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viernes, 28 de junio de 2019

Diario de Viaje: Florencia y Pisa VI. Interior del Duomo, el Palacio Vecchio y... ¿cómo he llegado a un pleno del Ayuntamiento?



Lee también Diario de Viaje: Florencia y Pisa. Parte I (una marquesa imaginaria con miedo a volar), parte II (el Duomo sin Síndrome de Florencia), parte III ( David, la Galería de los Uffizi y la Capilla Medicia), parte IV (el David original, una torre robada y el atardecer en el Puente Vecchio) y parte V (otro David, la leyenda del patrón y visitando a los genios en Santa Croce).

“no photo”… pero…


Aún teníamos tiempo de acudir a la iglesia de Orsanmichele, una de las más importantes de Florencia. El interior estaba atestado de gente que observaba azarosa las hermosas capillas de la iglesia. Esta vez no se me pasó que debía llevar los hombros cubiertos y me puse el pañuelo antes de entrar. No encontré a nadie que nos gritara, nos empujara o nos obligara a tirar la botellita de agua, así que me decidí a sacar la cámara de fotos y llevarme un recuerdo de tan hermosas esculturas, pero en ese momento un viejecito sonriente me  dijo con amabilidad que no se podían hacer fotos. No parecía ser el vigilante, porque no iba uniformado, ni tenía las malas pulgas del resto de empleados. Por un momento dudé, sosteniendo la cámara entre mis manos, pero debía ser un trabajador o voluntario que cuidara del orden en la iglesia, así que me decidí a guardar la cámara. Me volvió a mirar sonriente y me dijo que por ser yo tan guapa me permitía hacer una fotografía, pero solo una. Le agradecí el piropo pero no acepté la amable invitación y me marché, minutos después, de la iglesia sin un recuerdo del interior. Eso sí, para compensar hice unas cuantas fotos a las esculturas que adornaban la fachada.

Una de las esculturas del exterior de Orsanmichele.


“Yes wáter”

Supongo que las autoridades de la ciudad saben que a los turistas se les retiran las botellas de agua en las galerías de arte, porque algún loco haya “refrescado” una de sus idolatradas obras, sin tener en cuenta que peores consecuencias pueden acarrearles las altas temperaturas y el exceso de público. Y creo que por ello, y en un alarde de modernidad, hay que agradecerle al Ayuntamiento florentino que haya dispuesto una máquina dispensadora de agua fría o con gas en uno de los lugares más concurridos. La verdad es que yo pequé de desconfiada y no me atreví a rellenar mi botella vacía con el agua que nos ofrecían de forma gratuita. Eva y Antonio sí lo hicieron y se alegraron de ello, pero yo no me atreví, a pesar de su insistencia… ¿algo gratis? Muy raro… Pero no había trampa ni cartón.

¿Te atreves a subir al campanille?

Duomo de Florencia.

No, he de admitir que no me atreví a subir al campanile, aunque me habían asegurado que allí las vistas del interior de la cúpula eran impresionantes. Seguía llevando en mi brazo la “huella” del campanario de la catedral de Baeza, el cansancio en los pies y la sensación de claustrofobia de la mitad superior de la ascensión.

El interior del duomo puede resultar un tanto decepcionante al que espera el esplendor de los palacios o la majestuosidad de las capillas mediceas. Pero es amplio, despejado y tiene un curioso reloj sobre la entrada que me llamó mucho la atención.

Interior de la cúpula del duomo.

Lo que sin duda maravilla a todo visitante es el interior de la hermosa cúpula donde todo el mundo se deja el cuello con la intención de fotografiar sus magníficas pinturas.

En la planta baja estaba la entrada al museo, como expliqué anteriormente, no entramos, pero pudimos ver la antiquísima escalera casi desmoronada por el paso de los siglos que se protegía bajo la actual.


Los bailes y los mapas.
Palazzo Vecchio.

De visita obligada nos pareció el interior del Palacio Vecchio y no nos equivocamos. Tan solo con traspasar la entrada ya merece la pena el patio interior con sorprendentes y sólidas columnas de fuste estriado en la parte inferior y florido en la superior. Una luz calida inunda el espacio y una fuentecita modesta, que contrasta con la suntuosidad de las columnas, adorna el centro. Después puedes pasearte por las numerosas salas, amuebladas con gusto y riqueza. La que más me gustó fue la sala de baile, donde también solían representarse obras de teatro y que actualmente es una gran sala de conferencias.

Sala de los mapas en
el Palacio Vecchio.
Cuando accedes al piso superior puedes asomarte a la balconada donde se sentaban los señores a presidir los numerosos actos y contemplar, desde aquella altura privilegiada, los grandes cuadros que adornan las paredes laterales. Frente a ti encuentras tres vanos por donde entra una luz blanca y brillante que casi deslumbra. Y otra de las estancias más famosas es la de los mapas, que como su propio nombre indica, muestra la representación de numerosos países y donde Eva se fotografió señalando a España, aunque más parece una chica del tiempo. Me encantó el gran globo terráqueo que ocupaba el centro de la sala, ya oscurecido por el paso del tiempo, aunque le urja tanto una restauración como una botella de agua en los Ufizzi, es impresionante.

Poco imaginaba entonces que en el maravilloso Palacio Vecchio se rodaría, varios años después, la película Inferno portagonizada por Tom Hanks y basada en la novela del mismo nombre de Dan Brown, de la que hemos hablado aquí.

Una de las salas del Palacio Vecchio.


Transportados a los “vecchios” tiempos.

El salon de baile en un grabado
de la época.
Antes de pasar a la sala de los mapas, tuvimos el privilegio de contemplar la cúpula del duomo desde las ventanas entreabiertas del Palacio Vecchio, una de las imágenes más preciosas del viaje. En la sala, un cuarteto ensayaba para un concierto. La música era realmente embriagadora y la voz de la cantante, dulce y melodiosa, te transportaba en el tiempo. La muchacha quizá por vanidad, quizá por timidez, había pedido que no la fotografiaran mientras cantaba y así nos lo hizo saber una de las empleadas. Nos sentamos, con el resto de visitantes en una de aquellas sillas de metacrilato que llenaban la estancia para asistir a aquel espectáculo inesperado.

Antonio estaba extasiado ante la preciosa música, Eva escuchaba con atención y yo observaba curiosa los antiguos instrumentos que tañían mientras me preguntaba cómo se llamaría la pieza que tocaban y de qué época sería.

Vista de la maravillosa cúpula del Duomo
desde una de las estancias del Palacio Vecchio.

 
Un discurso inesperado.

Al bajar las escaleras, cerca de la salida, oí a alguien que hablaba desde una de las salas. Su voz tenía el sonido característico de quien habla por un micrófono y su tono era un tanto exaltado. La puerta estaba entreabierta así que, movida por la curiosidad, me asomé tímidamente y observé la escena. Ante mí unos estrados repletos de gente, sobre la tarima un orador. No todos los asistentes atendían a las palabras del caballero. Unos tomaban notas, otros lo miraban con fastidio y unos pocos daban cabezadas, pero aquello no amilanaba al del estrado que continuaba con su encendido discurso. No entendí nada de lo que decía, pero un cartel me hizo comprender lo que estaba viendo.

-Esto es el Ayuntamiento y en esa sala hay un pleno.

-¿Qué dices?- preguntó Eva incrédula.

-Sí, he asistido a un pleno del Ayuntamiento de Florencia.

Vista del Palacio Vecchio y la Plaza de la Señoría.

jueves, 23 de mayo de 2019

Leonardo da Vinci. V centenario.


Cuando pensamos en un genio del Renacimiento, pensamos en Leonardo da Vinci. Este año le rendimos homenaje con exposiciones y retrospectivas en numerosas ciudades para conmemorar el quinto centenario de su muerte.

Todos conocemos al Leonardo que pintó la controvertida Última Cena que varios escritores han colocado como centro del misterio en no pocas novelas y al Leonardo que dibujó la enigmática Gioconda sobre la que tanto se ha debatido. En la carta que escribió para ofrecer sus servicios a los Sforza decía que era ingeniero militar, inventor, pensador, arquitecto, escultor… y al final añadía pintor. Pero Leonardo era mucho más que eso, era científico, filósofo, investigador, urbanista, anatomista, botánico, poeta, músico, óptico, geólogo, cocinero, diseñador de jardines, decorados, eventos y trajes. Era un observador nato, un estudioso, un curioso con mucha imaginación que no hacía distinciones entre la ciencia y el arte, que deseaba comprender lo que le rodeaba. Observaba el vuelo de los pájaros para crear una máquina que otorgara la habilidad de volar a los hombres; ideaba barcos a palas sin sospechar que el motivo por el que no funcionaban era haberse adelantado varios siglos a la invención del elemento que aún le faltaba (la máquina de vapor) pero que sus barcos llegarían a surcar ríos como el Misisipi con éxito; diseccionaba cadáveres de personas y animales para comprender la anatomía y lo anotaba y dibujaba todo en sus cuadernos, esos famosos códices que se disputan las más prestigiosas bibliotecas y museos.

Monumento a Leonardo da Vinci en Milán.

Leonardo tenía multitud de ideas fantásticas sobre los más diversos campos, pero a menudo quedaban inacabadas porque sus pensamientos lo llevaban por nuevos caminos en busca de otros conceptos a los que dar forma. Fracasaba numerosas veces, pero no se rendía. El fracaso solo era un camino por el que ya había comprobado que no daría con la solución, así que iniciaba otro distinto sin  desanimarse.

Leonardo nació en la Toscana en 1452.  Hijo ilegítimo del rico notario Piero da Vinci y de Caterina, de quien aún no tenemos claro si era campesina o una esclava oriental propiedad de Piero.

Al descubrir su talento, el famoso pintor Andrea de Verrochio lo llevó como aprendiz a su taller en Florencia sin imaginar que aquel muchacho de 15 años llegaría a superarlo en maestría y a hacerle plantearse dejar la pintura.

En aquellos años entabló amistad con Botticelli y, contra todo pronóstico, abrieron juntos una taberna. Pero la innovadora forma de entender la cocina de Leonardo no fue del agrado de los comensales y el negocio no tardó en quebrar. Solo una cosa relacionada con la cocina pareció salirle bien: la invención de la servilleta. Aquella amistad se rompió por la traición de Botticelli que acabó cayendo en la secta de Savonarola y arrojando sus propios cuadros a una de sus hogueras de las vanidades.

En aquel tiempo Italia estaba dividida en numerosas ciudades Estado y, Florencia, gobernada por los Medici, aspiraba a ser la capital cultural de Europa. El arte era poder y la famosa familia se convirtió en mecenas de numerosos artistas como Leonardo, Miguel Ángel y Rafael, los tres grandes nombres del Renacimiento pero pertenecientes a tres generaciones diferentes. Rafael era el más joven y el más querido por todos cuantos lo conocían. Suya es la famosa Escuela de Atenas pintada en el Vaticano donde retrata a Leonardo como Platón, a Miguel Ángel como Heráclito y a sí mismo como Apeles. Miguel Ángel era otro genio pero no causaba simpatía con su aspecto sucio y su carácter retraído. Miraba con desagrado el porte elegante, la personalidad afable y generosa de Leonardo, y pronto se convirtieron en rivales.

En "La Escuela de Atenas" Rafael pinta a Leonardo como Platón en el centro del cuadro.
Estancias de Rafael en El Vaticano.

En 1482 Leonardo acudió a Milán para dedicarse a la ingeniería militar y a desarrollar maquinaria de guerra para los Sforza. En sus cuadernos contemplamos cañones, vehículos blindados, puentes portátiles, sistemas para proteger Milán y artefactos para asediar otras ciudades. Allí vivió en dos etapas diferentes, sumando un total de 17 años de su vida.

Leonardo no se olvidó de la pintura y, entre otras obras, aceptó el encargo de la Última Cena para el refectorio de Santa Maria delle Grazie. Pero en lugar de pintarla al fresco, lo que aseguraba que los pigmentos quedaran totalmente adheridos a la pared, experimentó con la técnica al secco. A los pocos años la pintura comenzó a deteriorarse. Desde entonces los conservadores han estado esforzándose por mantenerla en las mejores condiciones posibles, luchando contra el tiempo, contra el rey de Francia que quiso arrancarla de la pared para llevársela y protegiéndola con sacos durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

"La Última Cena" de Leonardo da Vinci en el refectorio de Santa Maria delle Grazie (Milán).
Por razones de conservación solo se permite la entrada durante 15 minutos en grupos de 20 personas. 

En la década de 1490 dibujó en uno de sus numerosos cuadernos el famoso Hombre de Vitruvio donde sigue las proporciones clásicas del arquitecto romano y consigue la cuadratura del círculo. Se considera el símbolo del Renacimiento donde el hombre se convierte en el centro de todo y se piensa que es un autorretrato del artista. Actualmente se conserva en la Galería de la Academia de Venecia, pero solo se expone cada 10 años por motivos de conservación, el resto del tiempo puede contemplarse una copia exacta del original.
https://es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_da_Vinci#/media/File:Da_Vinci_Vitruve_Luc_Viatour.jpg
"El hombre de Vitruvio" canon de belleza clásico.

Uno de los grandes proyectos encargados a Leonardo en Milán fue la estatua ecuestre de Francisco Sforza a la que se apodó “el gran caballo”. Leonardo preparó los bocetos para una escultura de ocho metros de altura, se compraron 70 toneladas de bronce para elaborarla, pero, aunque el tiempo pasaba, el artista solo llegó a hacer un modelo en barro, así que el bronce se utilizó para fabricar cañones cuando Francia invadió y conquistó Milán.

Establecido en Venecia, continuó con sus labores de ingeniería. Allí ideó diversos sistemas para proteger la ciudad de los ataques de los turcos. En sus cuadernos aparecen antepasados del submarino, escafandras y todo lo necesario para atacar los barcos por debajo. Pero estos proyectos no pudieron llevarse a cabo hasta los siglos XIX y XX.

En su deambular por las cortes italianas, Leonardo decidió presentarse en 1501 ante César Borgia para hablarle de sus proyectos de ingeniería, mecánica, anatomía, arquitectura, pintura, música y de su talento para diseñar jardines y organizar toda clase de festejos. El peligroso duque lo tomó a su servicio y se convirtió en su mecenas.

En Florencia, Leonardo trabajó junto a Maquiavelo en un plan para desviar el río Arno con la excusa de mejorar el riego de los cultivos, pero con la intención secreta de cercar la enemiga ciudad de Pisa y conseguir salida al mar para Florencia. Sin embargo, su proyecto fracasó.

https://eml.wikipedia.org/wiki/File:Leonardo_da_Vinci_-_Superficial_anatomy_of_the_shoulder_and_neck_(recto)_-_Google_Art_Project.jpg
Estudio de anatomía humana.
En los años siguientes llevó a cabo un estudio exhaustivo de la anatomía humana, convirtiéndose en un experto y representando con exactitud los huesos, músculos, tendones, vasos sanguíneos y órganos. También diseccionó animales como vacas, monos, caballos y pájaros. Deseaba hacer un estudio comparativo entre la anatomía humana y la animal. Investigó junto al médico Marcantonio della Torre e ilustró con más de 200 dibujos un tratado de anatomía.

Comenzó a pintar su obra más famosa, la Gioconda, en 1503, después de que Francesco del Giocondo le encargara un retrato de su esposa Lisa Gherardini. Sobre este cuadro han corrido ríos de tinta y ha sido objeto de estudio tanto por su valor artístico como por el misterio que esconde la expresión e identidad de la modelo (¿era Lisa o era la madre de Leonardo?), el paisaje que se dibuja al fondo y el hecho de que Leonardo nunca quisiera desprenderse de él, conservándolo a su lado hasta su muerte.

"La Gioconda"de Leonardo da Vinci.
El cuadro más famoso de la Historia del Arte.

En 1513 se marchó a Roma donde trabajó para el cardenal Giuliano de Medici, hermano del Papa León X, alojándose en el Vaticano. Parece ser que lo acompañaron sus dos alumnos favoritos, Salai y Francesco Melzi. Allí se dedicó a proyectos arquitectónicos, dibujo de mapas y estudio de los monumentos de la antigua Roma. Hasta pocos años antes nadie se había preocupado de la conservación de las obras de la antigüedad y la arquitectura romana había llegado a servir como cantera para nuevas construcciones. Pero es en el Renacimiento cuando se produce un cambio en el pensamiento y se vuelve al ideal de belleza clásico, al estudio de los tratados romanos.

Los tres últimos años de su vida los pasó en Francia, donde el rey Francisco I, que lo admirada y respetaba profundamente, le ofreció vivir en Clos Lucé, un castillo en el Valle del Loira, como un auténtico noble. En aquella época fue perdiendo la salud, pero eso no le impidió continuar con sus pinturas, sus tratados y sus proyectos urbanísticos e hidráulicos. Su castillo llegó a convertirse en una especie de museo, donde, además de sus cuadernos, conservaba consigo sus tres obras más queridas: San Juan Bautista; Santa Ana, la Virgen y el Niño y La Gioconda.

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Amboise_-_Ch%C3%A2teau_du_Clos_Luc%C3%A9_-_014.jpg
El castillo Clos Lucé (Francia) donde vivió Leonardo los últimos años de su vida.
Fotografía de Thesupermat.

Murió el 2 de mayo de 1519, dejándonos, según algunas fuentes, más de 50.000 documentos. A través de sus diarios, planos, ideas, dibujos, estudios y reflexiones, conocemos todo aquello que proyectó y, en la mayoría de los casos, no llegó a realizar. Estos inventos, para muchos adelantados a su tiempo, no partían solo de sus observaciones, sino también de los estudios de otros pensadores anteriores. Además de todo lo que hemos mencionado, en sus códices se recogen bombas hidráulicas, una draga para construir canales, varios autómatas, flotadores para caminar sobre las aguas, un antepasado del automóvil, un telar mecánico, una máquina para pulir espejos y otras muchas cosas. Pero lo que más nos llama la atención es su perseverancia en el sueño de imitar el vuelo de los pájaros. Fruto de sus observaciones ideó el paracaídas (que no llegó a probar) y el ala delta (que funcionó con éxito). Luego realizó 14 prototipos de máquina voladora y aunque ninguno funcionó, Leonardo se tomó aquel fracaso como incentivo para seguir con sus investigaciones y, basándose en el tornillo de Arquímedes que conseguía subir el agua para el riego de los campos, ideó su tornillo aéreo para poder mover el aire y elevarse. Tampoco dio resultado, pero fue una pieza clave para la invención del helicóptero.

https://es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_da_Vinci#/media/File:Leonardo_da_Vinci_helicopter_and_lifting_wing.jpg
El Tornillo Aéreo y una de sus máquinas voladoras.
Inventos y dibujos de Leonardo.

Su escritura es otra fuente de misterio pues se sabe que era ambidiestro, pero no se conoce con exactitud el motivo por el que escribía de forma especular.

Actualmente conocemos a Leonardo más como pintor, aunque solo realizara unas 30 obras en su dilatada vida. Empleó técnicas innovadoras (aunque a veces fracasara en ellas) pero tenía gran maestría en la composición, el sfumato, el uso de los colores, la perspectiva, la anatomía, el paisaje y la capacidad para plasmar las emociones humanas en sus retratos. Contaba Vasari, su primer biógrafo, que Leonardo no se basaba en rostros “tipo”, sino que copiaba del natural. No era extraño verlo cruzarse con alguien por la calle y caminar tras esa persona de aspecto interesante durante todo un día para luego poder dibujarla.

https://es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_da_Vinci#/media/File:Da_Vinci_codex_du_vol_des_oiseaux_Luc_Viatour.jpg
Uno de los Códices de Leonardo con el estudio del vuelo
de los pájaros y las explicaciones en escritura especular.

Francesco Melzi fue el heredero de Leonardo e intentó mantener su legado unido. Pero tras su muerte, los documentos se dispersaron, las hojas de los cuadernos de Leonardo fueron arrancadas y vendidas o regaladas por separado, ya que cada una de ellas, con algún dibujo o anotación del genio renacentista, se había convertido en una obra de arte en sí misma. No será hasta finales del siglo XIX cuando los historiadores intenten agrupar y componer los cuadernos de nuevo, esos códices que hoy se atesoran en prestigiosas bibliotecas. Se han podido reunir 13.000 documentos, pero aún hoy muchas páginas permanecen perdidas, quizás para siempre.

Respecto a su pintura más querida y misteriosa, La Gioconda, que pasó a formar parte de la colección del rey francés Francisco I, puede contemplarse actualmente en el Museo del Louvre en París.

"La Gioconda" se exhibe en el Museo del Louvre de París
 bajo fuertes medidas de seguridad.

martes, 30 de abril de 2019

Sobre la catedral de Notre Dame de París y su incendio.


El 15 de abril de 2019 quedará marcado en los libros de historia del arte y se reproducirá en los documentales sobre  los acontecimientos del siglo XXI. Ese lunes santo internet se llenó de fotografías que a muchos nos parecían imposibles. Toda la tarde y toda la noche se sucedieron las noticias eclipsando a cualquier otro suceso: la catedral de Notre Dame de París ardía pasto de las llamas. 

Vista de Notre Dame de París desde el río Sena. 

Una de las cosas que caracterizan a los seres humanos es nuestro pensamiento simbólico, y entorno a los símbolos hemos creado nuestro imaginario y nuestro mundo. Son algo que va más allá de lo material, que transciende, que perdura y que representa al mundo entero, sin importar raza o creencias.
"(…) En pocas palabras, es una especie de recreación humana, poderosa y fecunda como reacción divina, de la que parece haber tomado el doble carácter: el de la variedad y la eternidad. (…). Nuestra Señora de Paris es, en particular, una curiosa muestra de esta variedad. Cada frente, cada piedra del venerable monumento es una página, no solo de la historia de un país, sino también de la de ciencia y del arte(…). Las grandes producciones de la arquitectura (…) son el depósito que deja una nación, las acumulaciones que forman los siglos, el residuo de las sucesivas evaporaciones de la sociedad humana. (…) Los grandes edificios son como las grandes montañas, obra de los siglos". Fragmento de "Nuestra Señora de París", Victor Hugo (1831).
Ese día nefasto se incendió uno de estos emblemas, de estos vetustos gigantes que han resistido el paso de los siglos, que han visto pasar la Historia, que han contemplado millones de personas de todas las épocas y que nunca imaginamos que podría desaparecer. Aunque en el mundo ocurren tragedias todos los días, algunas se graban a fuego en las pupilas de quienes las contemplan porque nos hacen perder algo que nos pertenece a todos.
Son precisamente los mismos sentimientos con los que juegan los artistas, especialmente los cineastas, cuando representan grandes catástrofes en la pantalla y sabemos que es el fin de nuestra civilización cuando los terremotos abren la tierra, las olas alcanzan las más altas montañas o cuando el fuego consume los monumentos emblemáticos Patrimonio de la Humanidad y estos se derrumban ante nuestra angustiada mirada. Es el recurso más efectivo para impresionar a los espectadores.

https://www.lasexta.com/noticias/internacional/notredame-envuelta-llamas-imagenes-incendio-catedral-paris_201904155cb4c4e10cf2e136694d6ee1.html
Vista aérea de la techumbre de Notre Dame envuelta en llamas tras caer la aguja.

Pero no era una película lo que se reproducía a tiempo real cuando la aguja de la catedral de Notre Dame se desplomaba llevándose consigo parte del tejado. Esa techumbre que formaba una cruz latina, solo apreciable a vista de pájaro, a la que llamaban el bosque precisamente porque tuvo que talarse un bosque entero en el siglo XII para construirla.
https://www.lasexta.com/noticias/internacional/notredame-envuelta-llamas-imagenes-incendio-catedral-paris_201904155cb4c4e10cf2e136694d6ee1.html
Incendio en Notre Dame. Minna Fotografia.
Los bomberos no podían apagar aquel incendio, la isla de la cité había sido desalojada y acordonada, los parisinos rezaban, el resto del mundo contenía la respiración temiéndose que la catedral más famosa, una de las primeras que vio nacer el gótico, el símbolo de Francia, el edificio más visitado de Europa se vería reducido a cenizas. A nuestra mente acudían otros incendios que nos habían privado de demasiado conocimiento, demasiados monumentos, demasiado arte, demasiados símbolos… De algunos solo poseemos una descripción, de otros un dibujo y una vieja fotografía en el mejor de los casos.
Interior de Notre Dame antes del incendio.
El suelo sobre el que se colocó la primera piedra de la catedral de Notre Dame de París en 1164 ante la presencia del papa Alejandro III, siempre fue sagrado. Sabemos que ya en época celta existía un edificio y que los romanos erigieron un templo allí, que más tarde se convirtió en una iglesia románica, sustituida por la catedral gótica que se levantó en el siglo XII. Desde el principio fue considerado un lugar de poder, un universo en miniatura que representaba lo intangible. La luz, invisible al ojo, se convertía en color casi palpable  a través de las vidrieras de cristal y plomo, el sonido vibraba en sus antiquísimos órganos y el olor del incienso casi se solidificaba. Sus piedras talladas con relieves y esculturas narraban escenas bíblicas que los fieles, aunque en su mayoría analfabetos, sabían interpretar. Pero muchos aseguran que allí también había mensajes ocultos, que el templo era un libro de piedra que atraía a iniciados en diferentes filosofías, miembros de sociedades secretas y alquimistas. Poco podían imaginarse los seguidores de la Orden del Temple que su Gran Maestre, Jacques de Molay, sería quemado en la hoguera delante de la catedral de Notre Dame en 1314 mientras profería una maldición al papa Clemente V y a Felipe IV de Francia, asegurándoles que en menos de un año volverían a verse ante el tribunal de Dios, palabras que resultaron proféticas.
En 1429, durante la guerra de los Cien Años, Enrique VI de Inglaterra se coronó rey en el interior del ya simbólico templo.
Pero el paso del tiempo, las modas y el deterioro también forman parte de la historia de un monumento y, aunque Notre Dame, sirviera de inspiración a muchas otras catedrales que se levantaron en Europa, fue descuidada. Las inclemencias meteorológicas hicieron peligrar la aguja y tuvo que ser desmontada en 1786. Poco después llegaría la Revolución francesa y con ella la desacralización, dispersión de sus reliquias, destrucción de algunas de sus imágenes y alteración de su estructura. Y de templo devocional, pasó en 1793 a simple almacén de alimentos hasta que Napoleón la devolvió a la Iglesia en 1802, coronándose allí mismo emperador de Francia el 2 de diciembre de 1804. Aunque maltrecha, blanqueada y adornada con grandes cortinajes que ocultaran su deplorable estado de conservación, los muros de Notre Dame fueron testigos de cómo Napoleón arrebataba la corona de manos del papa Pío VII para ceñirla en su cabeza. 

https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Jacques-Louis_David,_The_Coronation_of_Napoleon_edit.jpg
La consagración del emperador Napoleón (1804). Jacques-Louis David.
Museo del Louvre. París.

Durante el siglo XIX eran muchas las voces que se levantaban contra la arquitectura gótica y el trazado medieval, decantándose por el estilo de la época. Rápidamente los edificios fueron demolidos y reemplazados. Víctor Hugo repartía panfletos abogando por preservar el patrimonio artístico medieval. Pero nadie le prestaba la menor atención. Así que cuando su editor Grosselin le solicitó una nueva novela, nuestro escritor vio la oportunidad de convertir a  Notre Dame en la gran protagonista de su obra. La escribió solo en seis meses, situó la historia en la Edad Media, dedicó capítulos enteros a la descripción de la catedral y le puso un prólogo defendiendo el arte gótico. En 1831 salía a la venta Nuestra Señora de París con gran éxito de público y crítica. Había conseguido su objetivo, ahora todo el mundo se interesaba por su antigua catedral y se contrató, en 1844, a uno de sus arquitectos favoritos, Eugène Viollet-le-Duc, para repararla, añadir las gárgolas y construir una nueva aguja en estilo neogótico de 96 metros de altura.

https://www.revistaarcadia.com/historia/articulo/notre-dame-y-el-paris-medieval/73910
Portada de "Notre-Dame de París" (1865), de Victor Hugo, grabada por Yon y Perrichon.
"Y la catedral no era solo su compañera, era el universo, mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma.” Fragmento de "Nuestra Señora de París" (1831)de Victor Hugo.
Pero los muros de Notre Dame aún tenían mucha historia por contar. Durante la Comuna de París en 1871 se apilaron los bancos y los confesionarios en el interior y se les prendió fuego, pero no hubo graves consecuencias. La catedral resistió, y pudieron reemplazarse las ventanas levantadas en la revolución francesa por rosetones y fabricar vidrieras de colores para las medievales que se habían perdido. En 1909, para la beatificación de Juana de Arco, el templo estaba en buen estado. 
Vista de uno de los rosetones de Notre Dame desde el interior de la catedral.
La Primera Guerra Mundial no afectó a nuestro templo, su víctima fue la famosa catedral de Reims, hermana de Notre Dame, que fue bombardeada, desolando a las personas de la época que vieron en ello un símbolo de la destrucción de la civilización.
La Segunda Guerra Mundial amenazó a Notre Dame hasta sus cimientos. Tras ocupar París, Hitler dio la orden de dinamitar todos los monumentos en caso de perder la guerra. Aún no sabemos si el general al mando no se atrevió a ejecutar el mandato, no le dio tiempo a hacerlo, o la resistencia francesa (con un buen número de españoles en sus filas) consiguió impedirlo, lo cierto es que las campanas de Notre Dame replicaron anunciando la liberación de la ciudad en 1944.
San Jorge y el dragón delante de las vidrieras de Notre Dame.

Poco imaginaban las autoridades francesas lo que ocurriría cuando consiguieron, con dificultades, recaudar dinero para financiar las nuevas obras de restauración del edificio y, en especial, de la aguja central. Los donantes debieron pensar que hay tantas urgencias en el mundo que requieren de esas inversiones que una restauración más podía esperar, hasta que el fuego, consumiendo un símbolo de la cultura, nos enfrentó a la verdad. Todo el techo de Notre Dame ardía y la aguja neogótica que se pretendía restaurar se desplomaba haciéndonos sentir que no era Francia quien perdía un símbolo, éramos todos, pues la UNESCO la había declarado Patrimonio de la Humanidad en 1991. Después no hizo falta pedir dinero, los donativos millonarios llegaban solos.

Vista de la catedral con la famosa aguja desde el río Sena.
Dice la leyenda que las gárgolas, esos seres monstruosos que en realidad sirven para desalojar el agua de la lluvia, son guardianes del mal, vigilan desde los tejados de Notre Dame que el mal no atraviese sus puertas… y que precisamente las habían retirado días antes para restaurarlas…

No es la primera, ni será la última catedral que se incendie. La catedral de León, otra joya del gótico, sufrió un incendio de semejantes características tras caerle un rayo en 1966. Se derrumbó la techumbre de madera y se temió que quedara reducida a cenizas. Pero los expertos actuaron pronto y con espuma consiguieron salvar su templo. Intentar apagar el fuego con agua hubiese sido un error ya que el tipo de piedra que se utilizó en aquellas catedrales la absorbe, pesa y debilita la estructura, aumentando el riesgo de derrumbe del edificio. Los leoneses reconstruyeron su catedral rápidamente y dieron ejemplo al futuro.
La catedral de León también fue pasto de las llamas y perdió la techumbre medieval,
pero conservó prácticamente en su totalidad las vidrieras originales.

Notre Dame también será reconstruida. Dentro de cien años la mayoría de las personas olvidarán que hubo un incendio en la catedral de París y se sorprenderán cuando un guía se lo cuente. Después de todo, hay tantos edificios que creemos originales y no lo son. Una generación queda conmocionada por el desastre, pero vuelven a trabajar para recuperar aquello que habían perdido.
Todos respiramos aliviados al comprobar cómo resistían sus paredes de piedra, el famoso rosetón y las torres originales. Las reliquias que guardaba y el tesoro fueron rescatados de inmediato. La aguja y las vidrieras pérdidas databan del siglo XIX, las vigas de madera de la techumbre eran de las pocas originales que quedaban en el mundo, de árboles del siglo XII y algunos anteriores reaprovechados, colocados con esmero por las manos de personas que trabajaron allí hace ocho siglos. Eso es irremplazable, no hay reconstrucción que pueda devolvernos lo perdido.
Las obras de arte hay que cuidarlas, porque son el legado de nuestra civilización, de las generaciones anteriores a las posteriores. Aunque nos pertenezcan a todos, no dejan de ser algo prestado, nosotros somos eslabones de esa cadena que tiene que llevarlas al futuro, porque cuando caiga el último edificio emblemático, habrá caído la civilización. Es la transcendencia, el legado y nuestro símbolo.

Nota: la tarde del 7 de diciembre de 2024 se reabren las puertas de la catedral de Notre Dame ya reconstruida en una ceremonia con el presidente francés y numerosas autoridades internacionales.

viernes, 29 de marzo de 2019

La mujer y el matrimonio en el medievo.



Ya hemos hablado aquí del amor y del matrimonio, y de que la mayoría de ellos eran pactados y por conveniencia. En todos los estamentos sociales muchas parejas se veían obligadas a casarse y se asumía como algo normal con la esperanza de que el amor llegase con el tiempo. Y aunque se dan más casos de matrimonios indiferentes o desgraciados, también se cuentan algunos felices en los que las parejas se quisieron mucho.

https://hdnh.es/las-dificultades-de-amarse-en-la-edad-media/


La que se llevaba la peor parte, la mayoría de las veces, era la mujer. Permanecer soltera no era una opción aceptable pues la señalaba y la convertía en la burla de la sociedad (aún hoy en día la palabra “solterona” se sigue empleando de forma despectiva, mientras los hombres maduros son “solteros de oro”). Las mujeres, tanto para casarse como para entrar en la vida religiosa, tenían que aportar una dote.  Pero el hecho de que la familia de la novia fuera tan pobre que no podía darle dote impedía que la muchacha contrajera matrimonio.

El papel reservado para las casadas era el de traer el máximo número de hijos al mundo, preferiblemente varones (ya que existía una alta tasa de mortalidad infantil). Si no lo hacía, se veía sometida a una serie de ritos (que podían ser mágicos, supersticiosos o religiosos) y pócimas afrodisiacas y si esto no daba resultado podía ser repudiada. Los hombres también eran presionados con la obligación de tener descendencia y podían verse obligados a tomar toda clase de brebajes para engendrar un hijo. Parece que Fernando el Católico murió a causa de los efectos secundarios de fuertes sustancias que se consideraban afrodisiacas y que ingería por la necesidad de tener un hijo con su segunda esposa Germana de Foix, 35 años menor que él, con quien contrajo matrimonio al año siguiente de quedar viudo de Isabel la Católica.

Un número elevado de mujeres morían en el parto, por complicaciones o infecciones posteriores (como las denominadas fiebres puerperales) o por sobreparto (demasiados embarazos seguidos sin dar tiempo al cuerpo a recuperarse). Entonces, en la mayoría de los casos, el hombre se volvía a casar. Sin embargo, el número de viudas que volvían a contraer matrimonio era menor. No resulta extraño si pensamos que la mujer nunca era libre, pasaba de la tutela del padre a la del marido, siempre era equiparable a una menor de edad. Pero las viudas gozaban de más libertad que el resto, con lo que si tenían dinero suficiente o un oficio para mantenerse por sí mismas sin pasar más penurias que las comunes de la época, no sorprende que un buen número de ellas optara por no volver a casarse.

Para saber qué les pasaba en algunos países y durante largos periodos históricos a las viudas que solo tenían hijas no hace falta más que leerse alguna de las novelas de Jane Austen. Las mujeres no tenían derecho a heredar nada de sus maridos, ni siquiera la casa en la que habitaban. Todo el patrimonio pasaba a manos del familiar varón más cercano (aunque fuera un primo tercero que nunca habían conocido) y la mujer e hijas quedaban a merced de la caridad de este familiar, por lo que a nadie le debe extrañar que la viuda intentara casar a una de sus hijas con dicho familiar.

Algunos historiadores niegan que existiera en la Edad Media el derecho de pernada (el señor feudal podía pasar la primera noche con la esposa de su siervo). Una prueba de que existía es precisamente  la derogación de los llamados malos usos señoriales por parte de Fernando el Católico y, entre los muchos abusos y maltratos que englobaba esa expresión, se encontraba este.

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Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

Respecto a las violaciones eran relativamente frecuentes. Las victimas solían callar por vergüenza, y si denunciaban se las ponía en entredicho. Sin embargo, cuando se creía el testimonio de la mujer, había diferentes penas para el violador, aunque frecuentemente se le imponía una multa, la cuantía dependía del estatus social de la víctima, pero si aceptaba casarse con ella ya no tenía ningún castigo y la mujer se veía obligada a contraer matrimonio con su violador. Esta práctica en la actualidad continúa siendo legal en algunos países.