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sábado, 27 de septiembre de 2025

Diario de viaje: Florencia y Pisa IX. A la sombra de la torre.

El Campo de los Milagros.

Detalle de la fachada
del duomo de Pisa
con la famosa torre detrás.
Imagen: archivo propio.

Como comenté anteriormente, en el Campo de los Milagros encontramos el Duomo de Pisa, su campanario (la torre), el Baptisterio y el Camposanto. 

El altar del Duomo está presidido por un impresionante pantocrátor, que con su mirada solemne y seria bendice a los visitantes. En el centro de la nave está la llamada “lámpara de Galileo” que, aunque no es la verdadera, muestra al curioso un reflejo de la que Galileo observó balancearse durante una misa y que le inspiró la teoría del péndulo. 

El Baptisterio es el más grande de la cristiandad y allí, hasta hace relativamente poco, se bautizaban los nacidos en Pisa. 

Vista del exterior del baptisterio.
Imagen: archivo propio.
Tiene una gran pila bautismal con una estatua en el centro y un segundo piso alto y casi vertiginoso.

Interior del baptisterio desde el segundo piso.
Imagen: archivo propio.

El Camposanto es un atrio con una extensa columnata, cuyo suelo está completamente cubierto de lápidas que datan de la Edad Media y alcanzan el siglo XXI. Está construido sobre una capa de arena traída directamente de Tierra Santa.

Durante la II Guerra Mundial una bomba cayó sobre el techado de plomo e hizo que éste se derritiera destrozando los murales que decoraban las paredes. Por suerte quedaron restos de esas impresionantes pinturas que siguen en proceso de recuperación y restauración.

Vista del Camposanto.
Imagen: archivo propio.

A la torre se puede subir, previa cita, ya que el número de visitantes está muy restringido y las normas de seguridad y las advertencias forman una larga lista que disuade a la mayoría. También nos disuadió a nosotros. Pero el verdadero motivo por el que no quise subir, era por lo angosto de sus escaleras, lo estrecho de sus balconadas y la inclinación.

Interior del Duomo de Pisa con el pantocrátor.
Imagen: archivo propio.

Comimos pizza y bocadillos bajo la sombra protectora de la hermosa torre. Había carteles indicando que se prohibía jugar al fútbol o a cualquier otro deporte en el césped del Campo de los Milagros, y yo me pregunté qué alma insensible podía ponerse a dar patadas a una pelota en tan extraordinario lugar.

Los visitantes podían ser más de un millar. Las japonesas se protegían del sol con sombrillas. En todas partes podía observarse a gente en las más variadas posturas intentado fingir que sostenían la torre para hacerse una de esas tontas fotografías que tanto gustan a los turistas. Al principio los miré con fastidio, pero el transcurrir de las horas me hizo preguntarme si me arrepentiría de no tener la típica foto con la torre de Pisa, y probé a hacerme alguna que salió bastante mal.

Antonio se despidió de nosotras porque su vuelo salía antes que el nuestro. Lo observé marcharse sin mirar atrás y me sorprendió cómo podía alejarse de aquel maravilloso complejo artístico sin echar una última mirada.

Vista del Duomo con el Baptisterio.
Imagen: archivo propio.

Eva y yo aprovechamos para dar otra vuelta más por los monumentos, y luego curioseamos en las docenas de puestecillos que había a lo largo de la carretera, con miles de torres de diferentes tamaños, con llaveros, postales, camisetas y toda clase de objetos de recuerdo.

Salimos por las murallas, justo en el extremo opuesto del complejo para seguir la hilera de tenderetes que llegaban hasta donde se perdía la vista. Hicimos unas pocas compras y volvimos al Campo de los Milagros.

Vista del recinto desde una de sus puertas.
Imagen: archivo propio.

Se acercaba la hora de marcharnos, pero nos resistíamos a abandonar nuestra torre favorita. Después de pensarlo mucho y lanzarle varias miradas de despedida, nos marchamos volviendo la vista atrás.

Vista de la torre de Pisa.
Imagen: archivo propio.

Un vuelo romántico.

Regresamos sobre nuestros pasos y al llegar a la estación de tren descubrimos un gran cartel que anunciaba la exposición de obras de Picasso.

Tomamos el tren y apenas dos paradas después nos encontrábamos en el pequeño aeropuerto de Pisa. La mayoría de nuestros compañeros de viaje eran españoles que regresaban a casa cargados de maletas más grandes de lo reglamentario y recuerdos de Italia.

Minutos antes de despegar, una pareja de novios subió al avión. Ella venía con su traje nupcial blanco y bello, sonría alegremente y se ruborizaba ante la mirada de los pasajeros. Al verlos entrar, todos comenzamos a aplaudir, como en el final feliz de una comedia romántica. Pero, como siempre, me tocaba hacer de extra…

Desde las alturas intentamos ver el Campo de los Milagros, pero ya era de noche y las luces de la ciudad nos despistaron. Aún así, tengo el recuerdo de atisbar ligeramente y por un instante, la figura de la torre de Pisa iluminada en mitad de un campo abierto.

El camino desde la pista de aterrizaje hasta la salida del aeropuerto en España se nos hizo increíblemente largo, eterno. Estábamos solas en mitad de aquellos grandes pasillos. 

Siempre he dicho que mi comida favorita es la italiana, pero cuando llegué a casa devoré una tortilla de patatas tan ávidamente que yo misma me sorprendí.


Lee Diario de viaje: Florencia y Pisa desde el principio aquí.

viernes, 29 de agosto de 2025

Diario de viaje: Florencia y Pisa VIII. Pisa bajo la luz del sol.

En el año 2011 visité por primera vez Italia. Escribí mis impresiones de aquel viaje en un pequeño diario. En 2018 decidí compartirlo en el blog por capítulos que iba insertando entre entradas de otros temas, como ya había hecho antes con un diario de viaje a Portugal

Esos días que pasé en Italia se ven reflejados en el Diario de viaje: Florencia y Pisa que aparecen en el blog entre 2018 y 2019. Pero, lo interrumpí sin contar la parte referente a Pisa. Lo hago ahora. Serán solo dos capítulos que completan aquel diario que mencionaba arriba y que contienen recuerdos y fotografías que espero que os gusten.

La sorprendente Pisa.

Al bajar del tren miramos el mapa comprobando que el Campo de los Milagros, el recinto donde se encuentra la torre inclinada más famosa del mundo, no se hallaba a mucha distancia de la estación y que podíamos llegar dando un paseo y aprovechando para conocer algo de la pequeña ciudad.

Torre de Pisa.
Imagen: archivo propio.

A nuestro paso volvió a cruzarse el río Arno y en una de sus orillas nos tropezamos con la iglesia de la Santa Espina, pequeñita y preciosa, con rosetones sobre sus puertas gemelas.

Cruzamos el puente y nos dirigimos por la Vía Spoletto hacia nuestro destino, mientras observábamos capiteles romanos por aquí, iglesias renacentistas por allá, soportales, arquerías y antiguos comercios por todas partes.

Iglesia de la Santa Espina.
Imagen: archivo propio.

Nos pareció de visita obligada la famosa plaza de los Caballeros, con su magnífico palacio y aquellas escaleras que tantas veces había visto fotografiadas en mis libros de arte. La plaza estaba bastante concurrida y unas obras mantenían una parte oculta tras los andamios, por suerte la zona realmente importante se mostraba en todo su esplendor. Turistas, ciudadanos, coches y bicicletas convivían en tan escaso espacio y de nuevo nos vimos obligados a cruzar “a la italiana”.

Plaza de los Caballeros.
Imagen: archivo propio.

Los aseos de Pisa resultaron ser todos de pago, pero por lo menos estaban medianamente limpios y, aunque eran antiguos, no tropezamos con ningún váter-bidé.

Una visión maravillosa.

Gracias al mapa sabíamos que el Campo de los Milagros no podía estar muy lejos, aunque no lográbamos ver la torre por ninguna parte. Se supone que una torre tan alta debería divisarse en la distancia, con su deslucido color gris, como la representaban las figuritas que vendían a módico precio en Florencia. Muchas pobres y deslucidas reproducciones de la torre de Pisa que habíamos visto en todos los mercados de Florencia y que se me antojaba como cualquier torre del mundo, solo que era famosa por estar inclinada. El verdadero motivo por el que habíamos llegado a Pisa era porque el vuelo salía más barato que yendo directamente a Florencia y ya que estábamos allí, visitar el Campo de los Milagros. La joya del viaje era Florencia y su duomo, su cúpula menos esbelta de lo que habíamos imaginado.

Al doblar una esquina nos la encontramos. De repente. Surgida de la nada, ligeramente inclinada y con el mármol más blanco y más brillante que había visto, tuve ante mí la famosa torre de Pisa. El aire se detuvo en mis pulmones, los ojos se me llenaron de lágrimas y reí de felicidad. En aquel momento pensé que aquello era lo más hermoso que había visto en mi vida, pensé que podía sufrir el síndrome de Florencia ante la torre de Pisa, pensé que valía la pena cualquier viaje, todo el cansancio, por estar ante la verdadera joya de mi viaje. 

Eva y yo nos miramos y reímos. Fue un momento emocionante. Después de tantas cosas hermosas que había visto, después de considerar el David lo más bonito de Florencia, me llevaba una maravillosa sorpresa en el Campo de los Milagros. Quizá precisamente porque no esperaba demasiado, me rendí ante la torre y desterré para siempre la estúpida idea de que su fama se debía a su inclinación.

Vista del Duomo y la torre de Pisa.
Imagen: archivo propio.

El Campo de los Milagros es un complejo donde se encuentra el Duomo de Pisa con su campanario separado de ella, es decir, la famosa torre, el baptisterio y el camposanto. El césped lo cubría todo y los caminitos te llevaban directamente a la entrada de los monumentos. Conforme me iba acercando a la torre fui comprobando que su inclinación dependía de la perspectiva desde la que se observara, incluso se llegaba a un punto en el que parecía completamente recta. Cuando me encontré cerca de la base, descubrí un foso donde se intentaba disimular su verdadera inclinación, un sorprendente ángulo que no había apreciado desde la entrada. La miré desde abajo y me temí que pudiera desplomarse dentro de unos años si el sistema de contención no funcionaba correctamente. 

Desde aquella torre Galileo había lanzado un objeto para demostrar la velocidad que alcanzaba al caer… sí, sí, ese famoso problema de matemáticas que odiábamos tanto.

La inclinación de la torre de Pisa es de 3.97 grados,
pero su percepción depende desde donde se la observe.
Imagen: archivo propio.

Lee Diario de viaje: Florencia y Pisa desde el principio aquí. 

Otros lugares de Italia de los que hemos hablado: el aniversario de la fundación de Venecia y también mis impresiones personales sobre Venecia. Hablamos además aquí del cumpleaños de Roma. En esta otra entrada nos centramos en algunas torres inclinadas famosas.

martes, 29 de diciembre de 2020

Aniversarios artísticos

Si hace pocas semanas contábamos aquí algunas de las efemérides literarias más importantes del año 2020, ahora llega el turno de hablar de otros creadores que también están de aniversario.

V centenario de la muerte de Rafael:

Raffaello Sanzio da Urbino es, junto a Leonardo da Vinci y Miguel Ángel Buonarroti el pintor más importante del Renacimiento. Rafael nació y murió en viernes santo, unas fiebres se lo llevaron el 6 de abril de 1520, justo el día en que cumplía 37 años. Fue enterrado en el panteón de Agripa en Roma por petición propia. Quinientos años después el mundo preparaba exposiciones conmemorativas que se vieron anuladas o alteradas por la pandemia que sufrimos en el 2020.

Pudieron rendirle homenaje en Alemania con la exposición Rafael en Berlín: las madonas de la Gemädegalerie, inaugurada en diciembre de 2019.

En febrero de 2020 fue la Capilla Sixtina la que protagonizó un hecho histórico al ser trasladados allí los 10 tapices de la vida de los apóstoles diseñados por Rafael en 1515 y que, originariamente, estaban destinados a decorar todo el perímetro de la sala, junto a los frescos de Botticelli y la impresionante bóveda con las pinturas de Miguel Ángel, aunque éste último siempre se negó a compartir espacio con el genio de Urbino. Tras la muerte de León X, al año siguiente, algunos tapices fueron empeñados y otros robados por las tropas de Carlos V y, siglos después, por Napoleón. No fue hasta el siglo XIX cuando pudieron ser recuperados, pero no volvieron a la Capilla Sixtina. En esta ocasión lo hicieron durante solo una semana, en honor a Rafael.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/tapices-rafael-volvieron-a-capilla-sixtina-500-anos-despues_15340
La Capilla Sixtina con los tapices de Rafael.
Foto de Fernanda Chandler. Publicada en nationalgeographic.com

Otra de las grandes exposiciones que llevaba años preparándose fue la del museo Scudirie del Quirinale en Roma proyectada para marzo de 2020 y en la que se reunían más de 120 pinturas y dibujos de Rafael, así como códices y objetos antiguos que sumaban un total de 204 piezas, la mayoría prestadas por las más importantes  colecciones del mundo. Pero tuvo que cerrar sus puertas debido a la alarmante situación sanitaria. Con gran esfuerzo y con todas las medidas de seguridad necesarias, la muestra Rafaello abrió de nuevo y pudo ser disfrutada por los visitantes desde junio a agosto.

Quien también pudo rendirle su particular homenaje fue el Palacio Real de Madrid con la exposición temporal Tapices para Felipe II donde se exhibieron los 9 paños diseñados por Rafael y que muestran las vidas de San Pedro y San Pablo.

Además, la Galería Nacional de Arte de Washington D.C. consiguió abrir su exposición dedicada a Rafael del 13 de octubre al 15 de noviembre y que, en el momento de escribir estas líneas, puede verse en su web oficial.

VI centenario de la construcción de la cúpula del duomo de Florencia.

Florencia es una de las ciudades más hermosas del mundo y la cúpula de Santa María de Fiore es su símbolo. La catedral comenzó a  construirse en 1296 y su cúpula el 7 de agosto de 1420. En la actualidad, 600 años después, su belleza y misterio continúa asombrado a los visitantes.

Vistas de Florencia.

La catedral de Florencia terminaba en un balcón, dejando al aire libre el espacio sobre el altar mayor. Los años transcurrían y nadie parecía ser capaz de erigir una cúpula que debía arrancar a 55 metros de altura y cubrir casi 50 metros de ancho.

En 1418 las autoridades decidieron convocar un concurso para el que parecía un proyecto irrealizable. Rápidamente aquello se convirtió en un desafío de ingenio y orgullo entre los mejores arquitectos. Entonces llegó Filippo Brunelleschi, un orfebre con bastante mal carácter, que guardaba sus planos en el más estricto secreto. Cuentan que se presentó ante todos retándolos a poner en pie un huevo. Nadie lo consiguió. Brunelleschi, simplemente lo cascó un poco y lo puso sobre la mesa. Esta historia, también atribuida a Colón, puso en jaque a los presentes y le granjeó no pocas antipatías. Lo cierto es que Brunelleschi, entre disputas y discusiones que le costaron ser expulsado de las asambleas en varias ocasiones, consiguió demostrar su valía ofreciéndose a edificar dos cúpulas, una dentro de la otra, sin necesidad de complicados andamios. Ganó el concurso y en 1420 comenzó a construir la cúpula que se convertiría en un hito del Renacimiento y después quemó los planos.

Interior de la cúpula del duomo de Florencia.


Vista de la cúpula.
Sin embargo, lograr su proyecto no fue tarea fácil, tenía bajo su dirección a un gran número de artesanos, era riguroso, pero se preocupaba por la seguridad de sus trabajadores y les daba instrucciones muy precisas. Lo que peor llevaba era trabajar con su eterno rival, Lorenzo Ghiberti, con quien se había disputado (y perdido) el proyecto de la puertas de bronce del Baptisterio de Florencia (las puertas del Paraíso). Las intrigas, los secretos, las conspiraciones estaban servidas y con ellas el misterio que convirtió su construcción en leyenda.

Durante muchos años los florentinos la utilizarían en su lenguaje popular para referirse a la fecha de cumplimiento de algo como “antes de que el Cupolone esté terminado”.

Año Van Eyck:

Flandes está de enhorabuena desde que decidió homenajear a los tres maestros más importantes del arte flamenco dedicando un año a cada uno desde 2018 al 2020: Rubens, Bruegel el Viejo y Van Eyck. El 2020 iba a ser el gran Año Van Eyck, pero debido a los acontecimientos que han obligado a cancelar multitud de eventos ha tenido que ser prorrogado hasta 2021.

Catedral de
Saint-Bavon (Gante)
Gante y Brujas preparaban numerosas exposiciones y actos festivos, que se han visto modificados. Pero, por fin, ha regresado el panel central inferior, conocido como el Cordero Místico, a la catedral de San Bavon (Gante) después de años de restauración.

El políptico de la Adoración del Cordero Místico (1432) se considera la última obra de la Edad Media y la primera del Renacimiento. Consta de 12 paneles de madera con 20 escenas. Su creación y todo lo que le rodea le ha dado un halo de misterio que se acrecienta al saberlo la obra más robada de la historia, en trece ocasiones. Ha pasado por muchas manos, ha sido despedazado y falsificado varias veces. Dos de los personajes más famosos que ambicionaban poseer la tabla del Cordero Místico fueron Napoleón que se lo llevó al Museo del Louvre y Hitler que lo creía un mapa lleno de acertijos para encontrar los Arma Christi o instrumentos de la Pasión de Cristo.

Cartel de la restauración de la Adoración del Cordero Místico.

250 aniversario del nacimiento de Beethoven:

Otras ciudades que llevaban años preparando festejos para el 2020 eran Viena  y Bonn que deseaban conmemorar el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven. El compositor nació en Bonn (1770) pero residió en Viena buena parte de su vida.

Bonn había planeado un circuito Beethoven arrancando de su casa natal y paseando por los lugares más emblemáticos.  Lo mismo había ideado Viena, una visita guiada por las casas en las que había residido desde que se instalara en la capital de la música con 22 años. El año Beethoven había arrancado el 16 de diciembre de 2019 y debía continuar todo el 2020 con más de 800 eventos entre conciertos, exposiciones, teatro y congresos. Pero la pandemia obligó a cerrar los auditorios y suspender centenares de actividades. Algunos homenajes han podido celebrarse, pero otros han tenido que trasladarse a las redes y convertirse en eventos digitales.

Centenario del nacimiento de Federico Fellini:

Y no queremos cerrar este capítulo sin mencionar a otro de los homenajeados en este fatídico 2020. Este era también el año Fellini e Italia iba a volcarse con el llamado Fellini100 antes de que la pandemia se cebara con el país.

El genio italiano cambió la forma de hacer cine, dejó varias películas emblemáticas del séptimo arte, ganó cinco Oscar e incorporó su nombre al diccionario de la lengua italiana donde se reconoce la palabra felliniano.

Con La Strada (1954) consiguió su primer Oscar con tan solo 34 años, pero su obra más recordada es La dolce vita (1960) que marcó una era y retrató a Roma como nunca antes nadie lo había hecho. Aquella película nos regaló la icónica imagen de Annita Ekberg bañándose en la Fontana di Trevi ante la mirada de Marcello Mastroianni, una de las escenas más famosas de la historia del cine.

 

Fotograma de La dolce vita.
Wikipedia.

Lee también los Aniversarios literarios

sábado, 28 de septiembre de 2019

Diario de viaje: Florencia y Pisa VII. Recorrido nocturno y reflexiones sobre el arte.


Lee también Diario de Viaje: Florencia y Pisa. Parte I (una marquesa imaginaria con miedo a volar), parte II (el Duomo sin Síndrome de Florencia), parte III (David, la Galería de los Ufizzi, la Capilla Medicia), parte IV (el David original, una torre robada y el atardecer en el Puente Vecchio), parte V (otro David, la leyenda del patrón y visitando a los genios en Santa Croce) y parte VI (interior del Duomo, el Palacio Vecchio y ¿cómo he llegado a un pleno del Ayuntamiento?)

Los glamurosos.

Esa noche nos entretuvimos más de lo previsto en las tiendas de souvenirs, buscando alguna figurita del duomo que unir a nuestra colección de postales y calendarios que habíamos comprado en las tiendas de los museos y en los numerosos mercadillos que nos tropezábamos en nuestro recorrido hacia los monumentos.  Los mismos músicos de la tarde anterior ambientaban la Plaza de la República con las mismas canciones que habíamos oído.

El Duomo destaca inconfundible en la silueta de Florencia.
De camino hacia el puente Vecchio nos encontramos “cruzando a la italiana” ante Mercedes, Audi y otros lujosos vehículos por el estilo, contemplando las ropas exclusivas de los ocupantes y criticando los altos tacones de las distinguidas damas que paseaban su aristocracia por el difícil empedrado del centro histórico de Florencia.

Palacio Vecchio con la estatua de Perseo. Centro histórico de Florencia.

Llegamos algo tarde a nuestra cita con el Puente Vecchio al atardecer, ya era casi de noche cuando nos sentamos en la acera y escuchamos al músico español con sus mismas canciones.

La oscuridad tras el puente.

Decidimos pasar al otro lado del puente para contemplar los exteriores del Palacio Pitti. El camino fue largo, solitario y oscuro. La mala iluminación, la suciedad de las calles, los comercios cerrados y la soledad que reinaba a las ocho de la noche eran suficientes para entristecerme y hacerme sentir insegura.

El palacio Pitti es una monumental “mole” de piedra tallada en gruesos y toscos sillares. No dudo que el interior sea precioso, pero el exterior no me gustó nada, o quizá fue mi ánimo predispuesto por la oscuridad reinante en tan vasto espacio, el que me causó mala impresión.

Palacio Pitti.


Casa de Dante.
Después volvimos a cruzar el puente Vecchio, ahora desierto, para adentrarnos entre las calles hasta descubrir la casa de Dante. Un pozo, una placa y una torre, señalaban el lugar donde había vivido tan ilustre personaje.

Para compensar el cansancio acumulado acudimos de nuevo a cenar al “Totó” y después fuimos a la heladería “Crom”, un establecimiento donde una nutrida cola esperaba su turno para degustar el verdadero gelato italiano.

Vista nocturna del campanile.
Tras eso nos sentamos en uno de los bancos que acompañan al duomo, observando el campanile a modo de despedida. Mirando la hermosa plaza comencé a preguntarme si con el paso del tiempo, cuando otra civilización no judeocristiana tuviera la primacía en el mundo, aquello se conservaría. Cuando las iglesias ya no significaran nada, los campaniles fueran simples torres que apuntan al cielo y las madonas unas desconocidas, cuando nadie apreciara  la elegancia y magnificencia del David de Miguel Ángel o la maestría de Botticelli, entonces ¿lo conservarían o  lo dejarían perecer bajo el peso de los siglos? Dije en voz alta que me temía que todo aquello se perdería, pero Eva y Antonio no estuvieron de acuerdo conmigo, ellos estaban convencidos de que todo seguiría allí y continuaría siendo apreciado por cuantos vinieran tras nosotros, aunque no tuvieran nuestra misma tradición cultural.

Copia del David de Miguel Ángel.
Mientras nosotros nos despedíamos de la plaza del duomo unas turistas americanas llegaban, almohada en mano, tirando de sus pesadas maletas. Fue un espectáculo extraño verlas caminar por Florencia con unas almohadas más grandes que los bultos que acarreaban, convencidas, por alguna razón, de que sería un objeto imprescindible en su viaje.

Ciento ocho.
De camino al hotel nos encontramos un grupo de barrenderos dispuestos a adecentar las calles. Fue la primera y única ocasión en que los vimos.

Cuando llegamos al hotel nos encontramos con el desagradable recepcionista de la primera noche. No parecía dispuesto a hacernos ningún caso, pero Antonio se acercó hasta él y le pidió las llaves de nuestras habitaciones.

-Non capisco- dijo con tono antipático.

- La habitación ciento ocho.

-Non capisco.

-Ciento ocho- repetimos más despacio marcando cada sílaba.

-In english or italian.

-Chiento oto…

- No…

- One hundred and eight.

-¡Oh! Centotto…

¡Oh! ¡Qué sorpresa! ¡Qué gran diferencia! Lo miré enfadada y cogí la llave sintiendo que se había burlado de nosotras. Al llegar a la habitación las migas de pan continuaban en el suelo y las “toallas” seguían siendo las mismas.

Santa María Novella.

Cerca del hotel y de la estación de tren estaba la iglesia de Santa María Novella. Desde el primer momento en que supe de su existencia me agradó su nombre, me hacía sonreír pensando que podría ser la patrona de las novelas, pero evidentemente, “novella”, en italiano significa “nueva”.

La plaza estaba relativamente despejada, exceptuando un autocar de turistas madrugadores que se fotografiaban con los obeliscos que adornaban el lugar. Eva se fijo que cada obelisco estaba sostenido sobre cuatro tortugas de hierro que soportaban el peso estoicamente. Sin duda, aquello debía tener un significado, pero lo desconocíamos.

Tuvimos que acceder a la iglesia por una pasarela de madera sobre las baldosas del patio y nos cobraron la entrada completa, a precio considerable, a pesar de que las más importantes obras se encontraban en préstamo en aquellos momentos.

Fue la última iglesia de Florencia que visitamos antes de subirnos en el tren que nos llevaría hasta Pisa.

Fachada de Santa María Novella con una de las tortugas en primer término.


viernes, 28 de junio de 2019

Diario de Viaje: Florencia y Pisa VI. Interior del Duomo, el Palacio Vecchio y... ¿cómo he llegado a un pleno del Ayuntamiento?



Lee también Diario de Viaje: Florencia y Pisa. Parte I (una marquesa imaginaria con miedo a volar), parte II (el Duomo sin Síndrome de Florencia), parte III ( David, la Galería de los Uffizi y la Capilla Medicia), parte IV (el David original, una torre robada y el atardecer en el Puente Vecchio) y parte V (otro David, la leyenda del patrón y visitando a los genios en Santa Croce).

“no photo”… pero…


Aún teníamos tiempo de acudir a la iglesia de Orsanmichele, una de las más importantes de Florencia. El interior estaba atestado de gente que observaba azarosa las hermosas capillas de la iglesia. Esta vez no se me pasó que debía llevar los hombros cubiertos y me puse el pañuelo antes de entrar. No encontré a nadie que nos gritara, nos empujara o nos obligara a tirar la botellita de agua, así que me decidí a sacar la cámara de fotos y llevarme un recuerdo de tan hermosas esculturas, pero en ese momento un viejecito sonriente me  dijo con amabilidad que no se podían hacer fotos. No parecía ser el vigilante, porque no iba uniformado, ni tenía las malas pulgas del resto de empleados. Por un momento dudé, sosteniendo la cámara entre mis manos, pero debía ser un trabajador o voluntario que cuidara del orden en la iglesia, así que me decidí a guardar la cámara. Me volvió a mirar sonriente y me dijo que por ser yo tan guapa me permitía hacer una fotografía, pero solo una. Le agradecí el piropo pero no acepté la amable invitación y me marché, minutos después, de la iglesia sin un recuerdo del interior. Eso sí, para compensar hice unas cuantas fotos a las esculturas que adornaban la fachada.

Una de las esculturas del exterior de Orsanmichele.


“Yes wáter”

Supongo que las autoridades de la ciudad saben que a los turistas se les retiran las botellas de agua en las galerías de arte, porque algún loco haya “refrescado” una de sus idolatradas obras, sin tener en cuenta que peores consecuencias pueden acarrearles las altas temperaturas y el exceso de público. Y creo que por ello, y en un alarde de modernidad, hay que agradecerle al Ayuntamiento florentino que haya dispuesto una máquina dispensadora de agua fría o con gas en uno de los lugares más concurridos. La verdad es que yo pequé de desconfiada y no me atreví a rellenar mi botella vacía con el agua que nos ofrecían de forma gratuita. Eva y Antonio sí lo hicieron y se alegraron de ello, pero yo no me atreví, a pesar de su insistencia… ¿algo gratis? Muy raro… Pero no había trampa ni cartón.

¿Te atreves a subir al campanille?

Duomo de Florencia.

No, he de admitir que no me atreví a subir al campanile, aunque me habían asegurado que allí las vistas del interior de la cúpula eran impresionantes. Seguía llevando en mi brazo la “huella” del campanario de la catedral de Baeza, el cansancio en los pies y la sensación de claustrofobia de la mitad superior de la ascensión.

El interior del duomo puede resultar un tanto decepcionante al que espera el esplendor de los palacios o la majestuosidad de las capillas mediceas. Pero es amplio, despejado y tiene un curioso reloj sobre la entrada que me llamó mucho la atención.

Interior de la cúpula del duomo.

Lo que sin duda maravilla a todo visitante es el interior de la hermosa cúpula donde todo el mundo se deja el cuello con la intención de fotografiar sus magníficas pinturas.

En la planta baja estaba la entrada al museo, como expliqué anteriormente, no entramos, pero pudimos ver la antiquísima escalera casi desmoronada por el paso de los siglos que se protegía bajo la actual.


Los bailes y los mapas.
Palazzo Vecchio.

De visita obligada nos pareció el interior del Palacio Vecchio y no nos equivocamos. Tan solo con traspasar la entrada ya merece la pena el patio interior con sorprendentes y sólidas columnas de fuste estriado en la parte inferior y florido en la superior. Una luz calida inunda el espacio y una fuentecita modesta, que contrasta con la suntuosidad de las columnas, adorna el centro. Después puedes pasearte por las numerosas salas, amuebladas con gusto y riqueza. La que más me gustó fue la sala de baile, donde también solían representarse obras de teatro y que actualmente es una gran sala de conferencias.

Sala de los mapas en
el Palacio Vecchio.
Cuando accedes al piso superior puedes asomarte a la balconada donde se sentaban los señores a presidir los numerosos actos y contemplar, desde aquella altura privilegiada, los grandes cuadros que adornan las paredes laterales. Frente a ti encuentras tres vanos por donde entra una luz blanca y brillante que casi deslumbra. Y otra de las estancias más famosas es la de los mapas, que como su propio nombre indica, muestra la representación de numerosos países y donde Eva se fotografió señalando a España, aunque más parece una chica del tiempo. Me encantó el gran globo terráqueo que ocupaba el centro de la sala, ya oscurecido por el paso del tiempo, aunque le urja tanto una restauración como una botella de agua en los Ufizzi, es impresionante.

Poco imaginaba entonces que en el maravilloso Palacio Vecchio se rodaría, varios años después, la película Inferno portagonizada por Tom Hanks y basada en la novela del mismo nombre de Dan Brown, de la que hemos hablado aquí.

Una de las salas del Palacio Vecchio.


Transportados a los “vecchios” tiempos.

El salon de baile en un grabado
de la época.
Antes de pasar a la sala de los mapas, tuvimos el privilegio de contemplar la cúpula del duomo desde las ventanas entreabiertas del Palacio Vecchio, una de las imágenes más preciosas del viaje. En la sala, un cuarteto ensayaba para un concierto. La música era realmente embriagadora y la voz de la cantante, dulce y melodiosa, te transportaba en el tiempo. La muchacha quizá por vanidad, quizá por timidez, había pedido que no la fotografiaran mientras cantaba y así nos lo hizo saber una de las empleadas. Nos sentamos, con el resto de visitantes en una de aquellas sillas de metacrilato que llenaban la estancia para asistir a aquel espectáculo inesperado.

Antonio estaba extasiado ante la preciosa música, Eva escuchaba con atención y yo observaba curiosa los antiguos instrumentos que tañían mientras me preguntaba cómo se llamaría la pieza que tocaban y de qué época sería.

Vista de la maravillosa cúpula del Duomo
desde una de las estancias del Palacio Vecchio.

 
Un discurso inesperado.

Al bajar las escaleras, cerca de la salida, oí a alguien que hablaba desde una de las salas. Su voz tenía el sonido característico de quien habla por un micrófono y su tono era un tanto exaltado. La puerta estaba entreabierta así que, movida por la curiosidad, me asomé tímidamente y observé la escena. Ante mí unos estrados repletos de gente, sobre la tarima un orador. No todos los asistentes atendían a las palabras del caballero. Unos tomaban notas, otros lo miraban con fastidio y unos pocos daban cabezadas, pero aquello no amilanaba al del estrado que continuaba con su encendido discurso. No entendí nada de lo que decía, pero un cartel me hizo comprender lo que estaba viendo.

-Esto es el Ayuntamiento y en esa sala hay un pleno.

-¿Qué dices?- preguntó Eva incrédula.

-Sí, he asistido a un pleno del Ayuntamiento de Florencia.

Vista del Palacio Vecchio y la Plaza de la Señoría.