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viernes, 14 de octubre de 2016

Hechos reales: anécdotas de viajes I


Yendo en autobús entre dos ciudades enclavadas en el Camino de Santiago, nos paramos en un pueblo de poético nombre. Cuatro peregrinos subieron al vehículo, pero el que tenía el asiento 31 se encontró con que estaba ocupado. Los dos miraron su billete y concluyeron que estaba duplicado, pues ambos eran exactamente iguales y señalaban como lugar asignado el asiento 31. Los otros tres peregrinos se acomodaron en sus sitios, mientras el cuarto iba a hablar con el simpático conductor. El hombre lo recibió con buena disposición, pues era dado a hablar mucho con los pasajeros, sin ir más lejos, cuando me subía al vehículo, en la estación de autobuses, me dijo: “Ilusionada ¿eh?” con una sonrisa.

Después de escuchar lo que ocurría, el conductor apartó la vista del billete, se acercó a la persona que ocupaba el asiento y tras comprobar que no entendía el castellano, sonrió abiertamente y bromeó:

-Alguien va a tener que hacer el camino andando…- luego poniéndose serio añadió: -No me está permitido llevar a nadie de pie en el autobús… ¡El que sabe español que se venga conmigo!

http://www.compostelavirtual.com/fotos/foto-senal-camino-de-santiago-322.html

 El peregrino y el chófer se bajaron del autobús, entraron en el bar de carretera que también  hacía las veces de estación y de expendedor y, tras unos minutos de incertidumbre, volvieron con un tercero.

-Tengo una persona que se baja en el siguiente pueblo- dijo el conductor y luego levantó la voz -¿Quién se baja en el siguiente pueblo?

-Yo- contestó la señora del primer asiento de manera disciplinada, alzando la mano, como si estuviera en el colegio.

- ¿Ves? El vendedor del bar se ha equivocado y ha vendido un billete repetido. Ahora, él mismo te llevará en su coche al siguiente pueblo, donde se bajará esta señora y tú ocuparás su lugar- le explicó al peregrino.

-Bueno- contestó el joven conforme – ¿Y mi mochila?

-Se queda en el autobús.

Dicho y hecho. El muchacho se apeó del vehículo y nosotros arrancamos sin más pérdida de tiempo. Los compañeros ni se inmutaron por la ausencia de su amigo. Veinte minutos después llegábamos a la siguiente parada en un pueblecito de casas bajas y modestas. El peregrino ya estaba allí, con el dueño del bar, de pie junto a un viejo Mercedes.

La señora se bajó en su destino, el muchacho subió, levantó los brazos y saludó a todos los viajeros. Como respuesta recibió una gran ovación y un aplauso de entusiasmo.

-¡Me he bajado de un Mercedes y me he subido en otro!- gritó ilusionado.

El conductor le señaló el primer asiento que había quedado libre.

-¿Portugués?- le preguntó interesado.

-Brasileño.

-Ahora están las Olimpiadas.

-Las Paraolimpiadas, sí.

Y ese fue el inicio de una larga conversación, a la que solo le faltó pedirse los respectivos facebooks, mientras que en la radio sonaban canciones de los años sesenta y las típicas de ciudades que solo has oído a algún borrachín.

Y es que las cosas, con buena voluntad por todas las partes, pueden solucionarse fácilmente.




No es lo mismo que nos ocurrió en el tren de Hendaya a Madrid, que hacía parada en Burgos.  En la estación esperábamos decenas de personas con nuestras respectivas maletas. Varios muchachos invidentes hablaban con el empleado de la estación que iba a ayudarlos a acomodarse, cuando el tren llegó repleto. Tuvimos que esperar pacientemente que los viajeros que tenían como destino Burgos, se apearan para poder subir nosotros y ceder el paso, como es lógico, al grupo de muchachos y al empleado que los acompañaba y que después debía bajar del tren, antes de que éste emprendiera su marcha de nuevo. Se ve que en esta operación tardamos más de lo habitual y cuando aún estábamos subiendo las maletas, se escuchó la voz de una señora muy enfadada que gritaba desde otro vagón:

-¡Vamos, que ya llevamos diez minutos de retraso!

La impaciencia es muy mala consejera.

http://consejosperegrinos.com/senalizacion-en-el-camino-de-santiago-para-no-perderse/

miércoles, 29 de octubre de 2014

Reflexiones: hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad


La primera vez que Mariana escuchó sonar el teléfono ni siquiera se atrevió a acercarse. El timbre retumbó en todos los rincones de la habitación y en la sesera se le afianzó la idea de que era cosa del diablo. Aquello no podía ser bueno y rezaba para no tener que ser ella la que descolgara el aparato. ¡Menuda ocurrencia haber mandado instalar aquel invento demoniaco en la mansión! Pero ella era solo una criada a la que tocaba obedecer  los mandatos de la señora, por muy maléficos que fueran. Ahora se sonreía al recordarlo. No fueron pocas las veces que, temblando, tuvo que atender el teléfono sin tenerlas todas consigo… ¿sería una voz realmente humana la que sonaría al otro lado? Pero aquello no era obra del diablo, al contrario, era un milagro. Un milagro que, llegado el momento, la llevó a hacerse amiga de la telefonista, quien muchos años después, sería la encargada de ponerle las conferencias a Madrid para poder hablar con su Nicolás. Nicolás había llegado a su pueblo con el cinematógrafo y ella, sin saber muy bien cómo, había terminado por aparecer en la película que se rodaba. El muchacho no se dio por vencido hasta conseguir que sus requiebros terminaran en boda, aunque para ello tuviera que dejar Madrid, la farándula y acabar conduciendo, durante un breve espacio de tiempo, un vehículo de la muy renombrada fábrica Hispano-Suiza como chófer de la insufrible señora de la mansión.

Teléfono de principios del siglo XX.

Ahora le venía a la memoria aquel día en el que, como tantas veces, iba sola por el camino, con su cesta de mimbre. Detrás de ella se acercaba a toda prisa una nube de polvo como traída por un feroz vendaval y el sonido de un terrible vehículo. El claxon la sobresaltó sin remedio.

“¡Rediez!” murmuró creyendo que eran los orates de siempre. Pero no, en esta ocasión era la alegre y encantadora Soledad que, mofándose de los hombres que pretendían protegerla, se había escapado con el coche. Aún los elegantes Hispano-Suiza no se veían por los caminos de España, pero el vehículo que conducía Soledad era el más moderno y veloz de aquellos años.

La jovencita se ofreció a llevarla al pueblo.

-¿Qué? ¡Ni hablar! ¡Yo no me subo a ese cacharro ni loca! Prefiero ir andando, como toda la vida. No me gustan los inventos modernos.

Soledad la miró entre divertida e incrédula. Tuvo que insistirle y hacerle notar que el mundo moderno traía nuevos avances a los que debían sacar provecho. No estuvo presente, pero intuía que aquella expresión de espanto que dibujaba su bello rostro debía ser la misma con la que se vistió el día que instalaron el teléfono en casa. La conocía bien.

Porfiaron durante unos minutos hasta que Mariana consintió en acomodarse en la bestia de hierro. Tenía miedo, pero también curiosidad y un poquito de ilusión. Con una sonrisa se asió donde pudo y pidió a la señorita que no corriera.

-Agárrate, qué vamos a volar- sonrió Soledad arrancando el motor.

En su primer viaje en coche descubrió lo rápido que podía ir y venir del pueblo a la mansión y hacer los recados. Sin embargo, siguió sin gustarle aquel cacharro y, menos aún, cuando su aventura automovilística terminó chocando contra un árbol. Felizmente no hubo grandes males que lamentar.

Un modelo de la famosa fábrica de automóviles Hispano-Suiza. Hacia 1920.


A finales del siglo XIX y principios del XX, escenas como las narradas en la serie El secreto de Puente Viejo eran de lo más comunes. Comenzaba una nueva era, una época en la que las “ciencias avanzaban una barbaridad” y los nuevos inventos iban sucediéndose unos a otros dejando anticuado el mundo que tan solo unos años antes se parecía tanto al de los padres y los abuelos. A la gente mayor le fue más difícil adaptarse, algunos veían algo de brujería en todo aquello, pero otros asistían entusiasmados al avance de la tecnología. Las personas de mente abierta y los jóvenes ávidos de novedades aceptarían encantados el cambio que comenzaba a transformar la vida cotidiana. Para los que vinieron después tampoco fue fácil, ya que, aunque habían escuchado sonar el teléfono desde su más tierna infancia o habían montado en coche, aún les esperaban más inventos revolucionarios y más revoluciones tristes y trágicas. Pero hubo una generación, esa que contábamos, a la que le sorprendió en un momento determinado de su vida y se fue adaptando poco a poco, bien por convencimiento propio, bien por imposición del devenir de los acontecimientos.

Hubo un tiempo en el que no estaba claro qué invento triunfaría y qué desatino sería relegado al olvido. Es sencillo de entender, en ese momento, todos los avances (como ya había ocurrido en tiempos pasados con el tren o el telégrafo) estaban en fase “experimental”, cómo saber lo que era un genial invento que se perfeccionaría o un autentico disparate.

Hubo un tiempo en el que todo convivió. Igual que las personas mayores (y muchas jóvenes) podían resistirse a subir a un automóvil o a utilizar el teléfono; los caballos, carros y carretas seguían siendo los medios de transporte más frecuentes para cortas y medias distancias (en esta época ya no encontramos mayores problemas para subir a un tren) y el correo seguía su auge sin perder resuello frente al teléfono (que solo podía permitirse uno de cada mil habitantes) o, incluso, el telegrama (qué podía ser muy rápido, pero no admitía extensos mensajes).

Esto que se nos presenta tan claro con la perspectiva que nos da el tiempo, se repite, casi invariablemente, en cada generación. Hace unos años nos creíamos los más listos y modernos al enseñar a nuestros padres a programar el vídeo. Hoy en día podemos pelearnos frente a nuestro ordenador o reprimir los deseos de estrellar el móvil contra el suelo por no ser capaces de entenderlos y manejarlos. Sin embargo, un quinceañero tocará un par de teclas y todo estará solucionado. ¿La expresión de nuestro rostro reflejará entonces el mismo espanto que la de Mariana cuando sonó el teléfono o Soledad hizo rugir el motor de su automóvil?