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jueves, 30 de agosto de 2018

Diario de viaje: Florencia y Pisa III. David, la Galería de los Uffizi y la Capilla Medicea.


Lee también: Diario de viaje Florencia y Pisa: Parte I (Una marquesa imaginaria con miedo a volar) y parte II (el Duomo sin Síndrome de Florencia).

La Plaza de la Señoría.

La plaza de la Señoría es una de las más bonitas del mundo, allí encontramos las esculturas más famosas y allí estuvo  destinado el verdadero David de Miguel Ángel, aunque hoy en día lo representa una copia muy conseguida. Delante del Palacio Vecchio, exhibe su grandeza con la mirada perdida, mientras todos los turistas se fotografiaban con él. Bajo las columnatas se muestran fuertes y ajenos otros personajes famosos, incluido Perseo con la cabeza de Medusa en su mano. Imposible permanecer insensible a tanto arte, imposible no pasar por allí cada día cámara en mano y fotografiarte las veces que hagan falta.
Réplica de David de Miguel Ángel
en el lugar que ocupaba el original.


Ganado y… ¡¡¡¡no water!!!!

Perseo con la cabeza de Medusa.
Nuestra siguiente parada fue el palacio de los Uffizi y su magnífica colección. En el año de nuestro viaje, 2011, la fachada exterior estaba siendo restaurada, por lo que no pudimos pasear por esa maravillosa calle, como de corredor jalonada de balcones en forma de “U”. Recuerdo que hacía mucho calor, pero éramos unos privilegiados porque teníamos un pase preferente adquirido en la oficina de turismo esa misma mañana, por el módico precio de 100 euros. El empleado de la oficina, un hombre de color, alto y fuerte, como los policías de las películas norteamericanas, nos explicó todo increíblemente rápido en un inglés ininteligible y no se esforzó lo más mínimo por saber si nos habíamos enterado de algo. Nuestras caras debían ser un poema, aunque Antonio sí debió entender algo, eso o es capaz de poner una buena cara de póker… aunque si lo comprendió, no nos dijo nada. El empleado había soltado su discurso con desgana, el mismo que explicaba a todo el mundo independientemente de su nacionalidad y luego nos mostró el mapa y los pases. Yo le tendí el billete de 100 euros, mientras él lo tomaba por un extremo… pero yo no lo soltaba… ¡ay, ay, 100 euros! Me miró un momento, hasta que fui capaz de aflojar la presión de mis dedos y deje volar una pequeña fortuna a cambio de un par de trozos de cartulina…

Nuestros pases nos colocaron en una pequeña cola, mientras el grueso de los turistas esperaba más de una hora pacientemente para entrar en el museo. Aún así, los guardias de la puerta nos pusieron en fila india y nos iban dando instrucciones con tono desagradable, ni siquiera suavizado por el acento italiano, nos daban empujoncitos o nos detenían bruscamente a su antojo, según iban juzgando (a ojo de buen cubero) cuantas personas podían entrar en cada tanda. Bueno, eso de “personas” nos los decíamos los turistas entre nosotros para darnos ánimos y no dejarnos amedrentar por el trato de ganado que estábamos sufriendo. Aguantamos estoicamente para ver las maravillas de los Uffizi.

Una vez que franqueamos el arco (detecta metales) de la puerta, unos empleados, muy antipáticos, nos iban gritando continuamente dos palabras que resultaron de lo más familiares a lo largo de la estancia y que siempre salían al aire acompañadas de un grito y un gesto autoritario. Aquellas dos famosas palabras que no dejan de oírse en los museos florentinos son: ¡¡¡¡¡¡¡No water!!!!!!! . Y así nos iban obligando a tirar nuestras botellas de agua a un contenedor, colocado a tal efecto, en la entrada de la primera sala.

Dorados, dorados… y más dorados.

La colección de los Uffizi es impresionante. Tiene infinidad de cuadros y esculturas y el mismo edificio es una preciosidad. Allí pueden contemplarse muchos de los cuadros más famosos, los que se estudian en las universidades del mundo, los que más se reproducen en los libros, los más prestigiosos, los autores más geniales de la pintura italiana. Por esta razón, no lograba explicarme el  motivo por el que habían puesto cuadros de “relleno” y digo de relleno porque palidecían frente a los de los grandes pintores, porque no eran ni una sombra de aquel  Fray Angélico que te iluminaba desde la pared de al lado, porque junto a las obras maestras, se mostraban más grotescos en sus errores, en sus detalles, y no había que ser ningún experto para apreciar que no era suficiente que tuviera un dorado y un cartel que dijera “A la manera de Giotto” para que pudiera acompañarlo en la misma pared. Evidentemente, no todos los pintores son unos genios y no todos los cuadros tienen la misma calidad artística, pero esas obras que ofendían a los maestros a los que le robaban el nombre, hubiesen resultado menos grotescas en cualquier museo provincial. Pensé que si tenían las grandes obras de cientos de autores no necesitaban “rellenar” el espacio con nada más, sobre todo por lo sobrecargado de sus paredes y de sus salas. Las esculturas romanas pasaban desapercibidas ante tantos cuadros mundialmente conocidos y las vistas desde sus ventanales palidecían en comparación con El nacimiento de Venus.

Al principio, fue intensamente emocionante y embriagador ver todos los cuadros del renacimiento temprano, donde las madonas con sus aureolas de un oro deslumbrante te sonreían tranquilamente desde su tela. Madonas solas, madonas con niño, madonas aquí, madonas allá, cientos de madonas, cientos de santos de aureola brillantemente dorada te miraban desde los cuadros, en un recorrido interminable de obras maestras, obras menos maestras y obras “a la manera de”… Al cerrar los ojos, veía dorados por todas partes…

El síndrome de Florencia.

Existe en psiquiatría un síndrome que recibe el nombre de esta ciudad, en el cual el espectador, subyugado por tanto arte, emocionado ante tanta belleza, llega incluso a perder el sentido. Nosotros descubrimos la verdad sobre el síndrome de Florencia y no podía ser en otro sitio. No llegamos a perder el sentido, pero poco nos faltó en el palacio de los Uffizi. Contemplar El nacimiento de Venus o La Anunciación puede ser tan sublime que tus sentidos, extasiados, pueden fallarte, las rodillas aflojarse y la mirada nublarse… pero ocurre también que si estos cuadros de valor incalculable y belleza extrema se exponen a altas temperaturas, entre las transpiraciones de los visitantes, con un aire acondicionado arcaico y unos turistas desprovistos de agua al grito de guerra “no water”, lo mismo puede desmayarse un espectador, como puede derretirse un cuadro. No se trata tanto de la sublimación del arte, sino de las condiciones en las que se exponían las obras, al menos en el año 2011, cuando nosotros visitamos la galería. Desconozco si en la actualidad han solucionado este lamentable problema. Después de estar al borde del desmayo, llegamos a la azotea del edificio donde el bar daba refrescos a precios desorbitados y todo el mundo comentaba el calor sofocante del museo, mientras admiraba las maravillosas vistas a la torre del Palacio Vecchio cuyo reloj señalaba las horas desde su posición privilegiada.

Vistas del Palacio Vecchio desde la terraza de los Uffizi.

En la colección había algunas piezas ausentes, que se explicaban con una pequeña fotocopia en blanco y negro de mala calidad con una fotografía indescifrable y un letrero que decía que estaba en restauración (cosa nada extraordinaria teniendo en cuenta las condiciones que soportaba) o en préstamo (seguramente muy agradecida de haber salido del clima caluroso del palacio).

Antonio miraba extasiado El Nacimiento de Venus.  La famosa obra exhibía todos sus colores y el trazado primoroso de Botticelli haciéndote comprender por qué los genios siguen siendo admirados y no pierden su magia con el paso de los siglos. Junto a ella había una versión en yeso para que los invidentes pudieran acariciar los pliegues de la fina tela de Venus y su pelo ondulante al viento… 

De Sandro Botticelli - Adjusted levels from File:Sandro Botticelli - La nascita di Venere - Google Art Project.jpg, originally from Google Art Project. Compression Photoshop level 9., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=22507491
El Nacimiento de Venus. Botticelli.


Reliquias

Al salir del palacio de los Uffizi fuimos corriendo a comprar agua. El anciano de la tienda cercana hacía su agosto cada día, mientras todos los turistas se agolpaban ante su puerta disputándose las botellas de agua a un euro que el buen hombre podía haber puesto a verdadero precio de oro, porque eran tan necesarias como en el desierto.

-¡Hay agua para todos!- decía sin dejar de sorprenderse ante la desesperación de los turistas.

Después de esconder la botellita muy bien escondida y que no volvieran a gritarme “no watter” en ningún otro lugar, acudimos a la Capilla Medicea. Allí nadie nos gritó, nadie nos empujó y nadie nos mató de sed y calor. Reinaba un silencio respetuoso entre las paredes de mármol y las vitrinas con reliquias y más reliquias, trozos de hueso de cualquier parte del cuerpo de tantos santos y santas que parecía que no habría santoral suficiente para todos. En el piso de arriba se encontraban los imponentes sarcófagos y las estatuas de los Medicis, esculpidas con la maestría de Miguel Ángel.

La Anunciata.

Queríamos ver varias iglesias que se encontraban en los alrededores, pero, aunque dimos vueltas, seguimos el mapa y nuestros pies se esforzaron en seguir caminando, no conseguimos dar con ellas.

Donde no nos fue difícil llegar fue a la Plaza de la Anunciata, un lugar que originariamente fue bello, con un gran mercado en el centro con toda clase de objetos para los turistas. Pero los soportales me horrorizaron. Estaba todo increíblemente sucio, con excrementos de palomas que formaban estalactitas gigantes a tu alrededor. Orgullosas de su obra, las palomas, volaban casi a tu lado, sin temor, haciéndote saber que aquellos portales eran suyos y que te habías adentrado en el territorio vetado a la limpieza.

Después comimos en una de esas terrazas que tienen las pizzerías florentinas, sobre una tarima de madera junto a la carretera. Pedí un plato de canelones y, efectivamente, podemos hablar en plural porque se trataba de dos canelones cobrados a precio de oro, pero al menos el baño estaba limpio y no era demasiado antiguo.
Mercado en la plaza de la Anunciata.


Lee Diario de viaje: Florencia y Pisa IV. El David original, una torre robada y el atardecer en el puente Vecchio

martes, 21 de agosto de 2018

Diario de viaje: Florencia y Pisa II. El duomo sin Síndrome de Florencia.



Celos. Primer contacto con los italianos.

Ya me habían advertido que la salida del aeropuerto de Pisa no tenía pérdida. Me lo habían descrito como un mini aeropuerto, concretamente como el “aeropuerto de los Pin y Pon”, tan gráfico, tan nostálgico, tan gracioso y tan real.

Teníamos que buscar la estación de tren y sacar el billete para Florencia que estaba a una hora de camino. Nos compramos algo de cenar en una especie de pizzería del aeropuerto, lujoso y desierto, a un precio alto y buscamos nuestro camino. Los carteles de compañías Low Cost cubrían buena parte de los espacios comunes y más parecía que el edificio lo hubiesen construido ellos para su uso personal.

La pequeña estación de tren, a juego con el aeropuerto, también estaba desierta, solo una pareja de mediana edad esperaba el tren rumbo a Florencia.
Miramos los billetes y nos preguntamos si solo había que llevarlos así o había que validarlos antes de entrar en el tren. El italiano nos miró repetidamente y al final se acercó a nosotras para explicarnos que debíamos pasar el billete por una máquina que los validaba antes de entrar.

-Nosotros también veníamos en el mismo avión que vosotras- nos dijo con fuerte acento italiano y mezclando palabras – Hemos estado tres semanas en Andalucía y nos ha gustado mucho.

Su mujer lo miró furiosa y le hizo señas para que volviera con ella.

-En Córdoba, Granada, Sevilla… Muy bonito- continúo hablando - ¿Qué ciudades vais a visitar?

-Florencia y Pisa.

-¿Nada más?- preguntó asombrado mientras su mujer se ponía a nuestra altura y lo agarraba del brazo tratando de arrastrarlo hasta otro lugar.

-Gracias por su ayuda- le  dije antes de que su mujer se lo llevará  con cara de enfado. Después la vi regañarle en un italiano alterado e ininteligible a mi oído.

Vista del atardecer desde el avión.



De Pisa a Inglaterra.

Al ocupar nuestros asientos en el tren dirección a Florencia perdimos de vista al italiano amable y su mujer celosa. No nos dio tiempo a echarlos de menos pues enseguida la gente que viajaba a nuestro alrededor captó nuestra atención. Delante de nosotras viajaba una pareja muy jovencita que descansaba, con ropa de playa, uno sobre el hombro de otro y, de vez en cuando, cruzaban alguna amable palabra en inglés. Cerca de ellos teníamos a dos adolescentes, quemadas por el sol, que charlaban en inglés, mientras se afanaban por sujetar sus mochilas. A la derecha viajaban cuatro jóvenes amigas, a las que les asomaban los biquinis por debajo de la ropa y que también se comunicaban en inglés. Hablaban muy fuerte,  tres decían algunas frases, algunas interjecciones, pero era la cuarta (la menos femenina de todas) la que contaba multitud de anécdotas divertidísimas, a juzgar por la risa de las otras, de las que solo entendí algo de una taza de té.

Donde quiera que miraba solo veía ingleses quemados por el sol, estudiantes ingleses, turistas ingleses… y ningún italiano.  Aquí y allá se oían retazos de conversaciones en inglés.

-Creo que nos hemos equivocado de tren- le dije a Eva-, este va a Inglaterra.
A los italianos los logramos ver en una de las estaciones próximas a Florencia, donde se subieron en tropel un montón de jovencitos hinchas de un equipo de fútbol con sus camisetas, sus banderines, sus bufandas y su alegría. No sé si estaban contentos porque había ganado su equipo y se iban a Florencia de marcha para celebrarlo o si iban a ver el partido, pero a juzgar por la hora debía ser lo primero.

Llegada a Florencia.

Salí del tren desorientada y nerviosa. Estaba en Italia. Mi mente, acostumbrada a leer novelas decimonónicas donde se pasaban días de viaje hasta llegar a su destino, no terminaba de asimilar que estaba en otro país. Y ¿en qué país? ¿En Italia, en Gran Bretaña?

Antonio nos esperaba en la estación. Había llegado antes que nosotras y había tenido tiempo de visitar la vecina Siena (que, a juzgar por su entusiasmo, debía ser preciosa) y había paseado por Florencia.

Baptisterio de Florencia.
Nos recibió comentándonos que nos había comprado unos bocadillos porque a la hora que llegábamos (las doce de la noche) no había nada abierto. Nos guió por las calles, evitando pasar por el duomo, ya que prefería que lo viéramos a la luz del día y nos asombráramos ante tal maravilla, él lo había vivido con total entusiasmo y se había quedado prendado de aquel fantástico edificio. Yo me imaginé la famosa cúpula del duomo asomando entre las torres de la ciudad renacentista. Había saltado del renacimiento español al renacimiento italiano. Un lujo que no todo el mundo tiene oportunidad de apreciar.

Mi primer contacto con Florencia no fue del todo bueno. Caminamos hasta el hotel, que se encontraba muy cerca de la estación, en un ambiente solitario, triste, con un alumbrado pobre, un empedrado oscuro y unas calles sucias.

El hotel.

El hotel era de tres estrellas y estaba bien. No se correspondía con las tres estrellas de España, pero estaba limpio. Además, éramos unas afortunadas porque nos habían dado una habitación por encima del nivel del resto.
El recepcionista era un tipo tozudo e incapaz de explicarte nada, que nos dio desconfianza.

En realidad, el hotel debía estar completo y nos asignaron una habitación para minusválidos, la única del bajo y mucho más grande que el resto. Los muebles no llegaban a rozar la categoría de Ikea, y eran algo anticuados, pero no nos importó. Todo estaba limpio y en orden, teníamos cuarto de baño con ducha, que ya era bastante teniendo en cuenta lo que se acostumbra a tener en los hoteles normales. Nos habían contado verdaderas barbaridades y sobre todo nos habían aconsejado que jamás aceptáramos una habitación con ducha veneciana. Al parecer, la ducha veneciana era un cuadrado en el suelo rodeado por una cortina, que a veces tenía el váter dentro… La primera impresión fue buena, sin embargo, nos sorprendió que no hubiera toallas. En su lugar teníamos una especie de paños de cocina en el toallero.

En el cuarto de baño descubrimos algo que volvimos a ver en otros lugares, como en los aseos públicos, y que nos pareció asqueroso. Es una modalidad de váter que nosotras nombramos como “váter-bidé” ya que era una combinación de ambos, de manera que podías lavarte sin levantarte de la taza…

Nos comimos los bocadillos sin poder evitar que unas migas de pan cayeran en el suelo.

A la mañana siguiente, no me sorprendió encontrarme en aquella habitación extraña. No era mi habitación, ni la de época de Baeza, pero no me sorprendió. Estaba muy cansada, había pasado muchos nervios, tenía mucho sueño… No quería levantarme…

Fuimos al comedor para desayunar. Allí, una camarera muy simpática, nos preguntó qué queríamos tomar. Hablaba solo italiano, pero, poniendo cada una de su parte, logramos entendernos sin dificultades. La mesa estaba preparada con tostadas y bollería. Ella nos trajo el café del desayuno. Fue la persona más educada y atenta de cuantas nos encontramos. Se aprendió nuestras preferencias casi de inmediato y todas las mañanas, antes de que le dijéramos nada, nos preguntaba si tomaríamos lo de siempre.

Cruzar “a la italiana”.

Si algo aprendimos rápido en Florencia es que los coches más antiguos convivían con los Mercedes, en las calles sucias y empedradas los motocarros de los años sesenta seguían circulando en una extraña mezcla con las cada vez más numerosas bicicletas. Pero todo el mundo ignoraba los pasos de peatones, los cruces y hasta los semáforos. Así que tuvimos que lanzarnos a lo que se conoce como “cruzar a la italiana”, es decir, observar a ambos lados y si los coches y los ciclistas aún están a considerable distancia, lanzarnos rápidamente hacia la otra acera.

El Duomo.

Antonio estaba contento, quería conducirnos a la plaza del Duomo con toda la ilusión, pensando que la presencia de la imponente cúpula, tan representativa de la ciudad, nos emocionaría tanto como a él.

Santa María de Fiore, el duomo de Florencia con su famosa cúpula.

Cuando llegamos, una horda de turistas sacaban fotos sin parar y en las calles aledañas los improvisados mercadillos de souvenirs lo llenaban todo. Eva y yo miramos la cúpula y después nos miramos la una a la otra. Sí, tal y como podíamos ver en las fotos, allí estaba, donde debía estar, y era hermosa, pero desilusionantemente más baja y gruesa de lo que debía ser, o mejor dicho, de lo que nosotras nos habíamos imaginado que era. ¡Oh! ¡La maravillosa cúpula del Duomo de Florencia! Una de las obras más importantes del mundo, me desilusionó y aquello me hizo sentir culpa y tristeza.

Supongo que Antonio no se explicaba aquella falta de emoción con que afrontamos nuestras primeras fotos en el exterior del duomo.  

Horas después, nos sentaríamos en su acogedora escalinata, de espaldas a la puerta, charlaríamos bajo el cielo nocturno de Florencia, ante la atenta mirada de la cúpula y del campanile, y repetiríamos ese rito todas las noches.

La plaza del duomo.

Santa María de Fiore, nombre precioso y evocador, se levantaba impasible con su mármol blanco y oscuro ante nuestros ojos. Su fachada tenía los arcos iluminados por el dorado de las aureolas de los personajes que representaban escenas bíblicas. Fue lo que me más me sorprendió ¿cómo resistía ese dorado, bajo el pobre abrigo de un arco, las inclemencias del tiempo? En aquel septiembre hacía sol y mucho calor, pero cuando llegaran las lluvias otoñales… ¿lo protegerían de algún modo o acaso acababan de ser restaurados?

Campanile.
El campanile se elevaba orgulloso, separado de la catedral, tal y como están todos los campanarios de Italia. Cerca, pero sin llegar a tocarse, duomo y campanile convivían en armoniosa dependencia.

Enfrente, un gran baptisterio llenaba la plaza, dejando a penas espacio a los turistas que se agolpaban para llegar a las famosas Puertas del Paraíso y se estorbaban para hacerse fotos delante de ellas. Me acerqué a las rejas e intenté hacer fotos, pero cada vez que Eva o yo posábamos, algún japonés se cruzaba entre el objetivo y el motivo fotografiado. La segunda vez que pasamos por allí tuvimos más suerte, pues, como si de un acuerdo mudo se tratara, todos esperábamos ordenadamente para hacernos la foto sin estorbar a los otros turistas.

La plaza del duomo con el baptisterio en primer plano.

Antonio miraba entusiasmado las escenas bíblicas de la puerta y sonreía ante el oro de sus puertas. Sentí desilusionarlo al decirle que no eran las originales pues, según yo había estudiado, las originales se encontraban en el museo del duomo. No lo desilusioné, al contrario, se reafirmó en la idea de que la equivocada era yo, puesto que el brillo deslumbrantemente dorado de las Puertas del Paraíso no podía ser más que de verdadero oro y porque, además, así lo afirmaba la pequeña guía turística que había traído en la maleta.

Las Puertas del Paraiso.
Días después, cuando nos adentramos hasta la misma puerta del museo del Duomo, por unas escaleras gastadas que descansaban sobre otras antiquísimas que podían verse bajo la pobre iluminación de los focos amarillentos, pude ver el cartel (un folio con letras de ordenador) indicando que las Puertas del Paraíso reales se encontraban en restauración. Así que el museo tenía pocos visitantes, ya que la faltaba el objeto principal de la colección. Nosotros tampoco entramos.





Lee diario de viaje: Florencia y Pisa III. David, la galería de los Uffizi y la capilla Medicea.

miércoles, 25 de julio de 2018

Diario de viaje: Florencia y Pisa I. Una marquesa imaginaria con miedo a volar.



Como una marquesa.

La historia que os cuento comienza en Baeza, Patrimonio de la Humanidad, tierra hermosa donde las haya, con sus magníficos palacios y sus plazas que te transportan a otra época. Quien no haya estado en Baeza no entenderá cómo el tiempo puede detenerse y la historia plantarse, no comprenderá como las cosas bellas pueden llegar a hacerse costumbre y lo sorprendente es dejar de verlas.

Vista de la preciosa localidad de Baeza, Jaén (España).

Nos hospedamos en el palacio de los Salcedo. Apellido noble, pero más noble el edificio, con un patio interior de arcos de medio punto de un sobrio renacimiento español. Las habitaciones ambientadas en época tardía, con un armario de puertas con telilla metálica (que, en mi ignorancia, me recordaban las de un gallinero), una gran cama y un baño con decoración exquisita. Las noches pasaron apacibles, las mañanas, al abrir la puerta de la habitación y encontrarme con la columnata, se tornaban alegres y radiantes. Los días me habían transportado en la máquina del tiempo. Incluso tuve la oportunidad de ver la serie “Águila Roja” en mi habitación “ambientada” y me sentí como la señora marquesa en mi palacio precioso y tranquilo.

El patio interior del Palacio de los Salcedo en Baeza.

Pero Baeza dejó tan profunda huella en mí, concretamente en mi brazo, que no pude dejar de llevarla conmigo. Fue el día que subí a la torre de la catedral. Unas empinadas escaleras de caracol, sin barandilla ni nada que se le parezca, cada vez más rústicas y estrechas, cada vez más sofocantes y oscuras marcaban la ascensión. Arrepintiéndome de la subida estaba, cuando alcancé a ver la luz de la cúspide y mi ánimo recobró fuerzas. Subí, subí y, cegada por el sol, no vi una inesperada barandilla exterior con un hierro suelto que me sacudió el brazo. Sentí que el hueso me vibraba, como una campana tañida, y la carne me quemaba. De recuerdo de Baeza me llevé un inmenso moratón.

Torre de la catedral de Baeza.


Exigencias y más exigencias.

No me dio tiempo a descansar. Solo pasé una noche en mi cama y al día siguiente tuve que preparar la maleta para el siguiente viaje. Esa misma tarde volábamos hacia Pisa. Apenas había aterrizado en el siglo XXI cuando me tuve que meter en el aeropuerto. Llevaba solo una maleta, una maleta muy bien pensada (días enteros pensando en ella y en el dichoso neceser transparente con tarritos pequeños donde debían ir los productos de higiene personal), todo tenía que caber en esas medidas exactas que te exigen las compañías aéreas low cost. Te pueden cobrar por todo. Me habían contado que si llevas tu bolso y tu maleta lo consideran dos bultos y te cobran 50 euros por la maleta, que no puedes llevar botella de agua al pasar el control, que cualquier cosa te pita y tienes que quitarte el cinturón y los  zapatos. Todo un quebradero de cabeza para no llevar nada metálico que haga saltar una alarma, el neceser a mano para enseñárselo al de seguridad, la maleta medida porque si excede de las dimensiones indicadas te la cobran a 50 euros, los billetes de avión impresos a la mejor calidad y en color porque si no les parece bien te lo sacan ellos por otro “módico” precio. Además habíamos sacado una segunda copia, por si las moscas. Todo eran  exigencias. En lugar de que los pasajeros exigieran sus derechos, era la compañía de low cost la que exigía al pasajero. Estábamos preparadas, con dinero extra, seguras de que nos pondrían alguna pega, alguna trampa, para poder cobrarnos más.

Yo iba asustada. No era la primera vez que montaba en avión. Pero cuando lo hice, era una quinceañera inconsciente y ahora era una adulta… demasiado miedosa.

Pasamos todos los controles y me asaltó el remordimiento. No sonó ninguna alarma, no midieron ni pesaron la maleta, no pusieron pegas a la tarjeta de embarque, no me pidieron que mostrara el neceser. No había trampa ni cartón. Y yo creyendo que eran unos timadores que daban cualquier escusa para cobrarte más de lo acordado. No, nada de eso. La gente llevaba maletas más grandes, habían imprimido sus pasajes en blanco y negro con calidad dudosa y nadie había puesto objeciones.

¿En el asiento del piloto?

Cuando abrieron las puertas para el embarque la gente se apresuró a ponerse en la cola, una cola muy larga y llena de prisas. Los miré sorprendida y pensé que estaban muy impacientes por montarse en el avión… demasiado impacientes. ¿Solo yo tenía miedo?

Una azafata muy sonriente y un “azafato” graciosillo nos recibieron en las puertas del avión dándonos la bienvenida. Yo iba con el billete de embarque en la mano, mirando el número de asiento que llevaba escrito. Me parecía un número demasiado alto para un avión de esas dimensiones, pero como habíamos sacado las plazas con poca antelación pensamos que nuestro sitio sería al final. Cuando entramos ya había varias personas  sentadas en las dos primeras filas (los que habían embarcado como preferente) y la gente se iba sentando por la zona delantera. Nosotras comenzamos a caminar y caminar mirando los asientos. ¿Dónde nos sentamos? Llegamos al final y ni rastro de nuestra numeración.

La gente ya había acaparado la zona delantera, pero seguían entrando pasajeros. Tuvimos que volver a la zona donde estaba el azafato sonriente, yendo contracorriente, para decirle que no encontrábamos nuestro sitio y que nos ayudara. Así, cruzándonos con la gente en los estrechos pasillos y estorbándonos unos a otros, oí retazos de conversaciones y comprendí que no estaban siguiendo ninguna numeración.

-¿Dónde nos sentamos?- preguntó Eva.

-Donde queráis- respondió el graciosillo – Menos en el asiento del piloto.

Quedamos como unas catetas. Me sentí como Martínez Soria en Torremolinos.
No quedaba ya demasiado donde elegir, así que, como novatas que éramos, nos sentamos en la mitad del avión, justo en las alas.


El despegue.

Seguía teniendo miedo y recordando la fuerte sacudida y el ataque de risa nerviosa que le dio a la versión quinceañera de mí misma cuando se elevó el avión que me llevaba a Mallorca… ¡yo también quería un puente, como en la canción! Pero esta vez no hubo nada de eso, ni sacudida, ni risa nerviosa, ni deseos de un puente. Las que sí se reían eran las azafatas haciendo, con poca gana y mucho cachondeo, los típicos gestos de las explicaciones sobre  casos de emergencia. Todo en inglés, por supuesto. Inglés, inglés y más inglés. Luego en español ¡ya era hora!

-Debajo de sus asientos tienen chalecos salvavidas en el caso, bastante improbable, de que caigamos al mar.

¿Eh? ¿Qué ha dicho? ¿Bastante improbable caer en el mar?... ¡Pues como caigamos en tierra no lo contamos! ¡Ay, ay! ¡Qué miedo!

Después lo explicaron en italiano y las azafatas seguían con su cachondeo.

Estábamos en el aire. La verdad es que con tanto lio de idiomas, la novedad de las explicaciones y las risas de las azafatas se me fue pasando el miedo. Ellas estaban tan sonrientes, con tanto cachondeo encima y hacían ese viaje todos los días, varias veces… Entonces, no habría nada que temer.

Miré por la ventanilla. Las alas temblaban… ¡ay! ¡ay!

-No deberíamos habernos sentado aquí. ¿Será normal que las alas vibren tanto? A la vuelta nos sentamos en otro lugar.

Otra vez me asomé a la ventanilla. La ciudad se empequeñecía, el cielo lo inundaba todo, el mapa empezaba a tomar forma. Fue precioso, de una belleza tan cautivadora que tenía la sensación de que valía la pena y no podía apartar los ojos de allí.


De compras en el teletienda.

Volvieron a dirigirse a nosotros por la megafonía del avión. Yo atendí. Esperaba más instrucciones. No las había, solo nos informaban que nos iban a pasar una revista de la compañía y que estaba a nuestra disposición la prensa del día a un “módico” precio. Las revistas no llegaron hasta nosotras y la prensa no la compramos.

Yo no lo sabía, pero este era el preludio de la hora y media de teletienda con el volumen a tope que nos esperaba en el avión. Las azafatas iban apareciendo muy sonrientes con los productos disponibles: comida, revistas, joyas, relojes, perfumes, cremas antiarrugas, lotería, billetes de autobús…

-Si os toca la lotería de abordo todo el personal estará encantado de acompañaros al Caribe o cualquier otro destino que elijáis para vuestras maravillosas vacaciones. Invitadnos- decía la azafata posando como si estuviéramos en la tele.

Después de prestar atención a los primeros productos y, descubriendo que el viaje iba ser un teletienda intensivo, hicimos caso omiso, sacamos la cámara y nos hicimos fotos.

Aunque parezca mentira la gente compraba. Habían salido de España con lo necesario, pero de repente, en el avión, descubrían que no podían vivir sin ese precioso reloj o ese perfume embriagador.

Una de las pasajeras probó el perfume. Era de spray. Un olor maravilloso. Después se lo quiso dar a probar a su acompañante, pero aunque apretaba el botón no salía más perfume.

-Esto está roto- le dijo a la azafata.

-No, no- se rió – Es por la presión de la cabina. Solo sale una vez porque ya estaba en el tubo, pero la presión impide que vuelva a salir. Cuando estemos en tierra funcionará perfectamente.

-¡Oh, claro!- respondió la pasajera avergonzada.

“Otra Martínez Soria” pensé yo con cierto alivio.

Nos habíamos comprado dos botellitas de agua en la sala de embarque a precio de oro. Entonces, saqué de nuevo la botella y vi que,  efectivamente, se había salido todo el aire de ella y estaba medio aplastada, y mantenía su forma porque le quedaba agua dentro. Curioso.

Atardecer entre nubes.

Ya estaba tranquila. Como una niña curiosa a la que todo le asombra, las cosas que veía y escuchaba llamaban tanto mi atención que el miedo había desaparecido.

Había pensado que yo era la única tonta miedosa y que el resto de los pasajeros estaban de lo más tranquilos, pero al levantarme de mi asiento descubrí la cantidad de gente asustada que viajaba con nosotros. Algunos habían bajado la “persiana” para no ver que estaban en el aire, pero la mayoría de los miedosos estaban tumbados sobre el regazo de su acompañante,  con las manos en la cara, deseando tomar tierra. Me sorprendió y me entristeció. Ni el teletienda, ni el cachondeo de las azafatas les había tranquilizado.

Volví sobre mis pasos y se lo conté a Eva. Nosotras mirábamos por la ventana, pese a las alas temblorosas.

Atardecía. El atardecer más bello y novedoso que había visto. Desde el aire, sobre las nubes, con la luna más cerca y más grande, el cielo se sonrosaba y el sol se perdía hacia España, mi querida España donde aún era de día, mientras que mirando al frente, hacia Italia, ya reinaba la oscuridad de la noche.

Atardecer entre nubes.


¡Aplausos!

En la oscuridad de la noche se divisaron las luces de las ciudades. El mapa del norte de Italia se recortaba sobre el Mediterráneo como en un sueño.

El teletienda no finalizó hasta pocos segundos antes de que nos indicaran que íbamos a tomar tierra y nos advirtieran que siguiéramos las indicaciones del personal, ya que íbamos a tener que caminar por la pista y resultaba extremadamente peligroso pasar por debajo de uno de los motores. Después nos agradecieron que voláramos con ellos.

De repente las luces se encendieron, parpadearon y una música de caballería resonó aún a mayor volumen que el teletienda. La gente comenzó a aplaudir estrepitosamente, como en uno de esos concursos donde el regidor levanta el letrero que dice “Aplausos”.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Celebran que no nos hemos estrellado?- pregunté sobresaltada.

Evidentemente la gente, acostumbrada a viajar en avión, sabía algo que nosotras ignoráramos. Después comprendimos que tal alboroto se debía al hecho de haber llegado al destino antes de la hora fijada, como si tuvieran que batir algún record personal.

Al bajar, la zona cercana a los motores había sido acordonada con una cinta blanca reflectante y el personal se afanaba porque nadie se despistara y caminara en fila por el lugar indicado. Estábamos cerca de la terminal, pero tuvimos que recorrer un trecho antes de llegar a la zona cubierta. El primer suelo italiano que pisaba era el asfalto de las pistas del aeropuerto de Pisa.

La ciudad vista desde el cielo nocturno.

Lee diario de viaje: Florencia y Pisa II. El duomo sin síndrome de Florencia.

martes, 10 de julio de 2018

La llegada (Arrival).



La película arranca con la voz en off de la protagonista tratando de explicarle a su hija donde empieza verdaderamente su historia.

Cierto día, Louise Banks, reputada profesora de lingüística, acude a dar clase pero se encuentra su aula con apenas cuatro o cinco estudiantes a los que no paran de llegarles mensajes a los móviles que los deja atónitos. Cuando pregunta qué ocurre, una de sus alumnas le pide que ponga las noticias. Desde la televisión los periodistas explican que una serie de naves están posicionándose en diferentes puntos del planeta y se desconoce si son naves terrestres experimentales o extraterrestres. La alarma de seguridad suena en todo el campus y la policía desaloja la universidad. Louis vuelve a su casa y enciende la televisión para no volver a apagarla, se acuesta con las noticias y se despierta con ellas.

Doce naves extraterrestres han llegado a la Tierra posándose sobre diferentes lugares sin aparente conexión. Se desconoce si van tripuladas y cuáles son sus intenciones. El pánico se apodera de la población que comienza a hacer acopio de comida y gasolina. El vandalismo no tarda en aparecer.

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Uno de los carteles promocionales de la película.

El ejército acude a Louise para pedirle que traduzca el idioma de los extraterrestres. Pero ella les responde que tiene que ir donde están para poder hacerlo. Al principio se niegan pero, a la noche siguiente, aparece un helicóptero militar que la traslada, junto a Ian Donnelly, un reconocido científico, a Montana, donde una de las enormes naves se mantiene suspendida en vertical a pocos metros del suelo. Allí descubre que todos los países mantienen comunicación y comparten la poca información que van logrando sobre los extraterrestres. La prioridad es saber de dónde vienen y cuáles son sus intenciones.

Cada cierto número de horas una puerta se abre en el casco de la nave y ellos pueden entrar. Protegida con un traje especial y oxígeno, una aterrada Louise, se topa con una pared de cristal y al otro lado, tras una niebla blanca, hay dos extraterrestres. La misión parece imposible, no hay base lingüística común, los sonidos que emiten no pueden ser reproducidos por un humano y no puede establecerse comunicación gestual o no verbal. Ian tampoco sabe cómo reaccionar ante aquellas circunstancias y los militares, ya habituados a entrar en la nave, se sienten decepcionados ante la falta de resultados. El gobierno quiere respuestas rápidamente porque se les acusa de no saber gestionar la situación y Louise no puede hacer otra cosa que explicarles que primero tiene que averiguar si saben qué es una pregunta, si saben tomar decisiones o si se guían por instintos y establecer algún tipo de comunicación, pero eso requiere bastante tiempo.

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Louise en el campamento militar junto a una de las naves.

La vida en el campamento militar que han levantado a los pies de la nave, el estudio continuo de los resultados de los encuentros con los extraterrestres a los que Ian ha apodado Abbott y Costello, las imágenes de su hija, las escenas de la vida juntas y de la terrible enfermedad que las separa, se mezclan en la cabeza de Louise, mientras el tiempo corre en contra de la humanidad. Algunos países parecen haber descubierto algo y se niegan a compartir la información, desconectándose de la videoconferencia continua que mantienen. Tras ellos se produce la desconexión de todos. Louise comprende que la Tierra no tiene un líder con el que poder dialogar y que los extraterrestres, en realidad, se encuentran sin nadie enfrente que represente a toda la humanidad. Para colmo de males, China es el primer país en movilizar las tropas y decidirse a declarar la guerra a los alienígenas, pero no será el único.

https://www.google.es/search?q=la+historia+de+tu+vida&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwiPoP3qn5XcAhWB0RQKHeL_Dr4Q_AUICigB&biw=1215&bih=482&dpr=1.13#imgrc=B0rrjNaL1CHvbM:
La historia de tu vida obra de Ted Chiang.
Esta no es una película de ciencia ficción al uso, los extraterrestres no llegan lanzando rayos cósmicos que hagan estallar edificios emblemáticos, ni aniquilando a la población. A pesar de su ritmo lento, su falta de violencia y su trasfondo filosófico, Villeneuve ha conseguido un film redondo que ha cosechado muy buenas críticas, el favor del público y la aprobación del mismísimo Ted Chiang que ha quedado encantado con la adaptación de su relato La historia de tu vida.


CONTIENE SPOLERS

Los alienígenas que han aterrizado en la Tierra solo quieren transmitir un mensaje que los terrestres no logran descifrar y que advierten como una amenaza, mientras son incapaces de colaborar entre ellos para aclarar la situación. El héroe que “salva” a la humanidad no es un hombre curtido y valiente, que se enfrente a los peligros con un arma en la mano. Las personas que intentan establecer un entendimiento entre los heptápodos y los terrestres, no lo hacen a sangre y fuego, son lingüistas y científicos que reúnen grandes dosis de valor, paciencia y estudio. La guerra se evita con el lenguaje y la verdadera salvadora de nuestra especie y la de los extraterrestres, es una experta filóloga que, muerta de miedo y desesperada, decide quitarse el traje protector, respirar a pleno pulmón, exponerse a los bacterias y los virus extraterrestres que puedan infectarla, escribir en una pizarra “human” y esperar una respuesta del otro lado. Y la obtiene, la obtiene en forma de círculos de tinta que todo su equipo tiene que descifrar como si de una adivinanza se tratara, un gran puzle cuyas piezas acabarán encajando a la perfección y cambiando nuestra percepción del mundo, de la realidad y del tiempo.

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Louise intenta comunicarse con los extraterrestres y explicarles quienes somos.

Con un ritmo lento, el ritmo que requiere estudiar bien un idioma, y muchos quebraderos de cabeza, Louise aprenderá el heptápodo, un lenguaje no lineal, donde no hay un antes y un después, donde el tiempo no juega ningún papel, donde hay que entenderlo todo de una sola vez y aprehenderá el mensaje extraterrestre en toda su magnitud.

Villeneuve, el director de la película, nos cuenta una historia donde el tiempo es la verdadera clave. Aquí no encontraremos ritmos rápidos y escenas de acción, aquí priman los sentimientos y la protagonista tiene que soportar una gran carga emocional que la lleva a replantearse toda su existencia. La comunicación, la lengua, la filosofía, el humanismo y la metafísica juegan un papel fundamental en el argumento.

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Desesperada por la falta de comunicación, Louise decide
quitarse el traje protector y acercarse a los extraterrestres.

Para su película Villeneuve se ha basado en la teoría de la relatividad lingüística o hipótesis de Sapir-Whorf (teoría que tiene muchos detractores) donde se trata de demostrar que las categorías gramaticales del lenguaje que habla una persona están estrechamente relacionadas con la forma en la que conceptualiza el mundo que le rodea. Por eso para los extraterrestres es tan importante que los humanos aprendamos su idioma, esto cambia nuestra concepción de la realidad y nuestra percepción del tiempo, convirtiéndose en un paso fundamental para prestarles la ayuda que necesitarán dentro de 3000 años.
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Los extraterrestres intentan enseñarnos su idioma a través de círculos de tinta,
y transmitirnos un mensaje que cambiará nuestra concepción de la realidad.

El giro final, que cierra la historia como un círculo, como uno de esos círculos de tinta con los que Abbott y Costello se comunican, hace cobrar un nuevo sentido a los primeros minutos del film y deja pensando al espectador. Si pudiéramos conocer el futuro ¿cambiaríamos nuestro pasado?, ¿el destino está escrito o se puede cambiar?