-No queda sino batirnos.
Esto decía don Francisco de Quevedo en la serie de
libros Las aventuras del capitán
Alatriste de Pérez-Reverte.
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Si Cervantes huyó de España tras un duelo, luchó en
la batalla de Lepanto y tuvo que hacer
frente a numerosas adversidades en su vida, también otros literatos fueron
hombres de capa y espada.
A Quevedo no le quedó sino batirse en numerosas ocasiones y es que no se mordía la lengua a la hora de burlarse del más pintado en sus rimas que corrían como la pólvora por los mentideros de la villa. Por atreverse, se atrevió a burlarse de la mismísima reina Mariana de Austria. Todos sabían que su majestad estaba muy acomplejada por su cojera y nadie se atrevía a decirle nada. Quevedo apostó con unos amigos que la llamaría coja en su propia cara. Así, un día que los reyes paseaban por el Prado se acercó a la reina con una rosa y un clavel en cada mano.
-Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad
escoja.
Menos mal que la reina reaccionó bien.
Quien también hacía correr versos envenenados por
Madrid era Lope de Vega, un mujeriego incorregible, que tenía que batirse o
salir huyendo. No en vano una vez fue detenido por difamación cuando intentaba
escapar del teatro de la Cruz en el momento de la representación de su nueva
obra. Enrolado en la Armada Invencible, secretario de personajes ilustres,
encarcelado, desterrado y entre amor y amor aún le dio tiempo a ser uno de los
escritores más prolíficos.
