babia”: expresión que significa que una persona está distraida o ausente.
La expresión tiene un motivo histórico y el lugar existe realmente. En cualquier momento podríamos organizar un viajecito a Babia ya que a los españoles nos pilla muy cerca, concretamente en la provincia de León.

Durante la Edad Media, Babia fue el lugar de retiro favorito de los reyes leoneses, que descansaban de los problemas en estos hermosos parajes. Así cuando alguien en la corte preguntaba dónde estaba el rey, obtenía la misma respuesta: “El rey está en Babia”.

“¡Esto es Jauja!”: expresión que significa que algo es rico, abundante o que se ha obtenido sin esfuerzo.

Podríamos visitar la localidad de Jauja (Córdoba) cuna del famoso bandolero José María “El Tempranillo”, pero esta no es la Jauja a la que se refiere el dicho.

La ciudad de Jauja está situada en Perú y fue fundada por Francisco Pizarro en 1533. Se decía de ella que tenía comida en abundancia, curaba las enfermedades y los ríos eran de plata. Por supuesto, todas  estas virtudes eran exageraciones, pero con un trasfondo real más que evidente. La ubicación de la ciudad, el clima y la altitud contribuían a la curación de algunas enfermedades (como la tuberculosis), garantizaba buena agricultura y riqueza a los exploradores que se aventuraban en sus minas de oro y plata. Aquellas magníficas condiciones unidas a la penuria económica de los agricultores españoles de la época, convirtieron la ciudad en toda una leyenda.

“Está en la Conchinchina”: frase hecha que significa que algo está muy lejos.
El nombre de Conchinchina proviene del francés y la región se sitúa en la península Indochina, aproximadamente en las actuales Vietnam y Camboya.

La Historia recuerda a los misioneros españoles y franceses que fueron asesinados en aquellas tierras a mediados del siglo XIX.  Las dos potencias europeas acordaron llevar una expedición de castigo a la zona. El viaje fue muy largo y lento, los soldados tenían la sensación de acudir al último confín de la tierra y las familias no conseguían recibir noticias de ellos. Así que la Conchinchina quedó en nuestra memoria colectiva como el más lejano de los lugares.

jueves, 5 de mayo de 2011

Películas que mencionan otras películas



Poco imaginaban los hermanos Lumière que su invento iba a convertirse en la industria que es hoy en día. El cine forma parte de nuestras vidas y llega tan lejos nuestra afición que en ocasiones queremos creer que nosotros formamos parte del cine, que nuestra vida podría ser un guión de cine, que en cualquier momento podría ocurrirnos alguna de las cosas que pasan en nuestras películas preferidas, hasta tenemos nuestras canciones que forman parte de la banda sonora de nuestras vidas.

El cine es una ilusión de realidad. Es un pacto entre el espectador  y los creadores. Convenimos que vamos a creer en ese mundo que nos presentan, en un espacio ficticio, en un tiempo ajeno al real (una película que dure 90 minutos puede narrar una historia de 100 años, aceptamos voluntariamente esa alteración del tiempo).

El cine puede rendirse homenaje a sí mismo, puede tratar de su propio proceso de creación y puede hablar directamente de otras películas. Esto último suele suceder en la comedia romántica, aunque no es ajeno a otros géneros.

Recuerdo ahora cuatro ejemplos de cine romántico donde se habla explícitamente de otras películas:

·        “Algo para Recordar”: en este film la protagonista visiona el clásico “Tu y Yo” y se comenta la preferencia que las mujeres sienten hacia esa película, hecho que se convierte en un motivo más de discrepancia de género.

·        “Tienes un e-mail”: aquí, además de las continuas referencias a la literatura propias del argumento del film, se cita “El Padrino” como obra maestra del cine y chiste fácil del protagonista.

·        “Bajo el Sol de la Toscana”: donde se añora “La Dolce Vita” en una de sus escenas más memorables.

“Solo tú”: la noche en la que surge el amor entre los protagonistas estos interpretan directamente uno de los diálogos más importantes de “Vacaciones en Roma”.

Mencionar clásicos del cine puede parecer algo natural e incluso acertado en los diálogos de una película, pero, en realidad, los guionistas están asumiendo un riesgo importante. No es bueno recordar al espectador la que, probablemente, sea una de sus películas favoritas, porque entonces las comparaciones son inevitables… y casi nunca la película actual supera a la que se menciona.

¿Alguien recuerda más ejemplos?

jueves, 14 de abril de 2011

¡Oro! Segunda Parte.



En la antigüedad y en la Edad Media la búsqueda de los metales y piedras preciosas llevó a los estudiosos a descubrir la Química. En la Edad Moderna, el sueño del oro llevó a los aventureros a arriesgar sus vidas, planificar ataques y declarar guerras. Fueron muchos los que corrieron tras la leyenda de “El Dorado” y rastrearon palmo a palmo buena parte de América.  En 1539 tres expediciones españolas (que habían partido de tres puntos diferentes del continente buscando el mítico “El Dorado”) se encontraron en la altiplanicie de Bogotá. “El Dorado” nunca apareció, pero el conocimiento del nuevo continente, de su geografía, fauna y flora logró un gran avance en las ciencias.
Ya en el siglo XIX el sueño del oro se convirtió en una auténtica “fiebre”. El 24 de enero de 1848  James Marshall encontró oro en el lecho del río Sacramento. Ese mismo mes, unos pocos días antes, México había vendido a Estados Unidos las provincias de California, Nuevo México, Arizona, Nevada y Utah (inútil tratar de imaginarnos cómo se sintió el que tuvo tan “brillante” idea). Aquella fiebre del oro arrasó toda Norteamérica. Cientos de miles de inmigrantes llegaron desde cualquier parte para tratar de encontrar su propio oro. Un flujo migratorio tan amplio y tan rápido como probablemente no se había visto nunca, pero que era muestra del avance de los medios de transportes, de la difusión de las noticias y de la mejora en las comunicaciones. El oro duró poco, ya que hacia 1855 empezó a disminuir en la mayoría de las minas, pero la fiebre continuó, esta vez en Australia hacia 1851. Un inmigrante venido de Estados Unidos con las manos vacías, consiguió el oro que América le negó, llevando con él la ilusión y la esperanza de otras muchas personas que lo siguieron. En 1856 Australia había doblado su población, gracias a la fiebre del oro. A comienzos del siglo XX esta “enfermedad” continuó en Alaska y Canadá.
A principios del siglo XX los médicos recetaban novedosos medicamentos a base de partículas de oro (cosa que ya habían hecho los chinos en la antigüedad).
Hoy en día, en oro se mide la riqueza de un Estado, se sigue investigando el oro como medicina para algunas enfermedades, se utiliza para la cosmética y nos lo incluyen en los platos de los más elegantes restaurantes… ¡Buen provecho!

lunes, 4 de abril de 2011

¡Oro! Primera Parte.


¿Por qué unas cosas tienen valor y otras carecen de ello? ¿Es algo aleatorio o pactado? ¿Puede aquello que nació fruto de la superstición convertirse en ciencia?
Lo cierto es que algunos minerales han llamado la atención desde el principio de los tiempos y por esto se han convertido en moneda de cambio, en objeto de deseo o incluso en motivo para arriesgar la vida.
En la Edad Antigua se pensaba que cada metal de la Tierra pertenecía a un cuerpo celeste. Siguiendo este razonamiento, al Sol, el más perfecto de los astros, le correspondía en la Tierra el oro, el más perfecto de los metales. El oro, es maleable, fácil de trabajar, resiste al tiempo y al óxido sin llegar a perder su deslumbrante brillo. No es de extrañar que a los antiguos (y a los modernos) les resultase tan atractivo.
También a las piedras preciosas se les atribuía un origen “astrológico”, de tal manera que la luz del sol y de las estrellas había creado aquellas rocas brillantes y especiales.
En la Edad Media, la cosa fue a más, y llegó a pensarse que las piedras preciosas crecían en la tierra, como cualquier vegetal. Si alguna persona tenía la suerte de encontrar una de esas semillas tan especiales, podía llegar a cosechar diamantes o rubíes. Y dicho sea de paso, hubo quien lo intentó, con pésimos resultados. Tampoco faltaba quien creía que las piedras preciosas tenían un origen animal (idea no tan descabellada si tenemos en cuenta el origen de las perlas). Algunas alteraciones en el comportamiento de ciertos animales eran tomadas como señales de que, el desdichado, estaba fabricando una piedra en su interior, a la que atribuían poderes curativos o protectores. Todo esto ha derivado en que a lo largo de los siglos (y todavía en la actualidad) mucha gente piense que las gemas y demás piedras tienen poderes mágicos o dan suerte.
El tratar de explicar “lógicamente” el origen del oro, llevó a unas teorías parecidas a las supersticiones que giraron en torno a las gemas. Pero, en ambos casos, las creencias y estudios de unos pocos dieron lugar a una ciencia.
Pensaban los antiguos que igual que un hombre bruto e ignorante podía, mediante el estudio y la educación, alcanzar la perfección; un metal humilde podía llegar a convertirse en el más perfecto de los metales. Los alquimistas se esforzaron en conseguirlo. Partiendo de minerales menos valiosos, como el cobre, intentaron obtener oro. Hicieron muchos estudios, dedicaron mucho tiempo a una idea “lógica” que podía haber desembocado en una superstición, pero que se cree que fue el origen de la Química. Los alquimistas llegaron a montar verdaderos laboratorios y sus estudios, si bien nunca los llevaron a fabricar oro, los hicieron llegar a fabulosos descubrimientos.