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sábado, 30 de marzo de 2013

Cuentos de Hadas: cine y televisión.



Cuentos de hadas ha habido siempre en el cine y en la televisión, sirva como ejemplo películas tan interesantes como La Princesa Prometida  (Rob Reiner, 1987) o Willow  (Ron Howard, 1988). Pero las adaptaciones de los clásicos, de esos que nos contaban antes de irnos a dormir, de esos deliciosos cuentos de Hans Christian Andersen, de los hermanos Grimm o de Charles Perrault, de esos hemos estado mucho tiempo sin ver fuera de la categoría de animación.

Durante décadas Disney ha tenido el monopolio de los cuentos de hadas clásicos en la gran pantalla y sigue produciendo historias maravillosas. Pero más allá de Disney solo encontramos algún que otro filme dedicado a esta temática, como La Bella y la Bestia (Jean Cocteau, 1948) en la primera mitad del siglo XX.

La historia que más se repite es la de Cenicienta, tantas veces revisada y adaptada en la comedia romántica, en el humor de El Ceniciento (Frank Tashlin, 1960); en el musical de La  Zapatilla de Cristal (Charles Walters, 1955) o La Nueva Cenicienta (George Sherman, 1964); con pretensiones históricas en la deliciosa Por Siempre Jamás (Andy Tennan, 1998) o arrancando toda crudeza a los bajos fondos en Pretty Woman (Garry Marshall, 1990). Pinocho ha inspirado una serie de películas con marcada visión futurista como Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001)  o E.V.A.  (Kike Maíllo, 2011). Y Peter Pan se nos hizo mayor en  Hook (Steven Spielberg, 1991). Unas pocas películas en medio siglo. Pero ¿a qué se debe que, en tres o cuatro años, se hayan producido tantas adaptaciones de cuentos clásicos? ¿Será añoranza de estas historias, necesidad de actualizarlas, filón económico, crisis de ideas originales?

Diferentes adaptaciones e interpretaciones del clásico "La Cenicienta".

Hace poco la gran pantalla se pobló de criaturas fantásticas que habían aparecido en las pesadillas del cine mudo y que han seguido en los sueños de millones de adolescentes de todo el mundo, esos vampiros brillantes de la saga Crepúsculo son un exitoso  ejemplo. Las grandes novelas nos prestaron a elfos, hobbits y demás habitantes de la Tierra Media, la magia nos regaló la historia de Harry Potter, y conocimos un largo invierno sin navidad en Las Crónicas de Narnia. Pero los cuentos de hadas clásicos parecen haber tomado protagonismo de nuevo y una remesa de adaptaciones se ha asomado a los cines y a la televisión. Después de haber conocido a los escritores en El Secreto de los Hermanos Grimm (Terry Gilliam, 2005),  y a James Barrie en Descubriendo Nunca Jamás (Marc Forster, 2004) nos encontramos a una bella Caperucita Roja (Catherine Hardwicke, 2011), a Alicia en el País de las Maravillas (Tim Burton, 2010) con un especial sombrerero loco, a Jack, el Caza Gigantes (Bryan Singer, 2013), a los hermanos Hansel y Gretel: Cazadores de Brujas (Tommy Wirkola, 2013), y visitamos Oz, un mundo de fantasía (Sam Raimi, 2013) antes de que llegara Dorothy.

La versión más reciente de "Alicia en el País de las Maravillas".

Si comentábamos arriba que Cenicienta ha tenido mil y una adaptaciones, ahora está siendo desbancada por Blancanieves. Lejos ya de la niñita inocente y tímida dibujada por Disney, se arma de valor en Mirror, mirror (Tarsem Singh, 2012), tiene su toque de terror en Blancanieves y la Leyenda del Cazador (Rupert Sandrers, 2012) o incluso un arte torero en Blancanieves (Pablo Berger, 2012).

En el año 2012 se estrenaron en la gran pantalla tres" Blancanieves" muy diferentes. 

En los años 80 disfrutamos en televisión de Los Cuentos de las Estrellas una serie que reunía a importantes actores interpretando a personajes tan emblemáticos como Cenicienta, La Bella Durmiente o La reina de las Nieves.
En la actualidad la televisión también nos sumerge en este tipo de historias,  como ocurre en Grimm serie policiaca donde reaparecen los personajes de los cuentos de hadas.

"Los cuentos de las estrellas" o "El teatro de los cuentos de hadas" son los titulos por los que fue conocida esta serie de los años 80, producida por Shelley Duvall y protagonizada por actores de renombre. 

Lugar aparte merece la exitosa serie Érase una vez donde Blancanieves y todos los personajes de los cuentos de hadas sufren una maldición que los traslada a los tiempos actuales, en el nada idílico pueblecito de Storybrook.

Me dejo muchas en el tintero, pero sirva de ejemplo estas que menciono para reivindicar la buena salud de los cuentos de hadas clásicos y su protagonismo en la ficción actual.  

"Érase una vez"


martes, 26 de febrero de 2013

Sonidos olvidados



Un silbido se coló en mi subconsciente y me arrancó de los brazos de Morfeo. Sonaba fuerte, intenso e irritante, pero al mismo tiempo tenía algo de familiar. Tardé unos segundos en darme cuenta y una expresión de extrañeza se dibujó en mi cara. Lo reconocí, era un sonido de mi niñez, lo tenía olvidado en un rincón de mi mente y unas pocas notas de una flauta me lo devolvieron.

-¡El afiladooooooor!- gritaba mientras esperaba que la gente, como antaño había hecho con su padre o su abuelo, le rodeara con los más diversos instrumentos de cocina o costura.

Recuerdo otra voz, pero el mismo oficio, recuerdo la moto con el motor arrancado y la piedra de afilar, recuerdo haberme acercado alguna vez con unas viejas tijeras… ¡Qué extraño! ¿Cuánto tiempo hacía de eso?



En una sociedad de consumo, de obsolescencia programada, no tenían cabida esta clase de oficios, pero en el recuerdo y en el corazón de las personas, sí. Las circunstancias cambian y hay momentos en los que rescatar el pasado se convierte en una buena opción.

Ese sonido familiar e inesperado me devolvió otros que también había ido olvidando.

-Ya ha llegado a su barrio el tapicero- decía un altavoz desde una vieja furgoneta.

Sonreí al rescatar los que tenía más cercanos en el tiempo, como el del vendedor ambulante de almendras, que ofrecía sus cucuruchos de papel cantando “¡Ay, qué ricas!” y los actuales vendedores de melones, naranjas, papas y demás frutas o verduras, que siguen recorriendo los barrios y que vuelven a tomar protagonismo.

-¡Un euro! ¡Un euro dos kilos de naranjas! ¡Venga, señora, que me las quitan de las manos!


Me temo que no, no se las quitan de las manos, pero por lo menos, no faltan euros en su bolsillo.

El silencio me sacó de mis pensamientos. No sonaba la flauta. ¿Y el joven afilador? Me asomé a la venta y ya no había rastro de él. Estoy segura de que no lo soñé, estaba ahí, aún había ecos de su chiflo. El próximo día estaré más atenta por si se me presenta de nuevo la oportunidad de viajar al pasado sin máquina del tiempo.


jueves, 24 de enero de 2013

De Edad Media en Edad Media



Existe entre la Edad Antigua y la Edad Moderna un periodo de más de mil años que conocemos como Edad Media. Este nombre, con claro carácter peyorativo, se impuso como consecuencia de la necesidad de delimitar ese largo periodo de tiempo que tuvo lugar entre la civilización grecolatina y el Renacimiento. Precisamente, la caída del Imperio romano de Occidente marca el inicio de esta época y, el Renacimiento de esta misma cultura, el final de la Edad Media, siempre fechada en la caída del Imperio bizantino o en el descubrimiento de América.

Nadie se acostó en la Edad Media y se levantó en la Moderna. Fue la idea de que, poco a poco, algo estaba cambiando, la que hizo preguntarse a los hombres “modernos” qué había ocurrido entre la decadencia de la cultura grecolatina y la llegada de la nueva época que ellos vivían marcada con el Renacimiento. ¿Qué había en medio? ¡La Edad Media! La oscura Edad Media, un tiempo de barbarie, de guerras sin fin, ignorancia, supersticiones y decadencia. Mil años para el olvido, que no merecían ni un nombre propio, solo “lo que estaba en medio”. Ignorando las mejoras en la navegación, la creación de las universidades, la invención del álgebra, de los molinos de vientos, de la lupa, las gafas, el reloj mecánico o la utilización de las puertas de esclusa para los canales, lo consideraron un tiempo oscuro y de retroceso.

Castillo de Olite, Navarra.

Tuvo que llegar el siglo XIX para que los hombres se replantearan esta visión sesgada y falsa. Mil años son muchos años para que no se haya hecho nada bueno… Con el Romanticismo nació el interés en la Edad Media, precisamente el periodo en el que se gestaron los países europeos y la identidad nacional. El arte de esa época resurgió con fuerza. Los románticos, siempre atraídos por las ruinas, tuvieron su fuente de inspiración en la arquitectura gótica, esas altas y maravillosas catedrales de las que se decía que una grieta podía hacerlas caer como un castillo de naipes… Curiosamente, las guerras mundiales desmintieron el mito.

Catedral de Burgos.

En esa época se popularizó el concepto de Edad Media fantástica, retomando las viejas historias de gnomos, hadas y brujas, revalorizando los cuentos y curioseando entre los bestiarios.

Ambos conceptos conviven hoy en día. Dos “Edades Medias” opuestas, ambas “inventadas”, que no hacen justicia a lo que realmente pasó en esos mil años. Pero, puestos a elegir, yo me quedo con “La Edad Media Fantástica” de Jurgis Baltrusaitis y  “La Vida Cotidiana de los Caballeros de la Tabla Redonda” de Michel Pastoureau, dos libros recomendables y siempre interesantes.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Compras navideñas



Parece que cada año llega antes la Navidad. A primeros de noviembre (en algunos lugares ya a finales de octubre), cuando todavía podemos andar en manga corta, aparecen los escaparates adornados con grandes árboles y luces.
Son las tiendas las primeras en recordarnos que llega esa época que en el cine y en la televisión se nos presenta como idílica, llena de paz, amor, felicidad y  desconocidos que te saludan por la calle. La imagen de George Bailey corriendo eufórico hacia Bedford Falls mientras grita “¡¡Feliz Navidad!!” a todo y a todos forma parte de la memoria colectiva.

¡Qué bello es vivir!

Con el paso de los días todo se va contagiando de adornos, las casas, las calles, los parques y los edificios oficiales… Cualquier rincón es bueno para poner una guirnalda de luces, una ramita de pino, un bonito belén. Los escaparates simulan esa nieve brillante y las postales dibujan con purpurina el blanco de las calles. Es invierno y nieva. “Let it snow, let it snow, let it snow”… Una de mis canciones preferidas, aunque no en todas partes nieva, ni es invierno en todo el planeta, pero ese es un pequeño detalle sin la menor importancia. ¿Llegará Santa Claus en su trineo con regalos para ti o tú eres más de Reyes Magos?

Los villancicos suenan a todo volumen en los centros comerciales engalanados para invitar a las compras. Abren todos los días, incluso los domingos.

Es curioso cómo se llenan con carteles de lo más variopintos. ¿Estás en España? ¡No importa! ¡“Merry Christmas” lo entiende todo el mundo! Es el lenguaje internacional, es el lenguaje de la felicidad y la euforia colectiva.  Es tan internacional que podemos hacer variantes y todo el mundo lo sigue entendiendo. En algunas tiendas se puede leer: “Merry Kissmas”… Es más cariñoso. En otras nos encontramos con “the best gift” y una sonrisita se nos dibuja en la cara. En estas fechas no hay saldos, oportunidades, descuentos, ni rebajas; hay “sales” o “Il regalo perfetto, idee partire da euro 9.95” que es más sofisticado, más glamuroso.

-¡Llama a la Vane y pregúntale su talla!- grita una jovencita mientras rebusca en el montón de 9.95.



Un joven levanta varias perchas con prendas de mujer mientras su amigo las fotografía con el móvil y se dispone a enviarlas vía “whatsapp”…

-A ver cual le gusta más- añade mientras teclea a toda prisa.

Las mujeres eligen vestidos de fiesta, los hombres huyen de las corbatas, los niños lloran porque quieren ir a ver aquel juguete o pasearse por la tienda Disney. Un Santa Claus, extrañamente joven y delgado, reparte publicidad, Melchor espera en su dorado sillón mientras su paje conduce a un asustado pequeñín hasta su regazo mientras los padres lo fotografían entusiasmados.

Los dependientes se enfrentan con desilusión a pilas de mercancía desordenada, de ropa arrugada y, con cara de disgusto, observan como antes de terminar de doblar ese montón de camisas, los clientes las están revolviendo; las cajeras pasan los productos rápidamente, presionadas por la mirada severa del jefe mientras las colas crecen ante ellas; las limpiadoras murmuran malhumoradas por el confeti y la basura acumulada; los camareros intenta recuperar el resuello mientras los comensales esperan impacientes sus platos.

Cuando nos alejamos de ese paisaje idílico, de todos los adornos y de los villancicos,  no encontramos el espíritu navideño ideal y maravilloso, no brillan las estrellas de forma diferente y ningún desconocido nos desea feliz Navidad…



miércoles, 12 de diciembre de 2012

Nombres inspiradores II

Lee Nombres inspiradores I

Las murallas de las ciudades nos señalan con sus nombres los lugares a los que nos dirigiríamos al cruzar sus respectivas puertas. De puertas de murallas está llena España, de calles que aún conservan los nombres de sus puertas están repletos nuestros pueblos; pero “soles” tampoco nos faltan. 

Seguramente el primer “sol” que ilumina nuestra mente es la famosa Puerta del Sol de Madrid, antigua entrada de la cerca que rodeaba la ciudad separándola de los arrabales que habían ido apareciendo en las proximidades de la muralla cristiana. Pero hay otra Puerta del Sol en España, en una de las ciudades amuralladas más hermosas: Toledo. Con tantos cercos y murallas podemos construir una historia de sitios, asedios, o simplemente, de viajeros acostumbrados a amoldarse a los caprichos del camino.

Puerta del Sol. Toledo.

Estos mismos viajeros deberán cruzar los puentes que les conduzcan a su destino, puentes con nombres caprichosos e inspiradores. Para los más románticos siempre estará el famoso Puente de los Suspiros de Venecia. Se dice que fue Lord Byron quien lo bautizó con este nombre, reflejando el destino trágico de aquellos presos que lo cruzaban para ser encarcelados en el Palacio Ducal del que, probablemente, no saldrían. Romanticismo en el sentido original del término.

Para las parejas desilusionadas por la poca dulzura de la realidad tenemos más puentes y más suspiros, concretamente dos más en Europa y uno en América (aunque no descartaría alguno más). El Puente de los Suspiros de Cambridge, lugar favorito de la Reina Victoria; el Puente de los Suspiros de Oxford que no cruza ningún río sino una calle uniendo dos edificios; y el Puente de los Suspiros de Lima, mucho más modesto y cotidiano, y que tiene su propia canción.

Puente de los Suspiros. Cambridge.


El Puente de las Siete Lunas situado en el Parque Natural del Carrascal de la Font Roja (Alcoy, Alicante) construido para el paso de un ferrocarril que nunca llegó, puede narrarnos la historia de una Revolución Industrial enclavada entre bosques mediterráneos y sueños de modernidad.

También encontraremos inspiración en edificios oficiales o estaciones de trenes que comparten un Salón de los Pasos Perdidos. En el Congreso de los Diputados podemos perdernos caminando sobre la mullida alfombra, preguntándonos qué actos solemnes tendrán lugar bajo su maravillosa bóveda, y qué historias habrán presenciado sus paredes.

Para terminar por este viaje de nombres inspiradores y ya que, al fin y al  cabo, se trata de palabras, no olvidaremos al Instituto Cervantes (Madrid) y su Caja de las Letras. El edificio, antiguo Banco Español del Río de la Plata, conserva la cámara acorazada, pero en la actualidad guarda algo más valioso que el dinero: la cultura. En su interior se atesora la obra de los más variados artistas, como una memoria colectiva de todo aquello que merece la pena conservar.

Caja de las Letras. 



viernes, 30 de noviembre de 2012

Nombres inspiradores I



Todos guardamos en nuestra memoria esos maravillosos lugares a los que nos transporta la imaginación cuando leemos un libro o vemos una película. Muchos de ellos tienen entre sus numerosas virtudes un nombre evocador, precioso, perfecto. Con su sola mención viajamos en el tiempo a recuerdos de nuestra niñez, a ese tiempo en el que jugábamos, sonreíamos, llorábamos o nos escondíamos de la realidad en un castillo encantado, en un bosque mágico, en una playa desierta o en una librería fantástica.

¿Quién no ha deseado volar con Peter Pan al País de Nunca Jamás, visitar con Alicia el País de las Maravillas, viajar a Narnia, recorrer la Tierra Media, o curiosear en el Cementerio de los Libros Olvidados? En estos y otros lugares que nos trae el recuerdo de la lectura de nuestros libros favoritos, pensamos siempre con simpatía, nostalgia o ternura.

Cualquiera de nosotros podríamos mencionar una decena de fantásticos reinos, países o parajes creados en la mente de un escritor y transformados en un lugar universal para todos aquellos que hemos tenido la suerte de descubrirlos. Pero, si bien, sus nombres suelen ser hermosos y sugerentes, también existen lugares reales con nombres inspiradores que perfectamente podrían ser fruto de la imaginación y protagonizar una hermosa novela.

Castillo del Buen Amor.

Hay varias localidades en España que se llaman Villamor, nombre que da para escribir más de un poema, formar parte de un romancero o un cantar de gesta, en especial Villamor de los Escuderos, un municipio con poco más de medio millar de habitantes en la provincia de Zamora.

Y ya que hablamos de amores no podemos olvidarnos del maravilloso Castillo del Buen Amor (Salamanca) construido sobre unas ruinas del siglo XI y que fue propiedad de los Reyes Católicos. Declarado Monumento Nacional en 1931, puede servirnos de inspiración para una novela histórica que comenzaremos a escribir en el mismo castillo, por supuesto, en una de las habitaciones del actual hotel.

¿Quién no conoce el hermoso Monasterio de Piedra en Zaragoza? Sí, sí, los monasterios suelen serlo, pero ninguno tiene el honor de ser la primera cocina de España donde se preparó un chocolate. El cacao se lo entregaron los aztecas a Hernán Cortés y uno de los monjes que viajaba con el conquistador envió el cacao y la receta al Monasterio de Piedra donde probaron tan exquisito manjar. Como para escribir toda una novela de aventuras y, si me apuras, hasta una trilogía.

Monasterio de Piedra.

Otro lugar precioso con nombre imaginativo es la Playa de las Catedrales (Ribadeo, Lugo). En la pleamar, la playa esconde su tesoro, pero si paseamos por la orilla durante la bajamar descubrimos como la erosión ha construido en los acantilados de pizarra una suerte de arcos y arbotantes, como de ruinas góticas, y el viento arranca murmullos que a algunos les recuerda las notas de un órgano. Lugar perfecto para cualquiera de aquellos románticos creadores de una edad media fantástica, poblada de edificios en ruinas, lugares misteriosos y amores imposibles.

Playa de las Catedrales.

De misterios que no son de este mundo nos puede hablar la Torre del Diablo (Wyoming), lugar popularizado por la película “Encuentros en la 3ª fase”. Este impresionante cuello volcánico fue el primer lugar declarado Monumento Nacional de los Estados Unidos. Los numerosos visitantes se dedican a la escalada, la fotografía o la observación astronómica. Cuenta una leyenda india que su aspecto se debe a los zarpazos de un oso gigante. Terreno abonado para un relato sobre mitos antiguos, un cuento de terror o de… ciencia-ficción.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Reflexiones II: hay poesía.




Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!


Gustavo Adolfo Bécquer. Rimas.


La poesía está en todas partes. Existió, existe y existirá para siempre. A uno le puede gustar más Garcilaso que Lope, preferir a Bécquer frente a Espronceda, juzgar más interesante la historia narrada por los antiguos juglares que el amor ferviente de Petrarca, pero siempre en su corazón habrá un rincón para la poesía. Incluso las personas que no son aficionadas a la lectura, aquellas que confiesan que se aburren con ella, o que no la comprenden, también están rodeadas de poesía. Quizá no se den cuenta, pero hay poesía en un pareado gracioso que alguien suelta sin pensar, en un piropo amable, en unas frases escritas en las redes sociales, en un lema que nos encontramos disfrazado de graffiti en una pared, o en un poema convertido en canción. El arte, el sentimiento, no están pasados de moda, no son algo exclusivo de amantes arrebatados o sesudos señores visitados por las musas. El arte nos rodea hasta en los momentos más insospechados, convivimos con él, nos refugiamos en él.


Queda en nosotros ese algo de asombro, esa mirada inocente, de aquellas personas que hace cientos de años, se quedaban pegadas al primer trovador que pasaba, a aquel juglar que cantaba amores, o relataba batallas, o a ese ciego que iba de pueblo en pueblo contando historias. Queda la emoción de un poema de amor desgarrado, de un soneto reflexivo, o de un cuarteto triste. Queda la sonrisa en los labios con una chanza pareada, un cotilleo rimado de este o aquel individuo, una punzante broma. Queda una lágrima suspendida en los ojos al oír una bella melodía acompañada de una letra conmovedora, aunque sean malos tiempos para la lírica y Shakira diga: “(…)  Y que se muera hoy hasta el último poeta, pero que me quedes tú, y me quede tu abrazo y el beso que inventas cada día (...)" ¿acaso no es eso una muestra más del amor y la emoción de la que habla la poesía?

A lo largo del tiempo mucha gente ha vivido, malvivido, sobrevivido o muerto por la poesía. A veces es lo único que tenemos, lo único que podemos dar. Desde aquellos que iban de pueblo en pueblo viviendo de las limosnas, hasta el día de hoy no ha cambiado tanto el mundo… o no hemos cambiado nosotros. 

Existían en muchas ciudades los piropeadores profesionales, y no me refiero a esos hombres que lo tienen como parte de su oficio y que sueltan requiebros a todas las mujeres que pasan, sino aquellos que perseguían a la dama lanzándole amorosas palabras hasta que la joven, ya cansada y un tanto avergonzada, tenía que soltarles una moneda. Ellos la recibían con agradecimiento y se dedicaban a seguir a otra señora hasta que al cabo del día reunían un jornal. Sí,  molesto, acosador, pero esa fue la supervivencia de algunos poetas y de muchos farsantes con labia.

Ahora, con más vergüenza y arte, podemos encontrarnos en cualquier rincón de una ciudad a un muchacho sentado en el suelo, con folios sobre una carpeta que sostiene en el regazo, escribiendo poemas improvisados, ante la mirada atenta de una invisible musa, del hambre y del ingenio. A sus pies puede leerse un cartel que reza:

“Te regalo mi poesía por la voluntad”

Gracias a ese muchacho salmantino, a su imaginación y al desconcierto y tristeza que me dejó en la mirada, no me sorprendí cuando un joven llamó a mi puerta una tarde y al abrirle me dijo:

“Vendo poesía por la voluntad”

Unas cuartillas fotocopiadas y dobladas a modo de cuadernillo y un semblante serio eran todo su patrimonio y me lo tendía con sinceridad. Yo le di dos euros y me sonrió antes de probar suerte en otro edificio.

Cada cual da lo que tiene y hay personas que tienen poesía.






viernes, 19 de octubre de 2012

Viejas Postales II

Lee Viejas Postales I.

Había muchas cosas curiosas en esa exposición. No solo lo que podía verse en las fotografías, ni leerse en los carteles, sino las reacciones de la gente que las contemplaba. De las imágenes más alejadas en el tiempo todo eran comentarios de admiración ante la belleza o de desilusión frente a las carencias y la ruina. Pero conforme las fotografías iban avanzando en el siglo XX, los comentarios eran más sentidos, más nostálgicos, más interesantes.

-¿Te acuerdas cuando lo llamábamos el puente nuevo?- preguntaba un anciano a otro mientras observaban la prueba de carga del segundo puente que se tendió sobre el río.


-Yo no conocí los tranvías tirados por animales, pero sí que recuerdo que ahí estaba la parada del barrio- le explicaba otro a su mujer mirando una de las estampas –… donde ahora está la parada del 14.


-¡Mira! Está como cuando jugábamos de pequeñas- le decía una amiga a la otra observando un terreno baldío junto a una fuente.

Valladolid. Plaza de Zorrilla.

-¡Qué lástima! ¡Con lo bonito que era aquello!- suspiraba una señora enjoyada mientras contemplaba un club de baño donde se reunía la burguesía de la época y que en la actualidad se limitaba a unos muros medio derruidos al borde del mar.


-¿Dónde está el castillo? No lo veo- le preguntaba una mujer a su marido -¡Ah! Estaban estas chabolas adosadas y por eso las tiraron… ¡Ahora  lo recuerdo!


-¡Qué antiguo es el mercado!- exclamaba una señora observando la fecha de construcción sin percatarse de que ella apuntaba en su rostro idéntica antigüedad.


-Sí- le explicaba un abuelo a su nieto observando una de las carreteras de la red básica -… en aquella época había muy pocos coches y la calle era prácticamente peatonal. Nosotros jugamos a la pelota allí.


-Solo queda la chimenea, pero era una fábrica muy grande, con cientos de empleados… Eso me contaba mi padre- le explicaba un anciano a otro.


-¡No olvido las casuchas en la ladera! ¡Eso era crisis!- murmuraba un hombre con expresión de tristeza.


-¡La plaza  de la olla! Está justo como la recuerdo- sonreía una mujer ante otra fotografía – La llamábamos así porque era el sitio donde fundían el metal.


-¡Menudo camino! ¡Tenía tantos baches que yo siempre acababa mareada!- reía otra mujer mientras ignoraba la fotografía actual de una autovía de cuatro carriles.


Paseo de Gracia. Barcelona.

-Ese parque no estaba pelado, ahí están las palmeras, lo que ocurre es que en la fotografía estaban recién plantas y en este tiempo han crecido una barbaridad- respondía un hombre de mediana edad al comentario despectivo de un jovencito.

Alameda Principal. Málaga.

-Recuerdo cuando no podía pasarse por allí porque era un descampado peligroso y al construir el centro comercial le dieron vida- murmuré observando uno de mis lugares favoritos… Sí, porque yo también recuerdo alguna de las fotografías antiguas que vi. Una, que ya va teniendo una edad…




domingo, 7 de octubre de 2012

Viejas Postales I



Hace poco fui a una exposición de fotografías antiguas de mi ciudad. Me encantan estas exposiciones porque presentan un pasado reciente, una vista atrás, un día a día que fue y que ya no está, pero de alguna manera permanece ahí.

Cada día pisamos las calles de una ciudad nueva que se levanta sobre la antigua, que conserva su impronta, su esencia. Podemos imaginarnos el carro tirado por animales cruzando la calzada enlodada, al repartidor de periódicos que vocea la última hora, a un señor con sombrero esperando el tranvía, o a dos muchachas con sus faldas largas paseando por el parque mientras dos jóvenes las piropean amablemente. Sus calles, sus plazas, sus edificios son los nuestros, contemplan silenciosamente la misma escena más de un siglo después. Por la mañana temprano aparece el repartidor con su furgoneta, un señor espera el autobús mientras ojea un ejemplar de un periódico gratuito que le han entregado, dos muchachas pasean por el parque mientras dos jóvenes apartan la vista de sus teléfonos móviles para centrar su atención en ellas. ¿Qué diferencia hay?

La Plaza Mayor, Madrid. Año 1930.

Esta exposición era especialmente interesante porque te ponía en bandeja la comparación. No se limitaba a mostrar las fotografías. Habían reproducido una vieja colección particular de postales, habían investigado en archivos privados y habían acudido al lugar, exactamente al mismo lugar de las imágenes, para fotografiarlo en la actualidad. Presentaban las dos fotos expuestas en grandes paneles con la descripción como único marco.

Era realmente curioso e ilustrativo. Aquella ciudad de hace cien años tan idéntica en los lugares donde se había asentado la nobleza y la burguesía, y tan diferente en los barrios marginales, en el extrarradio. Ahora esos barrios forman parte del centro de la ciudad y sus chabolas se han convertido en altos bloques de pisos. La floreciente industria de finales del siglo XIX, las fábricas, las casuchas de los obreros se han transformado en centros comerciales, en urbanizaciones, en aparcamientos, con una solitaria y muda chimenea recuerdo de lo que se perdió y de lo que se ganó. Los solares vacíos, sin vegetación, han dado paso a autovías interminables, estaciones de servicio y polígonos industriales. La playa con restos del oleaje y cuatro pescadores tirando de las redes se ha convertido en tierra firme; ha sido desplazada medio centenar de metros hacia el mar y cubierta de hamacas y sombrillas. El puerto, sucio y descuidado, con los primeros barcos de vapor atracados en sus muelles se ha transformado en un paseo que saluda a los grandes transatlánticos.



La Aduana, Málaga. Finales del siglo XIX.


Todos estos cambios, unos para bien y otros para mal, se han llevado a cabo durante poco más de 100 años, pero los grandes hitos de la ciudad han permanecido inalterables, porque ellos son, junto a su gente, el corazón de la urbe. La catedral ya no puede verse desde cualquier punto, ni escucharse sus campanas, pero ahí sigue soportando el peso de los siglos; los palacios que construyeron los nobles para su gloria y comodidad, ahora son sedes de organismos oficiales; los paseos con árboles recién plantados y tranvías tirados por caballos, ahora están recorridos por coches y autobuses, y sus álamos o palmeras son más altos que los edificios aledaños. Pero todo está ahí, donde lo conocieron aquellos señores que no salían a la calle sin sombrero y aquellas damas con sombrilla, donde los trabajadores se encaminaban tras terminar su dura jornada para charlar antes de regresar a sus modestas casas. Todo está ahí y ahí debe seguir, porque es nuestra obligación legarlo al futuro del mismo modo que el pasado nos lo regaló al presente.