Aquí cambiamos de tema ¡de buenas a primeras!

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jueves, 27 de diciembre de 2012

Compras navideñas



Parece que cada año llega antes la Navidad. A primeros de noviembre (en algunos lugares ya a finales de octubre), cuando todavía podemos andar en manga corta, aparecen los escaparates adornados con grandes árboles y luces.
Son las tiendas las primeras en recordarnos que llega esa época que en el cine y en la televisión se nos presenta como idílica, llena de paz, amor, felicidad y  desconocidos que te saludan por la calle. La imagen de George Bailey corriendo eufórico hacia Bedford Falls mientras grita “¡¡Feliz Navidad!!” a todo y a todos forma parte de la memoria colectiva.

¡Qué bello es vivir!

Con el paso de los días todo se va contagiando de adornos, las casas, las calles, los parques y los edificios oficiales… Cualquier rincón es bueno para poner una guirnalda de luces, una ramita de pino, un bonito belén. Los escaparates simulan esa nieve brillante y las postales dibujan con purpurina el blanco de las calles. Es invierno y nieva. “Let it snow, let it snow, let it snow”… Una de mis canciones preferidas, aunque no en todas partes nieva, ni es invierno en todo el planeta, pero ese es un pequeño detalle sin la menor importancia. ¿Llegará Santa Claus en su trineo con regalos para ti o tú eres más de Reyes Magos?

Los villancicos suenan a todo volumen en los centros comerciales engalanados para invitar a las compras. Abren todos los días, incluso los domingos.

Es curioso cómo se llenan con carteles de lo más variopintos. ¿Estás en España? ¡No importa! ¡“Merry Christmas” lo entiende todo el mundo! Es el lenguaje internacional, es el lenguaje de la felicidad y la euforia colectiva.  Es tan internacional que podemos hacer variantes y todo el mundo lo sigue entendiendo. En algunas tiendas se puede leer: “Merry Kissmas”… Es más cariñoso. En otras nos encontramos con “the best gift” y una sonrisita se nos dibuja en la cara. En estas fechas no hay saldos, oportunidades, descuentos, ni rebajas; hay “sales” o “Il regalo perfetto, idee partire da euro 9.95” que es más sofisticado, más glamuroso.

-¡Llama a la Vane y pregúntale su talla!- grita una jovencita mientras rebusca en el montón de 9.95.



Un joven levanta varias perchas con prendas de mujer mientras su amigo las fotografía con el móvil y se dispone a enviarlas vía “whatsapp”…

-A ver cual le gusta más- añade mientras teclea a toda prisa.

Las mujeres eligen vestidos de fiesta, los hombres huyen de las corbatas, los niños lloran porque quieren ir a ver aquel juguete o pasearse por la tienda Disney. Un Santa Claus, extrañamente joven y delgado, reparte publicidad, Melchor espera en su dorado sillón mientras su paje conduce a un asustado pequeñín hasta su regazo mientras los padres lo fotografían entusiasmados.

Los dependientes se enfrentan con desilusión a pilas de mercancía desordenada, de ropa arrugada y, con cara de disgusto, observan como antes de terminar de doblar ese montón de camisas, los clientes las están revolviendo; las cajeras pasan los productos rápidamente, presionadas por la mirada severa del jefe mientras las colas crecen ante ellas; las limpiadoras murmuran malhumoradas por el confeti y la basura acumulada; los camareros intenta recuperar el resuello mientras los comensales esperan impacientes sus platos.

Cuando nos alejamos de ese paisaje idílico, de todos los adornos y de los villancicos,  no encontramos el espíritu navideño ideal y maravilloso, no brillan las estrellas de forma diferente y ningún desconocido nos desea feliz Navidad…



miércoles, 12 de diciembre de 2012

Nombres inspiradores II

Lee Nombres inspiradores I

Las murallas de las ciudades nos señalan con sus nombres los lugares a los que nos dirigiríamos al cruzar sus respectivas puertas. De puertas de murallas está llena España, de calles que aún conservan los nombres de sus puertas están repletos nuestros pueblos; pero “soles” tampoco nos faltan. 

Seguramente el primer “sol” que ilumina nuestra mente es la famosa Puerta del Sol de Madrid, antigua entrada de la cerca que rodeaba la ciudad separándola de los arrabales que habían ido apareciendo en las proximidades de la muralla cristiana. Pero hay otra Puerta del Sol en España, en una de las ciudades amuralladas más hermosas: Toledo. Con tantos cercos y murallas podemos construir una historia de sitios, asedios, o simplemente, de viajeros acostumbrados a amoldarse a los caprichos del camino.

Puerta del Sol. Toledo.

Estos mismos viajeros deberán cruzar los puentes que les conduzcan a su destino, puentes con nombres caprichosos e inspiradores. Para los más románticos siempre estará el famoso Puente de los Suspiros de Venecia. Se dice que fue Lord Byron quien lo bautizó con este nombre, reflejando el destino trágico de aquellos presos que lo cruzaban para ser encarcelados en el Palacio Ducal del que, probablemente, no saldrían. Romanticismo en el sentido original del término.

Para las parejas desilusionadas por la poca dulzura de la realidad tenemos más puentes y más suspiros, concretamente dos más en Europa y uno en América (aunque no descartaría alguno más). El Puente de los Suspiros de Cambridge, lugar favorito de la Reina Victoria; el Puente de los Suspiros de Oxford que no cruza ningún río sino una calle uniendo dos edificios; y el Puente de los Suspiros de Lima, mucho más modesto y cotidiano, y que tiene su propia canción.

Puente de los Suspiros. Cambridge.


El Puente de las Siete Lunas situado en el Parque Natural del Carrascal de la Font Roja (Alcoy, Alicante) construido para el paso de un ferrocarril que nunca llegó, puede narrarnos la historia de una Revolución Industrial enclavada entre bosques mediterráneos y sueños de modernidad.

También encontraremos inspiración en edificios oficiales o estaciones de trenes que comparten un Salón de los Pasos Perdidos. En el Congreso de los Diputados podemos perdernos caminando sobre la mullida alfombra, preguntándonos qué actos solemnes tendrán lugar bajo su maravillosa bóveda, y qué historias habrán presenciado sus paredes.

Para terminar por este viaje de nombres inspiradores y ya que, al fin y al  cabo, se trata de palabras, no olvidaremos al Instituto Cervantes (Madrid) y su Caja de las Letras. El edificio, antiguo Banco Español del Río de la Plata, conserva la cámara acorazada, pero en la actualidad guarda algo más valioso que el dinero: la cultura. En su interior se atesora la obra de los más variados artistas, como una memoria colectiva de todo aquello que merece la pena conservar.

Caja de las Letras. 



viernes, 30 de noviembre de 2012

Nombres inspiradores I



Todos guardamos en nuestra memoria esos maravillosos lugares a los que nos transporta la imaginación cuando leemos un libro o vemos una película. Muchos de ellos tienen entre sus numerosas virtudes un nombre evocador, precioso, perfecto. Con su sola mención viajamos en el tiempo a recuerdos de nuestra niñez, a ese tiempo en el que jugábamos, sonreíamos, llorábamos o nos escondíamos de la realidad en un castillo encantado, en un bosque mágico, en una playa desierta o en una librería fantástica.

¿Quién no ha deseado volar con Peter Pan al País de Nunca Jamás, visitar con Alicia el País de las Maravillas, viajar a Narnia, recorrer la Tierra Media, o curiosear en el Cementerio de los Libros Olvidados? En estos y otros lugares que nos trae el recuerdo de la lectura de nuestros libros favoritos, pensamos siempre con simpatía, nostalgia o ternura.

Cualquiera de nosotros podríamos mencionar una decena de fantásticos reinos, países o parajes creados en la mente de un escritor y transformados en un lugar universal para todos aquellos que hemos tenido la suerte de descubrirlos. Pero, si bien, sus nombres suelen ser hermosos y sugerentes, también existen lugares reales con nombres inspiradores que perfectamente podrían ser fruto de la imaginación y protagonizar una hermosa novela.

Castillo del Buen Amor.

Hay varias localidades en España que se llaman Villamor, nombre que da para escribir más de un poema, formar parte de un romancero o un cantar de gesta, en especial Villamor de los Escuderos, un municipio con poco más de medio millar de habitantes en la provincia de Zamora.

Y ya que hablamos de amores no podemos olvidarnos del maravilloso Castillo del Buen Amor (Salamanca) construido sobre unas ruinas del siglo XI y que fue propiedad de los Reyes Católicos. Declarado Monumento Nacional en 1931, puede servirnos de inspiración para una novela histórica que comenzaremos a escribir en el mismo castillo, por supuesto, en una de las habitaciones del actual hotel.

¿Quién no conoce el hermoso Monasterio de Piedra en Zaragoza? Sí, sí, los monasterios suelen serlo, pero ninguno tiene el honor de ser la primera cocina de España donde se preparó un chocolate. El cacao se lo entregaron los aztecas a Hernán Cortés y uno de los monjes que viajaba con el conquistador envió el cacao y la receta al Monasterio de Piedra donde probaron tan exquisito manjar. Como para escribir toda una novela de aventuras y, si me apuras, hasta una trilogía.

Monasterio de Piedra.

Otro lugar precioso con nombre imaginativo es la Playa de las Catedrales (Ribadeo, Lugo). En la pleamar, la playa esconde su tesoro, pero si paseamos por la orilla durante la bajamar descubrimos como la erosión ha construido en los acantilados de pizarra una suerte de arcos y arbotantes, como de ruinas góticas, y el viento arranca murmullos que a algunos les recuerda las notas de un órgano. Lugar perfecto para cualquiera de aquellos románticos creadores de una edad media fantástica, poblada de edificios en ruinas, lugares misteriosos y amores imposibles.

Playa de las Catedrales.

De misterios que no son de este mundo nos puede hablar la Torre del Diablo (Wyoming), lugar popularizado por la película “Encuentros en la 3ª fase”. Este impresionante cuello volcánico fue el primer lugar declarado Monumento Nacional de los Estados Unidos. Los numerosos visitantes se dedican a la escalada, la fotografía o la observación astronómica. Cuenta una leyenda india que su aspecto se debe a los zarpazos de un oso gigante. Terreno abonado para un relato sobre mitos antiguos, un cuento de terror o de… ciencia-ficción.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Reflexiones II: hay poesía.




Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!


Gustavo Adolfo Bécquer. Rimas.


La poesía está en todas partes. Existió, existe y existirá para siempre. A uno le puede gustar más Garcilaso que Lope, preferir a Bécquer frente a Espronceda, juzgar más interesante la historia narrada por los antiguos juglares que el amor ferviente de Petrarca, pero siempre en su corazón habrá un rincón para la poesía. Incluso las personas que no son aficionadas a la lectura, aquellas que confiesan que se aburren con ella, o que no la comprenden, también están rodeadas de poesía. Quizá no se den cuenta, pero hay poesía en un pareado gracioso que alguien suelta sin pensar, en un piropo amable, en unas frases escritas en las redes sociales, en un lema que nos encontramos disfrazado de graffiti en una pared, o en un poema convertido en canción. El arte, el sentimiento, no están pasados de moda, no son algo exclusivo de amantes arrebatados o sesudos señores visitados por las musas. El arte nos rodea hasta en los momentos más insospechados, convivimos con él, nos refugiamos en él.


Queda en nosotros ese algo de asombro, esa mirada inocente, de aquellas personas que hace cientos de años, se quedaban pegadas al primer trovador que pasaba, a aquel juglar que cantaba amores, o relataba batallas, o a ese ciego que iba de pueblo en pueblo contando historias. Queda la emoción de un poema de amor desgarrado, de un soneto reflexivo, o de un cuarteto triste. Queda la sonrisa en los labios con una chanza pareada, un cotilleo rimado de este o aquel individuo, una punzante broma. Queda una lágrima suspendida en los ojos al oír una bella melodía acompañada de una letra conmovedora, aunque sean malos tiempos para la lírica y Shakira diga: “(…)  Y que se muera hoy hasta el último poeta, pero que me quedes tú, y me quede tu abrazo y el beso que inventas cada día (...)" ¿acaso no es eso una muestra más del amor y la emoción de la que habla la poesía?

A lo largo del tiempo mucha gente ha vivido, malvivido, sobrevivido o muerto por la poesía. A veces es lo único que tenemos, lo único que podemos dar. Desde aquellos que iban de pueblo en pueblo viviendo de las limosnas, hasta el día de hoy no ha cambiado tanto el mundo… o no hemos cambiado nosotros. 

Existían en muchas ciudades los piropeadores profesionales, y no me refiero a esos hombres que lo tienen como parte de su oficio y que sueltan requiebros a todas las mujeres que pasan, sino aquellos que perseguían a la dama lanzándole amorosas palabras hasta que la joven, ya cansada y un tanto avergonzada, tenía que soltarles una moneda. Ellos la recibían con agradecimiento y se dedicaban a seguir a otra señora hasta que al cabo del día reunían un jornal. Sí,  molesto, acosador, pero esa fue la supervivencia de algunos poetas y de muchos farsantes con labia.

Ahora, con más vergüenza y arte, podemos encontrarnos en cualquier rincón de una ciudad a un muchacho sentado en el suelo, con folios sobre una carpeta que sostiene en el regazo, escribiendo poemas improvisados, ante la mirada atenta de una invisible musa, del hambre y del ingenio. A sus pies puede leerse un cartel que reza:

“Te regalo mi poesía por la voluntad”

Gracias a ese muchacho salmantino, a su imaginación y al desconcierto y tristeza que me dejó en la mirada, no me sorprendí cuando un joven llamó a mi puerta una tarde y al abrirle me dijo:

“Vendo poesía por la voluntad”

Unas cuartillas fotocopiadas y dobladas a modo de cuadernillo y un semblante serio eran todo su patrimonio y me lo tendía con sinceridad. Yo le di dos euros y me sonrió antes de probar suerte en otro edificio.

Cada cual da lo que tiene y hay personas que tienen poesía.






viernes, 19 de octubre de 2012

Viejas Postales II

Lee Viejas Postales I.

Había muchas cosas curiosas en esa exposición. No solo lo que podía verse en las fotografías, ni leerse en los carteles, sino las reacciones de la gente que las contemplaba. De las imágenes más alejadas en el tiempo todo eran comentarios de admiración ante la belleza o de desilusión frente a las carencias y la ruina. Pero conforme las fotografías iban avanzando en el siglo XX, los comentarios eran más sentidos, más nostálgicos, más interesantes.

-¿Te acuerdas cuando lo llamábamos el puente nuevo?- preguntaba un anciano a otro mientras observaban la prueba de carga del segundo puente que se tendió sobre el río.


-Yo no conocí los tranvías tirados por animales, pero sí que recuerdo que ahí estaba la parada del barrio- le explicaba otro a su mujer mirando una de las estampas –… donde ahora está la parada del 14.


-¡Mira! Está como cuando jugábamos de pequeñas- le decía una amiga a la otra observando un terreno baldío junto a una fuente.

Valladolid. Plaza de Zorrilla.

-¡Qué lástima! ¡Con lo bonito que era aquello!- suspiraba una señora enjoyada mientras contemplaba un club de baño donde se reunía la burguesía de la época y que en la actualidad se limitaba a unos muros medio derruidos al borde del mar.


-¿Dónde está el castillo? No lo veo- le preguntaba una mujer a su marido -¡Ah! Estaban estas chabolas adosadas y por eso las tiraron… ¡Ahora  lo recuerdo!


-¡Qué antiguo es el mercado!- exclamaba una señora observando la fecha de construcción sin percatarse de que ella apuntaba en su rostro idéntica antigüedad.


-Sí- le explicaba un abuelo a su nieto observando una de las carreteras de la red básica -… en aquella época había muy pocos coches y la calle era prácticamente peatonal. Nosotros jugamos a la pelota allí.


-Solo queda la chimenea, pero era una fábrica muy grande, con cientos de empleados… Eso me contaba mi padre- le explicaba un anciano a otro.


-¡No olvido las casuchas en la ladera! ¡Eso era crisis!- murmuraba un hombre con expresión de tristeza.


-¡La plaza  de la olla! Está justo como la recuerdo- sonreía una mujer ante otra fotografía – La llamábamos así porque era el sitio donde fundían el metal.


-¡Menudo camino! ¡Tenía tantos baches que yo siempre acababa mareada!- reía otra mujer mientras ignoraba la fotografía actual de una autovía de cuatro carriles.


Paseo de Gracia. Barcelona.

-Ese parque no estaba pelado, ahí están las palmeras, lo que ocurre es que en la fotografía estaban recién plantas y en este tiempo han crecido una barbaridad- respondía un hombre de mediana edad al comentario despectivo de un jovencito.

Alameda Principal. Málaga.

-Recuerdo cuando no podía pasarse por allí porque era un descampado peligroso y al construir el centro comercial le dieron vida- murmuré observando uno de mis lugares favoritos… Sí, porque yo también recuerdo alguna de las fotografías antiguas que vi. Una, que ya va teniendo una edad…




domingo, 7 de octubre de 2012

Viejas Postales I



Hace poco fui a una exposición de fotografías antiguas de mi ciudad. Me encantan estas exposiciones porque presentan un pasado reciente, una vista atrás, un día a día que fue y que ya no está, pero de alguna manera permanece ahí.

Cada día pisamos las calles de una ciudad nueva que se levanta sobre la antigua, que conserva su impronta, su esencia. Podemos imaginarnos el carro tirado por animales cruzando la calzada enlodada, al repartidor de periódicos que vocea la última hora, a un señor con sombrero esperando el tranvía, o a dos muchachas con sus faldas largas paseando por el parque mientras dos jóvenes las piropean amablemente. Sus calles, sus plazas, sus edificios son los nuestros, contemplan silenciosamente la misma escena más de un siglo después. Por la mañana temprano aparece el repartidor con su furgoneta, un señor espera el autobús mientras ojea un ejemplar de un periódico gratuito que le han entregado, dos muchachas pasean por el parque mientras dos jóvenes apartan la vista de sus teléfonos móviles para centrar su atención en ellas. ¿Qué diferencia hay?

La Plaza Mayor, Madrid. Año 1930.

Esta exposición era especialmente interesante porque te ponía en bandeja la comparación. No se limitaba a mostrar las fotografías. Habían reproducido una vieja colección particular de postales, habían investigado en archivos privados y habían acudido al lugar, exactamente al mismo lugar de las imágenes, para fotografiarlo en la actualidad. Presentaban las dos fotos expuestas en grandes paneles con la descripción como único marco.

Era realmente curioso e ilustrativo. Aquella ciudad de hace cien años tan idéntica en los lugares donde se había asentado la nobleza y la burguesía, y tan diferente en los barrios marginales, en el extrarradio. Ahora esos barrios forman parte del centro de la ciudad y sus chabolas se han convertido en altos bloques de pisos. La floreciente industria de finales del siglo XIX, las fábricas, las casuchas de los obreros se han transformado en centros comerciales, en urbanizaciones, en aparcamientos, con una solitaria y muda chimenea recuerdo de lo que se perdió y de lo que se ganó. Los solares vacíos, sin vegetación, han dado paso a autovías interminables, estaciones de servicio y polígonos industriales. La playa con restos del oleaje y cuatro pescadores tirando de las redes se ha convertido en tierra firme; ha sido desplazada medio centenar de metros hacia el mar y cubierta de hamacas y sombrillas. El puerto, sucio y descuidado, con los primeros barcos de vapor atracados en sus muelles se ha transformado en un paseo que saluda a los grandes transatlánticos.



La Aduana, Málaga. Finales del siglo XIX.


Todos estos cambios, unos para bien y otros para mal, se han llevado a cabo durante poco más de 100 años, pero los grandes hitos de la ciudad han permanecido inalterables, porque ellos son, junto a su gente, el corazón de la urbe. La catedral ya no puede verse desde cualquier punto, ni escucharse sus campanas, pero ahí sigue soportando el peso de los siglos; los palacios que construyeron los nobles para su gloria y comodidad, ahora son sedes de organismos oficiales; los paseos con árboles recién plantados y tranvías tirados por caballos, ahora están recorridos por coches y autobuses, y sus álamos o palmeras son más altos que los edificios aledaños. Pero todo está ahí, donde lo conocieron aquellos señores que no salían a la calle sin sombrero y aquellas damas con sombrilla, donde los trabajadores se encaminaban tras terminar su dura jornada para charlar antes de regresar a sus modestas casas. Todo está ahí y ahí debe seguir, porque es nuestra obligación legarlo al futuro del mismo modo que el pasado nos lo regaló al presente.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Maratón: entre la historia y la leyenda II




París, 1900.

Exposición Universal y Juegos Olímpicos de París, 1900.

Todo lo que la primera maratón tiene de histórica y emocionante, la tiene la segunda de desastrosa y conflictiva. De hecho, los Juegos Olímpicos de París están considerados como los peores organizados de todo la historia, llegando a poner en peligro la continuidad de las olimpiadas. Los griegos se apresuraron a proponer que los juegos se celebraran siempre en su país, pero no fueron escuchados.

Esta fue la primera olimpiada en la que participaron mujeres, pero algunas de ellas creían estar compitiendo en pruebas deportivas ajenas a los juegos, por lo que más de una nunca llegó a saber que era una campeona olímpica.

Mujeres compitiendo en los numerosos juegos que se llevaron a cabo en  la Exposición Universal de París de 1900, que coincidió con los Juegos Olímpicos.

Estos segundos juegos olímpicos de la era moderna coincidieron con la Exposición Universal de París, y los franceses estaban mucho más interesados en esta última que en el deporte. Cuando los participantes llegaron se encontraron sin recepción, sin alojamiento, sin saber donde estaban sus sedes y perdidos por las calles de París. No fue hasta el último momento cuando se decidió añadir una carrera de 40 Km denominada “Maratón de las Fortificaciones”. Estaba prevista entre Versalles y Paris, pero minutos antes de comenzar, se decidió cambiar el recorrido y situar la salida y la llegada en los Bosques de Boulonge, para desconcierto de los corredores, que desconocían el lugar. Fue tanta la confusión que de 30 participantes, solo 7 alcanzaron la meta. Muchos de los corredores se perdieron, el escaso público que contemplaba la prueba no supo orientarles correctamente, algunos acabaron en lugares equivocados, otros en dirección contraria… Sólo un jardinero, Michel Théato, conocía el lugar donde finalmente se disputaba la maratón y, tras tomar más de un atajo, logró llegar el primero a la meta. Pero los jueces no se ponían de acuerdo. Se llegó a la conclusión de que unos habían corrido más kilómetros que otros, que algunos habían logrado hacer trampas por lo solitario del lugar y la cosa quedó ahí. Pero en 1912 se decidió que esta prueba constituía la maratón de los Juegos de París y que Michel Théato era su vencedor. Se le envió una medalla de oro a Theato, que la recibió con extrañeza.


San Luis, 1904.



Estos fueron los primeros juegos olímpicos que salieron de Europa. La sede fue San Luis, por expreso deseo del presidente Theodore Roosevelt. Los estadounidenses acapararon la mayoría de las medallas debido a la escasa participación internacional. En aquel tiempo no existían las comunicaciones aéreas, los viajes en barco eran muy largos y muy costosos y los europeos no acudieron masivamente. Como había ocurrido en París, los juegos también coincidieron con la Exposición Universal, se alargaron meses y pasaron desapercibidos. Lo más llamativo fue la maratón, la más extraña de la historia.

El americano Fred Lorz entró el primero en el estadio de San Luis ante los vítores del público. Fue transportado triunfalmente y fotografiado con Alicia Roosevelt. A todos sorprendió la extraordinaria lozanía de Lorz en comparación con Thomas Hicks, el favorito, que llegó 15 minutos después. Hicks era payaso profesional y estuvo a punto de morir por el  camino, ya que unos amigos que lo divisaron desde su coche, le dieron brandy, estricnina e incluso agua del radiador. Tras cruzar la meta cayó desmayado, aunque se repuso para contarlo.

Cuando Lorz iba a ser premiado con todos los honores, los comisarios de la prueba lo derribaron del pedestal. Estos habían sido testigos de cómo Lorz abandonó la prueba por deshidratación, fue recogido por un coche y cuando se encontraba cerca del estadio, ya más recuperado, pidió que pararan y entró triunfante. El público lo abucheó y proclamó campeón a Hicks.

Pero la historia de Lorz no acaba aquí. Un año después, una vez levantada la sanción que le habían impuesto, se convirtió en el campeón de la Maratón de los Estados Unidos, pero en esta ocasión, de verdad.

Otro personaje curioso de la carrera fue el cubano Félix Carvajal de Soto, un limpiabotas de La Habana, que se había pagado el viaje hasta San Luis de su bolsillo, pero que por el camino fue desvalijado por unos tahúres y llegó a la competición con lo puesto. Otros deportistas lo ayudaron, le consiguieron zapatos y le cortaron los pantalones para que parecieran de deporte. Por el camino se detuvo a robar manzanas. Consiguió llegar el cuarto, aunque eso sí, con una indigestión.


Londres, 1908.


En esta ocasión fueron 56 participantes los que corrieron la distancia de 42,195 Km que separaba el castillo de Windsor del estado de Wite City donde se encontraba la meta de la 4ª maratón olímpica.

El primer corredor que logró entrar en el estadio fue un pastelero italiano, Dorando Pietri, y lo hizo en un estado de agotamiento espantoso. Casi arrastrándose recorrió un buen trecho pero se desplomó sobre la pista a escasos 70 metros de la línea de llegada. Los médicos acudieron a auxiliarlo, pero se volvió a levantar y titubeante, mareado y al borde de sus fuerzas anduvo 60 metros más antes de volver a caer. Solo le quedaban diez metros para alcanzar la meta. Mientras el público asistía conmovido a los esfuerzos de Pietri, John Hayes entraba en el estadio. En aquel momento los jueces ayudaron a Pietri a ponerse en pie y este consiguió llegar a la meta. Detrás llegó Hayes, en segunda posición. Naturalmente, Pietri, aunque fue considerado campeón moral de la maratón, tuvo que ser descalificado porque había recibido ayuda y el americano John Hayes se convirtió, por derecho, en el vencedor de la Maratón de Londres.

Pietri llegando a la meta ayudado por los jueces de la competición.

El público aplaudió largamente a Pietri, que había demostrado a todos, que un hombre podía luchar por su sueño más allá de las fuerzas de su cuerpo, más allá de la extenuación. Por iniciativa de Arthur Conan Doyle y suscripción popular, se le dio a Pietri una copa exactamente igual a la que recibió Hayes.


domingo, 9 de septiembre de 2012

Maratón, entre la historia y la leyenda I



La maratón es la más célebre de las carreras olímpicas, pero no figuraba entre las pruebas de los juegos olímpicos de la antigüedad, que comenzaron 300 años antes de la famosa batalla.

Cuenta la historia que en el año 490 a. C. miles de soldados persas a las órdenes de Dario I desembarcaron cerca de la ciudad de Maratón, a 40 Km de Atenas. Los atenienses y sus aliados, guiados por Milciades, contaban con 10.000 hoplitas. Durante la contienda Milciades envió al más veloz de sus mensajeros, el joven Filípides, a Esparta para pedir refuerzos. Cuando los espartanos llegaron, Milciades ya había logrado la victoria. Esto es lo que nos cuenta Heródoto, el “padre de la historia” sin mencionar la carrera desde Maratón a Atenas.  

Donde acaba la historia comienza la leyenda. No se sabe muy bien cómo, la historia de Filípides va modificándose a lo largo del tiempo hasta convertirlo, en el siglo I d.C. en un héroe: después de la batalla, herido y cansado, Filípides corre los 40 Km que separan Maratón de Atenas, llega a la ciudad y pronuncia una sola palabra: “níki” (victoria), antes de caer muerto ante todos. Esta leyenda toma la forma actual, que todos  conocemos, en el siglo XIX con el poema “The Batlle of Marathon” de Elizabeth Browning.

Moneda conmemorativa de los 2.500 años de la carrera de Maratón. 


Para ser más fieles a la historia y fuera de los juegos olímpicos, un grupo de corredores británicos de la RAF (Royal Air Force) estudiaron las posibles rutas que pudo tomar Filípides y crearon el Spartathlon, que se celebra anualmente desde 1982 entre Atenas a Esparta.

Michel Breal es quien propone a Pierre de Coubertin la idea de correr la maratón en las primeras olimpiadas modernas. Al principio, el barón duda, pero termina aceptando. No obstante, decide hacer un ensayo general antes del gran día. En febrero de 1896 dos voluntarios partieron de Maratón hacia Atenas. Llegó solamente uno y en muy mal estado, pero había conseguido repetir la hazaña de Filípides 23 siglos después.

Las primeras cuatro maratones pasaron a la historia por todo lo que de extraordinario ocurrió en ellas.





Maratón, 1896.

       
          Estadio de Atenas durante la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de 1896.



El día 10 de abril de 1896, a las dos de la tarde y bajo un calor sofocante, se dio el pistoletazo de salida a la primera maratón de los juegos olímpicos. Los 25 corredores se pusieron en marcha rodeados por soldados a caballo, vehículos de todas clases y ciclistas. A su paso las mujeres se santiguaban.

Los favoritos fueron tomando posiciones y encabezando la carrera, hasta que, cuando quedaban pocos kilómetros para llegar a Atenas, un joven griego, pequeño y delgado, tomo ventaja sobre sus oponentes. En el estadio, el rey y el público ya habían sido avisados de la inminente llegada y todos esperaban al desconocido. Cuando Spyridon Louis apareció antes sus maravillados ojos, el público lo ovacionó y cuando llegó a la meta, los hijos del rey lo izaron en hombros y lo condujeron al palco real.


-Alegraos ciudadanos; hemos vencido- dijo tras su victoria.

El campeón consiguió repetir la legendaria carrera de Filípides y lo hizo en 2 horas, 58 minutos y 50 segundos. El segundo clasificado llegó 7 minutos más tarde, y el tercero fue descalificado por hacer gran parte del recorrido en un carro.

Según contó Spyridon, se había preparado para esta difícil prueba con ayuno y oración y la última noche la había pasado rezando a la luz de las velas. Su hazaña lo convirtió en un héroe y recibió toda clase de atenciones y regalos.



jueves, 30 de agosto de 2012

Los Juegos Olímpicos: la Era Moderna



El interés por la cultura griega y romana estuvo presente durante toda la historia, pero debemos esperar hasta el siglo XIX para que el mundo recuerde los juegos olímpicos. Quince siglos después de la celebración de la última olimpiada de la antigüedad, el historiador Ernst Curtius y su equipo sacan a la luz las ruinas de la ciudad de Olimpia.

Ruinas de Olimpia.


Desde el momento en que puso sus ojos sobre los vestigios del estadio de Olimpia, una maravillosa idea ronda la cabeza del barón Pierre de Coubertin: volver a organizar los juegos olímpicos.

Coubertin creía fervientemente en la necesidad de la actividad deportiva entre la población y, pese a encontrarse con una fuerte oposición inicial, gracias a su perseverancia, consiguió el apoyo necesario para organizar los primeros juegos modernos. Este respaldo le vino de personas tan importantes como el Duque de Esparta, el Príncipe de Gales, el príncipe heredero de Suecia, el rey de Bélgica y el primer ministro del Reino Unido. Coubertin creó el primer Comité Olímpico Internacional (COI) con sede en la Universidad de la Sorbona y desde allí se tomó todas las decisiones.

En principio, se pensó esperar a la entrada del siglo XX para celebrar los primeros juegos de la era moderna. El año 1900 parecía el más apropiado para comenzar el cómputo. Pero todos los organizadores estaban tan entusiasmados con la idea, que no pudieron esperar tanto.

El honor de revivir aquella maravillosa aventura del deporte, la paz, la unidad y la cultura correspondía, por supuesto, al país que la vio nacer: Grecia. El 4 de abril de 1896 se celebraron los primeros juegos olímpicos modernos en la ciudad de Atenas.

Cartel de los Juegos Olímpicos de Atenas. 1896.


Pero, al contrario que en la antigüedad, la ciudad sede de los juegos olímpicos cambiará cada cuatro años para que esta maravillosa idea viaje  por el mundo.  Para recordar el lugar que los vio nacer, unos meses antes de los juegos, se enciende una antorcha bajo los rayos del sol de Olimpia, que recorre el mundo llevada por corredores hasta la ciudad de destino.


Encendido de la antorcha bajo el sol de Olimpia.

Una bandera ondea con cinco anillos entrelazados que simbolizan la unidad de los pueblos. Cada anillo representa a un continente: el azul a Europa, el amarillo a Asia, el negro a África, el verde a Australia y el rojo a América. El símbolo fue ideado por el mismo Coubertin en 1913, pero la bandera con los cinco anillos no ondeó en un estadio olímpico hasta 1920.
Símbolo olímpico creado por Coubertin.
Ninguna mujer participó en la primera edición, ya que el barón de Coubertin, junto a otras personalidades, no era partidario de ello. Será en 1900 cuando las primeras mujeres puedan pisar el terreno de juego, pero más como valor testimonial que como pura competición. De hecho algunas no supieron nunca que habían sido campeonas olímpicas.

La Tregua Olímpica de la antigüedad no ha sido respetada, ya que en tres ocasiones (1916, 1940 y 1944) las guerras han impedido la celebración de los juegos olímpicos.

Pierre de Coubertin fue quien acuñó la célebre frase: “lo más importante de los Juegos Olímpicos no es ganar sino competir, así como lo más importante en la vida no es el triunfo sino la lucha. Lo esencial no es haber triunfado sino haber luchado bien”.

Estatua del Barón Pierre de Coubertin, Olympic Park, Atlanta.