Entre
los aniversarios que se celebran este año, varios tienen a la cultura egipcia
como protagonista: la gesta inconmensurable de Champollion que devolvió la voz
a los jeroglíficos; el gran descubrimiento de Howard Carter; y el regalo que recibió España, por haber acudido a la Campaña de Salvamento de los Monumentos de Nubia.
El grito que despertó al antiguo
Egipto.
La
noche del 14 de septiembre de 1822, Jacques-Joseph trabajaba en su despacho del
Instituto de Francia en París cuando, repentinamente, Jean-Français irrumpió
como una exhalación. Solo le dio tiempo a gritar “¡lo tengo!” antes de caer
desmayado a los pies de su hermano.
Esta
anécdota conmovedora nos da una idea de las noches en vela, de los esfuerzos,
de los estudios y de la enorme ilusión de un hombre que devolvió la voz a los
jeroglíficos egipcios tras 1.500 años de silencio.
Jean-Français
Champollion nació en 1790 y desde su más tierna infancia dio muestras de una
predisposición innata para la lingüística. De salud frágil, se consagró al
estudio y se pasó la vida escudriñando miles de textos con el objetivo de
descifrar los jeroglíficos egipcios. Siempre tuvo problemas económicos y políticos por ser partidario de Napoleón, aún
tras la caída de éste. El convertirse en un sabio a una edad temprana le hizo
granjearse las envidias de los colegas, a pesar de que él tuvo siempre la
desventaja de trabajar con copias y no haber pisado Egipto, mientras los demás
disponían de textos originales. Quiso el destino, o los dioses, que viviera lo
suficiente para que su mente privilegiada nos descubriera un secreto que se
había dado ya por perdido.
Esta
historia comienza mucho tiempo antes, hace más de 5.000 años, época en la que
se cree que nació la escritura jeroglífica. Siguió utilizándose hasta el 24 de
agosto del 394 d. C. cuando se grabó la última de las inscripciones en
jeroglífico. Fue en la isla de File, en un templo dedicado a la diosa Isis que
estuvo en uso hasta el año 551 d. C.
Aunque
los primeros cristianos apreciaban este tipo de escritura, la prohibición de
los ritos paganos por parte de Teodosio I fue apagando los ecos de la
civilización egipcia, y si algo quedaba, terminó por perderse con la conquista
árabe en el año 639 y el cambio de mentalidad. Pero a lo largo del tiempo no
faltaron los eruditos que intentaron descifrar las inscripciones de los
antiguos templos.
Existían
dos teorías respecto a los jeroglíficos: la primera afirmaba que cada uno era
un sonido o una letra y la segunda decía que eran pictogramas.
En
1799 las tropas napoleónicas se encontraron en la localidad de Rosetta, en el
delta del Nilo, una gran piedra con inscripciones en tres registros.
Rápidamente se dieron cuenta de que estaban ante algo de enorme importancia.
Uno de los registros estaba en griego y pudieron leerlo: era un decreto
promulgado por Ptolomeo V en el año 196 a. C. Antes de que el desastre militar
se cerniera sobre ellos, sacaron copias de los textos para que los lingüistas
pudieran intentar descifrarlos. Después, Egipto pasó a manos de los ingleses
que trasladaron la piedra de Rosetta al Museo Británico, donde puede contemplarse
hoy, rodeada siempre de cientos de turistas.
La piedra de Rosetta en el British Museum (Londres). Foto: archivo personal. |
La piedra de Rosetta contiene el mismo texto en tres escrituras distintas: griego,
demótico y jeroglífico.
La
esperanza se apoderó de los eruditos, partiendo de la traducción griega podrían
descifrar el jeroglífico. Pero no fue tan sencillo. Lo intentaron muchos,
incluido Silvestre de Sacy, profesor de Champollion, sin éxito. Fue Thomas
Young, amigo y más tarde rival de Champollion, quien descubrió que los nombres
propios iban dentro de un “cartucho” y que el demótico derivaba del
jeroglífico. Pero luego se encontró en un callejón sin salida.
Fue
en 1821 cuando Jean-François Champollion, un joven genio de la lingüística,
comenzó a trabajar sobre la piedra de Rosetta y consiguió descubrir el nombre de
Ptolomeo, lo que le permitió seguir tirando del hilo. El 14 de septiembre de
1822 estaba ya trabajando sobre la copia de una inscripción del templo de Abu Simbel cuando consiguió descifrar los nombres de Ramsés y Tutmosis. Comprendió
entonces la lógica de la escritura jeroglífica y corrió a contárselo a su
hermano, la persona que le había apoyado incondicionalmente en su obsesión por
rescatar del olvido la lengua egipcia. Tuvo que descansar durante varios días
después de aquel desmayo, tranquilizarse y contener su emoción.
El
27 de septiembre de 1822 se presentó en la Academia de Inscripciones de París
con el resultado de sus estudios. Champollion descubrió que la escritura
egipcia era pictórica, simbólica y fonética al mismo tiempo.
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Detalle de la piedra de Rosetta. Foto: Wikipedia. Autor: Einsamer Schütze. |
En
1826 trabajó en el museo del Louvre como conservador de la colección egipcia.
Logró
cumplir su sueño de viajar a Egipto en 1828. Lleno de alegría y emoción iba
leyendo las inscripciones en los monumentos originales y comprobando que su
alfabeto de jeroglíficos era correcto.
Escribió
una gramática y un diccionario egipcio de escritura jeroglífica. También
publicó sus estudios sobre los dioses egipcios. Murió poco después, en 1832, a
la edad de 41 años.
En
una carta del 24 de noviembre de 1828 había escrito:
Soy todo para Egipto, y él es todo para mí.
Hace 200 años, gracias a las investigaciones de varios estudiosos, pero sobre todo, a los descubrimientos de Jean-François Champollion, pudo descifrarse los jeroglíficos egipcios y rescatar la historia y la sabiduría de una de las civilizaciones más importantes de la humanidad.
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Tabla de caracteres fonéticos jeroglíficos, demóticos y griegos. Elaborada por Champollion. Foto: Wikipedia. Dominio público. |