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sábado, 3 de septiembre de 2011

Una flor, una leyenda, muchos prejuicios.



El descubrimiento de América no solo marcó un antes y un después en la historia (se suele tomar esta fecha para separar la Edad Media de la Edad Moderna), y la búsqueda de riqueza, fortuna y una nueva vida; el descubrimiento de este vasto territorio supuso también un millón de interrogantes para la ciencia de la época, una ilusión para los investigadores y un desafío para los aventureros. Poco a poco el nuevo continente fue mostrando su fauna y flora, hasta entonces desconocida, a unos científicos deseosos de descubrir los misterios de la naturaleza. Los botánicos más serios y más sesudos llegaron a atravesar las selvas más impenetrables, a cruzar los ríos más caudalosos y a arriesgar sus vidas por acercar a Europa las maravillas del nuevo continente. Todos los peligros carecían de importancia si conseguían que de las costas zarparan barcos con nuevas especies vegetales rumbo al viejo continente. Incluso, no faltaba algún arriesgado joven o experto militar que sacrificase su ración de agua diaria para lograr que una exótica flor resistiera el viaje.

Hoy contemplamos con total normalidad cientos de plantas que adornan nuestras avenidas, nuestros parques, nuestros balcones, ignorando su procedencia, su historia, su nombre.  Criticamos la irrupción de especies no autóctonas que, lamentablemente, en algunas ocasiones pone en peligro el equilibrio del ecosistema. Pero ignoramos aquellas que salvaron vidas.

De América llegó, se dice que descubierta por Pizarro y traída por los mismos conquistadores, una de mis plantas favoritas, un tesoro que llegó del nuevo mundo para instalarse y conquistar. Es una plantita bella, pequeña, con flores blancas y azules que llamó mucho la atención en los primeros tiempos y que se ganó un lugar de privilegio en los jardines de los reyes, los patios de los conventos y las macetas de los pobres.

Esta bella flor llegó con una hermosa leyenda que en el Perú fue relatada a quienes la embarcaron rumbo a Europa, una historia de desesperación que acabaría repitiéndose en nuestra tierra y que, como en el antiguo mito, tendría final feliz.  La leyenda hablaba de un pueblo bajo el yugo de los malvados que arrancaban sus cosechas antes de que maduraran para matarlos de hambre.  Los campesinos, desesperados, clamaron al cielo en busca de ayuda. Nuestras pequeñas flores azules crecieron en los campos ante la atenta mirada del enemigo que una noche arrancó todas las plantas dejando sin nada que comer a los campesinos. Sin embargo, su dios, les había hecho un regalo ocultando bajo aquellas plantas el alimento que les permitiría sobrevivir. En secreto, los campesinos cavaron hasta encontrar  aquello que les salvó la vida.

La leyenda no debió difundirse tan rápido como la planta porque a nadie en su sano juicio se le hubiese ocurrido que aquellas florecillas pudieran ser comestibles.  Como especie botánica era apreciada, como flor decorativa era deseada… pero ¿quién escucharía a aquellos que decían que era comestible?

Corrían malos tiempos, en Europa la hambruna hacía mella en la población y llegó un momento en que algún valiente se atrevió a comerse, no la flor, sino su fruto, consiguiendo un fuerte dolor de estómago y, en alguna ocasión, incluso la muerte por envenenamiento. Quedaba entonces comprobado que la leyenda no era más que un cuento y que no se debía prestar oído a los rumores… ¿o sí?

Con la misma desesperación de aquellos campesinos del mito peruano, los pobres europeos hicieron frente al hambre y la muerte, hasta que entendieron bien la leyenda y se convencieron que no era la flor o el fruto lo comestible, sino la raíz. Aquel descubrimiento salvó vidas, pero durante mucho tiempo fue rechazada la idea de sacar de la maceta a tan preciosa planta: la patata.
Fueron los irlandeses en el siglo XVII los primeros en cultivarla en verdaderas plantaciones, como habían hecho los incas. Pero en aquella época Irlanda estaba tan aislada de Europa que estos cultivos no llegaron al continente hasta bastante tiempo después.

Había tantos prejuicios que los mismos reyes tuvieron que fomentar el cultivo e incluso “engañar” a los campesinos para que se convencieran del bien que les suponía. Nacieron pues, en el viejo continente, nuevas leyendas (más o menos ciertas) sobre la historia de la patata, sobre cómo Federico II el Grande, rey de Prusia, ordenó que los soldados cultivaran y cuidaran de tan preciosa cosecha ante las narices de los campesinos que comenzaron a verla como algo preciado y una noche se atrevieron a robar las patatas, burlando, creían ellos, a los soldados y cumpliendo, sin saberlo, el plan que Federico había ideado.

Otra de las historias que han llegado a nuestros días es aquella que atribuye a Parmentier la defensa de la patata, regalando una flor al rey Luis XVI que acabó en el escote de la reina.

Una vez más los prejuicios lograron que se ganarse la fama de comida de pobres y que los ricos se resistieran a probarla. Durante la Revolución Industrial la patata era uno de los pocos alimentos que los obreros podían permitirse y base de su alimentación.

La patata, que puede cultivarse a mucha altura y en terrenos pedregosos, pasó a formar parte de la alimentación diaria convirtiéndose en el ingrediente principal de infinidad de platos.

Hoy en día disfrutamos de ella ignorando su historia y sin haber visto nunca aquella florecita azul que llegó del nuevo mundo y que ha acabado convirtiéndose en uno de los productos típicos de la llamada “comida basura”. Otra vez la patata tiene que superar los prejuicios.